Caminar, vivir, compartir...

Durante años viajeros han apuntado en libretas sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades... Esta es una de ellas, con los apuntes al vuelo de este viajar por la vida . Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir los apuntes que van haciendo de su caminar por la vida.

miércoles, 8 de abril de 2026

¿Qué hacer con los autores? Pues... ¡Tomarse un café!

 José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Imagen realizada por IA a través de Copilot

Leer no era lo máximo... pero...


Crecí como un niño "bastante normalito" (si es que puede haber alguien así). Mi infancia transcurrió entre la escuela, los deberes escolares, los libros de texto, la bicicleta, los diferentes tipos de pelotas y algunos años las reuniones semanales y los campamentos scouts.
           Cuando me enfermaba leía, leía muchas novelas: mi mamá nos castigaba sin ver televisión y para cumplir con la pena por nuestras acciones dejaba de pagar el cable, que era la única manera para recibir en casa la señal abierta de las tres televisoras que existían en los años setenta del siglo pasado. Las condiciones orográficas de Toluca, mi ciudad de crianza, dificultaban tortuosamente la recepción televisiva por medio de las entonces únicas antenas "de conejo".
           De enfermada en enfermada conocí a Phileas Fogg, Tom Arton, el Capitán Nemo, Ivanhoe, Ben Hur, Mowgli, Joe Marcha, sus hermanas, primos y sobrinos y el infaltable Colmillo Blanco... Disfruté las aventuras detectivescas de Agatha Christie, la cruenta historia de Sin novedad en el frente, las andanzas de los tres mosqueteros, que resultaban ser cuatro y la venganza aplaudida del Conde de Montecristo.
          Leer era gozar la lectura, las historias que alguien contaba... y ese alguien muchas veces anónimo quedaba subordinado al encanto de sus relatos, de las narraciones que hacía. De ellas y ellos aprendí muchas vertientes de la vida humana... obtuve "moralejas" y una sensibilidad interesante ante muy diversas situaciones humanas, incluso humanizantes...

Cuando todo cambió


Estudié la normal primaria, en aquellos tiempos en los que la formación básica magisterial era realizada después de la secundaria. Allí conocí "a los autores"... cuyo solo nombre era sinónimo de reverencia, de reconocimiento de una trayectoria intelectual y académica de la cual nosotros solo podíamos aspirar a ser depositarios y reproductores. Aparecieron ante mí Francisco Larroyo, Imideo Nérici, Joao Batista Libanio, Marta Harnecker, Paulo Freire, Rita Ferrini. 
           No se trataba más de compenetrarse con sus letras, disfrutar su prosa, extraer lo humano y humanizante de las páginas que habían escrito... Creo que con la intención de formar en nosotros, jovencitos aprendices de educadores, algo más que chambones escolares, nuestros maestros intentaron hacer de nosotros profesores ilustrados. Y en este afán tejieron lo que al paso del tiempo he llegado a considerar una de las más peligrosas y silentes perversiones: el culto al autor.
           Fue entonces cuando fui introducido a esa atmósfera en que los autores son "los verdaderos personajes, los dadores de verdad" en los campos del saber y sus lectores cuando mucho los humildes súbditos que debíamos decir con reverencia sus nombres y procurar que todas nuestras intervenciones estuvieran respaldadas en lo escrito por ellas y ellos (o lo dicho en sus conferencias, cuando podíamos acudir a alguna de ellas).
           Algunos años después, me enseñaron a escribir "textos con carácter científico"; y al ser yo estudiante de filosofía, eso consistía en presentar ideas recurriendo de igual manera a los autores, pero ahora construyendo un "aparato crítico"; esto es, la presentación de citas textuales y las referencias de las obras y páginas en que fueron dichas. Se insistía en que el decir del estudiante tenía que ser "fundamentado" y sin querer se iba construyendo una percepción de vasallaje intelectual frente a los señores feudales del pensamiento a quienes había que servir.
           No refiriéndome a mí, pero sí al ambiente en el que me he desempeñado como académico, el culto se fue fortalenciendo al grado de que todo pensamiento debe estar referido a un autor y citado conforme a las normas de escritura de la APA, con extremos de que cualquier cosa escrita debe derivar de un autor.

¿Y si lo importante si no fuera el autor por sí mismo?


En el plan de estudios que cursé en mi formación filosófica no existía materia alguna de metodología de investigación, ni cursos de redacción universitaria o comunicación académica. Nuestros maestros, sin embargo, nos pedían que pudiéramos presentar nuestros aprendizajes y reflexiones de manera clara, crítica y profesional.  
          Octavio Balderas fue mi maestro en un par de asignaturas que cursé en la formación filosófica. Él, como sus colegas, nos solicitaba que escribiéramos y siendo un buen didacta, nos allegó la forma de exponer NUESTRO pensamiento estructurado a partir de pensamientos verdaderos y plausibles, exigiendo de nosotros la cortesía de mostrar nuestras fuentes para que quien nos leyera pudiera acercarse a ellas. 
           En ese entonces tuve acercamiento a dos ideas que desde entonces me parecen lapidarias, atribuidas por distinto profesores en la autoría de Aristóteles y por lo que he llegado a leer se encuentran en los Tópicos y la Ética nicomaquea
 Si un argumento es bueno, debe aceptarse aunque lo diga alguien sin prestigio; y si es malo, debe rechazarse aunque lo diga el más reputado
Platón es mi amigo, pero más amiga es la verdad
Ambas aluden a la primacía de la verdad y la plausibilidad por encima del solo nombre del autor. Y es esto lo que requiere nuestro entendimiento de nosotros, de la vida social y la realidad que estudian las ciencias llamadas "naturales". Un planteamiento erróneo es erróneo independientemente de quien lo diga... Pero, ¿cómo podremos llegar a saber si esto es así, cuando la veneración por el autor atribuye a esta persona poderes cuasi divinos por los cuales lo que se dice debe ser dicho, sin más? Y además, referido conforme a los cánones de publicación de textos de una asociación de profesionales (como la APA, precisamente).

Un autor es...

Imagen creada por IA a través de Copilot


Antes de cumplir 30 años estudié periodismo y fui a dar a un empleo de editor en una universidad. Dos funciones terminaron de marcar mi comprensión respecto del papel que pueden jugar los autores en mi vida y proceso intelectual... y en los de cualquier persona.
           Debía deliberar junto a un grupo de compañeros reunidos en un consejo editorial que manuscritos deberían ser publicables, y si había un tema pertinente, pero no teníamos material había que hablar con quienes pudieran escribirlo.
            En esta parte de mi rol editorial debí "desmitificar" los escritos, aunque fueran de autores notables en el ámbito de mi desempeño. No todo texto tenía valor como algo publicable y era nuestro deber escudriñar páginas y páginas y su articulación en un posible libro. 
            Además, tuve que conversar con algunas personas cuyas obras había sido de importante impacto en mi formación inicial y continua como filósofo.
           Una anécdota más: en esa institución participaba en un seminario en el cual académicos ensayamos nuestras ideas en torno al gran tópico que denominábamos apertura a la trascendencia... Alrededor de dos años investigamos, leímos, discutimos, clarificamos y al final lo que habíamos producido terminó convirtiéndose en algunas publicaciones... Compañeros de trabajo que nos conocíamos del día a día... terminamos siendo nosotros mismos los autores.
          Me ha sucedido en ese tiempo y las décadas posteriores que hay personas que me conocen y dicen: yo he leído tus obras... ¡te imaginaba diferente! ¡Nunca he querido averiguar si eso era por admiración y por desilusión y desengaño! Y cuando hemos interactuado en clase, seminarios o círculos de diálogo, siempre hemos salido mutuamente enriquecidos.
           Por otra parte, al editar los textos era mi deber descubrir errores en los datos y en la forma de redactar; encontrar contradicciones, imprecisiones, ideas y argumentos inacabados... Y vaya que los había. Al discutirlos con sus creadores, casi siempre terminaban reconociendo que habían errado.
          Así descubrí que los autores somos personas comunes y corrientes, ninguna divinidad adorable (aunque algunos se campeen por la vida esperando veneración y reverencias porque publicaron algo -o mucho-, porque tienen grados académicos).
            Dialogando con ellas y ellos descubrimos la fuerza de las ideas, las distintas formas de expresarlas y compartirlas y cómo todo esto requiere no de ser alguien especialmente iluminado, sino personas con cierta disciplina como para poner por escrito o en audiovisuales los pensamiento construidos de manera conversacional y dialógica... Y claro, también con ciertos contacto para que alguna editorial o un medio los haga públicos y se llegue a más destinatarios que uno mismo.
           A partir de estas experiencias como ensayista, editor, articulista y de todo lo sucedido en los diálogos con los autores, me enfrenté a la gran riqueza del diálogo, mucho más factible de ser realizado frente a una taza de café o un vaso de alguna espirituosa (o tal vez algo más fuerte) con alguna vianda y una animada conversación. 
           En tiempos de los griegos como Platón, las personas se encontraban en los simposios... Se trataba de convites, de reuniones con comida y bebida suficiente para entregarse sin más al placer de compartir y debatir ideas. En un clima de ese tipo es más fácil entender cosas, juzgar su plausibilidad, sopesar su verdad... Eran encuentros con los conocidos, con los amigos, con los amigos de los amigos; verdaderos guateques en los que se celebraban las palabras, las ocurrencias, las ideas, momentos para discutir, consentir y disentir; para esclarecer (recuérdese el significado de aleteia, te puede servir leer APUNTES EN EL CAMINO: Soy filósofo y educador: ¡me encantan las desveladas!)
          De aquel entonces proviene el aforismo que en latín se escribió como In vino, veritas, con la que solemos referirnos a la forma en la que en la mesa, en la intimidad y la honestidad que dan comer y beber con los demás, podemos decir cosas que aunque parezcan informales, son portadoras de las verdades que iluminan nuestro día a día.
          En el simposio se "construye conocimiento", se "enmienda la plana", se aventuran hipótesis, se ensayan sus posibles respuestas... Y después, en la exigencia del silencio y la reflexión personal, se formulan las propuestas intelectuales que después son difundidas.

Tomarse un café con los autores

Imagen creada por IA en Copilot


La búsqueda de argumentos verdaderos o plausibles, la construcción de una forma de comprender la realidad solo puede ser el resultado de conversaciones francas y abiertas con otras personas. Toda construcción intelectual es, en última instancia, una producción dialógica. 
           Y conversar con los demás requiere, en última instancia, una camaradería que no es posible cuando la relación entre las personas se da en un contexto de servilismo, en el cual la autoridad es alguien ante el cual se suprime la inteligencia y se responde con mera voluntad de agrado o sumisión.
          A diferencia de la literatura, en la cual las historias o la poesía suelen imponerse por sí mismas, en el trabajo de investigación y estudio hay una cultura de culto al autor y sus formulaciones aceptándolas casi siempre sin más, llenando las propias producciones de un catálogo en muchas ocasiones servil de citas directas y otras solamente disfrazadas de indirectas por estilo, no por diálogo intelectual
           Hay que dialogar con los vivos, y con quienes siguen presentes a través de sus obras. Sentarnos a la mesa con ellos, tomar un café, hacernos y hacerles preguntas; si no a ellos directamente, sí a sus amigos -sus estudiosos o comentadores-, en el espíritu del dicho: los amigos de mis amigos son mis amigos. 
            Cuando lo que dicen (o escriben) nos llama de alguna manera la atención, hay que preguntar con esa naturalidad que tomar el café juntos nos da... ¿cómo se te ocurrió eso? ¿Por qué considerabas que eso era válido en tu época? ¿Seguiría siendo válido en estos tiempos, en un lugar tan lejano al tuyo? ¿De qué manera se parecía lo que vivías cuando pensaste y formulaste tu idea a lo que vivo? ¿Lo que dices tiene algo -de alguna manera- de transhistórico y transcultural? ¿Puede ser dicho con acierto de alguna otra manera, puede ser parafraseado? ¿Es tan contundente que debería decirlo con tus propias palabras? ¿Habrás tenido algún error en lo que señalas? E incluso expresar por qué se considera erróneo.
           Tras un convite (simposio) real o figurado puedo reposar un poco mi revolotear de ideas y entonces preguntarme: ¿todo esto, de qué manera enriquece mi propio entendimiento de las cosas? ¿Cómo las ideas de mi interlocutor pueden apoyar mi propia argumentación, mi discurso? ¿Cómo le dan claridad a mi propia metodología? ¿Cómo motivan y dan luz a mi propio posicionamiento frente a mí, frente a lo que vivo y reviso críticamente en mi reflexión, frente a lo que quiero comunicar?
            Tomarse un café con los autores es la única manera de volver vida las páginas que de otra manera solo serían un montón de letras sin sentido ni significado y que habría que repetir no por comprensión, sino por mero acto de fe en que las personas iluminadas son mejores que nosotros porque ellas y ellos están publicados y nosotros no.
           Tomarse un café con los autores es una gozada, porque en sus ideas encontramos el enriquecimiento de las propias y al final de cada sesión salimos más capaces de entender nuestro aquí y ahora y con mejores herramientas para diseñar la forma en la que en nuestro momento y lugar podemos dejar el mundo mejor que como lo hemos encontrado.

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domingo, 29 de marzo de 2026

De todos modos, ¡hazlo!... Los mandamientos ante la realidad que parece rebelársenos

José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

https://okdiario.com/

Kent M. Keith es un abogado, líder social,  doctor en educación, y propulsor del liderazgo basado en el servicio (servant lidership) en el que con un enfoque basado en la ética y el desarrollo de las personas propone una manera de comprender las relaciones interpersonales y organizacionales desde una perspectiva de trabajo significativo... Todo un personaje.

Sin embargo, a finales de la sexta década del siglo pasado era un muchacho inquieto, que había formado parte de organizaciones estudiantiles desde pequeño. Vivía en tiempos de mucho optimismo, en el que se pensaba en que había que comprometerse para cambiar los males de un mundo que no gustaba a los jóvenes. 

Poco antes de cumplir los 20 años llegó a Harvard y a esa corta edad se volvió consultor de agrupaciones estudiantiles y vio cómo sus contemporáneos fácilmente pasaban de los ideales al desencanto al tener la experiencia de que sus empeños chocaban con una realidad mucho más compleja de lo que ellos habían pensado. 

Kent comprendió para sí lo que pronto quiso transmitir a quienes como él querían enfrentar el mundo que les tocó vivir: que pese a todo, vale la pena el compromiso.

A los 19 años escribió los mandamientos paradójicos. Son el fruto de una intuición temprana inspirada en muchas fuentes, entre ellas la actitud de Jesús ante la cruz, que suele conmemorarse en el viernes santo: los acontecimientos externos pueden o no modificarse y funcionan muchas veces más allá de nuestra voluntad y determinación... 

Aunque las cosas puedan no cambiar como esperamos y eso quede fuera de nuestro control, podemos comprometernos con ellas, "de cualquier modo", de "a como nos toque" (su libro de 2002 se llamo Anyway: the paradoxical commandments). 

De eso tratan los Mandamientos paradójicos, un conjunto de aforismos que han servido de inspiración para mucha gente. El propio Dr. Kent declara que la madre Teresa los tenía impresos y exhibidos en su orfanato de Calcuta. 

Escribo este apunte un domingo de Ramos, que para quienes somos creyentes anuncia una de las más grandes paradojas humanas: Jesús, el comprometido con la fraternidad, con la causa de los enfermos, los pobres, los hambrientos, los marginados, terminó en la cruz, enseñándonos que la causa de la vida siempre, de cualquier forma, de todos modos, vale la pena. 

En este contexto de Semana Santa y Pascua, en la tranquilidad de un pueblo de la región media de San Luis Potosí, te comparto el texto, en una versión de José Luis Usero Vílchez, publicada en SCRIBD (https://es.scribd.com/doc/112734487/los-mandamientos-paradojicos). Deseo que te resulten inspiradores, en cualquier caso y de todos modos.

  1. Las personas son ilógicas, poco razonables y egocéntricas. Ámalos de todos modos.
  2. Si haces el bien, la gente te acusará de motivos egoístas y ulteriores. Haz el bien de todos modos.
  3. Si tienes éxito, ganarás falsos amigos y verdaderos enemigos. Persigue el éxito de todos modos.
  4. El bien que hagas hoy será olvidado mañana. Haz el bien de todos modos.
  5. La honestidad y la franqueza te hacen vulnerable. Sé honesto y franco de todos modos.
  6. Los hombres y mujeres más grandes, con las ideas más grandes pueden ser derribados por los hombres y mujeres más pequeños con las mentes más pequeñas. Piensa en grande de todos modos.
  7. La gente favorece a los desvalidos, pero solo sigue a los mejores. Lucha por unos pocos desvalidos de todos modos.
  8. Lo que pasas años construyendo puede ser destruido de la noche a la mañana. Construye de todos modos.
  9. La gente realmente necesita ayuda, pero puede atacarte si les ayudas. Ayuda a la gente de todos modos.
  10. Dale al mundo lo mejor que tienes y te darán una patada en los dientes. Dale al mundo lo mejor que tienes de todos modos.


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viernes, 6 de marzo de 2026

Y es que de verdad no es mera moda... Hablemos de convivencia escolar pacífica

 José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

https://procomun.intef.es/node/111909

Claro: soy educador y trabajo en una institución educativa. Por los servicios que presto en algunos grupos interinstitucionales escucho que se habla de violencia escolar, de convivencia escolar, de cultura de paz en las escuelas. 

Casi pareciera de mal gusto no traer a colación el tema, compartir alguna anécdota, quejarse de la indefensión en la que nos encontramos los docentes, administrativos y directivos ante la saña on la cual pueden actuar las familias. 

¿Se trata de una moda? ¿Es solo un producto del amarillismo con el cual se han abordado los incidentes de violencia que involucran a estudiantes? ¿O solo es que hay que hacer visible la vulnerabilidad de los trabajadores de la educación ante los embates de estudiantes y padres de familia mal intencionados? 

El pasado lunes 2 de marzo (de 2026) tuve una charla con dos educadores en la paz para la paz, a quienes admiro y respeto. Hicimos un en vivo en You Tube, que te comparto. Lo que ella y él nos comparten, es interesante: te invito a saborear este diálogo, que resultó muy agradable. 






domingo, 15 de febrero de 2026

Palabras que suman, palabras que restan

José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más del autor, haz click aquí

[...] me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.  

León XIV (2026),  Escuchar y ayunar: la cuaresma como tiempo de conversión. Mensaje del Santo Padre León XIV para la Cuaresma 2026, https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/messages/lent/documents/20260205-messaggio-quaresima.html.

www.andaluciamedica.es

A veces nos perdemos de las "pequeñas cosas de la vida", esas que llamamos así porque son cotidianas y estamos muy acostumbrados a ellas. Las perdemos de vista, "se salen de nuestro radar". Y de vez en vez conviene traerlas a colación en nuestras conversaciones, en los asuntos que conviene reflexionar, porque en ellas puede haber claves humanizantes.

Hace algún tiempo publiqué un apunte  (APUNTES EN EL CAMINO: Risa que humaniza, risa que deshumaniza) en el que llamé la atención sobre la risa, dando cuenta de su carácter afiliante y refundante, pero también de su dimensión opresora, inmovilizante. Ahora quiero voltear un poco la vista hacia las palabras.

Palabras que restan

https://panoramacatolico.com/el-sindrome-de-la-maledicencia/

A principios de este mes, el 5 de febrero, León XIV propuso a la Iglesia -y a todo el que se le dé la gana leerlo- su mensaje para la Cuaresma 2026. Espero no pecar de obviedad si recuerdo a quien me lee que en una tradición milenaria tiempo previo a la celebración de la Pascua se dedica a que las personas puedan disponerse física y mentalmente para tener presente lo que vale la pena en el día a día, porque fomenta la vida, porque robustece la apuesta por el amor, por la justicia allí donde estemos, donde aportemos nuestra "cuota humanizante".

Pues bien, el sucesor del Papa Francisco trae a colación de la disposición física, mental y espiritual a los que somos invitados a sumarnos, una abstinencia que va más allá de ayunar y seleccionar los alimentos en algunos días: abstenerse de las malas palabras (no precisamente y meramente las palabras soeces, de las cuales escribí en el Apunte APUNTES EN EL CAMINO: La bendición y la maldición de las palabras soeces). 

Se refiere a esas palabras que restan, que incluso pueden de alguna manera ser semejantes a matar sin quitar la vida física, sobre las que de múltiples maneras personas sabias como Francisco de Sales (escribió en la Introduccióna la vida devota: de los demás o hablar bien o no hablar) o Juan Bosco (quien insistía a jóvenes y educadores que se cuidaran de murmurar, de maldecir, o sea decir mal unos de otros) o el Papa Francisco (quien en muchas intervenciones habló del tema, llegando incluso a afirmar que el que calumnia asesina, como en la Audiencia del 15 de diciembre de 2017). 

Personalmente he sido testigo de los efectos terribles para las personas y los grupos que tienen las palabras en las que se calumnia o injuria a alguien, sea por ignorancia (me acosó, sin conocer el significado real y jurídico del término) o por acción deliberada para tomar revancha de alguien o dañarlo por la razón que sea... 

Las palabras que restan son:

  • Las que sobajan a los demás, que humillan. Son las que utilizamos para descalificar, para burlarnos, para expresar nuestros prejuicios raciales, socioeconómicos, ideológicos).
  • Las que promueven el humor y la risa desafiliantes, que cosifica a los demás, que los desconoce la riqueza que tiene y puede tener cada persona.
  • Las que desvirtúan la realidad en la mentira. Al esconder la verdad terminan perjudicando a quien las dice, y muy seguramente a aquellos que conviven.
  • Las que en su vaguedad nos impiden nombrar acertadamente la realidad para interactuar con ella; como sucede con el lenguaje lépero -muy pobre en recursos y significados, que en una palabra quiere agotar toda la realidad).
  • Las que impiden el silencio, que aturden y que imposibilitan la escucha de los demás.
  • Las que encasillan y reducen toda la riqueza de una o más personas en un adjetivo utilizado de manera totalizante (como cuando decimos de alguien que es un pendejo o que es brillante: todos somos más que eso y quien nos lo dice nos encasilla, nos encuadra, con buena o mala intención).
  • Las que se usan para murmurar, que significa hablar mal de los ausentes, generando una visión de sus personas y actos ante las cuales no pueden decir sus propias palabras, explicarse o mostrarse para romper la visión unilateral de los murmuradores.
  • Las que desconocen a los demás, que lanzan mensajes xenófobos, incluso beligerantes, que provocan enfrentamientos entre las personas, los grupos y las naciones. Son las palabras del odio (APUNTES EN EL CAMINO: Si el odio empieza con las palabras... la paz comienza con la educación), del conflicto que no se resuelve en justicia, de la violencia que apabulla.

Se trata de términos diabólicos (en este momento, por favor deja de lado las paranoias y falsificaciones religiosas que hacen ver diablitos por doquiera). Diabólico en su etimología es antónimo de simbólico y se refiere a lo que arrojado entre las personas las separa. Lo diabólico no es humanizante porque impide la alteridad, la posibilidad de ser por con y para los demás... Disminuye la capacidad de acometer juntos los desafíos que nos plantean nuestro lugar y nuestro momento para que de alguna manera podamos vivir en dignidad.


Palabras que suman

www.clasificacionde.org

Por el contrario, las palabras que suman son:
  • Las que reconocen y agradecen a los demás lo que son, lo que hacen, lo que comparten, lo que aportan en los procesos de vida, del mínimo que sí es posible de justicia...
  • Las que permiten que al hablar podamos compartir lo que entendemos, formas de comprensión que permiten la interacción con uno mismo, con los demás, con el mundo (las palabras denotativas)
  • Las que permiten atisbar lo inefable, como las que en el arte nos asoman a la grandeza y al misterio propio, de quienes coinciden con nosotros en la vida, de la magnificencia de nuestra casa común. Son las que llevan a la contemplación, al silencio que es siempre buen hermanito de nuestra habla, porque lleva a la escucha de los demás e incluso de uno mismo.
  • Las que nos pro-vocan hacia las posibilidades holísticas que tenemos, que nos convocan a actuar, a reflexionar, a agradecer, a celebrar el día a día y los grandes momentos de la vida, esos que reflejamos en las efemérides, que nos permiten resignificar el tiempo.
  • Las que llevan de la inquina y la animadversión a la paz y la esperanza.
  • Las que nos auxilian para superar el conflicto, para desmantelar la violencia; que nos permiten asumir nuestra ética y compartirla con los demás.
  • Las que promueven el humor que nos rehace, que nos permite relativizar lo que en la vida nos parece enormemente amenazante y así nos ponen en condiciones de interactuar con los desafíos del día a día.
  • Las precisas, las que van más allá de la vaguedad de la vulgaridad, que al no decir en realidad algo, llevan a la indiferencia y la inmovilidad.

Se trata, entonces de términos simbólicos, lo contrario a diabólicos. Las que permiten el reconocimiento de los personas como seres capaces de empatía y compasión; también de inteligencia y voluntad para avanzar los caminos de libertad a los que estamos llamados desde nosotros mismos, pero siempre por, con y para los demás en el mundo. 

Me gusta lo que publicó José María Rodriguez Olaizola en su Facebook:

Con las palabras expresamos emociones, sentimientos, compartimos historias, establecemos vínculos, peleamos, nos reconciliamos, nos damos a conocer y descubrimos quién es el otro, pedimos ayuda, contamos lo importante que es alguien para nosotros, damos o quitamos confianza; más aún, con las palabras nos cuidamos o nos descuidamos; acariciamos o golpeamos, apoyamos o abandonamos

Lo interesante de todo esto es que, con un poco de atención a "las cosas pequeñas", las del cada día, podemos detectar en nosotros la maledicencia, pero también la benedicencia (decir mal, decir bien) y podemos dar pasos humanizantes, que por pequeños que sean siempre abonan para la construcción ética de nuestra vida personal y comunitaria... Y mejoran nuestro universo individual, el de nuestras interrelaciones; nuestro presente y la posibilidad de heredar un mundo mejor que el que hemos recibido.


sábado, 31 de enero de 2026

Nadie enciende una lámpara... para meterla debajo de la cama. Don Bosco y su pasión como difusor

 José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Cuando niño, ya lo he contado en estos Apuntes, leí la biografía de Don Bosco y quedé impactado. En mis palabras de adulto encontré una persona que desde niño se topó con cosas importantes para vivir y se puso a compartirlas, con gran pasión, con mucha entrega y no menor creatividad. 

Fue saltimbanqui (que en castellano significa alguien que hace acrobacias y peripecias físicas al aire libre) y ello le daba pauta para replicar la homilía que había escuchado yendo temprano a misa y memorizándola casi por completo. Aprendió instrumentos musicales, participaba en "grupos de estudio" con sus compañeros de escuela. 

Ya siendo sacerdote, echó mano de todo tipo de recursos que tuvo a su mano, o que creó, para llegar a las personas: hizo coros, se acercó al mundo del trabajo infantil y juvenil para hacer contratos de trabajo, incluso llegó a poner escuelas para tener contacto mayor tiempo con los jóvenes y hacerles llegar su mensaje. 

Hoy, invitado por Itzel, amiga y de alguna manera compañera de vocación, quiero hablar de una faceta poco vista del santo de los jóvenes: la de autor y editor. 

Muy al inicio de su apostolado, consumido por la pasión de apoyar a cercanos y remotos para que pudieran concretar su cristianismo en una sociedad cambiante, que requería personas santas, sanas y sabias, se entregó a escribir: hizo manualitos, libros de texto de las más diversas asignaturas: matemáticas, historia sagrada, etc. Escribió biografías que hoy siguen siendo famosas, como la de Domingo Savio, Miguel Magone o Francisco Besucco... No menos famosas son sus obritas de teatro. Promovió la colección de "Lecturas católicas" y la "Biblioteca de la Juventud Italiana". Todo lo que cabía en la denominación buena prensa.

1174 textos impresos -dice la página oficial de los salesianos- (https://www.sdb.org/es/Dicasterios/Comunicacion_social/Historia/DON_BOSCO_E), todos de su pasión por compartir la luz que encontró desde niño y que fue haciendo intensa al pasar de su formación y el inicio de su vida sacerdotal... Pues... nadie enciende una luz para meterla debajo de la cama. Y menos en tiempos tan complicados como los que vivió el santo piamontés, con una incipiente prensa que publicaba todo tipo de materiales, generando desconcierto y muchas veces desinformación entre las personas que sabían entonces leer y escribir. 

Tan solo unos pocos años antes, Gregorio XVI, papa, había alertado contra la libertad de prensa, por todas las ideas modernas que se transmitían en revistas, opúsculos y libros y que muchas veces eran contrarias a las ideas eclesiales. Don Bosco, lejos de lanzar anatemas, se lanzó con todo a utilizar las ventajas de la prensa para difundirlos valores del evangelio y para dar herramientas formativas para adolescentes y jóvenes.

También fue periodista: fundó el boletín salesiano, revista mensual publicada en muchos idiomas, llenos de noticias de casa, pero también de artículos, crónicas y demás géneros periodísticos disponibles en la segunda mitad del siglo XIX. 

Pero eso no fue suficiente. Conforme fue consolidando la estructuración de su obra educativa, creó una formación técnica que tenía como intención dar herramientas para una vida ciudadana honesta a los egresados de sus casas salesianas. Y sí, mató varios pájaros de un tiro: puso la formación de artes gráfica: tipografía, impresión, encuadernación, distribución. 

En 1861 nació la tipográfica salesiana, para la siguiente década era tan importante, que hasta producía su propio papel y contaba con tecnología suiza de punta. El Boletín Salesiano de Centroamérica, en su edición de octubre del 2017, cuenta parte de los logros de esta historia, que fue acogida y potenciada por los hijos de Juan Bosco, creando editoriales y -después- radiodifusoras y televisoras en muchos países del mundo. Yo personalmente conocí La voz del Upano, un complejo radiofónico y televisivo en la Amazonía ecuatoriana, creado para llegar con buenos contenidos a todos los rincones posibles: impresionante en los últimos años del siglo XX, cuando los conocí.

El 24 de mayo de 1946 el papa Pio XII nombró a Juan Bosco patrono de los editores. Y en su persona, reconoció la importancia de lo que hoy llamamos pastoral de la comunicación. Llama la atención a todos los que compartimos buenas noticias, incluidos los educadores, para echar mano de los medios de comunicación para llegar al afecto y la inteligencia de las personas que nos toca acompañar: la buena prensa, los contenidos humanizantes adecuadamente difundidos son de gran valor para construir un mundo más como Dios quiere. 

Al ir escribiendo estas palabras, tomo conciencia de la influencia del patrono de los jóvenes y los editores en mi propia opción como autor, como editor (que lo fui durante más de tres lustros), como blogger. Y me siento afortunado de vivir en esta época con tantas posibilidades comunicativas, porque si encendemos un lámpara o la recibimos encendia, tenemos muchas, muchas, muchas oportunidades para alumbrar allí, donde nos ha tocado vivir.