Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí
CUANDO EL MAÍZ CRECE DENTRO DE LAS CASAS
En el 1993 -cuando más entre la última semana de marzo y la primera de abril de 1994- estuve en una de las ubicaciones que el gobierno de México y el ACNUR habían creado para los refugiados que iban llegando a este país desde el primer lustro de la década anterior.
En ese momento ya había comenzado el programa de repatriación voluntaria a Guatemala para quienes lo quisieran y el de asimilación a México para quienes decidieran quedarse. Poco más de diez años antes, entre 1981 y 1984, fueron creados asentamientos para reubicar a los hermanos que huían de la política de Tierra arrasada y cuya ejecución también es conocida como el genocidio silencioso o el genocidio guatemalteco.
La tal política -formulada y llevada a cabo principalmente por los presidentes generales Romero Lucas García y Efraín Gómez Montt- partía del presupuesto de que las guerrillas que continuaban una guerra civil que llevaba ya un par de décadas en el país centroamericano podían sobrevivir por la facilidad con la que las poblaciones indígenas eran involucradas por los guerrilleros, a quienes se supondría que cobijaban. Así, el ejército asesinó a miles de personas, quemó sus propiedades, envenenó las tomas de agua, para desaparecer cualquier posibilidad de vida de las comunidades indígenas en la región norte de Guatemala.
Retornando a mi comentario, estuve en los Campamentos de Los Lirios, Maya Balam y La Laguna. Un tanto para dialogar con las personas y compartir la esperanza que ellos lograban transmitir, un tanto para comulgar la fe celebrada en la tradicional semana santa que los católicos suelen considerar central en su calendario litúrgico.
Quedé profundamente impactado por las historias de muerte, de dolor que me fueron compartidas, y también por que al caminar por las veredas de alguna de esas comunidades, entré a algunas casas abandonadas por los recién retornados y me impresionó ver cómo el maíz crecía desordenadamente en el piso de tierra del interior de las viviendas, muchas ya sin parte del techo que tuvieron en algún momento. Lo capturé con la lente de mi cámara de entonces estudiante de periodismo y en el andar de la vida la perdí, pero no su recuerdo: la vida no se detiene, la vida siempre encuentra oportunidades: en el terreno mejor labrado, en el piso de una casa que cede a la fuerza de algunos granos de maíz que cayeron cuando los habitantes de la vivienda salieron de allí como cuando llegaron: con las muy pocas cosas que pudieron llevar consigo.