Crecí como un niño "bastante normalito" (si es que puede haber alguien así). Mi infancia transcurrió entre la escuela, los deberes escolares, los libros de texto, la bicicleta, los diferentes tipos de pelotas y algunos años las reuniones semanales y los campamentos scouts.
Cuando me enfermaba leía, leía muchas novelas: mi mamá nos castigaba sin ver televisión y para cumplir con la pena por nuestras acciones dejaba de pagar el cable, que era la única manera para recibir en casa la señal abierta de las tres televisoras que existían en los años setenta del siglo pasado. Las condiciones orográficas de Toluca, mi ciudad de crianza, dificultaban tortuosamente la recepción televisiva por medio de las entonces únicas antenas "de conejo".
De enfermada en enfermada conocí a Phileas Fogg, Tom Arton, el Capitán Nemo, Ivanhoe, Ben Hur, Mowgli, Joe Marcha, sus hermanas, primos y sobrinos y el infaltable Colmillo Blanco... Disfruté las aventuras detectivescas de Agatha Christie, la cruenta historia de Sin novedad en el frente, las andanzas de los tres mosqueteros, que resultaban ser cuatro y la venganza aplaudida del Conde de Montecristo.
Leer era gozar la lectura, las historias que alguien contaba... y ese alguien muchas veces anónimo quedaba subordinado al encanto de sus relatos, de las narraciones que hacía. De ellas y ellos aprendí muchas vertientes de la vida humana... obtuve "moralejas" y una sensibilidad interesante ante muy diversas situaciones humanas, incluso humanizantes...
Cuando todo cambió
Estudié la normal primaria, en aquellos tiempos en los que la formación básica magisterial era realizada después de la secundaria. Allí conocí "a los autores"... cuyo solo nombre era sinónimo de reverencia, de reconocimiento de una trayectoria intelectual y académica de la cual nosotros solo podíamos aspirar a ser depositarios y reproductores. Aparecieron ante mí Francisco Larroyo, Imideo Nérici, Joao Batista Libanio, Marta Harnecker, Paulo Freire, Rita Ferrini.
No se trataba más de compenetrarse con sus letras, disfrutar su prosa, extraer lo humano y humanizante de las páginas que habían escrito... Creo que con la intención de formar en nosotros, jovencitos aprendices de educadores, algo más que chambones escolares, nuestros maestros intentaron hacer de nosotros profesores ilustrados. Y en este afán tejieron lo que al paso del tiempo he llegado a considerar una de las más peligrosas y silentes perversiones: el culto al autor.
Fue entonces cuando fui introducido a esa atmósfera en que los autores son "los verdaderos personajes, los dadores de verdad" en los campos del saber y sus lectores cuando mucho los humildes súbditos que debíamos decir con reverencia sus nombres y procurar que todas nuestras intervenciones estuvieran respaldadas en lo escrito por ellas y ellos (o lo dicho en sus conferencias, cuando podíamos acudir a alguna de ellas).
Algunos años después, me enseñaron a escribir "textos con carácter científico"; y al ser yo estudiante de filosofía, eso consistía en presentar ideas recurriendo de igual manera a los autores, pero ahora construyendo un "aparato crítico"; esto es, la presentación de citas textuales y las referencias de las obras y páginas en que fueron dichas. Se insistía en que el decir del estudiante tenía que ser "fundamentado" y sin querer se iba construyendo una percepción de vasallaje intelectual frente a los señores feudales del pensamiento a quienes había que servir.
No refiriéndome a mí, pero sí al ambiente en el que me he desempeñado como académico, el culto se fue fortalenciendo al grado de que todo pensamiento debe estar referido a un autor y citado conforme a las normas de escritura de la APA, con extremos de que cualquier cosa escrita debe derivar de un autor.
¿Y si lo importante si no fuera el autor por sí mismo?
En el plan de estudios que cursé en mi formación filosófica no existía materia alguna de metodología de investigación, ni cursos de redacción universitaria o comunicación académica. Nuestros maestros, sin embargo, nos pedían que pudiéramos presentar nuestros aprendizajes y reflexiones de manera clara, crítica y profesional.
Octavio Balderas fue mi maestro en un par de asignaturas que cursé en la formación filosófica. Él, como sus colegas, nos solicitaba que escribiéramos y siendo un buen didacta, nos allegó la forma de exponer NUESTRO pensamiento estructurado a partir de pensamientos verdaderos y plausibles, exigiendo de nosotros la cortesía de mostrar nuestras fuentes para que quien nos leyera pudiera acercarse a ellas.
En ese entonces tuve acercamiento a dos ideas que desde entonces me parecen lapidarias, atribuidas por distinto profesores en la autoría de Aristóteles y por lo que he llegado a leer se encuentran en los Tópicos y la Ética nicomaquea
Si un argumento es bueno, debe aceptarse aunque lo diga alguien sin prestigio; y si es malo, debe rechazarse aunque lo diga el más reputado
Platón es mi amigo, pero más amiga es la verdad
Ambas aluden a la primacía de la verdad y la plausibilidad por encima del solo nombre del autor. Y es esto lo que requiere nuestro entendimiento de nosotros, de la vida social y la realidad que estudian las ciencias llamadas "naturales". Un planteamiento erróneo es erróneo independientemente de quien lo diga... Pero, ¿cómo podremos llegar a saber si esto es así, cuando la veneración por el autor atribuye a esta persona poderes cuasi divinos por los cuales lo que se dice debe ser dicho, sin más? Y además, referido conforme a los cánones de publicación de textos de una asociación de profesionales (como la APA, precisamente).
Un autor es...
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Antes de cumplir 30 años estudié periodismo y fui a dar a un empleo de editor en una universidad. Dos funciones terminaron de marcar mi comprensión respecto del papel que pueden jugar los autores en mi vida y proceso intelectual... y en los de cualquier persona.
Debía deliberar junto a un grupo de compañeros reunidos en un consejo editorial que manuscritos deberían ser publicables, y si había un tema pertinente, pero no teníamos material había que hablar con quienes pudieran escribirlo.
En esta parte de mi rol editorial debí "desmitificar" los escritos, aunque fueran de autores notables en el ámbito de mi desempeño. No todo texto tenía valor como algo publicable y era nuestro deber escudriñar páginas y páginas y su articulación en un posible libro.
Además, tuve que conversar con algunas personas cuyas obras había sido de importante impacto en mi formación inicial y continua como filósofo.
Una anécdota más: en esa institución participaba en un seminario en el cual académicos ensayamos nuestras ideas en torno al gran tópico que denominábamos apertura a la trascendencia... Alrededor de dos años investigamos, leímos, discutimos, clarificamos y al final lo que habíamos producido terminó convirtiéndose en algunas publicaciones... Compañeros de trabajo que nos conocíamos del día a día... terminamos siendo nosotros mismos los autores.
Me ha sucedido en ese tiempo y las décadas posteriores que hay personas que me conocen y dicen: yo he leído tus obras... ¡te imaginaba diferente! ¡Nunca he querido averiguar si eso era por admiración y por desilusión y desengaño! Y cuando hemos interactuado en clase, seminarios o círculos de diálogo, siempre hemos salido mutuamente enriquecidos.
Por otra parte, al editar los textos era mi deber descubrir errores en los datos y en la forma de redactar; encontrar contradicciones, imprecisiones, ideas y argumentos inacabados... Y vaya que los había. Al discutirlos con sus creadores, casi siempre terminaban reconociendo que habían errado.
Así descubrí que los autores somos personas comunes y corrientes, ninguna divinidad adorable (aunque algunos se campeen por la vida esperando veneración y reverencias porque publicaron algo -o mucho-, porque tienen grados académicos).
Dialogando con ellas y ellos descubrimos la fuerza de las ideas, las distintas formas de expresarlas y compartirlas y cómo todo esto requiere no de ser alguien especialmente iluminado, sino personas con cierta disciplina como para poner por escrito o en audiovisuales los pensamiento construidos de manera conversacional y dialógica... Y claro, también con ciertos contacto para que alguna editorial o un medio los haga públicos y se llegue a más destinatarios que uno mismo.
A partir de estas experiencias como ensayista, editor, articulista y de todo lo sucedido en los diálogos con los autores, me enfrenté a la gran riqueza del diálogo, mucho más factible de ser realizado frente a una taza de café o un vaso de alguna espirituosa (o tal vez algo más fuerte) con alguna vianda y una animada conversación.
En tiempos de los griegos como Platón, las personas se encontraban en los simposios... Se trataba de convites, de reuniones con comida y bebida suficiente para entregarse sin más al placer de compartir y debatir ideas. En un clima de ese tipo es más fácil entender cosas, juzgar su plausibilidad, sopesar su verdad... Eran encuentros con los conocidos, con los amigos, con los amigos de los amigos; verdaderos guateques en los que se celebraban las palabras, las ocurrencias, las ideas, momentos para discutir, consentir y disentir; para esclarecer (recuérdese el significado de aleteia, te puede servir leer
APUNTES EN EL CAMINO: Soy filósofo y educador: ¡me encantan las desveladas!)
De aquel entonces proviene el aforismo que en latín se escribió como In vino, veritas, con la que solemos referirnos a la forma en la que en la mesa, en la intimidad y la honestidad que dan comer y beber con los demás, podemos decir cosas que aunque parezcan informales, son portadoras de las verdades que iluminan nuestro día a día.
En el simposio se "construye conocimiento", se "enmienda la plana", se aventuran hipótesis, se ensayan sus posibles respuestas... Y después, en la exigencia del silencio y la reflexión personal, se formulan las propuestas intelectuales que después son difundidas.
Tomarse un café con los autores
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La búsqueda de argumentos verdaderos o plausibles, la construcción de una forma de comprender la realidad solo puede ser el resultado de conversaciones francas y abiertas con otras personas. Toda construcción intelectual es, en última instancia, una producción dialógica.
Y conversar con los demás requiere, en última instancia, una camaradería que no es posible cuando la relación entre las personas se da en un contexto de servilismo, en el cual la autoridad es alguien ante el cual se suprime la inteligencia y se responde con mera voluntad de agrado o sumisión.
A diferencia de la literatura, en la cual las historias o la poesía suelen imponerse por sí mismas, en el trabajo de investigación y estudio hay una cultura de culto al autor y sus formulaciones aceptándolas casi siempre sin más, llenando las propias producciones de un catálogo en muchas ocasiones servil de citas directas y otras solamente disfrazadas de indirectas por estilo, no por diálogo intelectual
Hay que dialogar con los vivos, y con quienes siguen presentes a través de sus obras. Sentarnos a la mesa con ellos, tomar un café, hacernos y hacerles preguntas; si no a ellos directamente, sí a sus amigos -sus estudiosos o comentadores-, en el espíritu del dicho: los amigos de mis amigos son mis amigos.
Cuando lo que dicen (o escriben) nos llama de alguna manera la atención, hay que preguntar con esa naturalidad que tomar el café juntos nos da... ¿cómo se te ocurrió eso? ¿Por qué considerabas que eso era válido en tu época? ¿Seguiría siendo válido en estos tiempos, en un lugar tan lejano al tuyo? ¿De qué manera se parecía lo que vivías cuando pensaste y formulaste tu idea a lo que vivo? ¿Lo que dices tiene algo -de alguna manera- de transhistórico y transcultural? ¿Puede ser dicho con acierto de alguna otra manera, puede ser parafraseado? ¿Es tan contundente que debería decirlo con tus propias palabras? ¿Habrás tenido algún error en lo que señalas? E incluso expresar por qué se considera erróneo.
Tras un convite (simposio) real o figurado puedo reposar un poco mi revolotear de ideas y entonces preguntarme: ¿todo esto, de qué manera enriquece mi propio entendimiento de las cosas? ¿Cómo las ideas de mi interlocutor pueden apoyar mi propia argumentación, mi discurso? ¿Cómo le dan claridad a mi propia metodología? ¿Cómo motivan y dan luz a mi propio posicionamiento frente a mí, frente a lo que vivo y reviso críticamente en mi reflexión, frente a lo que quiero comunicar?
Tomarse un café con los autores es la única manera de volver vida las páginas que de otra manera solo serían un montón de letras sin sentido ni significado y que habría que repetir no por comprensión, sino por mero acto de fe en que las personas iluminadas son mejores que nosotros porque ellas y ellos están publicados y nosotros no.
Tomarse un café con los autores es una gozada, porque en sus ideas encontramos el enriquecimiento de las propias y al final de cada sesión salimos más capaces de entender nuestro aquí y ahora y con mejores herramientas para diseñar la forma en la que en nuestro momento y lugar podemos dejar el mundo mejor que como lo hemos encontrado.
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