Caminar, vivir, compartir...

Durante años viajeros han apuntado en libretas sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades... Esta es una de ellas, con los apuntes al vuelo de este viajar por la vida . Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir los apuntes que van haciendo de su caminar por la vida.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Migrar: entre la pérdida y el sentido

Guillermo Salvador Santos de Alba. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí



Migrar es algo profundamente humano (https://misapuntesenelcamino.blogspot.com/2018/11/yo-migro-tu-migras-todos-migramos.html?m=1), tiene que ver con lo que somos, lo que sentimos, lo que deseamos, y la visión que se nos va formando de nosotros con los demás en el mundo glocal que vamos caminando.

Comparto este apunte testimonial de Guillermo Santos, ahora migrante él mismo.



“You don’t just change countries—you transform who you are.”

Anónimo


Comienzo este escrito con esa frase que escuché en el camión mientras iba de regreso a casa. Este pequeño texto es una reflexión sobre aquello que ha ido cambiando mi vida durante mi caminar en Canadá.

Han pasado casi cuatro años desde que me mudé de México, y he guardado en la memoria y en el corazón varios acontecimientos que han sucedido en estos últimos días y que me han marcado para comprender el porqué, con mayor fe, de que cada día tiene su propio afán y va transformando la manera en la que voy entendiendo este caminar.

Con el tiempo me he dado cuenta de que cambiar de país ha transformado mi visión del mundo. Ahora México es mi raíz; es parte esencial de mi historia y de lo que soy. Me ha formado, me ha dado las herramientas para poder adaptarme a los cambios y salir adelante.

Canadá me ha transformado, porque aquí he perdido más de lo que tenía en México desde un punto de vista material. Me he quedado sin casa, sin una alimentación estable, sin un trabajo fijo, sin referencias de amigos que puedan ayudarme y sin un círculo que era mi espacio para expresar, jugar, platicar, confesar, dialogar, discutir, amar y experimentar a Dios.

Pero, desde el punto de vista espiritual, ha sido un proceso en el que he podido encontrarme con mi yo más profundo, con ese que, ante la comodidad de una vida estructurada, estaba un tanto dormido o apaciguado por la rutina de un día a día con sentido, pero monótono.

La segunda mayor locura de mi vida fue hacer este viaje por estudios. Dejando de lado lo personal, he comprendido que migrar es para valientes, para aquellos que se atreven a dejarlo todo. La frase puede parecer un tanto gastada, pero es real. Y esto no solo sucede cuando cambias de país; también ocurre en el día a día: al cambiar de trabajo, al tomar una decisión o al romper dinámicas que no ayudan a vivir. Ser valiente es atreverse a descentrarse para, desde ahí, reencontrarse.

Migrar es arriesgarse a salir al encuentro y, muchas veces, hacerlo con el corazón roto. Es aceptar nuevos caminos y nuevas personas, así como despedidas que marcan y se llevan una parte de uno. Es volver a encontrarse con incomodidades, insatisfacciones, cuestionamientos, búsquedas y pérdidas, y, sobre todo, comprender que así será la vida por un buen tiempo.

Pero no todo es negativo. También es encontrar una nueva familia, nuevos espacios de escucha, nuevos amigos, nuevos hobbies y actividades que estaban escondidas. Es comprender que la experiencia espiritual se expande y que la iglesia se convierte en Iglesia cuando se vive en comunidad, buscando al prójimo; aunque eso depende de la manera en la que cada uno decida vivirlo.

Es redescubrir el camino para comprender mejor el sentido de la vida. Vivir en otro país es aceptar que se empieza desde cero: con un nuevo idioma, con climas distintos a los que uno no está acostumbrado, y con todo lo que implica adaptarse nuevamente.

Es reencontrarme con mi soledad, reconocerla y aceptarla. Es comprender que el mundo, en cierto sentido, funciona de manera similar y que también está movido por la avaricia y el deseo de aprovecharse del prójimo; aunque aquí sea un poco menos evidente, también ocurre.

Para terminar, me quedo con esto: migrar es aprender a perder sin dejar de avanzar. Es soltar certezas para descubrir quién eres cuando ya no hay nada que te defina desde fuera. Se pierde estatus, comodidad y cercanía, pero se gana algo más profundo: sentido, fortaleza y una fe que deja de ser idea para volverse experiencia.

Migrar es entender que el corazón se ensancha incluso cuando duele, que cada despedida deja una huella y abre espacio para nuevos encuentros. Es aceptar que uno cambia, no porque quiera, sino porque la vida lo va moldeando en cada paso.

Al final, migrar no es huir ni empezar de cero: es empezar desde uno mismo. Es el arte de romperse lo suficiente para volverse a construir con más verdad. Y en ese proceso, descubrir que todo lo vivido —lo que se quedó y lo que se perdió— sigue habitando dentro, transformándose en una nueva forma de mirar, de amar y de vivir.

Porque, en el fondo, migrar es dejar que Dios desinstale tus seguridades para enseñarte que tu verdadero hogar siempre ha sido Él.


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lunes, 25 de mayo de 2026

Entre Atlas y Sísifo... el líder que no suelta

 José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más del autor, haz click aquí


Acabo de terminar un curso de posgrado en el que todos los estudiantes son trabajadores de la educación.

En más de un momento hablamos del rol que ha de jugar un educador que convoca y provoca a quienes le han sido confiados para que puedan ser la mejor persona que pueden ser, que interactúen consigo, con el mundo y con los demás de la manera en que más vida humana se produzca.

E invariablemente caímos en la cuenta de que no puede ser quien es el experto en todo, el que "carga sobre sus hombros a todo el alumnado, a sus padres y madres, a los actores sociales sobre sus hombros, andando el día a día como un héroe de la mitología griega que siendo humano debería aparentar ser en parte divino.

Y es que en el día a día los profesionales de la educación solemos repetir conductas que vemos en todos lados en los que las personas tienen que interactuar proactivamente para acometer los desafíos comunes: los comportamientos del líder casi dios.

En nuestra casa, en los distintos campos de la actividad humana quienes tienen la tarea de favorecer procesos que involucran a las personas y a la transformación (de otras personas, de las materias que terminan siendo bienes y productos), hemos crecido viendo a la cabeza de un grupo cargando con el peso de todo, reteniendo tareas, dirigiendo todo, diciéndole a cada quién cuándo, cómo, dónde hacer. Porque en el fondo piensa y siente que si ha llegado hasta donde se encuentra se debe a que ha demostrado que es persona capaz, que hace bien las cosas... Pero cuando voltea a ver a los demás: desconfía, quiere controlar todo y a todos. 

Y el saldo de esto casi siempre queda en números rojos: por el esfuerzo de uno, por lo invertido en tiempo, en energía; por el poco crecimiento de los involucrados y por el horizonte muy limitado en el que se desenvuelven las acciones. El líder que no suelta termina atrapado entre Atlas, el personaje mítico que tenía que cargar el mundo y Sísifo, el semidios castigado a cargar una roca enorme y pesada para subirla a una elevación de la cual volvía a caer, una y otra vez, en un esfuerzo que día a día terminaba siendo fútil, absurdo.

En el blog de Paco de Regil encontré una entrada que resulta muy iluminadora para la tarea del líder, que encaja perfecto con lo que conversábamos con los estudiantes: los líderes hemos de soltar para crecer. No te digo más, porque te invito a que lo leas en su original: Soltar para crecer.

Seguro que su lectura será provocadora para quienes por nuestro trabajo, por el rol familiar o social que jugamos, debemos construir posibilidades por, con y para los demás. 


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miércoles, 8 de abril de 2026

¿Qué hacer con los autores? Pues... ¡Tomarse un café!

 José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Imagen realizada por IA a través de Copilot

Leer no era lo máximo... pero...


Crecí como un niño "bastante normalito" (si es que puede haber alguien así). Mi infancia transcurrió entre la escuela, los deberes escolares, los libros de texto, la bicicleta, los diferentes tipos de pelotas y algunos años las reuniones semanales y los campamentos scouts.
           Cuando me enfermaba leía, leía muchas novelas: mi mamá nos castigaba sin ver televisión y para cumplir con la pena por nuestras acciones dejaba de pagar el cable, que era la única manera para recibir en casa la señal abierta de las tres televisoras que existían en los años setenta del siglo pasado. Las condiciones orográficas de Toluca, mi ciudad de crianza, dificultaban tortuosamente la recepción televisiva por medio de las entonces únicas antenas "de conejo".
           De enfermada en enfermada conocí a Phileas Fogg, Tom Arton, el Capitán Nemo, Ivanhoe, Ben Hur, Mowgli, Joe Marcha, sus hermanas, primos y sobrinos y el infaltable Colmillo Blanco... Disfruté las aventuras detectivescas de Agatha Christie, la cruenta historia de Sin novedad en el frente, las andanzas de los tres mosqueteros, que resultaban ser cuatro y la venganza aplaudida del Conde de Montecristo.
          Leer era gozar la lectura, las historias que alguien contaba... y ese alguien muchas veces anónimo quedaba subordinado al encanto de sus relatos, de las narraciones que hacía. De ellas y ellos aprendí muchas vertientes de la vida humana... obtuve "moralejas" y una sensibilidad interesante ante muy diversas situaciones humanas, incluso humanizantes...

Cuando todo cambió


Estudié la normal primaria, en aquellos tiempos en los que la formación básica magisterial era realizada después de la secundaria. Allí conocí "a los autores"... cuyo solo nombre era sinónimo de reverencia, de reconocimiento de una trayectoria intelectual y académica de la cual nosotros solo podíamos aspirar a ser depositarios y reproductores. Aparecieron ante mí Francisco Larroyo, Imideo Nérici, Joao Batista Libanio, Marta Harnecker, Paulo Freire, Rita Ferrini. 
           No se trataba más de compenetrarse con sus letras, disfrutar su prosa, extraer lo humano y humanizante de las páginas que habían escrito... Creo que con la intención de formar en nosotros, jovencitos aprendices de educadores, algo más que chambones escolares, nuestros maestros intentaron hacer de nosotros profesores ilustrados. Y en este afán tejieron lo que al paso del tiempo he llegado a considerar una de las más peligrosas y silentes perversiones: el culto al autor.
           Fue entonces cuando fui introducido a esa atmósfera en que los autores son "los verdaderos personajes, los dadores de verdad" en los campos del saber y sus lectores cuando mucho los humildes súbditos que debíamos decir con reverencia sus nombres y procurar que todas nuestras intervenciones estuvieran respaldadas en lo escrito por ellas y ellos (o lo dicho en sus conferencias, cuando podíamos acudir a alguna de ellas).
           Algunos años después, me enseñaron a escribir "textos con carácter científico"; y al ser yo estudiante de filosofía, eso consistía en presentar ideas recurriendo de igual manera a los autores, pero ahora construyendo un "aparato crítico"; esto es, la presentación de citas textuales y las referencias de las obras y páginas en que fueron dichas. Se insistía en que el decir del estudiante tenía que ser "fundamentado" y sin querer se iba construyendo una percepción de vasallaje intelectual frente a los señores feudales del pensamiento a quienes había que servir.
           No refiriéndome a mí, pero sí al ambiente en el que me he desempeñado como académico, el culto se fue fortalenciendo al grado de que todo pensamiento debe estar referido a un autor y citado conforme a las normas de escritura de la APA, con extremos de que cualquier cosa escrita debe derivar de un autor.

¿Y si lo importante si no fuera el autor por sí mismo?


En el plan de estudios que cursé en mi formación filosófica no existía materia alguna de metodología de investigación, ni cursos de redacción universitaria o comunicación académica. Nuestros maestros, sin embargo, nos pedían que pudiéramos presentar nuestros aprendizajes y reflexiones de manera clara, crítica y profesional.  
          Octavio Balderas fue mi maestro en un par de asignaturas que cursé en la formación filosófica. Él, como sus colegas, nos solicitaba que escribiéramos y siendo un buen didacta, nos allegó la forma de exponer NUESTRO pensamiento estructurado a partir de pensamientos verdaderos y plausibles, exigiendo de nosotros la cortesía de mostrar nuestras fuentes para que quien nos leyera pudiera acercarse a ellas. 
           En ese entonces tuve acercamiento a dos ideas que desde entonces me parecen lapidarias, atribuidas por distinto profesores en la autoría de Aristóteles y por lo que he llegado a leer se encuentran en los Tópicos y la Ética nicomaquea
 Si un argumento es bueno, debe aceptarse aunque lo diga alguien sin prestigio; y si es malo, debe rechazarse aunque lo diga el más reputado
Platón es mi amigo, pero más amiga es la verdad
Ambas aluden a la primacía de la verdad y la plausibilidad por encima del solo nombre del autor. Y es esto lo que requiere nuestro entendimiento de nosotros, de la vida social y la realidad que estudian las ciencias llamadas "naturales". Un planteamiento erróneo es erróneo independientemente de quien lo diga... Pero, ¿cómo podremos llegar a saber si esto es así, cuando la veneración por el autor atribuye a esta persona poderes cuasi divinos por los cuales lo que se dice debe ser dicho, sin más? Y además, referido conforme a los cánones de publicación de textos de una asociación de profesionales (como la APA, precisamente).

Un autor es...

Imagen creada por IA a través de Copilot


Antes de cumplir 30 años estudié periodismo y fui a dar a un empleo de editor en una universidad. Dos funciones terminaron de marcar mi comprensión respecto del papel que pueden jugar los autores en mi vida y proceso intelectual... y en los de cualquier persona.
           Debía deliberar junto a un grupo de compañeros reunidos en un consejo editorial que manuscritos deberían ser publicables, y si había un tema pertinente, pero no teníamos material había que hablar con quienes pudieran escribirlo.
            En esta parte de mi rol editorial debí "desmitificar" los escritos, aunque fueran de autores notables en el ámbito de mi desempeño. No todo texto tenía valor como algo publicable y era nuestro deber escudriñar páginas y páginas y su articulación en un posible libro. 
            Además, tuve que conversar con algunas personas cuyas obras había sido de importante impacto en mi formación inicial y continua como filósofo.
           Una anécdota más: en esa institución participaba en un seminario en el cual académicos ensayamos nuestras ideas en torno al gran tópico que denominábamos apertura a la trascendencia... Alrededor de dos años investigamos, leímos, discutimos, clarificamos y al final lo que habíamos producido terminó convirtiéndose en algunas publicaciones... Compañeros de trabajo que nos conocíamos del día a día... terminamos siendo nosotros mismos los autores.
          Me ha sucedido en ese tiempo y las décadas posteriores que hay personas que me conocen y dicen: yo he leído tus obras... ¡te imaginaba diferente! ¡Nunca he querido averiguar si eso era por admiración y por desilusión y desengaño! Y cuando hemos interactuado en clase, seminarios o círculos de diálogo, siempre hemos salido mutuamente enriquecidos.
           Por otra parte, al editar los textos era mi deber descubrir errores en los datos y en la forma de redactar; encontrar contradicciones, imprecisiones, ideas y argumentos inacabados... Y vaya que los había. Al discutirlos con sus creadores, casi siempre terminaban reconociendo que habían errado.
          Así descubrí que los autores somos personas comunes y corrientes, ninguna divinidad adorable (aunque algunos se campeen por la vida esperando veneración y reverencias porque publicaron algo -o mucho-, porque tienen grados académicos).
            Dialogando con ellas y ellos descubrimos la fuerza de las ideas, las distintas formas de expresarlas y compartirlas y cómo todo esto requiere no de ser alguien especialmente iluminado, sino personas con cierta disciplina como para poner por escrito o en audiovisuales los pensamiento construidos de manera conversacional y dialógica... Y claro, también con ciertos contacto para que alguna editorial o un medio los haga públicos y se llegue a más destinatarios que uno mismo.
           A partir de estas experiencias como ensayista, editor, articulista y de todo lo sucedido en los diálogos con los autores, me enfrenté a la gran riqueza del diálogo, mucho más factible de ser realizado frente a una taza de café o un vaso de alguna espirituosa (o tal vez algo más fuerte) con alguna vianda y una animada conversación. 
           En tiempos de los griegos como Platón, las personas se encontraban en los simposios... Se trataba de convites, de reuniones con comida y bebida suficiente para entregarse sin más al placer de compartir y debatir ideas. En un clima de ese tipo es más fácil entender cosas, juzgar su plausibilidad, sopesar su verdad... Eran encuentros con los conocidos, con los amigos, con los amigos de los amigos; verdaderos guateques en los que se celebraban las palabras, las ocurrencias, las ideas, momentos para discutir, consentir y disentir; para esclarecer (recuérdese el significado de aleteia, te puede servir leer APUNTES EN EL CAMINO: Soy filósofo y educador: ¡me encantan las desveladas!)
          De aquel entonces proviene el aforismo que en latín se escribió como In vino, veritas, con la que solemos referirnos a la forma en la que en la mesa, en la intimidad y la honestidad que dan comer y beber con los demás, podemos decir cosas que aunque parezcan informales, son portadoras de las verdades que iluminan nuestro día a día.
          En el simposio se "construye conocimiento", se "enmienda la plana", se aventuran hipótesis, se ensayan sus posibles respuestas... Y después, en la exigencia del silencio y la reflexión personal, se formulan las propuestas intelectuales que después son difundidas.

Tomarse un café con los autores

Imagen creada por IA en Copilot


La búsqueda de argumentos verdaderos o plausibles, la construcción de una forma de comprender la realidad solo puede ser el resultado de conversaciones francas y abiertas con otras personas. Toda construcción intelectual es, en última instancia, una producción dialógica. 
           Y conversar con los demás requiere, en última instancia, una camaradería que no es posible cuando la relación entre las personas se da en un contexto de servilismo, en el cual la autoridad es alguien ante el cual se suprime la inteligencia y se responde con mera voluntad de agrado o sumisión.
          A diferencia de la literatura, en la cual las historias o la poesía suelen imponerse por sí mismas, en el trabajo de investigación y estudio hay una cultura de culto al autor y sus formulaciones aceptándolas casi siempre sin más, llenando las propias producciones de un catálogo en muchas ocasiones servil de citas directas y otras solamente disfrazadas de indirectas por estilo, no por diálogo intelectual
           Hay que dialogar con los vivos, y con quienes siguen presentes a través de sus obras. Sentarnos a la mesa con ellos, tomar un café, hacernos y hacerles preguntas; si no a ellos directamente, sí a sus amigos -sus estudiosos o comentadores-, en el espíritu del dicho: los amigos de mis amigos son mis amigos. 
            Cuando lo que dicen (o escriben) nos llama de alguna manera la atención, hay que preguntar con esa naturalidad que tomar el café juntos nos da... ¿cómo se te ocurrió eso? ¿Por qué considerabas que eso era válido en tu época? ¿Seguiría siendo válido en estos tiempos, en un lugar tan lejano al tuyo? ¿De qué manera se parecía lo que vivías cuando pensaste y formulaste tu idea a lo que vivo? ¿Lo que dices tiene algo -de alguna manera- de transhistórico y transcultural? ¿Puede ser dicho con acierto de alguna otra manera, puede ser parafraseado? ¿Es tan contundente que debería decirlo con tus propias palabras? ¿Habrás tenido algún error en lo que señalas? E incluso expresar por qué se considera erróneo.
           Tras un convite (simposio) real o figurado puedo reposar un poco mi revolotear de ideas y entonces preguntarme: ¿todo esto, de qué manera enriquece mi propio entendimiento de las cosas? ¿Cómo las ideas de mi interlocutor pueden apoyar mi propia argumentación, mi discurso? ¿Cómo le dan claridad a mi propia metodología? ¿Cómo motivan y dan luz a mi propio posicionamiento frente a mí, frente a lo que vivo y reviso críticamente en mi reflexión, frente a lo que quiero comunicar?
            Tomarse un café con los autores es la única manera de volver vida las páginas que de otra manera solo serían un montón de letras sin sentido ni significado y que habría que repetir no por comprensión, sino por mero acto de fe en que las personas iluminadas son mejores que nosotros porque ellas y ellos están publicados y nosotros no.
           Tomarse un café con los autores es una gozada, porque en sus ideas encontramos el enriquecimiento de las propias y al final de cada sesión salimos más capaces de entender nuestro aquí y ahora y con mejores herramientas para diseñar la forma en la que en nuestro momento y lugar podemos dejar el mundo mejor que como lo hemos encontrado.

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domingo, 29 de marzo de 2026

De todos modos, ¡hazlo!... Los mandamientos ante la realidad que parece rebelársenos

José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

https://okdiario.com/

Kent M. Keith es un abogado, líder social,  doctor en educación, y propulsor del liderazgo basado en el servicio (servant lidership) en el que con un enfoque basado en la ética y el desarrollo de las personas propone una manera de comprender las relaciones interpersonales y organizacionales desde una perspectiva de trabajo significativo... Todo un personaje.

Sin embargo, a finales de la sexta década del siglo pasado era un muchacho inquieto, que había formado parte de organizaciones estudiantiles desde pequeño. Vivía en tiempos de mucho optimismo, en el que se pensaba en que había que comprometerse para cambiar los males de un mundo que no gustaba a los jóvenes. 

Poco antes de cumplir los 20 años llegó a Harvard y a esa corta edad se volvió consultor de agrupaciones estudiantiles y vio cómo sus contemporáneos fácilmente pasaban de los ideales al desencanto al tener la experiencia de que sus empeños chocaban con una realidad mucho más compleja de lo que ellos habían pensado. 

Kent comprendió para sí lo que pronto quiso transmitir a quienes como él querían enfrentar el mundo que les tocó vivir: que pese a todo, vale la pena el compromiso.

A los 19 años escribió los mandamientos paradójicos. Son el fruto de una intuición temprana inspirada en muchas fuentes, entre ellas la actitud de Jesús ante la cruz, que suele conmemorarse en el viernes santo: los acontecimientos externos pueden o no modificarse y funcionan muchas veces más allá de nuestra voluntad y determinación... 

Aunque las cosas puedan no cambiar como esperamos y eso quede fuera de nuestro control, podemos comprometernos con ellas, "de cualquier modo", de "a como nos toque" (su libro de 2002 se llamo Anyway: the paradoxical commandments). 

De eso tratan los Mandamientos paradójicos, un conjunto de aforismos que han servido de inspiración para mucha gente. El propio Dr. Kent declara que la madre Teresa los tenía impresos y exhibidos en su orfanato de Calcuta. 

Escribo este apunte un domingo de Ramos, que para quienes somos creyentes anuncia una de las más grandes paradojas humanas: Jesús, el comprometido con la fraternidad, con la causa de los enfermos, los pobres, los hambrientos, los marginados, terminó en la cruz, enseñándonos que la causa de la vida siempre, de cualquier forma, de todos modos, vale la pena. 

En este contexto de Semana Santa y Pascua, en la tranquilidad de un pueblo de la región media de San Luis Potosí, te comparto el texto, en una versión de José Luis Usero Vílchez, publicada en SCRIBD (https://es.scribd.com/doc/112734487/los-mandamientos-paradojicos). Deseo que te resulten inspiradores, en cualquier caso y de todos modos.

  1. Las personas son ilógicas, poco razonables y egocéntricas. Ámalos de todos modos.
  2. Si haces el bien, la gente te acusará de motivos egoístas y ulteriores. Haz el bien de todos modos.
  3. Si tienes éxito, ganarás falsos amigos y verdaderos enemigos. Persigue el éxito de todos modos.
  4. El bien que hagas hoy será olvidado mañana. Haz el bien de todos modos.
  5. La honestidad y la franqueza te hacen vulnerable. Sé honesto y franco de todos modos.
  6. Los hombres y mujeres más grandes, con las ideas más grandes pueden ser derribados por los hombres y mujeres más pequeños con las mentes más pequeñas. Piensa en grande de todos modos.
  7. La gente favorece a los desvalidos, pero solo sigue a los mejores. Lucha por unos pocos desvalidos de todos modos.
  8. Lo que pasas años construyendo puede ser destruido de la noche a la mañana. Construye de todos modos.
  9. La gente realmente necesita ayuda, pero puede atacarte si les ayudas. Ayuda a la gente de todos modos.
  10. Dale al mundo lo mejor que tienes y te darán una patada en los dientes. Dale al mundo lo mejor que tienes de todos modos.


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viernes, 6 de marzo de 2026

Y es que de verdad no es mera moda... Hablemos de convivencia escolar pacífica

 José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

https://procomun.intef.es/node/111909

Claro: soy educador y trabajo en una institución educativa. Por los servicios que presto en algunos grupos interinstitucionales escucho que se habla de violencia escolar, de convivencia escolar, de cultura de paz en las escuelas. 

Casi pareciera de mal gusto no traer a colación el tema, compartir alguna anécdota, quejarse de la indefensión en la que nos encontramos los docentes, administrativos y directivos ante la saña on la cual pueden actuar las familias. 

¿Se trata de una moda? ¿Es solo un producto del amarillismo con el cual se han abordado los incidentes de violencia que involucran a estudiantes? ¿O solo es que hay que hacer visible la vulnerabilidad de los trabajadores de la educación ante los embates de estudiantes y padres de familia mal intencionados? 

El pasado lunes 2 de marzo (de 2026) tuve una charla con dos educadores en la paz para la paz, a quienes admiro y respeto. Hicimos un en vivo en You Tube, que te comparto. Lo que ella y él nos comparten, es interesante: te invito a saborear este diálogo, que resultó muy agradable.