Caminar, vivir, compartir...

Durante años viajeros han apuntado en libretas sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades... Esta es una de ellas, con los apuntes al vuelo de este viajar por la vida . Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir los apuntes que van haciendo de su caminar por la vida.
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viernes, 25 de octubre de 2024

¿Dónde nacen los verdaderos encuentros?

 Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí


Lo que separa... no une

Era muy joven, de los 14 a los 15 años, cuando siendo estudiante normalista comencé a trabajar en un oratorio festivo salesiano, en la ciudad de Puebla. Para que quien me lee tenga mejor contexto, diré que en ese tiempo -1980- todavía existía el Muro de Berlín, el marxismo era una ideología en boga y su postura materialista histórica y dialéctica alentaba el discurso de muchas personas. En su ateísmo, veían a la religión como el analgésico de la humanidad, destinado a calmar los dolores de mujeres y hombres, pero sin llegar a la causa de sus desventuras. La militancia era feroz.

Y hay que decir que no menos fiera era la combatividad de grupos religiosos que veían en los comunistas y los socialistas sin Dios a los enemigos a combatir. 

La coincidencia de grupos de ambas posturas muchas veces terminó en golpes, insultos, y alguna vez, también en la pérdida de la vida para algún desafortunado. Lo mismo sucedía entre grupos religiosos: católicos, evangelistas, testigos de Jehová... semillas del desencuentro, la falta de diálogo y como suele decirse en esta época: de la intolerancia, la falta de cooperación y la inexistencia del diálogo.

La consigna que flotaba en el ambiente parecía ser: o piensas como yo, o crees lo mismo que yo y de la manera en que yo lo creo (ese yo también era nosotros y se refería a los grupos o comunidades en las que uno estaba adscrito) o estás en mi contra y nada tenemos que hacer el uno junto al otro.

Recuerdo que en el Oratorio Juan Bautista Pedroni concurríamos niños y jóvenes católicos (al menos nosotros, que siendo normalistas éramos aspirantes a la vida religiosa con los salesianos) y ateos y descreídos, porque muchos venían de familias de obreros que trabajaban en los entonces existentes fábricas poblanas de textiles y estaban adscritos al combativo partido comunista.

Nos reuníamos a jugar futbol. Habíamos organizado una liga que tenía algunos equipos infantiles y otros maś juveniles. Nuestro lugar de encuentro (así, subrayado y después quedará claro por qué) era un terreno en un fraccionamiento que recién empezaba a construir sus casas. El fraccionador nos lo dio y puso dos porterías... El resto eran piedras y esa tierra que en tiempo de lluvias hace colosales lodos y en secas te deja empanizado.

En las banquetas coincidíamos, charlábamos de las familias, de la semana, del que estaba enfermo, del papá desempleado, encarcelado o que tenía un trabajo que lo mantenía lejos de casa durante muchos días. En los partidos, el descanso del medio tiempo lo destinábamos a "pláticas formativas" que no eran sino la explicación del evangelio dominical con los términos más humanistas y menos teológicos posibles, para que todos nos lleváramos alguna reflexión. Dos años pasamos allí, y fuimos amigos del Ratón,  el Migue, el Gordo y no recuerdo cuántos más.

Al paso del tiempo, en mi último año de normalista, en la Ciudad de México, coincidimos con estudiantes de la UNAM, que vivían en verdaderas comunas para poder ahorrar gastos, por ser extranjeros provenientes de Bolivia, Colombia, Ecuador. Muchos de ellos adscritos a la entonces existente guerrilla de sus países, todos fincados en ideologías revolucionarias de cuño ateo. Con ellas y ellos tuvimos algún otro amigo y yo católicos y diferentes a ellos, buenos momentos de canto, de conversación, de probar guisos sudamericanos con insumos mexicanos.

Al mismo tiempo, en la misma época fui testigo, como señalé al principio, de división, incapacidad de unión, de desacreditación, desestimación debida a los discursos, a los "catecismos" católicos o marxistas recitados desde la postura de superioridad de creer que se tiene la verdad, la verdad dada, no la construida a partir de la experiencia y el encuentro con las cosas cuya forma de ser tenemos que desvelar (Soy filósofo y educador: me encantan las desveladas).

Me atrevo a decir con la autoridad que da la experiencia vivida que en ambos casos fue posible el encuentro, la coincidencia, y algo muy cercano al diálogo... Ese que no era posible en muchos grupos en los que las ideas y las creencias eran lo único importante como aglutinador humano.

Hace poco platicaba con mi amigo Ricardo. Él y yo no estamos adscritos a la misma comunidad religiosa. Él comulga en una iglesia renovada (protestante les dicen en lenguaje común, aunque no del todo apropiado) y yo, a mi edad, sigo siendo católico. Nos conocimos en una maestría en la que fui facilitador y él estudiante. Allí nos descubrimos apasionados de la pastoral y la educación. Y desde entonces hemos forjado una amistad que en sus palabras puede resultar inusual, porque a nuestro alrededor es frecuente la exclusión por no pensar y creer lo mismo, y de la misma manera (me permito la repetición de la expresión, porque creo que es precisa). 

En esa ocasión uno de los motivos de nuestro saludo y conversación era la entrada de un huracán que golpearía las ciudades donde vive y trabaja y un incidente de violencia escolar entre preparatorianos de la institución educativa que dirige y que estaba atendiendo con todos los protocolos que el caso merece. Me preocupaba su preocupación. Y cuando todo pasó, me alivió su alivio.

En la superficie de la esfera no hay coincidencia

Tras nuestra charla, me quedé pensando: ¿dónde es que se da el encuentro entre las personas, ese que permite que quienes tienen estilos de vida diferentes, particularidades morales diversas, explicaciones de la vida con distintas palabras y enfoques puedan ser amigos e interactuar juntos de manera solidaria? Y recordando experiencias como las que he compartido y otras más puedo afirmar que en la compasión.

José María Mardones fue un amigo filósofo, sociólogo, teólogo de producción intelectual prolífica en los 80 y 90 del siglo pasado hasta que la muerte le sorprendió a una edad que no merecía que se fuera. Alguna vez lo escuché conversar sobre lo difícil que son la tolerancia, la inclusión, la interacción fraterna entre las personas, y utilizó un recurso literario muy ilustrativo. 

Comparó las relaciones humanas con una esfera en la cual es casi imposible que quienes están en distintos lados lleguen a coincidir. El decía que la única manera que sucediera el encuentro es que se diera en el centro, en el núcleo, en lo profundo y no la superficie de la esfera. Esta consistiría en lo de cada día, que damos por hecho y que nos lleva a vivir de una forma determinada y diferente a la de otras personas y grupos sociales: las ideas, las palabras, las tradiciones, las costumbres... Incluso formas más elaboradas de la convivencia social como la forma en la que estructuramos las instituciones políticas, el derecho, la educación.

A diferencia de la periferia, el centro o núcleo está formado por la compasión, esta impresionante capacidad humana de ponernos a trabajar hombro a hombro, codo a codo con otras personas para solucionar los retos que presenta la existencia cotidiana cuando nos importan sus carencias y las nuestras, sus penas, sus dolores, sus vulnerabilidades y también sus motivos de orgullo, de gozo, de apuesta por la vida. 

En la compasión, nos ponemos a chambear para salir adelante, para no dejar abandonado al que menos tiene, al que está tronado porque las adicciones lo hicieron prisionero, o la enfermedad lo aqueja, o el desempleo lo ha dejado sin tener un pan que llevar a la mesa, al que quedó paralizado por el dolor de la muerte, de la injusticia. 

En la compasión podemos conversar con quien nos comparte su sentir ante la adversidad o la fortuna. Podemos disfrutar los pasos humanizantes que alguien va dando.

Un poco más: a partir del encuentro compasivo podemos dialogar sobre las cosas que nos valen la pena para andar la vida, sobre el sentido que tienen las ideas con las cuales nos explicamos la realidad y reconocer en ellas formas de entender la existencia que pueden complementar las nuestras, porque las hemos visto reales, humanizantes.

El mecanismo que posibilita el diálogo y no solo los monólogos simultáneos (como cuando dos personas que piensan distinto van a un panel, cada quien vierte su rollo, pero quedan indiferentes el uno frente al pensamiento del otro) es el que se desprende del encuentro, del reconocimiento del otro, de su rostro,sus gestos, sus sentipensares, de ser testigos de su forma de vida, de sus luchas, sus aspiraciones, sus dolores. Levinas y la antigua sabiduría prehispánica nos hablan de ello.

Y es que la dimensión entrañable de la vida nos abre a la disposición para comprender lo que el otro piensa, lo que el otro cree. Nos permite entrever lo fundamental de sus creencias, de sus estructuras morales y encontrar los puntos de coincidencia... 

En la compasión se enrutan los dinamismos humanos fundamentales: nuestra búsqueda de verdad se encauza diferente cuando se trata de crear condiciones de vida digna en las que quepamos; nuestras decisiones se orientan más fácilmente al bien común (Libertad sin compasión: hipotecar la vida humana), la solidaridad condiciona nuestras preocupaciones, los afectos van más allá de la autoestima y el autocuidado. 

Y entonces todo queda dispuesto para el humor,para lo lúdico, esos espacios de encuentro que no necesariamente producen ganancia económica y que sí nos recrean para continuar el afán de la vida.

¿Dónde se da el encuentro? No en las ideas, las estructuras de creencias, las prácticas morales por sí mismas, sino en la compasión que desvela ante nosotros a la persona que piensa, que cree, que orienta su vida. Y a partir de allí una solidaridad fraterna, ecuménica (universal) se hace inicialmente posible. Y en ella, siempre encontraremos riqueza, y seguramente no saldremos depauperados, como sí sucede cuando en la cerrazón ideológica, axiológica, moral terminamos unos desacreditando a otros; cuando no atacándonos e incluso, matándonos.

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domingo, 26 de febrero de 2023

Amistades circunstanciales: cuando lo cercano se vuelve un gana-gana

 José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Sin amor -amar y ser amado- la vida humana se vuelve inviable; incluso cuando se es adulto y se tiene fuerza, madurez, capacidad de actuar autónomamente (Hablemos del amor sin tanta sensiblería).

El amor se da en alteridad: por el otro, con el otro, para el otro. Se concreta en diversas formas de interrelación: la pareja, la paternidad, la filiación, la hermandad, la amistad. Y de cada una se puede escribir mucho, desde perspectivas diversas. 

Vivir amigablemente


En esta ocasión quiero hablar de amistad, de ser amigo, de vivir amigablemente.

No se necesita ser un gran intelectual ni un investigador o académico para entender que la amistad puede ser importante en la vida de las personas. Pero sí ayuda darle la voz a un estudioso para dar mayor luz en el asunto. Y en este caso se la daré a José L. Zaccagnini, uno de los impulsores de la psicología positiva en lengua castellana.

En su texto Amistad y bienestar psicológico: el papel de los "amigos c" el estudioso desde el inicio nos advierte sobre la conveniencia de reflexionar sobre el papel que las diversas relaciones pueden desempeñar en la vidas y entre ellas la amistad, que puede aportar no solo de manera terapéutica a nuestro bienestar, sino de manera habitual. 

Se enfoca en ella porque es de las relaciones que solemos establecer, la más libre de todas; es decir: la amistad no responde inicialmente a las expectativas sociales como sucede con otras relaciones como el matrimonio, el compadrazgo, la paternidad o la filiación; sino que se estructura a partir de los acuerdos que los propios amigos van tomando, así que es muy fácil que cada quien se sienta y este bien y a sus anchas en cada tipo de amistad.

De una manera amena, didáctica incluso pone sobre la mesa distintos "modos o niveles" de amistad, conforme al grado de profundidad, comunicación, interacción explícita y caracteriza en la forma que pueden contribuir al bienestar psicológico e integral de las personas. Así, nombra a los amigos íntimos, a los cercanos y lo que denomina amigos circunstanciales o amigos "c". 

Menos íntimos, pero no menospreciables


Siguiendo a Zaccagnini creo que debemos detenernos un poco para hablar de la amistad circunstancial, que tiene una gran influencia en nuestra vida diaria, pero en la cual no reparamos mucho por la demasiada cercanía y espontaneidad, incluso por una cierta irrelevancia, puesto que no son los amigos cercanos con quienes creamos espacios diferentes de encuentro o los íntimos a quienes pese a todo llevamos en mente y corazón.

En el texto que he referido, el investigador señala que los amigos circunstanciales, a los que pronto denomina amigos c son personas con las que nos topamos a diario en los diferentes ámbitos en los que nos desenvolvemos, con quienes interactuamos, pero a las que de alguna manera nos vamos uniendo por un lazo emocional y no meramente funcional. 

Son cercanas en el tiempo, en los espacios, demasiado cercanos y con frecuencia perdemos de vista el papel que pueden jugar o dejar de jugar en nuestro bienestar cotidiano (y nosotros en el de ellas). Tan cercanas y poco apreciadas pueden ser las amistades circunstanciales, que puede ser fácil perderlas y sin embargo la investigación psicológica revela algunos beneficios que pueden dar mejor estructura a nuestro día a día: 

  1. Al ser relaciones que generamos en los lugares habituales en los que nos movemos y realizamos -como la escuela cuando se es estudiante, o el trabajo- nos proporcionan continuamente estímulos positivos como el saludo afable, la sonrisa en algún momento, la palmada en el hombro al paso, la charla en los momentos de intervalo o la charla en los de comida. 
  2. Sus conversaciones y encuentros pueden influirnos positivamente, en especial en algunos momentos de malestar. El ejemplo que pone Zaccagnini es ilustrativo: cuando nos encontramos con un amigo C en la máquina del café y nos saluda y hace una pequeña plática, aunque estemos "bajos de pila" debemos dar al mal tiempo buena cara. La relación que tenemos con nuestro interlocutor posiblemente no tiene el grado de cercanía y confianza como para despotricar en el momento, así que debemos esforzarnos por demostrar simpatía, rompiendo el círculo del malestar.... O aun más, si le contamos lo que nos aqueja al verbalizarlo y dado que no queremos "quemarnos" debemos entender mejor lo que nos pasa para que nuestra desazón suene justificable y, muchas veces, posiblemente caeremos en cuenta que lo que traemos no vale tanto la pena.
  3. Los amigos circunstanciales nos acompañan en lo pequeño, en las minucias de nuestra vida ordinaria. No hay que acordar con ellos momentos y lugares especiales de encuentro. Y al ser personas en alteridad, eso no tiene precio, podemos ser en soledad, pero no solitarios.
  4. No es inusual que en los lugares cotidianos tengamos de momento alguna necesidad especial: no llevamos dinero y debemos hacer un pequeño gasto de improviso, o necesitamos hilo para un botón, o no tenemos a mano una unidad de almacenamiento para transportar algún archivo... Y recurrimos a las personas con las que mayor cercanía tenemos para que nos procuren y, literalmente, nos saquen del problema, lo cual nos da bienestar emocional, por pequeño que parezca el detalle.
  5. Muchas veces necesitamos información para resolver un detalle personal y profesional y podemos recurrir a los amigos del trabajo, de la escuela: ¿cómo hago esto?, ¿a quién consulto?, ¿dónde se guarda algo?... Más todavía, en las situaciones incluso muy triviales en las que necesitamos saber sobre un médico, una tienda, un producto, la forma de resolver la limpieza de una prenda, una sugerencia de regalo, encontramos respuesta. Nuestra aprehensión disminuye con la "asesoría" de la que somos provistos.
  6. Dado que nuestros "amigos y amigas del trabajo" no son nuestros otros amigos y amigas, esos más entrañables y especiales, no necesitamos requerir de ellos total afinidad para relacionarlos. En el amplio círculo de las amistades circunstanciales hay diversidad también grande, lo cual nos permite ver "más allá de nuestra nariz", con lo que ganamos en pluralismo y, sí, también en tolerancia, porque no nos son tan lejanos que no debamos interactuar de alguna manera con ellos. Si asumimos con libertad esa diferencia, por supuesto que podemos crecer como personas y en la función que desempeñamos cuando estamos con ellas y ellos.
  7. Mantener las amistades circunstanciales requieren una inversión mínima, dado que no demandan de nosotros lo que otros amigos, la familia, la pareja... basta con una buena disponibilidad, con el trato respetuoso, el interés por lo que la circunstancia demande, para que mientras dure, se trate de una relación que aporte a nuestra "salud relacional".

Amistad circunstancial: apostar por el gana-gana


Coincido con lo que señala el autor que he seguido en este apunte señala varias veces en su texto: tendemos a valorar poco a "los amigos y las amigas" que tenemos en el trabajo, a los que nos acercamos por circunstancia, pero con quienes nos unen pequeños y reales lazos afectivos, de simpatía y aprecio que los vuelven diferentes de todos los demás que se encuentran a nuestro alrededor.

Su surgimiento tiene mucho de casual, pero mantenerlas incluso en el nivel de circunstancialidad en el que existen requiere cuidado, una apuesta de benevolencia (querer el bien del otro), de amabilidad, de búsqueda, de cercanía. Se trata, tal cual, de cultivar una siembra que en su cosecha se vuelve siempre un gana a gana, posiblemente imperceptible como el las semillas del amaranto, que son pequeñitas, pero que en conjunto proveen proteína suficiente para el día a día y que además bien conjuntadas pueden ser un dulce, un snack sabroso, hasta una malteada para comenzar o terminar un día que nos ha requerido esfuerzo.

Amistad y bienestar psicológico: el papel de los "amigos c" termina con una frase de Hannah Arendt, que es provocativa y que nos puede dar un buen norte para navegar en las relaciones amorosas que supone la amistad, incluso en la pequeñez de la vida que suponen las acciones usuales de los lugares en los que vivimos: "el verdadero sentido psicológico de la vida humana está en nuestra relación con los demás". Aprovechar lo que podemos dar de nosotros mismos en lo circunstancial y lo que podemos recibir de las demás y los demás allí también, es una buena apuesta en la que ocurre sí o sí el "gana-gana".

Si quieres consultar el texto original, puedes acceder a él desde aquí

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viernes, 23 de julio de 2021

La esencial dimensión social de la fe. Entrevista con Víctor Chávez

Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más del autor, haz click aquí

A lo largo de los siglos muchas mujeres y hombres han testimoniado que encontrarse con Jesús de Nazareth, a quien reconocen como el Cristo, los impactó de tal manera que decidieron dejar el universo de valores a partir del cual articulaban su visión de la vida y tomaban las decisiones para ella.

Y es que al ir conociéndolo y reconociéndolo en sus mensajes, sus acciones, sus simbólos, descubrieron a una persona de una profunda y cabal unidad, que le venía de entregar su vida a proclamar que Dios reina y que su reinado está con nosotros en la compasión, la misericordia, la fraternidad, la justicia, la co-creación de un mundo en el cual la dignidad de ser hijo de su Padre fuera posible.

La fe cristiana, el seguimiento de Cristo que nace cuando nos sentimos profundamente amados por su Padre, que es el nuestro, nos lleva a hacer parte entrañable de nuestra existencia los valores por los cuales Jesús se jugó la vida y al hacerlo surge en nosotros un hombre nuevo, unitario, articulado en torno a que Dios Reine de la manera en que Jesús nos dijo que lo hacía y en la cual nuestro corazón exulta de alegría.

miércoles, 21 de julio de 2021

Cuando el yo no es suficiente: ser por, con y para los demás y el mundo

José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más del autor, haz click aquí

La egología moderna: una explicación que se volvió insuficiente

Somos herederos de una larga y centenaria tradición llamada modernidad. Por allá del siglo XVII René Descartes logró formular, con su filosofía, una inquietud que flotaba en el ambiente: la de la importancia del yo, del individuo que debe vivir su vida.
               La época anterior fue diferente en tanto que lo que era importante era la comunidad y en ella la relación con Dios. Los apellidos lo mostraban: se era reconocido por la ciudad de origen, lugar de la familia, del clan, de la nación. De allí los apellidos gentilicios, como el mío, de Regil, que atañe al valle del cual emigraron mis antepasados.
                Eso podía tener un gran valor porque daba sensación de pertenencia, pero también se volvía limitante, porque implicaba una manera de pensar que no era propia, sino la recibida y compartida con los demás y que se mostraba insuficiente en un mundo que comenzaba a volverse chico tras la invención de la imprenta, el impulso del comercio por el desarrollo de la marina mercante.
                 En la época moderna, para poder vivir conforme a los nuevos tiempos se requería que cada individuo pudiera pensar libremente y expresar su pensamiento de igual manera. Nació entonces el individuo, el yo, como algo que hay que cultivar frente a la cultura que se hereda, frente a la religión que homogeneiza con el dogma, frente a la monarquía que sólo reconoce en el derecho divino de una familia la posibilidad del ejercicio del poder político.
               Para responder a los desafíos del mundo había el yo tenía que ser pensante, pero con un tipo de pensamiento científico instrumental que le permitiera el dominio de los diversos ámbitos de la realidad: la naturaleza, la sociedad, incluso la conducta personal.
                En esta forma de pensar se desarrolló la ilustración, con su manera de ver la vida confiada en la capacidad individual de inquisición intelectual de la realidad. Y en este contexto surgieron la revolución social que dio paso a las clases sociales como las entendemos, la revolución política que hizo nacer las repúblicas democráticas y la revolución industrial hermanada de la económica que trajo consigo el liberalismo capitalista de corte industrial y ya no agrario. También nacieron las ciudades como los lugares que hoy conocemos, distintos de los villorrios feudales, centros poblacionales de febril actividad económica, que propugnaba la existencia de individuos libres que con su razón pudieran resolver los desafíos de la realidad, en especial la material.
                Fue cuando surgió la escuela como un lugar para que las personas cultivaran su yo, su capacidad de entender y dominar el mundo, mirado desde sus propias categorías. Uno de sus presupuestos es que la autonomía humana vendría cuando cada quien pudiera pensar instrumentalmente la realidad para que ésta funcionara desde el punto de vista de la razón tecnológica...
                   El yo se convertía en el creador de la realidad, el demiurgo orquestador de todas las cosas y sus posibilidades. Y nació el mito de que la persona era fundamentalmente un animal racional, capaz de dominar el mundo: científico, aventurero, emprendedor...

Una nueva manera de entender lo fundamental: somos por, con y para el otro

Esta forma individualista y egológica de entender al ser humano y el mundo mostró sus excesos y peligros con las guerras tecnologizadas de grandes proporciones del siglo XX, los colonialismos que buscan el dominio de los lugares que proveen materias primas sin importar su población, la industrialización que rompe el equilibrio ecológico, la polarización de la riqueza con un saldo de enormes porcentajes de personas empobrecidas, marginadas.
                Hoy, transformar el mundo sigue siendo un reto… sin embargo, la historia nos ha mostrado que el yo científico instrumental no alcanza, pues muchas veces se vuelve incapaz de relacionarse con los otros y con lo otro, incluso aplastándolo, acabándolo. 
               Dicho en palabras más cotidianas: que yo entienda el matrimonio y la familia de una forma no quiere decir que las personas con quienes convivo van a funcionar de la manera en que yo lo quiera administrar, planificar… Lo mismo sucede en cierta forma con la economía y los fenómenos naturales: están más allá de nosotros y no siempre se reducen a lo que pensamos de ellos.
                Ante la injusticia, la muerte, el sufrimiento, las condiciones de empleo, la política, la desigualdad muchas veces el yo pensante dominador no alcanza y solo las personas que se abren más allá de su yo, de sí mismos, logran caminar creando mejores condiciones para vivir día a día humanizándose al humanizar sus relaciones con los otros y lo otro. Cuando es por, con y para los otros, el yo pensante pasa de la búsqueda del dominio a la construcción inteligente de un mundo donde la dignidad de las personas sea posible y el mundo se convierta en una casa común para ser justamente habitada.
                Las personas nos hacemos personas en la relación. Martin Buber, filósofo judío del siglo XX, a propósito de todos los límites que mostraron el individualismo y el colectivismos de esos tiempos, puso sobre la mesa una idea pontente, provocadora: la relacionalidad es la protocategoría desde la cual se puede comprender al ser humano y vivir la humanidad a la que todos nacemos llamados. 
                Relacionalidad significa apertura fundamental para que nuestra vida se realice desde y en el encuentro con los demás, con las necesidades que 
su ser tiene en la libertad y que no podemos atrapar en nuestras ideas, ni siquiera en nuestros deseos. Si no nos relacionamos y no logramos reconocer y respetar a los otros y lo otro, quedaremos fuera de la posibilidad de la creación de un nosotros en el cual se generen espacios afectivos sociales, políticos y económicos que no estén marcados por el signo de la cosificación, del dominio del más fuerte sobre el débil, con la irracionalidad de los políticos que quieren hacer que todas las personas encajen en su propio proyecto.
                 Dicho de otra forma, solo en el encuentro y la relación con el otro podemos comenzar a ser personas. A la madre el hijo es quien la vuelve tal; al docente lo hace tal el estudiante; al amigo, el amigo.
                   Lo mismo sucede con lo que no es humano y que también existe: en la medida que nos relacionamos con los demás seres logramos entender que todos vivimos en una casa común que ha quedado encomendada a nuestro cuidado, el cual sólo es posible en la apertura a lo otro, a las demás cosas, sus características e interacciones.
                    La escolarización y la inserción en la vida pública pareciera estar diseñada para el cultivo del yo. Urge que nos acompañemos todos en la labor de formarnos para el nosotros sin el cual el yo terminará perdido; para la relación con los demás, con el mundo; formación de mujeres y hombres competentes para la interacción que supone hacer del nuestro un tiempo y un lugar, local y global, con espacio para la vida digna, sustentable, justa.

Acompañarnos en el paso del yo que domina al nosotros que incluye y humaniza

En este sentido sigue siendo pertinente la acción pedagógica que desmitifica el currículum como un itinerario de formación del yo pensante que conoce objetivando a los demás y al mundo para su dominio. La educación formal y no formal por la cual unos humanos compartimos con otros humanos que la humanización integral es posible, se trata de una praxis que busca la colaboración, el aprendizaje situado en la realidad que se afronta lo mismo con la emoción que con el pensamiento, con la compasión (entendida en su sentido etimológico más profundo) y la solidaridad bien informada.
                 Cuando en una época como la nuestra en la que el yo moderno, anunciado por Descartes, no alcanza, se vuelven urgente procesos que nos preparen para la apertura en la relacionalidad que invita a las personas a salir de sí para responder a los desafíos que plantea la dignidad de sus congéneres y la encomienda de habitar el mundo para que sea un hogar y no meramente una conquista. Es imperante la educación para él nosotros, mucho más allá del yo.


Texto publicado originalmente en 24 horas, el 23 de marzo de 2017 y actualizado el 27 de junio de 2021


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martes, 2 de marzo de 2021

Hablemos del amor... sin tanta sensiblería

 Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más sobre el autor, haz click aquí

Cómo suceden las cosas

He hecho la prueba muchas veces con grupos de jóvenes y adultos. Todos hablamos del amor, pero cuando hago la ineludible pregunta sobre qué es eso de lo que decimos, prácticamente nadie atina a señalar mayor cosa: impera la ambigüedad. Con razón la palabra amor está llena de melcocha y malentendidos: nos referimos a él sentimentalmente, llenos de romanticismo, como si protagonizáramos una película y fuéramos princesas de Disney… Bueno, realmente no pensamos mucho… hablamos de lo amoroso diciendo todo y posiblemente nada. Intentaré clarificar un poco:
Una mirada a lo que hacemos los humanos nos permite decir que somos capaces de relacionarnos con los demás, comprometiéndonos en su crecimiento como seres humanos.
La madre puede empeñarse en sacar adelante a sus hijos: con el que le cuesta la disciplina, intentando que la obtenga; con el que sufre con las rupturas en las relaciones que establece, animando para gane fortaleza; con el que tiene menor salud, bregando para que la obtenga.

martes, 14 de julio de 2020

No porque somos, sino para que SEAMOS personas: apunte sobre la solidaridad y la posibilidad de ser persona


José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más sobre el autor, haz click aquí.
Edición y corrección: Socorro Romero Vargas


Querido amigo:

Tienes razón: es recurrente el tema de la solidaridad, de la necesidad que tenemos de pensarnos con el otro, por el otro, para el otro y vivirnos en esa misma perspectiva. Y la solidaridad no es algo accesorio, que se haga porque uno es buena gente.
            Como bien sabes hace no mucho en la familia vivimos en carne propia la importancia de la solidaridad, de ser solidario, de permitir que los demás fueran solidarios con nosotros.. Hubo que atender un imprevisto cuyo impacto  en diversos sentidos no nos era posible afrontarlo solos. Debimos pisar el hummus -poner los pies sobre la tierra con humildad- pedir apoyo y dejarnos ayudar. En otras ocasiones ha sido al revés: hemos tenido que salir de nuestra propia zona para apoyar a alguien más.
          La respuesta recibida y la forma en la que se fueron encauzando las cosas me ha hecho reflexionar en algo que está allí, que parece evidente y cuya trascendencia abarca toda la vida humana: el sentido de la solidaridad en nuestra existencia.

Somos por la gracia del otro

Lo primero que quiero compartirte es que sin solidaridad no es posible que lleguemos a ser los seres humanos que podemos ser. En este sentido entiendo y suscribo la expresión que leí a David Calderón en un texto que escribió hace años para estudiantes universitarios y que da título a estas líneas: la solidaridad no es porque somos, sino para que seamos humanos, para que lleguemos a serlo.
          Cuando nacemos solo somos un conjunto de posibilidades: un llamado a la autotrascendencia... En realidad estamos iniciando a ser lo que podremos llegar a ser y eso sucederá solo si nos "movemos", si realizamos nuestros dinamismos, en especial los fundamentales. 

domingo, 12 de julio de 2020

Cuando la realidad nos cachetea: crisis, oportunidades y esperanza

Autor: Guillermo Santos de Alba

Edición y corrección: Socorro Romero

Guillermo Santos de Alba es filósofo y acompañante del desarrollo humano. Desde la trinchera en la que acompaña a los suyos reflexiona sobre las oportunidades de resignificación que abre la realidad que se vive en los tiempos de la pandemia en la que se ha padecido la irrupción del coronavirus en la vida de una humanidad que pese a todo sigue siendo vulnerable.

Volver los ojos y la reflexión hacia sí, los demás y el mundo para resignificarnos es una oportunidad única, generadora de esperanza... ¿la tomaremos o la dejaremos pasar? 

Compartimos este texto en nuestros primeros apuntes, deseando que las colaboraciones de Guillermo se vuelvan habituales en los Apuntes en el camino.

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De un momento a otro la cotidianeidad cambió, un virus vino a mostrarnos nuestras vulnerabilidades como humanidad dejándonos en riesgo y expuestos. Como diría el filósofo Xavier Zubiri, la realidad nos cacheteó y de una manera más fuerte a la que normalmente estamos acostumbrados.

Estamos frente a una crisis que se ha manifestado por el cambio en la relación con los otros, una variación que nos llevó a trasladarnos a una pantalla y a la red, lo cual ha traído una serie de retos que nos lleva a preguntarnos sobre ¿qué es lo que realmente importa?, ¿cuál es la mejor manera para comunicarme con otros?, ¿cuáles son las medidas convenientes para la sana distancia?, ¿cómo han cambiado las relaciones personales?, ¿qué sucede con nuestra relación con los otros y con nosotros mismos? 

Y es aquí donde la angustia y ansiedad comienzan a ser un peso para que la balanza se incline hacia la desesperación y las inseguridades de las personas, aunado a esto, si le agregamos que estamos en una cultura donde lo más común es mirar para fuera, nos lleva a poner la cereza al pastel.

La pandemia nos ha sitiado de frente al futuro, haciendo que volvamos la mirada a aquello que realmente importa, lo que nos hace humanos y que, con el paso del tiempo, las prisas y la cotidianidad se nos olvida que está ahí.

Estamos ante la oportunidad de construir un futuro que recupere lo que se ha perdido en esta época, donde vale más una marca que la persona; donde eres visto en su mayoría de las cosas por lo que se tiene o se consume que por lo que es, haciendo imágenes idílicas de lo que la “felicidad” resulta a través del consumo de objetos, personas, placeres, etc.

Ante la crisis que ha desatado la pandemia, surge una esperanza de reconocer y recapacitar sobre nuestros actos. Cada día extrañamos a los que estábamos acostumbrados a ver en lo cotidiano, y extrañamos en cierto sentido, la vida que teníamos antes de la pandemia. Como si estuviéramos en un duelo por lo que se nos ha ido (con esto solo quiero enfatizar sobre las actividades o actitudes que han cambiado con la pandemia) como si no estuviéramos preparados para la realidad que nos ha cacheteado en estos meses.

La tradición educativa se nos ha hecho familiar, nos educaron para algo, para salir a lo que el mundo nos reta y ahora en una determinada forma esa educación, no nos preparó para enfrentarnos a nosotros mismos y a los que tenemos en casa. Y es ahí cuando pareciera que las relaciones se rompen más, dando lugar a las violencias de cada persona.

Este tiempo de crisis, es una oportunidad para reencontrarnos como personas con la parte interior que hemos olvidado, aquella donde el espíritu de la persona habla, pero se necesita dejarla escuchar y eso muchas veces da miedo, porque no estamos educados para salir al encuentro de nosotros mismos; entonces surge el miedo por escuchar lo desconocido y por no saber cómo reaccionar. Lo interesante no es quedarse ahí, sino reaccionar abrazando con paz la voz interior, sabiendo que es un abrazo con aquello que me hace reflejarme en el otro, porque es en la dimensión espiritual, donde nos reflejamos a través de lo que nos hace humanos y es en la escucha de lo que somos lo que nos hace hacernos cargo de esta realidad que nos cachetea, para cambiarla y poderle decir como el mismo Zubiri afirma después, una realidad que me posibilita posibilidades y que se me presenta como oportunidad.

Para ir cerrando esta reflexión, vale la pena preguntarnos: ¿es este mundo  el que realmente queremos dejar?, ¿cómo son nuestros consumos y qué compromiso tenemos con los que vienen debajo de nosotros, aquellos a los que les heredaremos lo que estamos construyendo?, ¿realmente estamos siendo hermanos-humanos con el otro? y ¿tenemos el valor de dejarnos interpelar por la escucha de la parte espiritual y dejarnos llevar por los caminos a donde nos lleva?

La pandemia nos ha puesto de cara a nuestra vulnerabilidad, porque nos ha dejado ver que somos débiles ante el mundo que nos hemos construido. Asimismo, esta fragilidad nos lleva como humanidad a querer responder de dos maneras, la primera: dejarnos cachetear sin aprender la lección; la segunda: aprender que la forma en la que estamos construyendo la sociedad no es la más adecuada y tenemos que replantearnos nuestros consumos, nuestros tratos, nuestras formas de amar y de ser solidarios con los demás ¿cuál eliges?



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domingo, 25 de noviembre de 2018

Libertad sin compasión… hipotecar la vida humana

José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más datos del autor, haz click aquí
Cuidado y edición: Socorro Romero Vargas.

Libertad: necesaria y ambigua

tiempodehoy.com

Los seres humanos nacemos sin ser humanos del todo….
           Para nadie es desconocido que un bebé inicia la vida más como un conjunto de posibilidades que como una realidad humana ya hecha: no ha inteligido, va a inteligir; no ha amado, amará; no ha socializado, socializará.
          En esta incompletez que puede irse completando a lo largo de la vida se inserta una realidad que ha llamado la atención humana desde siempre: la libertad.
          Las personas somos libres, eso quiere decir que podemos emerger de ser nadie para irnos convirtiendo en alguien, nos construimos quienes vamos siendo a partir de una interacción permanente con los otros, el mundo y nosotros mismos.
          Hace unos cuantos días conversaba con una amiga y me decía que el ser humano hace cosas muy animales, como las bestias. Yo la escuché y le dije con toda convicción que eso no puede ser así. Alguien puede realizar acciones que parecen inhumanas, pero son humanas porque brotan de la ambigüedad de su libertad: puede decidir lo que humaniza, pero también lo que destruye, porque no todo está prescrito en su vivir, porque siempre mantiene márgenes de indeterminación, de impredecibilidad que puede resolver de muchas maneras; porque es libre.
          Además de que nos vamos a morir, podemos estar seguros de que estamos condenados irremediablemente a ser libres, a salir de nuestra incompetez, a tomar decisiones que nos modifican, cambian el mundo, se concretan en formas de convivencia permanentemente cambiantes.
          La vida humana es un regalo y también una encomienda, una tarea por realizar: pasar de no ser persona, a irlo siendo mientras se exista.

El ambiguo dinamismo de la libertad

Ser libres implica que hay que construir la propia existencia. Esto se hace decidiendo en un diálogo con los demás y con la realidad en la que se está inserto: se elige realizar acciones que buscan allegarse lo necesario para seguir siendo persona. Cada uno escoge lo que encuentra que lo humaniza para poder seguir adelante con su vida: esta misma, el alimento, el vestido, el acceso a bienes, a servicios.
           Vivir implica decidir lo que realiza y romper con lo que lo impide. Ser libres es ser capaces de ruptura y de construcción humana. Pero esto es ambiguo, incierto, indeterminado. Porque al buscar lo que realiza podemos aplastarnos unos a otros, depredar el mundo… y es que esto de ir siendo humanos es algo complejo. Detengámonos un poco en este lado oscuro de la humanidad posible.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Más difuntos y menos cadáveres

José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más datos del autor, haz click aquí
Corrección y cuidado del texto: Socorro Romero Vargas


Los campos de concentración, haciendo de la muerte algo anónimo (lo que hace imposible averiguar si un preso está vivo o muerto), le robaron a la muerte su significado, el final de una vida cumplida. Se llevaron a la persona de su propia muerte, lo que demuestra que de ahora en adelante no pertenecía a él ni a nadie.
Hannah Arendt "Los orígenes del totalitarismo" (1951)


¿Hablar de la muerte?

De la muerte, como quiera que sea, hablamos con mucha frecuencia... o tal vez fuera más preciso decir que solemos conversar sobre quienes se mueren y de que nosotros, también, nos moriremos. Y de allí los procesos de duelo, los cursos de los tanatólogos, el morbo de la nota roja...
         Pero hablar de la muerte... ya en serio, ¿hablar de la muerte? Eso es un poco más complicado porque no se puede hablar mucho de lo que no existe y la muerte como tal, no existe. Existe la vida y a su carencia la llamamos muerte, porque tenemos la enorme capacidad de nombrar las cosas, incluso aquellas que faltan como a la ausencia de salud, que denominamos enfermedad o a la de conocimiento, que llamamos ignorancia.
          Es un poco ocioso hablar de lo que no conocemos (lo que ignoramos), como es ocioso hablar de la enfermedad aunque no de lo que nos llevó a la pérdida de algo saludable. De la única forma en la que vale la pena conversar de la mentira es en referencia a la verdad que ha sido ocultada.
          Así las cosas, cuando se habla de la muerte, en realidad lo que vale la pena es reflexionar sobre lo que sí estamos seguros que existe y que entendemos que es finito, que se acaba: la vida... charlar sobre ella, sobre lo que en ella merece ser arriesgado, compartido, creado, pensado, sentido; comulgar lo que se ha encontrado valioso, lo que humanamente se va construyendo a pesar de los límites, de las carencias. Y es que resulta que puede ser sensato llegar al fin de la existencia sabiendo que se cumplió en la vida.

jueves, 14 de mayo de 2015

¿Qué va de por medio en la participación política? Mucho más que el voto, claro...

Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más del autor, haz click aquí


Llegó una vez más el momento para votar, de que ejerzamos el derecho / obligación de sufragar. 
               Desde hace muchos años percibo que entre mis contemporáneos y los más jóvenes parece haber una sensación, si no es que una idea, compartida: eso de participar políticamente es accesorio, se puede o no hacer y todo lo que suceda por lo uno o por lo otro no tiene que ver realmente como lo que somos; esto es: yo no soy ni más Rafael ni menos Rafael si participo o no políticamente, de todos modos la realidad sigue su curso conmigo o sin mí, máxime que vivimos en un país donde pareciera que la vida de los actores profesionales de la política se mueve en un universo de intereses que no tiene que ver necesariamente con las necesidades de las personas comunes y corrientes como nosotros, los ciudadanos de a pie.
                ¿Es realmente la participación política algo externo a cada uno de nosotros, algo accesorio? Hay que observar las cosas un poco más de cerca para responder la pregunta. Para hacerlo podría ayudarnos ir al fondo del asunto.

1. El individuo, reducido a él mismo, no va a ninguna parte

Al nacer toda persona es básicamente nadie, es un conjunto de sensaciones, de necesidades, pero que no ha realmente conocido el mundo entendiendo sus relaciones, tampoco ha construido una identidad que le permita saberse único e irrepetible y ser reconocido como tal; tampoco ha realizado las elecciones libres que definen su historia ni tiene conciencia de su contexto histórico, social, político, económico. Un bebé es un conjunto de posibilidades de ser humano y tiene el llamado a irlo siendo durante el resto de su vida.
                ¿Cómo es que un neonato comienza a pasar de ser nadie a ser alguien? Nuestra mirada atenta descubrirá que lo que sucede en primer lugar es que alguien –otro- de alguna u otra forma se compromete con el pequeño. Eso significa muchísimas cosas: cobijo, alimento, sensaciones táctiles, gustativas, auditivas, visuales, olfativas que comienzan a pro-vocarlo, a con-vocarlo para empezar un proceso que durará muchos años a partir del cual podrá compartirse en un ser humano autónomo.
                Las palabras que reciba le permitirán nombrar el mundo y moverse en él con mayor o menor acierto (nadie nace dándose palabras a sí mismo) y la técnica que le sea enseñada le ahorrará siglos de evolución y le permitirá el desarrollo de las habilidades que devendrán en la transformación de sí mismo y de su mundo con las demás personas con las que coexiste.
                Es la presencia del otro la que nos permite ser humanos. Y a esa presencia interactuante se le llama la solidaridad. En un magnífico ensayo titulado "No porque somos, sino para que seamos humanos" (1997) David Calderón señala la importancia de esta forma de ser –la solidaria-: no porque somos, sino para que podamos serlo humanos. 
                 En efecto: porque alguien se compromete con nosotros vamos emergiendo como la persona que podemos ser; y cuando somos nosotros quienes nos comprometemos con alguien de manera individual o social sucede que ellos van siendo personas, pero nosotros también, en especial si ese compromiso nos pide que saquemos lo mejor de nosotros mismos para que los otros puedan hacerlo; como cuando tenemos un enfermo crónico en casa y al paso de los años al atenderlo nosotros crecemos en paciencia, tolerancia, habilidad de enfermería, etc.
                La solidaridad es el disparador de la humanización y su acicate durante toda la vida. Hemos de ser solidarios no porque somos, sino para que seamos humanos.

2. Con el otro en el mundo: ser siendo ciudadanos

En nuestro caminar cotidiano de humanización tenemos que darnos ser -como se ha dicho ya hasta el momento- y debemos hacerlo encargándonos de la realidad en la cual somos, nos realizamos en el mundo. En realidad somos un conjunto tripartito de relaciones: con nosotros mismos, con los demás, con el mundo.
               Nazco en una serie de determinaciones que me hacen ser quien soy sin haber hecho nada al respecto: con una estructura genética, con un funcionamiento endócrino, una estructura psicológica, un contexto sociocultural y económico. A lo largo de mi existencia suceden cosas que van marcando mi aquí y ahora y de alguna manera enrutan mi futuro. Y ante ello puedo abandonarme o puedo decidir ir siendo yo, ir caminando hacia la persona que quiero ser, que deseo ser, pero siempre encargándome de lo que me carga. A esto se le llama pasar de la heteronomía (recibir ley o norma de vida de otro) a la autonomía (recibir ley o norma de uno mismo, pero con, por y para el otro en interacción con el mundo).
                La vida diaria nos presenta desafíos que nos afectan a todos, que son públicos y que no podemos afrontar individual y voluntaristamente. Ser ciudadano es la condición de ser persona interactuante con los desafíos públicos para crear "un mejor mundo posible", real, aunque sea pequeño y limitado. Buscar aquello que nos permita encargarnos de la realidad en la que vivimos, de nuestro mundo, para responder a la invitación de construirnos personas en interacción solidaria requiere del ejercicio de la política. 
               El término política está desgastado, pero nos refiere a la corresponsabilidad que tenemos para construir la polis, porque sabemos que no hay un ente superior (ni Dios, ni el Estado, ni el cacique) que resolverá los problemas que nos competen a todos. Influimos unos en otros, tratamos de persuadir, de buscar lo mejor: dialogamos, discutimos, nos presionamos, buscamos estructuras que nos ayuden a dirimir problemas... Hacemos política.
               La ciudadanía es la condición básica para responder al desafío de darnos ser en una realidad concreta, llena de implicaciones socio culturales y políticas.

3. Con el otro, más allá de este momento y acción

Hay circunstancias en las que la solidaridad tiene que ser organizada. Resolver problemas comunes implica negociar diferentes intereses sobre una misma situación. Debemos estructurar las ideas y acciones que hemos encontrado humanizantes para que perduren más allá de este momento y de una acción en específico, so riesgo de perder lo que hemos ganado.
                Los involucrados debemos poner en común nuestro poder para poder avanzar en cuestiones comunes y a esto es a lo que se denomina política: la voluntad de poner poder, persuasión, inteligencia, capacidad humana en torno a un bien común, en torno a lo que encontremos mejor para todos.
               El problema de las estructuras es que si bien fueron creadas para dar cauce a la vitalidad de lo que humaniza en común, al paso del tiempo tienen a conservarse y es altamente posible que al cambiar la realidad pierdan el carácter de potenciadoras de lo humano con el que nacen. Y se vuelve nuevamente necesaria la interacción para recrearlas, deshacerlas o hacer unas nuevas. Y una vez más hay que poner la capacidad de interactuar para ir más allá en lo humano y humanizante.
                La participación política es esencial para que seamos humanos, lo que se puede decir de otra forma: sin participar políticamente nadie puede llegar a ser del todo la persona que está llamada a ser, porque vivirá en la heteronomía, la dependencia, el aislamiento, el egoísmo y más cosas que por dejadez impiden que uno entienda más, atienda más, decida más, resuelva los desafíos del mundo para que el aquí y ahora –con sus significados- sea más humano, más justo, menos incluyente. "El mundo de la política es el del ejercicio del poder comunicativo. No en vano el hombre es un ser dotado de lógos, de razón y palabra, capaz de deliberar con sus conciudadanos sobre lo justo y lo conveniente (Adela Cortina. Las raíces éticas de la democracia (Spanish Edition) (Posición en Kindle75-77). U. Valencia. Edición de Kindle.) 
                Vivimos en un país de pobres. Más de 50 millones lo son y otros muchos millones estamos muy cerca de ello. Que tengamos algunas condiciones de bienestar que nos permitan crecer en salud, educación, seguridad, vivienda digna, intimidad, capacidad de asociación requiere que participemos desde muchos flancos y en la medida de nuestras posibilidades. Necesitamos concurrir con voluntad, inteligencia, imaginación para encontrar opciones que cada día nos lancen a una vida más plena en todos los sentidos viables.
               El nuestro es un mundo en el que la educación, la vivienda, la seguridad, el reconocimiento de las personas, la inclusión son deudas pendientes y no va a acontecer nomás porque sí que se solucionen... es nuestra encomienda ingeniárnosla para que ocurran de manera que potencien dignidad.

4. Participar políticamente: relativizar el valor de las elecciones


No está de más decir que esto trasciende la elección de presidentes municipales, diputados locales o federales y gobernadores, va al núcleo de las relaciones humanas mismas: si no participamos políticamente no podremos ser personas; interactuar por el bien común con los demás nunca será un mero accesorio. 
                 El núcleo de vecinos puede resolver políticamente muchas cosas, pero es necesario poner toda la capacidad comunicativa y volitiva para que suceda... Lo mismo acontece en las escuelas: en su interior, en la relación con los padres de familia, en su relación con los demás. El propio trabajo requiere de capacidad política para lograr mejores condiciones respecto de las personas que interactúan y respecto del objeto que persiguen al trabajar juntos. Ni qué decir de los asuntos que competen a nuestras ciudades: carriles reservados para ciclistas y personas que no pueden o quieren utilizar vehículos automotores, accesos para discapacitados, sincronización de semáforos, acopio saludable de la basura en los multifamiliares y condominios horizontales.
                Las elecciones son importantes, pero tienen un pequeño lugar específico en el mundo de la participación política, que es mucho más que elegir al Tlatoani de turno: tiene que ver con afrontar lo que hemos de vivir para que sea humanizante y allí, hacerse de lado o entrarle de alguna manera es tarea por la que cada uno en interacción solidaria debe responsabilizarse.

Publicado en Pax, el 6 de mayo de 2015. Actualizado el 10 de mayo de 2021

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