Caminar, vivir, compartir...

Durante años viajeros han apuntado en libretas sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades... Esta es una de ellas, con los apuntes al vuelo de este viajar por la vida . Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir los apuntes que van haciendo de su caminar por la vida.
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domingo, 30 de octubre de 2022

Entre la paranoia y la indiferencia: el indispensable cuidado

José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí


Las noticias y el boca a boca nos alertan, las cifras oficiales lo confirman: la inseguridad sí existe. 

Baste tan solo ver el informe que emite el Secretariado Nacional de Seguridad Pública, denominado Incidencia delictiva del fuero común, con datos de enero a septiembre de 2022 (Reporte SNSP, octubre 2022).

A nuestro alrededor existen delitos contra la vida y su integridad (homicidios dolosos y culposos, lesiones, feminicidios), la libertad personal (secuestro), la libertad y la seguridad sexual (acoso, abuso, violación, hostigamiento), el patrimonio (el robo en todas sus modalidades y formas, fraude, abuso de confianza, daño a la propiedad, despojos), la familia (violencia, incumplimiento de obligaciones familiares), incluso contra la sociedad (corrupción de menores, trata de personas). 

Y en torno a ellos hay incidencias que vistas desde el lugar en el cual se vive pueden parecer pocos, pero que vistos en la perspectiva regional o nacional son cientos de miles cada año, y eso en las cifras oficiales, que nunca alcanzan a representar del todo a la realidad, pues la falta de denuncia nos impide tener mejores datos. Hace poco a mis colegas y los líderes estudiantiles de la institución educativa en la que laboro, Juan Francisco Vázquez Arellano, experto en estos temas, nos recordaba que la información registrada en este tema es solo la punta del Iceberg: por cada delito denunciado (y que se convierte en dato estadístico) hay muchos más no denunciados, pero sí existentes.

El asunto no es anecdótico. La seguridad (etimológicamante: "poder estar sin tener que preocuparse, sin tener que estarse cuidando") es un derecho fundamental. En la inseguridad perdemos tiempo, energía, espacios emocionales que necesitamos para realizar nuestra existencia por, con y para los demás, porque tenemos que cuidar de todo y cuidarnos de todos: el desgaste vital es brutal. En tanto, en la seguridad podemos confiar en que nosotros y lo nuestro estamos cuidados y entonces enfocarnos en construir mejores condiciones de vida en todos los niveles. 

Por esto, el de la seguridad/inseguridad es una asunto que ha de concernirnos a todos. Pero hemos de evitar dos actitudes, extremas, que se mueven entre el descuido y la irresponsabilidad supinos y la inmovilidad que produce el pánico.

Eso no me va a pasar


Cuando existen cosas desagradables que pueden afectarnos, muchas veces recurrimos a algo que hacíamos de chiquillos: taparnos los ojos, con la secreta esperanza de que algo o alguien desaparecería por el hecho de no mirarlo. Y es bien sabido que las cosas no funcionan así. Taparse los ojos lo único que provoca es aumento de vulnerabilidad por pérdida de las referencias que tiene uno alrededor y también de la posibilidad de darnos cuenta de lo que sucede y cómo eso puede afectarnos (de manera positiva o negativa, no importa).

En el tema de la inseguridad no es inusual esta actitud infantil, que se acompaña en general con la frase: "no me va a pasar a mí". Y es que considero que si no lo pienso, entonces no existe y ando la vida con exceso de ligereza, con una confianza que ralla en el fideísmo (la palabra confianza viene de fides-fidei, tener fe. El fideísmo es tener fe en algo solo por querer tener fe en ello, sin ninguna razón. Si quieres conocer más sobre los riesgos existenciales del fideísmo, puedes leer este artículo: Las cosas no son siempre como se las piensa... o, ¿de qué podemos estar seguros?).

Y cuando sucede algún acto que nos coloca en posición insegura pero que podría ser relativamente manejable, nos toma totalmente por sorpresa y produce consecuencias negativas, que pueden llegar a ser trágicas. Un ejemplo de niños, pero  ilustrativo, es: si yo atravieso un terreno en plena balacera, exactamente en medio de las bandas que disparan, es mucho más probable que salga herido o muerto, por mucho que yo piense: "a mí no me va a pasar".

Alguna vez, en el Sistema de Transporte Colectivo de la Ciudad de México, Metro, puse con total descuido el celular -no muy barato, por cierto y que seguía pagando- en el bolsillo trasero, totalmente exhibido, mientras subía al vagón en un horario pico. Antes de terminar de abordar ya no lo tenía conmigo. Era como si me hubiera puesto un letrero: te lo regalo. Mi patrimonio quedó afectado.

¡Así, ya no se puede vivir!


En el otro extremo, se encuentra la actitud paranoica, un patrón de conducta en el que el recelo y la desconfianza se prolongan en el tiempo y que cae en el descuido porque conduce al abandono estático).

Ante las cifras que podemos tener y las experiencias personales -o de personas cercanas a nosotros- desconfiamos de todo y de todos, nos sentimos permanentemente vulnerables. Vivimos apanicados, temerosos y nos vamos condenando prácticamente a la inmovilidad: dejamos de salir de casa, nos aislamos pensando en que podemos confiar en nosotros mismos (y a lo mejor hasta esta confianza básica la perdemos).

Todo está mal, nada hay bueno, todos son malos. Sentimos que todo conspira y que todo lo que pueda pasar, nos va a pasar. La vida deja de ser vida; o mejor dicho, una vida en el miedo permanente, tejida básicamente de desconfianza en uno, en los demás, va dejando de ser vivible.

Esta actitud es básicamente el otro lado de la misma moneda del excesivo descuido: se trata de afrontar de manera fideísta un problema real, pero ante el cual nos formamos creencias sin ninguna razonabilidad, solo porque queremos creer lo que sea que se nos ocurra creer. Y una vez que se ha llegado a este extremos es verdaderamente difícil salir de él: requerirá de mucho trabajo personal, pero de la confianza mínima para que un profesional nos acompañe.

En la prudencia: el indispensable cuidado

Me cuido, te cuidas, Me cuidas, te cuido, nos cuidamos, lo cuidamos, los cuidamos, puede ser una excelente consigna cuando de inseguridad se trata (¿qué tal si le echas un ojo al artículo Me cuidas, te cuido, nos cuidamos).

Cuidar significa asistir, procurar, apostar por que la vida, las relaciones, las personas estén bien, y en la inseguridad todo ello queda en vilo. En el cuidado se genera la experiencia del sentirnos seguros, que como dijimos inicialmente, es sentir que no nos tenemos que estar cuidando de lo que atenta de alguna manera contra nosotros.

La acción de cuidar/cuidarnos supone crear condiciones propicias (disposición de los objetos, formas de actuar, formas de relacionarse) para que vivamos en seguridad, esto es, sin tenernos que estar preocupando de todo y de todos para poder fluir en la existencia cotidiana. El cuidado posibilita una convivencia pacífica, que sepa reaccionar ante la violencia y todo lo que atente contra ella.

En este momento conviene recordar que las personas somos por definición vulnerables, carentes, limitados. En nuestra vida siempre existen los riesgos y siempre sucederán cosas que no deseamos, pero que nos afectan de una manera u otra. Levantarnos, salir a la calle, relacionarnos con la familia, o el trabajo siempre implica la posibilidad de que algo nos pase trayendo consecuencias que no queremos, pérdidas en nuestra persona, en nuestras cosas, en nuestro tiempo, en nuestras relaciones.

Si bien, así son las cosas en lo humano, también es importante tener presente que siempre podemos hacer algo para salir avantes. Y hacia ello se enfocan la prevención y el cuidado.

En el terreno de la seguridad/inseguridad esto supone tener en claro de qué hay que cuidarnos y qué cosas debemos hacer para salir sin afectación o lo menos afectados posibles.

Por lo pronto, sabiendo que habrá que escribir un poco más al respecto, pongo por lo pronto algunas cosas sobre la mesa:

  • Entender que en el cuidado hay una corresponsabilidad social inexcusable. Tener condiciones socioeconómicas y políticas de seguridad compete al Estado, esa estructuración de la convivencia que hacemos, justo para cuidarnos. Así que en gran medida la responsabilidad ciudadana consiste en insistir de distintas maneras en que el Estado cumpla su obligación de procurar seguridad pública, con planes, proyectos, diseños, protocolos adecuados. Estamos llamados a cuidarnos... La familia, el vecindario, nuestro lugar de trabajo son responsabilidad también nuestra.
  • Pero en un terreno más cotidiano, conviene:
    • Informarse: la información debidamente procesada, relacionada, produce el conocimiento que necesitamos para entender ante qué y cómo somos inseguros, punto fundamental para diseñar acciones de cuidado. La inseguridad, los delitos, son fenómenos estudiados y conocer lo que los estudiosos han encontrado, es importante.
    • Cultivar una cultura de la prevención, pensar inteligentemente en lo que puede pasar y cómo adelantarse a ello o cómo responder a ello de la mejor manera posible. Y entonces ensayar una y otra vez para saber cómo actuar antes, durante y después de un episodio que nos vulnere. Se trata de estar preparados.
    • Dialogar continuamente teniendo en cuenta que si formulamos protocolos adecuados quedamos menos expuestos. Un protocolo es un conjunto de acciones razonadas y razonables para acometer -en este caso- cualquier acción con mayor seguridad. Podemos tener protocolos personales, familiares, en nuestro lugar de trabajo, en los sitios públicos: las víctimas "que se ponen de pechito" por descuido, son las más difíciles de ser cuidadas.
    • Comunicarnos razonablemente: evitar las afirmaciones llenas de pánico, desinformadas,  con generalizaciones que pueden terminar haciendo los problemas mayores. Hay experiencias que nos muestran que es más seguro retirar dinero en un cajero que esté en el interior de un centro comercial que en uno de la vía pública; que en las redes sociales hay que cuidar muchísimo la información que uno hace pública, etc. La comunicación se vuelve un gran aliado.
    • Compartir todo lo bueno que pasa, poner lo malo en perspectiva. Uno de los problemas de la inseguridad es que genera desaliento, desesperanza. Las buenas noticias nos dan la esperanza para vivir cada día sabiendo que si algo puede pasar, estamos preparados.
No podemos evitar que pasen cosas que atenten contra nuestra vida, nuestro patrimonio, nuestras relaciones; pero sí podemos estar preparados para evitar que sucedan o actuar en consecuencia y sacar -incluso- lo mejor de lo peor. Eso es crear una cultura del cuidado.


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lunes, 19 de septiembre de 2022

Me cuidas, te cuido, nos cuidamos

Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí
Texto aparecido en https://contactonoticias.com.mx/ el 19 de septiembre de 2022

https://www.guiainfantil.com/

El 19 de septiembre es una fecha que millones de mexicanos nacidos antes de 1980 tenemos grabada en mente y corazón. Como toda efeméride, puede ser una invitación a la reflexión (La desgracia del tiempo plano. Resignificar la vida resignificando los días)

Corría 1985, eran las 7.17 hrs de un jueves que parecía empezar como muchos otros: comenzando clases en las escuelas, transportándose a muchas otras, yendo al trabajo. En el entonces Distrito Federal -hoy Ciudad de México- la vida cotidiana se abría paso y en cuatro minutos todo quedó trastocado.

En su carrera desde el epicentro en el Pacífico mexicano el sismo afectó la capital de la República Mexicana y otras localidades como Ciudad Guzmán. Una réplica alrededor de 36 horas completó la destrucción. Las cifras oficiales fijaron en 3192 los fallecimientos, mientras que organizaciones como la Cruz Roja dan cuenta de más de diez mil muertes.

La devastación fue impresionante: edificios, casas, calles, destruidos.

Impresionante fue también la solidaridad de las personas que se unieron para remover escombros buscando sobrevivientes, pero también encontrando los cadáveres que entregados a sus familias procurarían paz a los deudos.

Por una cultura que cuide la vida

https://www.economiasolidaria.org/

Si algo quedó claro en esa fecha es que no estábamos preparados para pensarnos vulnerables, de alguna manera siempre en riesgo, desprotegidos. La presión de la sociedad llevó al Estado a crear el 6 de mayo del 1986 el Sistema Nacional de Protección Civil. Su existencia es invaluable, pero insuficiente. Me explico.

Que exista una instancia gubernamental que rija tareas de protección civil en contingencia es fundamental para la vida social, pero en sus finalidades se queda corta si no existe una cultura del cuidado, que en palabras de Leonardo (Los derechos del corazón. El rescate de la inteligencia emocional, p. 47) constituye una relación amorosa, protectora y no agresiva de los procesos vitales.

El brasileño llama la atención en el referido y otros escritos y conferencias: el cuidado brota de la esencia misma del ser humano en el mundo, junto con los otros y hacia el futuro.

Te cuido, me cuidas, me cuido, te cuidas, se cuida, nos cuidamos… eso garantiza que vayamos construyendo la vida desde su fragilidad. Parece obvio, pero no lo es tanto. Para muestra, un botón:

Cuando la lógica de la relación con las demás personas o con el mundo en un paradigma de dominio y de reducción de la vida a relaciones meramente económicas, la construcción de un edificio no cuida estudios que tomen en cuenta que hay factores que pueden provocar su derrumbe (como sucedía en México antes de 1985). Se trata de una lógica insostenible (no sustentable). Se puede abundar en temas como el manejo de los desechos, la cultura del descarte, el consumo irresponsable.

La efeméride del 19 de septiembre nos ayudar a recordar el significado del cuidado en nuestra vida. Sigo una vez más a Boff cuando hablan de 4 perspectivas complementarias desde las cuales podemos entendernos auto cuidadores y cuidadores del mundo por, con y para los demás (págs. 48 y 49). 

Después del 2020 estamos sí o sí llamados a vivir en el marco de una ética del cuidado (puedes leer Ante la crisis del 2020: la ética del cuidado como fuente de esperanza razonable de este mismo blog)

La lógica del aprecio de la vida

https://www.educarchile.cl/

En primer lugar “el cuidado es una actitud de relación amorosa, delicada, amigable, armoniosa y protectora de la realidad social y ambiental”.

El cuidado también es “todo tipo de preocupación, inquietud, desasosiego, malestar, estrés, temor y hasta miedo por personas y realidades con las cuales estamos afectivamente relacionados y que por eso nos son preciosas” … Nos preocupamos unos por otros, nos preocupan nuestras mascotas, porque las sabemos tan endebles, que respondemos cuidándolas.

El cuidado es también la creación de “un conjunto de apoyos y protecciones que posibilitan una interrelación indisociable a nivel personal, social y con todos los seres vivos”. Y en este sentido, obras son amores y no buenas razones.

Por mi trabajo suelo estar cerca de jóvenes que comienzan a vivir experiencias como salir por las noches con los amigos. Cuando se da la oportunidad suelo conversar con ellos que justo somos amigas y amigos para cuidarnos. Desde que planeamos nuestra salida debemos pensar en los riesgos -que sí existen, aunque no queramos pensar en ellos- y ponernos de acuerdo en los lugares, los horarios, la forma en la que iremos y volveremos. Y qué haremos si sucede una desgracia: cómo nos protegeremos y cómo seremos protegidos por los nuestros.

Lo mismo sucede cuando diseñamos actividades educativas, organizamos los espacios de nuestras casas, establecemos los procedimientos laborales. Si lo hacemos desde el corazón, desde el reconocimiento de que hay que cuidar nuestras vidas, nuestra salud emocional, la sostenibilidad de las relaciones económicas, sociales y la intención de las políticas, seguro que nuestra sentipensares y su traducción en acciones será diferente a que si solo vemos desde nuestro propio centro.

La conmemoración del 19 de septiembre es una invitación a descentrarnos de nuestra visión de dominación para sobrecentrarnos en la de interrelación cuidadosa… Es una invitación para seguir gestando la cultura del cuidadoso aprecio por la vida. 

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miércoles, 8 de abril de 2020

Ante la crisis del 2020: la ética del cuidado como fuente de esperanza razonable

José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más del autor, haz click aquí
Edición y cuidado del texto: Socorro Romero Vargas

En la comunicación con los conocidos, que  las medidas sociopolíticas de distanciamiento han permitido durante la pandemia del Covit-19, encuentro dos grandes tendencias: una es la muy sana comunicación llena de humor, que solemos denominar memes, acompañados de toda clase de juegos en redes sociales para socializar y entretenernos; otra es una que trata de atender  lo que sucede y  que se da en un talante de incertidumbre y para muchos cada vez más de desesperanza.
           Y esto segundo es comprensible: Vivimos un fenómeno de proporciones inimaginables apenas hace muy poco tiempo; muchos estamos en un encierro doméstico más o menos voluntario; nos llega todo tipo de información y nos preguntamos ¿qué está pasando?, ¿qué pasará?, ¿estamos preparados para sobrellevar una contingencia de este tamaño por todo el tiempo que durará, que de hecho, será mayor que el de la pandemia en sí misma, pues se atisba en el horizonte una gran crisis sociopolítica y económica?

Reflexión con sentido

          Y en este ir y venir de datos y opiniones un grupo de académicos del Centro de Investigación Social Avanzada quisieron sumarse a la construcción de la certeza y la esperanza emitiendo un documento titulado: Cuidar al otro. Consideraciones bioéticas ante la pandemia Covit-19.
          El equipo de 12 pensadores mexicanos, coordinados por Rodrigo Guerra, propone un camino que no parte de qué cosas hay que hacer durante y después de la pandemia, sino de la consideración de algunos criterios éticos, bioéticos, que pueden darnos luz a la hora de decidir lo que toque para encargarnos de la realidad en los ámbitos personal, familiar, de la comunidad política a la que pertenecemos, e incluso el global. Me parece que están convencidos que si los asuntos de fundamento quedan claros, se pueden afrontar mejor los asuntos prácticos.

          El texto es breve, puntual, de doce páginas tamaño carta. Está organizado en 14 numerales, reunidos en una introducción, tres planteamientos de reflexión y una conclusión. Cada numeral contiene un planteamiento de fundamentación o propuestas de consideraciones bioéticas a partir de las cuales considerar razonablemente nuestro actuar (ambas son funciones del pensamiento ético).
          Con un estilo directo y sólido en contenido, sin pretensiones academicistas, el lector es invitado a mirar la acción humana en la pandemia a partir de la dignidad inalienable de la persona humana y la debida responsabilidad de cuidar no solo de uno mismo, sino del otro, en especial el más vulnerable desde cualquier perspectiva que lo sea. La persona debe ser afirmada por sí  misma y no como medio, como instrumento político, económico o de algún tipo.
          Y deja claro: sin el otro no hay posibilidad al yo, pues en el descubrimiento y acogida del otro nos construimos.... La ética -y su aplicación bioética- propuesta es relacional. Cuidarnos -como opción ética- es un imperativo categórico, pues significa que nos vivimos impelidos a hacer lo que razonablemente está en nuestra circunstancia para que las personas vivan con la dignidad que les corresponda, de la manera que les sea realmente posible (un supuesto que no hay que perder de vista es que lo real no solo es lo que está ya dado, establecido, sino también lo que puede ser y lo que debe ser, entendidos como un dinamismo de humanización al que todos estamos llamados, pues la vida humana es vocación y tarea de ser dignamente humanos).

La dimensión familiar

¿Dónde nace y se cultiva el cuidado? En la familia, que es mucho más que una sociedad de convivencia para poder solventar necesidades económicas y sociales. Es el lugar del descubrimiento del otro en toda su humanidad, sus límites y potencialidades, es el ambiente de la solidaridad primera y la posible construcción de relaciones humanizantes.
           Una consideración atenta de la pandemia llama a entender que es en la familia donde comienza el cuidado de la salud, del cuerpo, que somos nosotros mismos y las posibilidades para ser y actuar humanamente con nosotros, los demás y el mundo. Desde allí hay que entender medidas sanitarias como el distanciamiento social: al tener cuidando de nuestra salud, estamos cuidando la de todos y no solo la propia.
          Sin embargo, y con lucidez, los autores nos invitan a recordar que vivir sanamente es un valor que queda supeditado a algo más trascendente: el cuidado del otro, especialmente más vulnerable, cuando ha enfermado, pues de ello depende que tenga posibilidades para vivir y transitar la enfermedad dignamente. Y esto supondrá para muchos, especialmente los cercanos, poner de alguna manera en juego, la propia salud. La entrega por el otro, que también de alguna forma lo es por uno mismo, es fundamental en toda posibilidad humanizante.
          Me parece a mí que con una actitud coherente con la postura personalista que sustentan, provocan a las familias para que en tiempo de crisis no se consideren a ningún miembro de su familia como mero objeto o instrumento, como sucede en la óptica del "descarte", en la que los más vulnerables son privados de oportunidades por estar en desventaja.
          Y dan un paso más recordando que las familias, como unidad social, son sujeto corresponsable con otras familias y con la comunidad política. Deben participar en la creación de soluciones y no sentarse a esperar sin más las medidas sociales y la asistencia de los programas públicos para abrirse paso en la búsqueda de las mejores oportunidades posibles y deseables para sus miembros.

La dimensión de la comunidad política

          Lo que hoy vivimos pone de relieve que las personas y las familias estamos insertos en una comunidad en la que el ejercicio de corresponsabilidad tiene que llegar hasta la existencia de políticas públicas en las que el criterio de partida y llegada es la centralidad de la persona más allá de su utilidad.
          La publicación insiste en que la legitimidad del gobernante se da no solo en el origen electoral de su mandato, sino también en su actuar, que tiene que ser subsidiario; es decir, debe permitir a los miembros de la sociedad la organización y la acción suficiente para enfrentar los desafíos que le plantea la realidad, pero debe intervenir donde la familia o las organizaciones civiles no llegan por su naturaleza propia. Y eso se hace con política pública de salud, de educación, fiscal, con el ejercicio prudente del presupuesto público.
          En este rubro de lo sociopolítico y económico, dos ideas más son puestas sobre la mesa:
          La primera es la importancia de afrontar el momento hospitalario de la pandemia con criterios humanistas, de justicia y no únicamente de desecho, como también se le pidió a las familias. Hay que buscar todas las oportunidades de acción, antes de determinar que ya no se puede hacer algo por alguien, aunque sea acompañarlo paliativamente en la recta final de la vida, si eso fuera necesario.
          La segunda tiene que ver con la necesaria previsión que los actores políticos deben hacer para que todos podamos afrontar las consecuencias de la crisis en el ámbito de la productividad: incentivos y medidas fiscales, bancarias, de apoyos gubernamentales para las economías formal e informal.

La dimensión global

          Sin perspectiva global sería trunco cualquier análisis. Eso lo tenemos claro en el tiempo que nos ha tocado vivir, totalmente interconectado y mucho más interdependiente de lo que se pensaba. Hoy hablar de bien común implica tener lucidez sobre sus distintas dimensiones: familiar, local, y también global. Esta última nos desafía a diversas acciones, como crear una forma de hablar que nos de parámetros éticos y jurídicos que garanticen el cuidado; intensificar la cooperación internacional; reconsiderar el papel de las organizaciones trasnacionales en la búsqueda y procuración del bien común; crear redes de solidaridad entre las personas y grupos, porque todos somos habitantes de una casa común y de alguna manera corresponsables de ella, en la medida que nos veamos como sujetos sociales y no como objetos en el mundo que nos tocó vivir.

La ética del cuidado cimienta la esperanza

El texto que comento logra -a mi parecer su cometido- a pesar de ser filosófico: contagia esperanza, porque nos pone razonable y no solo emocionalmente ante una realidad: podemos acometer la incertidumbre del presente y el futuro si tenemos claro que somos protagonistas y no meros objetos de lo que pasa en nuestra vida en los tres niveles de lo que he hablado.
          Eso sucede cuando nos vemos con, por y para el otro en dimensión de cuidado... cuidarnos unos a otros nos da viabilidad en lo que sucede día a día, nos hace vernos como protagonistas de la vida, aguza nuestra creatividad, nuestra capacidad de búsqueda de cauces de acción y nos permite desde el aquí y ahora ir acometiendo el futuro, que no será fácil, pero tampoco será fatal; porque "con esperanza, es hora de trabajar juntos  para entonces poder mirar lejos"

Si quieres leer el texto completo, muy recomendable, haz click en el hipervínculo: https://cisav.mx/wp-content/uploads/2020/04/Cuidar-al-otro-2.pdf

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miércoles, 1 de agosto de 2018

Soy diabético y tengo mucho por hacer... Hacia una vida saludable


José Rafael de Regil Vélez

Una historia como la de muchos

Tuve una infancia normal para la década de los setenta: en la calle disfruté todo tipo de juegos, anduve tras pelotas de futbol, pedalee una y otra vez la bicicleta por la mayor parte de la ciudad. Mi juventud fue activa: los deportes de conjunto se me volvieron importantes y participar en competencias no menos, así que además de "cascarear" entrené volibol y basquetbol hasta los 25 años. Después comenzó a suceder lo "normal" en la vida del adulto: vino el trabajo, la vida familiar con hijos pequeños, y el dinamismo se fue transformando poco a poco -sin sentirlo- en algo más sedentario.
          A los 31 años tuve una lesión que terminó de completar el panorama: el tendón rotuliano derecho se desprendió de la parte inferior y hubo que ponerlo en su lugar y dejar poco más de cuatro meses de reposo total para que se reinsertara. Esa inactividad provocó mi primer gran subida de peso y una gran disminución de movilidad pues perdí figuradamente el 100% de masa muscular durante la convalecencia y los tendones estaban sumamente rígidos, además de que se alteró la mecánica del movimiento de la rodilla y eso me resultó incómodo. Debo decir que nunca rehabilité del todo.
         Diez años después, todavía con un gran sobrepeso, me rompí en dos el tendón rotuliano izquierdo, otra vez al proceso de rehabilitación en medio de una vida sedentaria y la prioridad de mi cotidianidad puesta en otras cosas de la vida: se hizo más difícil tener una vida saludable: poca actividad, poco descanso nocturno, sobrecarga laboral con stress...
         Pasó el tiempo. Un día sucedió que comencé a ver borroso, de una manera muy, pero muy anormal. Un par de jornadas después tuve mucha sed y allí sospeché lo que confirmé con el médico: el pancreas secreta insulina "defectuosa", así que la glucosa no puede ser asimilada adecuadamente por mi cuerpo; dicho más sencillo: soy diabético. Mi historia, hasta aquí, es como la de muchos: la plrioridad no es tuvo en vivir bien

La dejadez no tiene la última palabra

En mis conversaciones con el médico y las lecturas que hice entendí que para estar bien debía modificar mi forma de vivir cada día: actividad física, alimentación balanceada, menos carga de stress, mejor descanso, evitar infecciones y tomar la medicina que me indicara. 
          Para dar el siguiente paso
La primera tarea que acometí fue la de activarme. Recibí como obsequio un activity tracker (dispositivo para hacer seguimiento de mi actividad, que en esta caso fue de pulsera) y con él empecé a caminar. Era lo único que podía hacer: las piernas no daban para mucho, las rodillas me dolían y me sofocaba continuamente (¡¿Dónde habían quedado mis años mozos de deportista?!). 
          Entendí y asumí que si quería avanzar tenía que ser solo un día a la vez, una comida a la vez: en cada comida cuidar el plato del buen comer del diabético; en cada día dar al principio seis mil pasos, hasta llegar a 12 mil. Todo con una meta: controlar los niveles de glucosa.
          Fueron casi dos años de solo caminar, con una efectividad de más de 90%. Mejoró mi posibilidad cardiopulmonar, dejé de ampollarme los pies, corregí mi postura al andar. Llegó el momento de dar el siguiente paso: dejar el automóvil y utilizar como medio de transporte la bicicleta o el autobús urbano pero caminando varias cuadras a mi destino.
          Llevo año y medio como ciclista urbano. Tengo más fuerza en las piernas, puedo realizar un cardio más intenso, disfruto enormemente el viento en la cara, incluso la lluvia. Así que después de tres años llegó el momento de poner una nueva meta: la disminución de la medida de la cintura; por aquello del síndrome metabólico.
          Mi familia me provocó a entrar en un desafío para bajar de peso. Fue el disparador para entrar en la nueva etapa: revisar una vez más la alimentación, estabilizar las rutinas de cardio y dar un nuevo paso: la realización de ejercicios funcionales para fortalecer los músculos de todo el cuerpo, pero sin necesidad de utilizar aparatos que solo conseguiría en un gimnasio. Me he asesorado para ayudar a mi cuerpo en la casa, en el parque, organicé un desafío con mis compañeros de trabajo para que con metas individuales diferentes, compartiéramos que todos hagamos tres sesiones de ejercicio por semana.
          Hoy, tres años después, sigo siendo diabético, pero soy una persona muchísimo más activa: camino mejor, puedo subir y bajar escaleras más fácilmente (bajarlas me sigue costando por la falta de rehabilitación de los músculos de la pierna que estuvieron hipertrofiados durante mucho tiempo), realizo mis actividades diarias con más energía, como con mejor apetito. 
          Ha sido trabajo hormiga que me ha dado buenos primeros frutos. 
          Hoy sé que sí es posible ser una persona activa y con eso tener mejor calidad de vida a pesar de la diabetes.... o cualquier carencia de salud. El bienestar, el vivir bien, están al alcance de todos nosotros, solo es cuestión de comenzar con metas sencillas y trabajar en ellas un día a la vez; sin prisa y sin pausa.