José Rafael de Regil Vélez Si quieres conocer más del autor haz click aquí
La paz, vivir en paz, estar en paz, tener paz, no es algo que sucede porque sí, ni por magia, ni por el mero conjuro de los dioses o las fuerzas de la tierra o el universo. No: requiere acción, compromiso y saber que la poca o mucha paz que pueda existir en lo individual, en lo micro o macro social, no será un estado que se alcanza, sino un proceso ininterrumpido de búsqueda y concreción de lo que nos hace profundamente humanos (¿De qué hablamos cuando hablamos de paz?).
Eso de lo pacífico es difícil de hablar… Las palabras muy concretas de
nuestra vida cotidiana se tornan insuficientes y debemos recurrir a analogías,
a otras palabras que nos permitan aproximaciones para que podamos dialogar de
estas cosas entre nosotros y meter el hombro unos con otros a partir de un mínimo
de referentes comunes.
Hace poco, mientras participaba como público en un conversatorio sobre
esta temática organizado por la Universidad de Guanajuato, escuché algo que me
impactó, que removió mi sentir y mi pensar: es posible que sea más revelador
hablar de cultivar la paz que de construirla... Explotaron mi cabeza y mi
corazón.
La idea de construir es muy urbana. Nos remite a obras increíbles de
belleza (arquitectura) y tecnología (ingeniería)… Pero en último término estructuras
establecidas, terminadas, rígidas, que dependen de la razón que diseña y
proyecta, tanto más que de la voluntad y el deseo de que existan.
Por su parte la idea de cultivar, si bien tiene una dimensión urbana, en
realidad es más rural, campirana.
Quien ha estado cerca del campo, sabe que la relación con la tierra y
los cultivos va más allá de un proyecto ingenieril, hasta llegar a una
relación entrañable entre el campesino y su cultivo; un cuidado que sabe de la
fragilidad de la vida a cuyo servicio pone sus afanes; de la necesidad de
prevenir y atender la plaga, la sequía, de estar pendientes de los estados
metereológicos que, en última instancia no son tan controlables, que hacen que
el cultivo sea el fruto de un empeño amoroso, comprometido incluso en medio de
la incertidumbre…
Y fundamentalmente cultivar la tierra se trata de iniciar y reiniciar una
y otra vez porque los frutos son temporales, porque no se dan de una vez y para
siempre. Requieren de la permanente fe en el triunfo de la vida.
Y sí: mi experiencia como persona comprometida con los procesos de paz,
de convivencia pacífica termina siendo muy cercana a la idea de sembrar y
cultivarla que solo proyectarla y construirla.
Pienso que no se trata de mera semántica, sino de significados profundos
para hablar y vivir el compromiso humanizante, el que busca de distintas formas
la posibilidad de la vida humana digna; en el que hay que cuidar, reiniciar una
y otra vez, en el disfrute del fruto que hay que seguir buscando una y otra vez.

