José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más del autor, haz click aquí
[...] me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.
León XIV (2026), Escuchar y ayunar: la cuaresma como tiempo de conversión. Mensaje del Santo Padre León XIV para la Cuaresma 2026, https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/messages/lent/documents/20260205-messaggio-quaresima.html.
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A veces nos perdemos de las "pequeñas cosas de la vida", esas que llamamos así porque son cotidianas y estamos muy acostumbrados a ellas. Las perdemos de vista, "se salen de nuestro radar". Y de vez en vez conviene traerlas a colación en nuestras conversaciones, en los asuntos que conviene reflexionar, porque en ellas puede haber claves humanizantes.
Hace algún tiempo publiqué un apunte (APUNTES EN EL CAMINO: Risa que humaniza, risa que deshumaniza) en el que llamé la atención sobre la risa, dando cuenta de su carácter afiliante y refundante, pero también de su dimensión opresora, inmovilizante. Ahora quiero voltear un poco la vista hacia las palabras.
Palabras que restan
| https://panoramacatolico.com/el-sindrome-de-la-maledicencia/ |
A principios de este mes, el 5 de febrero, León XIV propuso a la Iglesia -y a todo el que se le dé la gana leerlo- su mensaje para la Cuaresma 2026. Espero no pecar de obviedad si recuerdo a quien me lee que en una tradición milenaria tiempo previo a la celebración de la Pascua se dedica a que las personas puedan disponerse física y mentalmente para tener presente lo que vale la pena en el día a día, porque fomenta la vida, porque robustece la apuesta por el amor, por la justicia allí donde estemos, donde aportemos nuestra "cuota humanizante".
Pues bien, el sucesor del Papa Francisco trae a colación de la disposición física, mental y espiritual a los que somos invitados a sumarnos, una abstinencia que va más allá de ayunar y seleccionar los alimentos en algunos días: abstenerse de las malas palabras (no precisamente y meramente las palabras soeces, de las cuales escribí en el Apunte APUNTES EN EL CAMINO: La bendición y la maldición de las palabras soeces).
Se refiere a esas palabras que restan, que incluso pueden de alguna manera ser semejantes a matar sin quitar la vida física, sobre las que de múltiples maneras personas sabias como Francisco de Sales (escribió en la Introduccióna la vida devota: de los demás o hablar bien o no hablar) o Juan Bosco (quien insistía a jóvenes y educadores que se cuidaran de murmurar, de maldecir, o sea decir mal unos de otros) o el Papa Francisco (quien en muchas intervenciones habló del tema, llegando incluso a afirmar que el que calumnia asesina, como en la Audiencia del 15 de diciembre de 2017).
Personalmente he sido testigo de los efectos terribles para las personas y los grupos que tienen las palabras en las que se calumnia o injuria a alguien, sea por ignorancia (me acosó, sin conocer el significado real y jurídico del término) o por acción deliberada para tomar revancha de alguien o dañarlo por la razón que sea...
Las palabras que restan son:
- Las que sobajan a los demás, que humillan. Son las que utilizamos para descalificar, para burlarnos, para expresar nuestros prejuicios raciales, socioeconómicos, ideológicos).
- Las que promueven el humor y la risa desafiliantes, que cosifica a los demás, que los desconoce la riqueza que tiene y puede tener cada persona.
- Las que desvirtúan la realidad en la mentira. Al esconder la verdad terminan perjudicando a quien las dice, y muy seguramente a aquellos que conviven.
- Las que en su vaguedad nos impiden nombrar acertadamente la realidad para interactuar con ella; como sucede con el lenguaje lépero -muy pobre en recursos y significados, que en una palabra quiere agotar toda la realidad).
- Las que impiden el silencio, que aturden y que imposibilitan la escucha de los demás.
- Las que encasillan y reducen toda la riqueza de una o más personas en un adjetivo utilizado de manera totalizante (como cuando decimos de alguien que es un pendejo o que es brillante: todos somos más que eso y quien nos lo dice nos encasilla, nos encuadra, con buena o mala intención).
- Las que se usan para murmurar, que significa hablar mal de los ausentes, generando una visión de sus personas y actos ante las cuales no pueden decir sus propias palabras, explicarse o mostrarse para romper la visión unilateral de los murmuradores.
- Las que desconocen a los demás, que lanzan mensajes xenófobos, incluso beligerantes, que provocan enfrentamientos entre las personas, los grupos y las naciones. Son las palabras del odio (APUNTES EN EL CAMINO: Si el odio empieza con las palabras... la paz comienza con la educación), del conflicto que no se resuelve en justicia, de la violencia que apabulla.
Se trata de términos diabólicos (en este momento, por favor deja de lado las paranoias y falsificaciones religiosas que hacen ver diablitos por doquiera). Diabólico en su etimología es antónimo de simbólico y se refiere a lo que arrojado entre las personas las separa. Lo diabólico no es humanizante porque impide la alteridad, la posibilidad de ser por con y para los demás... Disminuye la capacidad de acometer juntos los desafíos que nos plantean nuestro lugar y nuestro momento para que de alguna manera podamos vivir en dignidad.
Palabras que suman
- Las que reconocen y agradecen a los demás lo que son, lo que hacen, lo que comparten, lo que aportan en los procesos de vida, del mínimo que sí es posible de justicia...
- Las que permiten que al hablar podamos compartir lo que entendemos, formas de comprensión que permiten la interacción con uno mismo, con los demás, con el mundo (las palabras denotativas)
- Las que permiten atisbar lo inefable, como las que en el arte nos asoman a la grandeza y al misterio propio, de quienes coinciden con nosotros en la vida, de la magnificencia de nuestra casa común. Son las que llevan a la contemplación, al silencio que es siempre buen hermanito de nuestra habla, porque lleva a la escucha de los demás e incluso de uno mismo.
- Las que nos pro-vocan hacia las posibilidades holísticas que tenemos, que nos convocan a actuar, a reflexionar, a agradecer, a celebrar el día a día y los grandes momentos de la vida, esos que reflejamos en las efemérides, que nos permiten resignificar el tiempo.
- Las que llevan de la inquina y la animadversión a la paz y la esperanza.
- Las que nos auxilian para superar el conflicto, para desmantelar la violencia; que nos permiten asumir nuestra ética y compartirla con los demás.
- Las que promueven el humor que nos rehace, que nos permite relativizar lo que en la vida nos parece enormemente amenazante y así nos ponen en condiciones de interactuar con los desafíos del día a día.
- Las precisas, las que van más allá de la vaguedad de la vulgaridad, que al no decir en realidad algo, llevan a la indiferencia y la inmovilidad.
Se trata, entonces de términos simbólicos, lo contrario a diabólicos. Las que permiten el reconocimiento de los personas como seres capaces de empatía y compasión; también de inteligencia y voluntad para avanzar los caminos de libertad a los que estamos llamados desde nosotros mismos, pero siempre por, con y para los demás en el mundo.
Lo interesante de todo esto es que, con un poco de atención a "las cosas pequeñas", las del cada día, podemos detectar en nosotros la maledicencia, pero también la benedicencia (decir mal, decir bien) y podemos dar pasos humanizantes, que por pequeños que sean siempre abonan para la construcción ética de nuestra vida personal y comunitaria... Y mejoran nuestro universo individual, el de nuestras interrelaciones; nuestro presente y la posibilidad de heredar un mundo mejor que el que hemos recibido.





