Guillermo Salvador Santos de Alba. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí
“You don’t just change countries—you transform who you are.”
Anónimo
Comienzo este escrito con esa frase que escuché en el camión mientras iba de regreso a casa. Este pequeño texto es una reflexión sobre aquello que ha ido cambiando mi vida durante mi caminar en Canadá.
Han pasado casi cuatro años desde que me mudé de México, y he guardado en la memoria y en el corazón varios acontecimientos que han sucedido en estos últimos días y que me han marcado para comprender el porqué, con mayor fe, de que cada día tiene su propio afán y va transformando la manera en la que voy entendiendo este caminar.
Con el tiempo me he dado cuenta de que cambiar de país ha transformado mi visión del mundo. Ahora México es mi raíz; es parte esencial de mi historia y de lo que soy. Me ha formado, me ha dado las herramientas para poder adaptarme a los cambios y salir adelante.
Canadá me ha transformado, porque aquí he perdido más de lo que tenía en México desde un punto de vista material. Me he quedado sin casa, sin una alimentación estable, sin un trabajo fijo, sin referencias de amigos que puedan ayudarme y sin un círculo que era mi espacio para expresar, jugar, platicar, confesar, dialogar, discutir, amar y experimentar a Dios.
Pero, desde el punto de vista espiritual, ha sido un proceso en el que he podido encontrarme con mi yo más profundo, con ese que, ante la comodidad de una vida estructurada, estaba un tanto dormido o apaciguado por la rutina de un día a día con sentido, pero monótono.
La segunda mayor locura de mi vida fue hacer este viaje por estudios. Dejando de lado lo personal, he comprendido que migrar es para valientes, para aquellos que se atreven a dejarlo todo. La frase puede parecer un tanto gastada, pero es real. Y esto no solo sucede cuando cambias de país; también ocurre en el día a día: al cambiar de trabajo, al tomar una decisión o al romper dinámicas que no ayudan a vivir. Ser valiente es atreverse a descentrarse para, desde ahí, reencontrarse.
Migrar es arriesgarse a salir al encuentro y, muchas veces, hacerlo con el corazón roto. Es aceptar nuevos caminos y nuevas personas, así como despedidas que marcan y se llevan una parte de uno. Es volver a encontrarse con incomodidades, insatisfacciones, cuestionamientos, búsquedas y pérdidas, y, sobre todo, comprender que así será la vida por un buen tiempo.
Pero no todo es negativo. También es encontrar una nueva familia, nuevos espacios de escucha, nuevos amigos, nuevos hobbies y actividades que estaban escondidas. Es comprender que la experiencia espiritual se expande y que la iglesia se convierte en Iglesia cuando se vive en comunidad, buscando al prójimo; aunque eso depende de la manera en la que cada uno decida vivirlo.
Es redescubrir el camino para comprender mejor el sentido de la vida. Vivir en otro país es aceptar que se empieza desde cero: con un nuevo idioma, con climas distintos a los que uno no está acostumbrado, y con todo lo que implica adaptarse nuevamente.
Es reencontrarme con mi soledad, reconocerla y aceptarla. Es comprender que el mundo, en cierto sentido, funciona de manera similar y que también está movido por la avaricia y el deseo de aprovecharse del prójimo; aunque aquí sea un poco menos evidente, también ocurre.
Para terminar, me quedo con esto: migrar es aprender a perder sin dejar de avanzar. Es soltar certezas para descubrir quién eres cuando ya no hay nada que te defina desde fuera. Se pierde estatus, comodidad y cercanía, pero se gana algo más profundo: sentido, fortaleza y una fe que deja de ser idea para volverse experiencia.
Migrar es entender que el corazón se ensancha incluso cuando duele, que cada despedida deja una huella y abre espacio para nuevos encuentros. Es aceptar que uno cambia, no porque quiera, sino porque la vida lo va moldeando en cada paso.
Al final, migrar no es huir ni empezar de cero: es empezar desde uno mismo. Es el arte de romperse lo suficiente para volverse a construir con más verdad. Y en ese proceso, descubrir que todo lo vivido —lo que se quedó y lo que se perdió— sigue habitando dentro, transformándose en una nueva forma de mirar, de amar y de vivir.
Porque, en el fondo, migrar es dejar que Dios desinstale tus seguridades para enseñarte que tu verdadero hogar siempre ha sido Él.
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