Caminar, vivir, compartir...

Durante años viajeros han apuntado en libretas sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades... Esta es una de ellas, con los apuntes al vuelo de este viajar por la vida . Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir los apuntes que van haciendo de su caminar por la vida.
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viernes, 17 de mayo de 2024

¿Y si la cabeza tan solo fuera una extremidad?

 José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más al autor, haz click aquí

Wikipedia 


Cuando era joven los grafitis no eran tan crípticos, simbólicos ni coloridos como los de ahora. Eran frases pintadas con algún cuestionamiento en las paredes de sitios de significativa importancia como crítica a la sociedad, a la política, al sistema.

Durante mis días colombianos, en los primeros días de la década de los noventa, una vez me hallaba en Bogotá y al pasar por la Universidad Nacional, leí un mensaje que impactó hasta ahora mi memoria: Para los que no piensan, la cabeza es una extremidad.

La imagen es drástica: la cabeza como un brazo o una pierna, nada más que eso, sin mayor relevancia que eso.

Hoy lo veo incluso peor: porque el brazo y la mano, las piernas en realidad sirven para algo si la cabeza las conduce para algún uso. La mano edifica, expresa, destruye por lo que hay en la cabeza. Las piernas nos llevan hacia donde les pedimos a través de la cabeza... Y así todas las demás funciones de las extremidades.

Para lo que no piensan... La cabeza sale sobrando... Pero si la cabeza sobra las cosas -la vida misma- se tornan fatuas (sin razón, faltas de entendimiento). La iniciativa del tonto (la iniciativa fatua) es la peor iniciativa, nos pone en riesgo a todos, puede tener resultados no solo contrarios a sus pretensiones, sino devastadores para todos.

¿Y a qué tanto discurso de la falta de cabeza? Pues a la necesidad y conveniencia de resaltar la importancia de que la cabeza sea cabeza y no solo una extremidad. Con la cabeza podemos preguntar, entender, explicar, juzgar, deliberar... Se hace posible relacionarnos con nosotros mismos, con los demás, con el mundo.

Cuando lo obvio no nos ayuda

La vida diaria es más o menos simple: nos levantamos, hacemos nuestras rutinas, salimos a la calle, nos relacionamos como acostumbramos con las personas inmediatas, tal vez con alguna mediata, regresamos a casa, descansamos. Nos basta para pasar de un día al otro con lo que siempre nos han dicho, con lo que suponemos, con lo que percibimos.

Pero hay un día que eso entra a prueba y nos resulta insuficiente. En algún lugar en el que trabajé había varias actividades importantes, una tras otra, teniendo como protagonistas al mismo grupo de personas. Empezó a haber quejas sobre la relación de unos con otros: "es que viene y me exige como si fuera jefe"; "como se lleva con fulano, de seguro cuando viene conmigo"... Y ya hablé con él (ella, da lo mismo, porque sucedía independientemente del género) y no cambia su actitud.

Tuvimos que ponernos a pensar. Lo "obvio" nos estaba comiendo y cada vez teníamos más problemas... No utilizar de verdad la cabeza, nos tenía cada vez más emproblemados.... 

Después de dialogar, de informarnos y asesorarnos un poco descubrimos que gran parte de los problemas venían de unos muy malos procedimientos para administrar nuestras acciones. Las fechas no eran claras, la forma de solicitar y recibir materiales era confusa o de plano no existía una institucional, entonces se hacía a modo. 

Tras "echarle cabeza" al asunto modificamos nuestros procedimientos, establecimos tiempos, diseñamos formatos que concentraran la información, establecimos reuniones periódicas de seguimiento con los involucrados, definimos mecanismos para resolución de conflictos y disminuyeron los problemas. Y cuando estos se presentaban los argumentos eran: no requirió a tiempo, no realizó el procedimiento de entrega... y no tanto la imaginación de segundas o terceras intenciones, porque por el motivo que fuese, no estaba cumplido el procedimiento. 

El diálogo entre responsables y colaboradores se desplazó a lo que hay que hacer en lugar de versar exclusivamente sobre si te llevas bien o mal con alguien, y comenzó a apuntar sobre la capacidad de realizar el trabajo para el cual habían sido convocados. 

Este es uno de los miles de ejemplos que se podrían dar de la necesidad de utilizar más y mejor la cabeza... Podría hablar de situaciones de salud, de solución de problemas financieros, de formas de organización familiar, de rediseño de espacios en nuestra casa u oficina... ¡Cómo cambian las cosas cuando se las entiende desde diversos ámbitos, cuando se las puede explicar multimodalmente, cuando se puede afirmar con mayor fundamento si algo realmente funciona o no; si es así, si no lo es o simplemente lo desconocemos.

Vivir más allá de lo obvio


A lo largo de la historia hemos entendido que el sentido común, que lo que siempre nos han dicho y a lo cual recurrimos sin más, es insuficiente, como ya he dicho anteriormente. Que podemos recurrir a nuestra forma de ser para ir más allá: podemos preguntarnos, podemos inquirir, buscar nuevas comprensiones sobre lo que son las cosas, cómo funcionan, cómo podrían ser o funcionar. 

Así, descubrimos que pensar matemáticamente nos permite habérnoslas con el mundo de las extensiones, de las cantidades en formas y proporciones para los cuales los dedos de las manos y los cálculos a "ojo de buen cubero" no dan sino para muy poco... Hemos descubierto que matematizar la realidad nos permite entender mejor su consistencia y hablamos de masa, de energía, de materia... Y con ellos comprendemos fenómenos como la electricidad, la estructura física del movimiento (fundamental para usar la bicicleta, el auto o un avión); la composición química de los cuerpos., que nos regala sustancias para pintar las casas, para medicar nuestro cuerpo.... Y la combinación de lo físico y lo químico nos regala tomografías, resonancias magnéticas, la creación de prótesis... 

Más todavía, pensando estructuradamente somos capaces de aventurarnos en la comprensión de lo social, del comportamiento humano, de la posibilidad de aprender de alguna manera de los contextos históricos, de las formas de interactuar humanamente con el medio, de intentar no repetir errores, de economizar la relación social para un desarrollo sostenible...

Y todavía un poco más: podemos preguntarnos y esbozar respuestas sobre lo que son las cosas, sobre el sentido o finalidad que pudieran tener, sobre la razonabilidad misma de lo que pensamos, del significado que tiene pensar, decidir, amar, hacer la vida.

En la mezcla de todo eso podemos vivirnos con más claridad: articular la variedad de lo que somos (emociones, sentimientos, afectos, sensaciones, percepciones, posibilidades vitales, proyecto ético); compartir con los demás en procesos que nos desafian, que nos plantean conflictos, pero que nos abren posibilidades; de descubrir los equilibrios que podríamos generar en la relación con lo que llamamos hoy "naturaleza", medio ambiente, mundo físico, para vivir en una casa común y no solo en un lugar "depredable". Podemos ser críticos; es decir, dar razón fundamentada y al mismo tiempo suficientemente abierta de lo que somos, lo que hacemos, lo que deseamos hacer, lo que esperamos.

La educación y la humanización posible

Pero ¿cómo llegamos a utilizar la cabeza como algo más que una extremidad, cómo podemos sacar jugo a toda ese patrimonio de formas de entender los diversos ámbitos de la realidad en los que existimos? La respuesta directa e infalible es: pensando. Pero resulta que la experiencia nos muestra que muchas veces pensamos de manera ingenua, simplista (que no simple)... Y es aquí cuando podemos voltear la mirada a esa costumbre inmemorial que existe entre los humanos aquí, allá y acuyá: la educación.

Sin detenerme mucho en explicar eso de la educación, me atrevo a decir que se trata del camino que las personas hemos inventado para acompañarnos unos a otros, en especial a los más jóvenes, a que puedan recibir el patrimonio humano y humanizante para responder a los desafíos de sí mismos, de la interacción por, con y para los demás, del mundo o la realidad que nos piden dar respuestas cuando lo que vivimos es poco digno, inviable, obsoleto...

Se trata de un acompañamiento en el que nos compartimos lo que somos, lo que sabemos, lo que sabemos hacer, lo que valoramos porque hemos encontrado que nos realiza por, con y para los demás; incluso lo que tenemos para avanzar la existencia sin tener que inventar todo como si no hubiera un patrimonio de ideas, de valoraciones, de formas de interactuar que nos permite avanzar el día a día.

La educación, como realidad compleja que es, también tiene diversos ámbitos: el familiar, el de los amigos, el de las instituciones socializadoras de la sociedad; y la escuela. Esta puede jugar un papel muy importante para que la cabeza sea cabeza y no solo una mera extremidad, en la medida en que nos acerca al patrimonio cultural, cognoscitivo, reflexivo al que he hecho referencia.

Y hacerlo que seriedad, con profesionalidad y adecuada estrategia, le llamamos exigencia académica. Esta ha sido el resultado de una estructuración de la escolarización, del diseño de formas de acercarnos a la posibilidad de ser críticos entendiendo cómo hemos ido entendiendo y dándonos las experiencias básicas para poder desear y concretar nuestra propia búsqueda humanizante (currículo) y de interacciones humanas y humanizantes en las que podamos desarrollar las habilidades necesarias emocionales y de convivencia para interactuar familiar, laboral, política, ciudadanamente (co-currícula, extracurrícula).

En la medida que una comunidad de educadores utiliza la cabeza para diseñar su actuar educativo y lo profesionaliza está en condiciones de ofrecer mejores medios para que su discipulado haga los caminos humanizantes que les permitan a la larga dejar de depender de sus formadores para colaborar con ellos y los demás en la construcción del mundo que les toque. Pero si egresan con un título, un grado académico y no pueden atender a la realidad, entenderla, juzgarla y valorarla con autonomía, de nada habrán servido los años y años encerrados en un mundo aparte llamado escuela.

¿De qué se trata la tal calidad académica que nos ayuda a que la cabeza no sea tan solo una extremidad? 

Esa es una historia que merece un mejor lugar en otro apunte...


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miércoles, 1 de mayo de 2024

Cuando la educación es... buena educación. Diálogo con Raúl Arturo Sánchez Vaca

José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Mujeres y hombres capaces para los demás: que entienden cosas, relaciones, ideas, que de alguna manera saben hacer uso de su entendimiento para problematizar el mundo en el que vive para captar dónde y cómo hay deudas pendientes para la dignidad humana; para que el mundo pueda ser un poco mejor que como se le ha recibido de las generaciones anteriores... Y que son capaces de hacer cosas prácticas para sumarse a la construcción de esas soluciones que son capaces de entender, de proyectar... Mujeres y hombres que son capaces de jugársela por lo que creen, por lo que valoran, fieles a sus convicciones personales, sociales, inclusos trascendentes, religiosas.

Un buen ideal educativo: formar mujeres y hombres conscientes, compasivos, comprometidos, competentes para interactuar como protagonistas de su vida, construyéndose personas integrales e íntegras por, con y para los demás en la acción misma de encargarse de la realidad que se los carga, mientras se los carga, encontrando posibilidades para algo mejor.

De eso se trata la buena educación. Educar es más que dar conocimientos, de "hacer que las personas se adapten al mundo con todoas sus deudas pendientes para ellas y los suyos", de hacer moralina (esa moral facilona que agota la vida humana en fórmulas preestablecidas que comienzan con el enunciado "los niños buenos, las niñas buenas se comportan así". 

Educar es acompañar para comprometerse, para poder hacer, para también transformar, en especial lo que ya no suma para lo humano. Es acompañar el descubrimiento de la colaboración, del servicio, del respeto del medio en el que se vive. Es ser compañero en el camino que crea los símbolos, las celebraciones en las que se plasma lo humano para poderlo compartir con los contemporáneos y los venideros.

De esas cosas hemos podido charlas con Raúl Arturo Sánchez Vaca, a quien conocí cuando fui educador en la Asociación de Scouts de México, cuando mis hijas eran parte de ese movimiento juvenil con más de cien años de experiencia en colaborar en la formación de mujeres y hombres para el mundo. Te invito a escuchar nuestra charla en la que nos cuenta cómo vivió él mismo esa educación cuando joven y cómo lo ha seguido viviendo como adulto, que ha tenido responsabilidades de animación y administración tanto en México, como en toda América, como parte de la oficina mundial a la que sirvió durante años. Deseo que la disfrutes como yo la disfruté.




 

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domingo, 15 de octubre de 2023

"¡Yo no trato con peleles!" Escolarizados y, aun así, zafios...

 Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Todavía tengo en la memoria ese día. Estaba en mi oficina y una compañera entró para decirme -con gesto desconcertado- que había intentado atender a una persona, pero que ella no había aceptado hablar con ella, como indicaba nuestro procedimiento ordinario.

Al ser yo quien debía encargarse de recibir y escuchar al señor en cuestión, le pedí que pasara. Él, tan solo entrar, me dijo que ya había dicho que quería hablar con la directora y añadió con un tono que me pareció displicente y me resultó desagradable: "yo no trato con peleles", que en castellano significa muñeco de trapo, alguien de poco carácter, manipulable; aun cuando muy posiblemente quiso decir algo como "yo no trato con personas de "poca monta", con donnadie y antes que conmigo, con doñanadie.

Salvando la proposición del prójimo, pensé que algún asunto delicado debía abordar con la dirección. Pero el día de su cita, tras unos minutos en esa instancia, fue dirijido nuevamente a mi oficina para que lo atendiera: dar solución a lo que él necesitaba tenía que pasar necesariamente por mi tramo de gestión. Y como eso requería de varias entrevistas, tuvo que tratar con un pelele que resultó ser quien daba forma a su inquietud para que todo llegara a feliz puerto. 

Al final, ni agradeció, ni pidió disculpas, ni cambió su actitud; al menos no sino hasta cuando su hija me presentó con él, señalando lo mucho que la había apoyado durante el tiempo que coincidimos y lo importante que había sido mi acompañamiento para el logro de las metas formativas que ella se había propuesto.

Tantos años de escuela y...

La persona en cuestión contaba con estudios y al parecer con recursos económicos. Se ostentaba como dueño de una institución educativa y sin embargo se condujo en más de una ocasión como una persona zafia y tosca y  también prepotente. En su caso pensé: ¡tantos años de educación para terminar en esto!

Pero creo que me equivoqué: lo que estaba en juego eran muchos años de escolaridad, grados académicos. Pero no necesariamente formación para la convivencia, para sumar en lugar de restar por carencia de habilidades y actitudes fraternas, solidarias en la búsqueda de posibilidades humanizantes de vida.

Cuando se carece de esa formación puede ser que a uno crezca de manera específica en la capacidad de explicar fenómenos con los intermediarios epistemológicos que se aprenden en las asignaturas cursadas a lo largo de los años; incluso que se logre cierta maestría tecnológica y técnica para resolver problemas y plantear proyectos. Pero para convivir, intervenir, crear equipos, lazos familiares, vecinales, incluso ciudadanos, se está en un estado rústico, muy poco trabajado, sin pulimentar. Y entonces las condiciones para el bienser que supone el bienestar quedan hipotecadas.

He comentado más de una vez en los Apuntes que la construcción del yo por encima de los otros, o meramente a costa de los otros es solo una ilusión, porque nadie puede ser quien es y está llamado a ser si no es por, con y para los demás en la acción misma de solucionar los problemas individuales, sociales y ecológico-sustentables que se nos presentan para afrontarlos y crear condiciones de vida humana digna (Cuando el yo no es suficiente: ser por, con y para los demás y el mundoNo porque somos, sino para que SEAMOS personas: apunte sobre la solidaridad y la posibilidad de ser personaLibertad sin compasión: hipotecar la vida humana).

La buena educación, esa que comienza en casa y más allá de ella (La buena educación comienza... no solo en casa) y que es formación integral y para la vida incluye todas las acciones posibles para que las personas descubramos las herramientas de convivencia que tenemos y que nos permiten manejar la influencia de unos con otros, los conflictos, los proyectos que nos acercan a la consecución -de alguna manera- del bien común. 

Aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a convivir, aprender a ser... cuatro pilares cuyo fruto, la educación para nuestro tiempo y que se adquiere en casa, en la escuela, en las instituciones sociales y estatales, nos permite no tratar a los demás considerándolos peleles, llenos nosotros de prepotencia, imposición e incluso de alguna forma con violencia, sino interactuar con personas, cada una de ellas; de manera sensible y sensata; compasiva y corresponsable. 

Convivir en la paz, para la paz (¿De qué hablamos cuando decimos paz? Entre la pax romana y el shalom bíblico), mujeres y hombres capaces de ser por, con y para... Que reconocemos en cada uno de los otros dignidad suficiente para ser interlocutores, colaboradores, copartícipes de este camino que llamamos vida.

Mucha escolaridad y educación como aquí se ha dicho no coinciden de manera espontánea, a menos que todos hagamos un serio esfuerzo, el de crear una escuela en la que sea posible educarnos; es decir,  formarnos para la vida, una en la que ser más por, con y para los demás, dejando este mundo un poco mejor que como lo encontramos, sí es posible. Y esa... es otra historia; al menos otro apunte.

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sábado, 9 de septiembre de 2023

¡No!: ¡impartir conocimientos no es suficiente!

 Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más datos del autor, haz click aquí

La tendencia de las escuelas y muchos en las familias a pensar que el conocimiento y la inteligencia (entender cosas) son lo más importante en la vida humana es vieja.  Eso pensaba Sócrates en el lejano siglo V. El ateniense solía decir que la virtud, aquello que perfeccionaba a toda persona, era el conocimiento. El razonamiento que seguía era que todo hombre necesita saber lo que le conviene para poder realizarse como persona, y al conocerlo tendría que seguirlo: ¡fácil!

En la ignorancia se dificulta tremendamente la vida

Por algo es tan típico recurrir a lo relativo al conocimiento para definir a los seres humanos: animales cognoscentes, animales racionales. Y es que los seres humanos necesitan saber quiénes son como seres humanos, su diferencia con otros seres, para poder actuar congruentemente y ser felices. 
                Deben conocer qué es el mundo, que son las cosas que no son él o ella y cuál es la relación que tienen consigo, con los demás, para poder interactuar consigo, con los demás, con lo demás. Por ejemplo: si un ser humano desconoce las propiedades curativas de la manzanilla, no podrá hacerse una infusión para mitigar sus malestares estomacales u oculares; y si desconoce cómo funciona su organismo, tampoco la podrá usar. Y así en todos los órdenes: necesitamos saber qué es la familia para poder crear una; qué es la ciudadanía, para participar en nuestros asuntos públicos; qué es la política para no delegarla exclusivamente en las manos de los políticos. La persona ignorante se mueve con errores en su propia vida y en el mundo y la sociedad de los que es parte.
                Esta idea fue confirmada en la Ilustración por la emergencia de las ciencias naturales (seguidas de las sociales), fundadas en una filosofía desligada de la religión en el contexto de la naciente revolución industrial que provocó un acelerado cambio en las condiciones de vida del mundo occidental, primero, y todo lo demás, posteriormente. 
               En el mundo posterior a la edad media se generó una forma de ver la vida que más o menos puede explicarse así: si no queremos depender de que Dios nos explique todas las cosas -a través de sus representantes en cualquier religión- y además buscamos resolver problemas funcionales de nuestra realidad de manera mucho más pertinente, es necesario cultivar el conocimiento de las cosas por sus causas, por cómo son y cómo funcionan. El conocimiento nos permitirá generar diferentes condiciones de vida...
               Y de alguna manera así fue: en el desarrollo del conocimiento científico instrumental (tecnológico) se revolucionaron la medicina, la ingeniería, nacieron la administración, se explicaron los fenómenos económicos, sociales, psicológicos...
                En ese entonces surgió la escuela como un medio para que los niños se liberaran de la "oscuridad del prejuicio y el error que venían de las visiones dogmáticas" y "entraran en las luces del conocimiento", a partir de las cuales ejercerían una ciudadanía madura y crearían un mundo de bienestar y progreso para todos.
            Y así, en aquel tiempo poco a poco se fue desarrollando una pedagogía encaminada a profesionalizar la impartición de conocimientos. Se sofisticaron los planes y programas de estudio, surgió la especialización técnica de la didáctica, que consiste en lo que se ha señalado: transmitir adecuadamente conocimientos. 
              Poco a poco se exigió un magisterio que fuera didacta; esto es, mujeres y hombres con métodos y técnicas cada vez más desarrolladas para que la niñez y la juventud; incluso las adultas y los adultos aprendieran muchas cosas: gramática, matemáticas, ciencias de la naturaleza, ciencias sociales, incluso urbanidad y buenas maneras. Y ello con la convicción de que entre más conocimientos tuvieran las personas, mejor sería el mundo.

Pero... impartir conocimientos no ha sido suficiente

En países como el nuestro pasamos muchos años en la escuela, al menos seis, cuando no hasta 19, para conocer y conocer: recorremos todo tipo de planes y programas de estudio, con sofisticados diseños para poder dosificar todo tipo de conocimientos... Y pese a ello nos seguimos encontrando personas que después de tanta escolaridad hacen cosas que nos dejan boquiabiertos: financieros que son capaces de dejar sin nada a miles de personas de su propia empresa sin más, políticos que con salarios de 60 mil pesos mensuales construyen un patrimonio de millones de pesos junto con constructoras que entregan unidades habitacionales, calles o carreteras con fallas producto de la corrupción y un etcétera muy largo.
                Sin ir tan lejos. Un muchacho o muchacha recibe conocimientos sobre sexualidad desde la primaria y quedan involucrados en embarazos tontos; hay personas con trastornos alimenticios que han logrado saber que su conducta los está dañando y sigue anclados en ella. Sabemos muchas cosas y actuamos poco humanizantemente. 
                 Giovanni Reale, en el primer volumen de su Historia de la Filosofía, comenta a propósito del racionalismo socrático: “Sócrates tiene toda la razón cuando afirma que el conocimiento es condición necesaria para hacer el bien, (porque si no conozco el bien, no lo podré hacer); pero se equivoca cuando considera que, además de condición necesaria, es condición suficiente. […] Para hacer el bien, en efecto, se requiere también el concurso de la ‘voluntad’”. No basta conocer la sexualidad, es necesario también querer vivirla para crecer como persona, negociar con la propia estima por lo sexual y los afectos que provoca nuestra genitalidad.
                Daniel Goleman habla de inteligencia emocional: una relación con nuestras emociones respecto de nosotros mismos, de los demás, de las cosas que nos permita actuar no de cualquier forma sino de la mejor que seamos capaces y que requiera la situación para salir adelante en la vida.
                Roberto Baden Powell en los albores del siglo XX en Inglaterra fundó un movimiento educativo convencido de que era necesario complementar la impartición de conocimientos de la escuela con la formación del carácter de los jovencitos y las jovencitas frágiles de su tiempo. Supo que era necesario apostar por la formación de chicas y chicos capaces de cuidar de sí, de su cuerpo; competentes para alcanzar metas por difíciles que pudieran parecer, hábiles para resolver problemas, para sonreír ante las dificultades, de manejarse con libertad frente a las posesiones incluso en situaciones de austeridad. Ciudadanos preparados para participar en la vida pública, que en su tiempo estuvo marcada por las guerras imperiales y después por la primera y segunda mundiales.
                En la educación impartir conocimientos es necesario, pero no es suficiente. Hay que dar el paso a la existencia de instituciones educativas -por supuesto que entre ellas las escolares- que ofrezcan realmente y no solo en el papel una formación integral, en la que la información recibida sirva no para repetirla sino para solucionar problemas reales; 
              La educación debe promover que las personas se vuelvan autónomas en el cuidado de sí –del cuerpo y más que el cuerpo-, de los demás y del mundo en el que les tocó vivir; capaces de conocer el bien que los realiza y valorarlo para jugarse la vida por cosas verdaderamente humanizantes y no meramente accesorias; creativas para proponer alternativas para el mundo, capaces de reaccionar en las relaciones interpersonales con manejo de afectos y emociones que permitan la colaboración y la solidaridad y no solo la frustración y el capricho. 
               Se requiere una educación que forme ciudadanos capaces de encargarse de los asuntos políticos que les corresponden y no lloren por querer mamar de la ubre gobierno toda respuesta, al tiempo que sean los auditores y vigilantes de la gestión de políticos y administradores públicos.
               Lo que se ha denominado formación integral hace referencia a una manera de acompañar la inmersión humanizante de las personas, desde la niñez y en el transcurso de su vida, en la que es posible reconocerse personas que además de entender la realidad pueden y están llamadas a desarrollar la voluntad, el carácter para tener la capacidad de moverse hacia las cosas que necesita para realizarse, para ser coherente con las cosas valiosas que contribuyen a la realización en todas las facetas de uno mismos, de la interrelación con los demás, de la solución de los problemas que la realidad plantea para vivir dignamente.
              Las persona formadas integralmente son capaces de manejarse afectiva y emocionalmente para vivir la riqueza de las cosas que los mueven en la vida y eso las encamine a una mejor toma de decisiones, más vital, menos como si existir humanamente se tratara de aplicar conceptos abstractos que no resuelven las situaciones de cada día. Y sí, se construyen éticamente libres, capaces de decidir lo que más las construye por, con y para los demás en el mundo que les tocó vivir y actúan en concordancia con ellos.

En el aula y más allá de ella...



La formación integral humanizante requiere el aula con su ya referida didáctica, pero requiere mucho más que aula: experiencias en la que quien se educa se descubra humana o humano, en las que aprenda a convivir pacíficamente, a solucionar conflictos, a descubrir problemas, entenderlos y plantear cauces de solución adecuadamente contextualizados, posiblemente replicables en otras circunstancias y escalables a otras dimensiones.
              Institucionalizar la educación supone entender que lo que hay que diseñar es un gran taller de vida en el que quienes pertenecen a las comunidades educativas compartan que vivir integralmente es posible: razonable, voluntariosa, creativa, solidaria, sana y amorosamente posible.
                Esto acontecerá sí y solo sí el proyecto educativo de una escuela es más que un plan de estudios, uniforme y urbanidad. Se trata del diseño de un camino en el que niños y jóvenes puedan ser acompañados profesionalmente para transitar de la heteronomía a la autonomía; de la dependencia a la libertad, de la ignorancia a la posibilidad de construir conocimiento; del egoísmo a la colaboración solidaria.  
               Aprender acompañados por quienes ya lo intentan a ser capaces de ser más uno mismo por, con y para los demás construyendo los mejores mundos posibles: es este el desafío de la educación del siglo XXI.

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miércoles, 25 de mayo de 2022

Esencia y misión del maestro... Cortázar contra el fracaso de los educadores

Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

 
www.wikipedia.com

Con Cortázar, en la médula de la educación

Hace ya tiempo que me encontré con un texto de Julio Cortázar, prolífico reconocido escritor y traductor argentino, autor de Rayuela, una de sus obras más difundidas. Sin embargo el escrito con el que me topé, me dio paz y me dejó buenamente inquieto no tiene nada que ver con su obra literaria. Se trata de un artículo que publicó en la revista Argentina, en 1939 (si quieres leerlo, puedes ir al hipervínculo Esencia y misión del Maestro).

Esencia y misión del maestro es algo así como un mensaje, una invitación y provocación a los normalistas, que habrá de egresar de su formación inicial como profesores y a los que advierte de una de las mayores posibilidades que enfrentarán: el fracaso del educador.

Normalista él mismo (egresó en 1935 de la Normal Mariano Acosta), joven y con deseos de autenticidad rehúye de lo que él llama el maestro correcto, el educador fracaso por antonomasia:

Fracasa tornándose rutinario, abandonándose a lo cotidiano, enseñando lo que los programas exigen y nada más, rindiendo rigurosa cuenta de la conducta y disciplina de sus alumnos. Fracasa convirtiéndose en lo que se suele denominar «un maestro correcto». Un mecanismo de relojería, limpio y brillante, pero sometido a la servil condición de toda máquina.

Es quien ha olvidado la misión, la finalidad de la educación, en la que se enmarca la esencia del maestro. Con buena pluma Cortázar nos lleva a sin aspaviento al corazón mismo de la teleología educativa: el maestro es un formador de personas, el acompañante del camino que personaliza el mundo exterior y el mundo interior de cada uno.

Mediador de la cultura, provocador de la emergencia de mujeres humanos cultos, el educador vive inmerso en el universo de lo profundamente humano 

Pero la cultura es eso y mucho más. El hombre –tendencias filosóficas actuales, novísimas, lo afirman a través del genio de Martín Heidegger- no es solamente un intelecto. El hombre es inteligencia, pero también sentimiento, y anhelo metafísico, y sentido religioso. El hombre es un compuesto; de la armonía de sus posibilidades surge la perfección. Por eso, ser culto significa atender al mismo tiempo a todos los valores y no meramente a los intelectuales. Ser culto es saber el sánscrito, si se quiere, pero también maravillarse ante un crepúsculo; ser culto es llenar fichas acerca de una disciplina que se cultiva con preferencia, pero también emocionarse con una música o un cuadro, o descubrir el íntimo secreto de un verso o de un niño. Y aún no he logrado precisar qué debe entenderse por cultura; los ejemplos resultan inútiles. Quizá se comprendiera mejor mi pensamiento decantado en este concepto de la cultura: la actitud integralmente humana, sin mutilaciones, que resulta de un largo estudio y de una amplia visión de la realidad.


Educar es acercar el patrimonio humano externo a la persona para que dinamice su deseo de inteligir el mundo, de saberse parte de un aquí y ahora gestado antes y en todos lados, de relacionarse con los demás en una praxis de humanización del mundo y en ella permitir el descubrimiento de las profundas dimensiones estéticas, éticas y religiosas que posibilitan exponencialmente la relación con uno, los demás y el mundo al llevarlo a dimensiones de belleza, gratuidad, bondad y sentido.

El maestro se mueve así entre dos actitudes humanizantes de siempre: "Aristóteles y Sócrates: he ahí las dos actitudes. Uno, la visión de la realidad a través de sus múltiples ángulos; el otro, la visión de la realidad a través del cultivo de la propia personalidad".

Por eso el fracaso magisterial es la corrección del docente, solo enseñar el programa, cumplir con la currícula, enseñar conocimientos que si bien es lo socialmente esperado por muchos, no es lo que requieren ni el educador ni los educandos. 

Dicho en mi lenguaje: si no se llega a niveles en los que se evoque, provoque y convoque la humanidad integralmente posible de todos los miembros de la comunidad educativa, la escolarización no será sino pérdida de tiempo e incubadora de problemas personales y sociales que nadie queremos si apostamos por un mundo en el que algo de justicia, creatividad, libertad, solidaridad sean posibles.


El educador se hace, pues con muy poco se nace

Cortázar dice a sus interlocutores del lejano 1939 lo que resuena para nosotros, poco más de 80 años después: la formacion inicial no basta, cuando mucho da herramientas intelectuales y prácticas y -si fue buena- nos abrió a los horizontes. El destacado miembro de la generación del boom literario latinoamericano lo dice:

Pero con los horizontes hay que hacer algo más que mirarlos desde lejos: hay que caminar hacia ellos y conquistarlos.

El maestro debe llegar a la cultura mediante un largo estudio. Estudio de lo exterior, y estudio de sí mismo
 

Y el itinerario de ese largo viaje de estudio es claro:

Nadie se conoce a sí mismo sin haber bebido la ciencia ajena en inacabables horas de lecturas y de estudio; y nadie conoce el alma de los semejantes sin asistir primero al deslumbramiento de descubrirse a sí mismo. La cultura resulta así una actitud que nace imperceptiblemente; nadie puede despertarse mañana y decir: «Sé muchas cosas y nada más». La mejor prueba de cultura suele darla aquél que habla muy poco de sí mismo; porque la cultura no es una cosa, sino que es una visión; se es culto cuando el mundo se nos ofrece con la máxima amplitud; cuando los problemas menudos dejan de tener consistencia; cuando se descubre que lo cotidiano es lo falso, y que sólo lo más puro, lo más bello, lo más bueno, reside la esencia que el hombre busca. Cuando se comprende lo que verdaderamente quiere decir Dios.

Creo que nuestro autor estaría de acuerdo si afirmamos que las mujeres y hombres que no queremos fracasar como educadores hemos de decir como Plubio Terencio Africano: "Humano soy nada de lo humano me es indiferente" y entonces aventurarnos en la travesía de la propia responsabilidad humanizante (ser cada quien más por, con y para los demás en el mundo), en la de la experiencia docente que conjuga sabiduría reflexiva de sentido, la que viene de ir siendo humano y reconocerse con mediaciones como la literatura, la filosofía e incluso la teología; que se nutre de lecturas, de la contemplación del arte, de viajar, de relacionarse con lo diverso, de ensanchar el mundo.

También en la travesía que supone el conocimiento, la praxis, el irse construyendo expertos en el conocimiento científico educativo y técnico didáctico.

Se trata de irse formando como educador con paciencia, sin prisa y sin pausa, siempre con la visión de que la misión educativa es la formación integral, esa que requiere nuestro hoy para ser humanamente viable, como lo requirió el ayer y lo requerirá el futuro para lo mismo.

Me sumo a Julio Cortázar y apuesto contra el fracaso escolar.


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