Caminar, vivir, compartir...

Durante años viajeros han apuntado en libretas sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades... Esta es una de ellas, con los apuntes al vuelo de este viajar por la vida . Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir los apuntes que van haciendo de su caminar por la vida.
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miércoles, 27 de mayo de 2026

Migrar: entre la pérdida y el sentido

Guillermo Salvador Santos de Alba. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí



Migrar es algo profundamente humano (https://misapuntesenelcamino.blogspot.com/2018/11/yo-migro-tu-migras-todos-migramos.html?m=1), tiene que ver con lo que somos, lo que sentimos, lo que deseamos, y la visión que se nos va formando de nosotros con los demás en el mundo glocal que vamos caminando.

Comparto este apunte testimonial de Guillermo Santos, ahora migrante él mismo.



“You don’t just change countries—you transform who you are.”

Anónimo


Comienzo este escrito con esa frase que escuché en el camión mientras iba de regreso a casa. Este pequeño texto es una reflexión sobre aquello que ha ido cambiando mi vida durante mi caminar en Canadá.

Han pasado casi cuatro años desde que me mudé de México, y he guardado en la memoria y en el corazón varios acontecimientos que han sucedido en estos últimos días y que me han marcado para comprender el porqué, con mayor fe, de que cada día tiene su propio afán y va transformando la manera en la que voy entendiendo este caminar.

Con el tiempo me he dado cuenta de que cambiar de país ha transformado mi visión del mundo. Ahora México es mi raíz; es parte esencial de mi historia y de lo que soy. Me ha formado, me ha dado las herramientas para poder adaptarme a los cambios y salir adelante.

Canadá me ha transformado, porque aquí he perdido más de lo que tenía en México desde un punto de vista material. Me he quedado sin casa, sin una alimentación estable, sin un trabajo fijo, sin referencias de amigos que puedan ayudarme y sin un círculo que era mi espacio para expresar, jugar, platicar, confesar, dialogar, discutir, amar y experimentar a Dios.

Pero, desde el punto de vista espiritual, ha sido un proceso en el que he podido encontrarme con mi yo más profundo, con ese que, ante la comodidad de una vida estructurada, estaba un tanto dormido o apaciguado por la rutina de un día a día con sentido, pero monótono.

La segunda mayor locura de mi vida fue hacer este viaje por estudios. Dejando de lado lo personal, he comprendido que migrar es para valientes, para aquellos que se atreven a dejarlo todo. La frase puede parecer un tanto gastada, pero es real. Y esto no solo sucede cuando cambias de país; también ocurre en el día a día: al cambiar de trabajo, al tomar una decisión o al romper dinámicas que no ayudan a vivir. Ser valiente es atreverse a descentrarse para, desde ahí, reencontrarse.

Migrar es arriesgarse a salir al encuentro y, muchas veces, hacerlo con el corazón roto. Es aceptar nuevos caminos y nuevas personas, así como despedidas que marcan y se llevan una parte de uno. Es volver a encontrarse con incomodidades, insatisfacciones, cuestionamientos, búsquedas y pérdidas, y, sobre todo, comprender que así será la vida por un buen tiempo.

Pero no todo es negativo. También es encontrar una nueva familia, nuevos espacios de escucha, nuevos amigos, nuevos hobbies y actividades que estaban escondidas. Es comprender que la experiencia espiritual se expande y que la iglesia se convierte en Iglesia cuando se vive en comunidad, buscando al prójimo; aunque eso depende de la manera en la que cada uno decida vivirlo.

Es redescubrir el camino para comprender mejor el sentido de la vida. Vivir en otro país es aceptar que se empieza desde cero: con un nuevo idioma, con climas distintos a los que uno no está acostumbrado, y con todo lo que implica adaptarse nuevamente.

Es reencontrarme con mi soledad, reconocerla y aceptarla. Es comprender que el mundo, en cierto sentido, funciona de manera similar y que también está movido por la avaricia y el deseo de aprovecharse del prójimo; aunque aquí sea un poco menos evidente, también ocurre.

Para terminar, me quedo con esto: migrar es aprender a perder sin dejar de avanzar. Es soltar certezas para descubrir quién eres cuando ya no hay nada que te defina desde fuera. Se pierde estatus, comodidad y cercanía, pero se gana algo más profundo: sentido, fortaleza y una fe que deja de ser idea para volverse experiencia.

Migrar es entender que el corazón se ensancha incluso cuando duele, que cada despedida deja una huella y abre espacio para nuevos encuentros. Es aceptar que uno cambia, no porque quiera, sino porque la vida lo va moldeando en cada paso.

Al final, migrar no es huir ni empezar de cero: es empezar desde uno mismo. Es el arte de romperse lo suficiente para volverse a construir con más verdad. Y en ese proceso, descubrir que todo lo vivido —lo que se quedó y lo que se perdió— sigue habitando dentro, transformándose en una nueva forma de mirar, de amar y de vivir.

Porque, en el fondo, migrar es dejar que Dios desinstale tus seguridades para enseñarte que tu verdadero hogar siempre ha sido Él.


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martes, 31 de diciembre de 2024

Fraternidad, solidaridad y esperanza: ser humanos sigue siendo posible

 José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Recientemente tuve que recurrir a mis amigos. Me enfrenté a una situación económica inesperada por tener que pagar gastos médicos que no tenía previstos y que eran importantes para atender la salud de un familiar cercano.

La inmediatez del asunto me encontró de alguna forma con las manos atadas... pensé algunas posibilidades, pero de alguna manera todas resultaban más que menos inviables. Me armé de valor, conversé con un par de amigos y con otras personas cercanas y lancé la invitación: "participa en una campaña de solidaridad fraterna y apóyame con un regalo monetario". A cambio puse a disposición cuatro regalos para sortearlos entre mis benefactores.

La experiencia fue mucho más intensa de lo que me imaginé. Tuve respuestas prácticamente de manera inmediata. Los amigos de todo tipo se comunicaron: me preguntaron de qué se trataba, si podían hacer algo más. Varios me dijeron que recibiera el dinero y que no era necesario que los registrara en las listas que preparé para irles otorgando números para el día de la insaculación que me permitiera repartir los regalos que destiné para la ocasión.

En esa comunicación charlamos, pudimos recordar las veces que hemos coincidido, compartido, lo que nos agradecemos; incluso las ocasiones en las que hemos podido ayudarnos.

A lo largo de este año que fenece tuve lumbalgias, dolores ocasionados por contracturas musculares en la espalda tan peculiares, que prácticamente me dejan inmovilizado. Vivo solo y eso supone dificultades para surtir medicamento, ir al médico, tener qué comer... Y en cada una de las ocasiones salí adelante sin problema por quienes me cuidan y procuran. Si tuve miedo por las consecuencias de la soledad, hoy se han disipado porque tengo una red de solidaridad física y emocional que me sostiene.

Por la cercanía de las fechas decembrinas al considerar estas situaciones me experimenté esperanzado, tranquilo, sabiendo que el futuro -venga como venga- será llevadero, porque hay mujeres y hombres de distintas edades y diversos orígenes, que coincidimos en que caminar juntos de alguna manera -tan solo de alguna manera- nos posibilita seguir adelante, plantar cara a lo que se nos va presentando, siempre con una seguridad, profunda, suficientemente razonable: en la fraternidad se abre paso lo que humaniza.

La esperanza, como la fe y el amor, son regalos que nos van siendo donados a lo largo de la vida, a través de experiencias tan diversas como somos cada uno de nosotros en la originalidad única que nos distingue. Y aunque nos son dadas, hay que cultivarlas, alimentarlas. 

He escrito en otro momento sobre el agradecimiento y la esperanza (APUNTES EN EL CAMINO: Agradecimiento y esperanza), también puedo decir que la consideración de la vida de otras personas que han transitado con fe, en el compromiso amoroso que han nutrido de esperanza, nos ayuda. 

Y debo decir también que en la solidaridad fraterna se van creando formas de vivir en las que creer, amar y esperar en la humanidad posible, en que las personas podemos asumir que ninguno de los desafíos que se presentan tienen una palabra definitiva, aunque puedan ser definitorias, marcar su existencia cotidiana modificándola, pero nunca acabándola... Y es que cuando de alguna manera -solo de alguna manera- logramos hermanarnos... Podemos seguir adelante con la seguridad de que el futuro humanizante es posible y que lo que humaniza -y no sus obstáculos- tendrá siempre la última palabra.

En vísperas de año nuevo me digo y digo a los lectores: compartamos, en acciones cotidianas, agradecidas, fraternas, solidarias, qué si hay cuando nos comprometemos los unos con los otros, es más fácil creer esperanzadamente en que estamos llamados a vivir más como Dios quiere y que en la humildad y la pequeñez del día va siendo posible construir esa trascendencia que nos lleva tan lejos como nuestro propio futuro lo permita.


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lunes, 25 de marzo de 2024

¿Y si buscáramos a Dios, por dónde podríamos empezar? En la efeméride del Verbo Encarnado

 José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Hoy, alguien que quiero mucho, me recordó que el 25 de marzo se celebra la efeméride del Verbo Encarnado. No suelo pensar mucho en ello, porque los calendarios suelen hablar de la fiesta de la Anunciación... Será que nos gustan las imágenes de ángeles, de apariciones, de rompimientos de la vida diaria para que lo divino haga apariciones tan aparatosas como lo que pintan los iconos en las escenas del ángel Gabriel anunciando a María que la invitaban a ser madre de Dios a lo cual ella respondería con la palabra que nos ha llegado en latín: fiat, o sea, ¡hágase!, que en un castellano más coloquial podría ser traducida como ínguesu... le entramos de a como nos toque...

Pero en realidad quiero compartir algo muy personal, lo que ha significado y significa para mí la encarnación.

Hace un tiempo escribí un texto, para esa efeméride que solemos llamar Miércoles de ceniza, compartiendo que en ella yo encuentro la invitación a vivir en el barro que somos y la ceniza que seremos (Somos humus, somos humanos: provocaciones humanizantes en el miércoles de ceniza). Y en esa misma tónica he experienciado en mi vida cotidiana desde hace muchos, muchísimos años, que se da un encuentro y diálogo amoroso con Dios en el cual yo si creo (¡Habrá que creer! ¡Sí! Pero... no cualquier cosa) y desde la cual pienso que se puede dar el compromiso con lo humano y lo divino sin escisiones, que terminan siempre resultando en detrimento de lo humano por un engrandecimiento de lo divino que no pocas veces ha sido motivo de abandono del compromiso personal, interpersonal sociopolítico y ecológico, sin el cual lo humanizante termina reducido a caricatura (Cuando la vida nos aprieta... ¡y nos vivimos agobiados! No te salves. A 50 años del poema de Benedetti)

Una experiencia contagiada por milenios


La expresión "verbo encarnado" nos remite a una expequriencia que muchas personas han tratado de poner en palabras, esas dos, precisamente.

El contexto teológico desde el cual suele ser explicada es el siguiente: el pueblo judío, que había recibido las promesas de Dios desde antes de su constitución, esperaba al salvador... Una irrupción de Dios para que pusiera las cosas a su favor, y no solo en lo personal y en la oración dentro de la habitación propia, sino sobre todo en la convivencia sociopolítica: porque llevaban años de ser conquistados... "El pueblo gime en el dolor ¡ven y sálvanos!, a Dios levanta su clamor, ¡Ven y sálvanos! suele cantarse en adviento y cuaresma en las celebraciones litúrgicas y que remite al deseo del éxodo, de la pascua: y que a lo largo de la historia ha derivado en espiritualismos e intimismos que si bien responden a una dimensión de trascendencia, olvidan nuestra inmanencia: que Dios intervenga, que todo quede arreglado, que lo divino.

La experiencia de muchas otras personas -entre las que me incluyo- es un poco diferente: Dios responde al clamor, pero no interviniendo majestuosa y divinamente rompiendo la historia, acomodando las cosas para que todo lo que nos causa dolor desaparezca, sino en Jesús, que dice la fe que se encarnó y vivió entre nosotros.

Hay en la experiencia cristiana de Dios la convicción de que en Jesús -Dios hecho hombre- lo divino se integra en lo humano... Así lo cantaban las primeras comunidades cristianas en un himno que recogió la carta a los Filipenses: ¡¡¡Jesús no retuvo para sí lo divino, sino que se hizo humano hasta morir y por muerte de cruz!!! Y si él es la palabra, el verbo, de Dios, entonces a Dios se le escucha en lo humano, en la historia, en los avatares de esta humanidad brotada del lodo, del barro.

Sí, sé que a muchos no les resulta atractivo ni chistoso encontrar a Dios en lo humano, tan cotidiano, tan lleno de pobreza, de violencia, de desamor, tan pequeño e insignificante (Frente a la lógica de la violencia, la locura del pesebre, también La grandeza del poder de las pequeñas cosas de cada día)... Pero es que justo allí se encuentra la riqueza, la paz, el amor, las posibilidades de vivir como Dios quiere, de que reine Él, que siendo padre, nos hermana para que juntos afrontemos las vicisitudes de lo humano y no para que nos evadamos de ellas.

Desde allí se entiende el imperativo ético que se encuentra en las bienaventuranzas y en Mateo 25, la parábola del juicio final: a Dios se le encuentra cuando se atienden las necesidades de los hermanos y las propias, especialmente cuando se está en desventaja (la cárcel, el hambre, la enfermedad, la pobreza que atrapa y constriñe) y desde allí se construye la paz. Son las obras a las que se refiere el capítulo 2 de la carta de Santiago y el 5 de la carta a los Gálatas... 

Y así vistas las cosas, eso que pensamos indigno, sucio, humano -demasiado humano- está lleno de buenas noticias porque lo de Dios ya está aquí semillas del verbo están aquí, en el más acá y no allá, en el más allá. Y como semilla resulta una invitación para reconocerla, abonarla, cultivarla y disponerla para que dé el fruto de plenitud que seguramente será mucho más grande que la pequeñez de la semilla. 

Pasión por ser humano contagiada


He recibido la pasión por ser humano de muchas personas, como un contagio... De mi madre (siempre metida en ver cómo sacaba adelante a sí misma y a los demás), de mi familia, de mis amigos... Pero también de algunos muertos que siguen vivos... 

Para mí la búsqueda de lo de Dios (y sé que al decir eso me comprometo) siempre ha sido algo importante. Con Ignacio de Loyola fui descubriendo que para ello discernir lo cotidiano, lo que suele llamarse pecaminoso, lo oscuro, nos permite encontrar lo agraciado, lo luminoso, las invitaciones para ser compañero de construcción del Reinar de Dios con Jesús y con muchos más; con Francisco de Sales y Juan Bosco fui encontrando que en lo de Dios hay que echarse un clavado allí donde uno está, para hacerlo diosmente: el cumplimiento diario de los deberes; con Felipe Neri que eso de vivir en la onda de Dios se puede resumir en un "sé bueno, si puedes" (así que intenta vivir para saber qué tanto puedes); con el mismo Ignacio que amar y servir se funden en una acción humanizante que brota de Dios, llega a Dios pero siempre en el barro de lo humano; con Julia Navarrete que amar y consolar son el camino de la oración que brota en y desde lo humano, para llevarnos a lo divino... Se trata de contemplar en la acción, 

Y todo eso está expresado en dos palabras Verbo encarnado. San Justino, por allá de los primeros años de la vivencia cristiana, tratando de resolver si lo de Dios se encuentra solo en "lo de Dios" o también en lo humano (por ejemplo, el pensamiento de los filósofos que no habían conocido a Jesús ni a la Biblia) nos regala la expresión que después el Concilio Vaticano II retomó para hablar de la misión a la que toda comunidad de bautizados está invitada: descubrir las Semillas del Verbo que se encarnó para descubrir en la tierra, el polvo, el barro en el que se encuentran y volvernos cómplices de su cultivo para que los frutos a los que ya he referido en las bienaventuranzas, la parábola del juicio, y que en realidad están presenten todas las parábolas y acciones de Jesús y en el compromiso de millones de mujeres y hombres que no han sido "notorios" pero que nos han legado que lo de Dios se encuentra en lo humano y que es invitación para llevar a lo humano a lo de Dios: en el amor que busca la justicia, en la esperanza llena de razones, en la fe en que Dios reina ya ahora con nosotros y después también.

Yo en mi búsqueda de Dios he empezado desde muy joven en lo humano, en lo de cada día, conforme me fue contagiado. Y siempre, invariablemente, me ha llevado mucho más allá, porque la pequeñez es grandeza vivida Diosmente. Y esta experiencia me ha permitido vivir en la comunión de la esperanza de un futuro más como Dios quiere que comienza en el presente que de muchas pequeñas formas ya está lleno de lo que Dios quiere... Y sí, eso es lo que celebro en la efeméride del Verbo Encarnado.

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