Caminar, vivir, compartir...

Durante años viajeros han apuntado en libretas sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades... Esta es una de ellas, con los apuntes al vuelo de este viajar por la vida . Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir los apuntes que van haciendo de su caminar por la vida.
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domingo, 20 de agosto de 2023

"¡Que lo castiguen con todo el peso de la ley!"... ¿Por tonto?

 Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Este artículo nacía la víspera de la conmemoración del aniversario 99 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, el documento legal fundante de la relación entre los mexicanos, la que estipula derechos y deberes y de la cual emanan leyes y reglamentos: la madre de nuestro Estado de Derecho.

¿Osadía o razonabilidad?

                Mientras pensaba lo que redactaría en mi texto leí en uno de los grupos de las redes sociales en las que participaba en ese entonces que habían atrapado cerca de la casa de uno de mis conocidos a unos muchachos que estaban haciendo graffiti en las paredes y a quienes los vecinos tenían detenidos en espera de que llegase la policía, para llevarlos a donde sea que lleven a los graffiteros. Alguien que estaba en la conversación dijo: “que los castiguen con todo el peso de la ley”.
                Como entre bueyes no hay cornadas pensé: “¿por qué pedir el “peso de la ley” para esos chicos, cuando me consta que algunos de los conectados en la charla, no nos medimos con ella en acciones que nosotros cometemos?” 
                 Conozco a más de una persona que nos ufanamos de poder dar vuelta a la autoridad, de que no nos “cachan” cuando transgredimos una ley, un reglamento… Aunque sea cuando nos “volamos” el reglamento de tránsito y después tratamos de convencer al agente de que no, que él se equivocó al infraccionarnos (o sin agente, incumplimos la norma y punto). 
                  En los lugares que he trabajado me ha tocado una constante cuando ha habido autoestudios de calidad, de clima organizacional: los empleados no concedemos importancia a la estructura normativa de nuestra institución. En cristiano quiere decir que somos capaces de hacer de las normas y reglas un papalote: transgredimos los procesos de admisión, las políticas para calificar. Queremos que condenen a la hoguera al que sentimos que nos ofende; pero si somos los ofensores lo justificamos a cualquier costa.
                 Y si al cometer alguna de estos quebrantamientos y la autoridad no nos atrapó (o se hizo de la vista gorda), nos sentimos inteligentes, inexpugnables: somos más listos que todos...
                Así las cosas me dije: “para esos jóvenes no se pide castigo porque hayan hecho una falta administrativo o una infracción jurídica, sino por tontos, porque no supieron hacerla”. 
                 Me acordé, también, de los espartanos. Estos griegos de hace muchos siglos eran un pueblo fundamentalmente guerrero. En su polis -ciudad estado- la mayor virtud a la que alguien podía aspirar era la valentía cargada de astucia. En la educación de sus jóvenes se estimulaba el aprendizaje de la astucia, al grado que si alguien era sorprendido, por ejemplo, robando, se le castigaba públicamente no por ladrón, sino por poco astuto; por pen… tonto, diríamos a la mexicana.
                Bien sea en la víspera del aniversario de la Constitución Política de nuestro país, al inicio de un ciclo escolar, cuando tratamos de resolver conflictos que pueden llevar a la violencia en cualquier aspecto de la vida social, nos viene bien reflexionar sobre el significado de los instrumentos jurídicos como leyes, reglamentos, normas, para la convivencia humana; pues no se trata de ver quién gana a los demás a cualquier costo, sino de encauzar las interacciones con nuestros cercanos y los no tantos, de articular la influencia de unos para con otros, a fin de que podamos vivir más humanamente.

El sentido de lo legal en nuestra vida diaria

Me explico. Las mujeres y los hombres, por ser necesitados de muchas cosas para vivir desde el momento de su nacimiento, pueden exigir a los demás lo que les corresponde para poder seguir viviendo: alimento, techo, casa, salud, educación, reglas del juego claras para coexistir socialmente.
Dado que la forma en la que cada uno entiende que se concretan sus derechos entra en conflicto con las de los demás, quienes no necesariamente los miran de la misma manera, se hace necesario dialogar (la palabra diálogo significa proceder a través de la razón) para encontrar los cauces de la coexistencia, los que aseguren razonablemente que las personas tendremos acceso a aquello que necesitamos para realizarnos.
El producto del diálogo en un consenso social “positiva” los derechos en un instrumento que se llama ley. Así, las leyes, las normas jurídicas, son la objetivación de aquello que hemos acordado socialmente que mejor puede reflejar lo que humaniza en un momento histórico específico, de acuerdo a la cultura, los lugares, usos, costumbres, etc.
Quien rompe una ley impide que nos realicemos y por eso debe actuar acorde al daño que nos infligió a sus conciudadanos, previendo inicialmente incluso que pueda resarcir el desaguisado que causó. Cuando realizamos acciones que se salen de la razonabilidad para convivir en pro del bien común, entre todos tratamos de ejercer alguna coerción para restaurar la posibilidad de convivir humanizantemente (ese es el sentido de lo que solemos llamar sanciones). 
Cuando alguien quebranta una ley nos daña, lo alcance a ver o no la autoridad, o nosotros mismos. Mis amigos y yo mismo cuando hemos sido corruptos ocasionamos perjuicios diversos que quedan allí, nos hayan sancionado o no; incluso si actuamos ignorantemente.


La importancia de formar ciudadanos

Entender esto, poder actuar meridianamente al respecto supone un largo proceso formativo en el que concurrimos diversas instituciones y actores sociales: la familia, las organizaciones religiosas, las instancias estatales, la escuela. 
Es parte fundamental de la tan traída y llevada formación ciudadana que requiere de dos grandes condiciones: tener la experiencia reiterada de la importancia de interactuar e interdepender razonablemente en la búsqueda del bien común, mediados por los acuerdos positivados a manera de ley o norma y comprender el sentido de lo jurídico en nuestra vida personal y social... Y todo ello experienciándonos y sabiéndonos protagonistas y no meros depositarios del poder del Estado o niños jugando a las escondidillas para salirse con la suya, meramente guiados por el interés individual de un pequeño grupo que pierde de vista la amplitud de la convivencia social.
Actuar teniendo en cuenta la forma y el sentido de las leyes requiere de nosotros haber construido una visión y conciencia éticas que ante las disyuntivas que nos propone la vida diaria nos lleve a preguntarnos sobre lo que más nos realiza por, con y para los demás a fin de poder encargarnos de que el mundo (en ese pequeñísimo aspecto sobre el que decidiremos y actuaremos) se un mejor lugar para la dignidad humana; para vivir humanizantemente. No se trata del infantil juego de listos y tontos, sino de mujeres y hombres capaces de responder de sí, de los demás por, con y para ellos y del mundo que nos ha tocado vivir (puedes leer: El reto de fondo: formar la ciudadanía)
Hoy creo que una buena manera de reflexionar sobre el mundo que queremos y que deseamos heredar es que los ciudadanos volvamos a caer en cuenta del significado de la ley y el papel que ha de jugar en nuestras vidas y qué significado ha de tener para nuestro ser social. Ojalá que si la rompemos nos castiguen por impedir la humanización y no solo por haber sido tan tontos como para que alguien nos cachara, condenándonos así a vivir infantilmente cuando los desafíos de nuestro tiempo requieren ciudadanos maduros, capaces de afrontarlos para que podamos vivir en solidaridad, paz y justicia.


Este texto fue publicado originalmente en Síntesis, Tlax., el jueves 4 de febrero de 2016, en la columna Palabras que humanizan. Ha sido actualizado el 20 de agosto de 2023.

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lunes, 24 de octubre de 2022

El odio, en sí mismo, no es el problema; la falta de razonabilidad, sí

 Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

https://www.coe.int/
Odiar es muy humano... cuando un estímulo interno o externo nos produce incomodidad tendemos a reaccionar con aversión, rechazo, repugnancia. Cuando esto es extremo, al grado de querer eliminarlo, se llega al odio.

Culturalmente asumimos que odiar es malo, que debemos evitarlo a toda costa. Pero si miramos con un poco de atención, pronto caeremos en cuenta que odiar, por ejemplo, la violencia intrafamiliar, puede ayudarnos en el compromiso con su erradicación; lo mismo puede decirse de la ignorancia, la desnutrición o cualquier asunto en el que la dignidad humana queda comprometida. Así, el odio, en sí mismo, no es el problema, sino la ceguera por odio.

Cuando al odiar una educación irresponsable que perpetúa la ignorancia y perdemos de vista cualquier matiz, al grado que de una manera irreflexiva odiamos a todo profesor considerándolo aborrecible y prescindible, sin distinguir los resultados reales de su praxis, entonces estamos ante algo que nos impide un compromiso real para generar alternativas educativas, pues todo nuestro dinamismo se enfocará en acabar con el gremio magisterial y no con las causas del problema que inicialmente nos movió.

No temo decir que en realidad el problema más que el odio es permitirnos que lo emocional nuble cualquier posibilidad de razonabilidad, parcializándonos a nosotros y la visión que tenemos de la realidad y los compromisos y movimientos que podemos tener para encargarnos de nosotros mismos, de nuestras relaciones intersubjetivas y de los problemas que atentan contra la dignidad humana en el mundo. 

Nefasto es desconocer la importancia de las emociones en nuestro vivir cotidiano, que nos alertan y mueven para humanizarnos; tanto como quedar a expensar de sus dinamismos afectivos sin ninguna mediación razonable para integrarlas en una visión más amplia de nosotros, de nuestras relaciones con los demás y con el mundo.

Y es que el odio -la repulsa, animadversión, aversión que nos mueve a querer desaparecer algo- como todas las emociones es una encomienda ética; está encomendado a nuestra libertad. Utilizar el impulso de rebeldía para construir mejores condiciones de vida humana y humanizante actuando de manera integral, integrada (o sea, incluyendo mente y corazón, afectividad y racionalidad) es algo que depende de nosotros. Estamos llamados a responder por lo que hacemos con las emociones, por la vida que producen o por lo inhumano que traen como consecuencia.

Esta consideración, por el impacto que tiene en nuestros días, donde abundan las noticias de crímenes de odio, de polarizaciones, incluso en el nombre de lo que unos dicen que los otros no pueden o deben decir o hacer, se vuelve fundamental para nuestra actitud ética, pero también para la formación ética personal y de las generaciones jóvenes, que con buen acompañamiento educativo pueden crecer como ciudadanos capaces de diálogo e inclusión y no de división.

https://laventanaciudadana.cl/

Te comparto un texto de Fernando Savater, que publico en The Objective, el 23 de octubre de 2022 y que pone el dedo en la llaga, con el excelente estilo que tiene este filósofo vasco para poner en la mesa los temas fundamentales que van involucrados en la posibilidad de vivir humanizantemente y que tituló Tipos de odio (https://theobjective.com/elsubjetivo/opinion/2022-10-23/tipos-odio/)

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miércoles, 1 de junio de 2022

Las cuatro patas de una democracia humanizante

Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Este texto fue publicado en la columna Palabras que humanizan, de Escenario Tlaxcala 

Parece muy claro, pero tal vez es de esas cosas en las que siempre hay que insistir: las personas solo nacemos inicialmente tales y la llamada -vocación- de nuestra vida es darnos ser, llegar a ser quienes podemos ser; pasar de ser "nadie" a ser alguien.

La labor humanizante no sucede por arte de magia. Es la labor de nuestra vida, incluso la única verdaderamente importante. 


Somos personas, somos relacionalidad

Nadie somos nosotros mismos, solitos y solitarios, cerrados sin algo más que nuestro yo. En realidad, somos apertura, nos construimos a partir de un conjunto de relaciones que establecemos y nos permiten desatar los dinamismos con los que venimos equipados para existir humana y humanizantemente.

Somos relación con nosotros mismos, esa que se da cuando nos sentimos, nos entendemos, nos valoramos y caemos en cuenta de quiénes somos, quiénes podríamos llegar a ser. Pero también somos relación con los demás: es por el otro, con el otro y para el otro que construimos el nosotros, esa realidad en la que somos acogidos para no morir por nuestra insuficiencia individual y en la que al interactuar descubrimos lo que somos y nos potencia. 

Es en la interrelacionalidad organizada, razonable, que busca el bien común, en la que creamos condiciones sociopolíticas, económicas y culturales para poder encargarnos del desafío del mundo. Somos mundanos, relación con todo lo que no son los demás ni yo y que también existe, que nos condiciona dificultando o favoreciendo la vivencia de nuestra dignidad.

Por último, somos relación espiritual con lo que nos trasciende, que nos permite encontrar un centro (sobrecentro) desde el cual articular el conjunto de nuestras relaciones, nuestra relacionalidad. Somos relación con lo Absoluto, con Dios.

Vivir, relacionarnos requiere de condiciones internas y externas que potencian, posibilitan o frenan e incluso impiden nuestro afán de llegar a ser más por, con y para los demás encargándonos del mundo que nos carga y en el que podemos existir con la dignidad de ser humanos.

En otro momento volveré sobre las condiciones internas que hemos de poner en juego para llegar a ser lo que somos y podemos ser. En este momento quiero compartir unas ideas que como provocaciones comparte Leonardo Boff en su libro Los derechos del corazón: el rescate de la inteligencia cordial y que tienen que ver con las condiciones socio-políticas, económicas y culturales en las que se da nuestra coexistencia.

 

Las cuatro patas de la democracia

El autor brasileño se pregunta sobre "¿cuál es la formación social que crea mejores condiciones para que el hombre pueda florecer más plenamente en las más variadas relaciones?"

Y responde lo que muchos dirían: la democracia, pero una que sea comunitaria, social, representativa, participativa. Herbert de Souza y Boff en diversos foros esbozaron una idea del funcionamiento de tal democracia, sobre la cual se debe poder asentar el desarrollo humanizante: la de la mesa de cuatro patas.

La primera pata es la participación, en la que cada uno puede ser no espectador, sino actor de las interacciones que lo construyen. "Solo participando nos volvemos sujetos y ciudadanos" (sin participación nos reduciríamos, si fuera posible, a objetos, todo lo contrario de nuestra humanidad).

La segunda pata es la igualdad, ante la ley, en el reconocimiento de la dignidad de cada persona y en el respeto a sus derechos y con ella la equidad, que es "la retribución adecuada y proporcional que cada uno recibe por su participación en la construcción social"

La tercera pata es la de la diferencia. Una democracia humanizante parte de que cada persona, cada sociedad, cada cultura, tienen posibilidades propias que nos dan "juego" para poder participar de la riqueza de la pluralidad... En la diversidad podemos tener múltiples acercamientos a la realidad, múltiples reacciones emocionales, estéticas, racionales ante ellas y entender lo que nos une, pero también lo que al ser diferente nos enriquece.

Por último, la cuarta pata es la de la comunión, que se da en la capacidad comunicativa en la que desde la compasión se construye la solidaridad, esa que existe no solo porque somos, sino sobre todo para que seamos humanos. Al comulgar desde lo que somos, en especial desde nuestras vulnerabilidades y riquezas, podemos vivirnos como parte de un todo multirrelacional y comprometernos en el cuidado de la vida en todas sus dimensiones.

De manera magistral el autor señala que las cuatro patas que sostienen la mesa de la democracia en la cual nos apoyamos para vivir relacionalmente deben estar apoyadas en el suelo y en la tierra, haciendo alusión a la casa común de la que tanto se habla hoy cuando se dice que o cambiamos de paradigma en nuestra relación con la Naturaleza, o hipotecamos nuestro futuro en la Tierra.


La democracia no ocurre por acto de magia

www.pinterest.com

Muchos de mis conocidos y yo mismo hemos gozado los trucos de magia, donde algo aparece como si saliera de la nada. Pero no es así.

La democracia no existe porque sí, por puro voluntarismo o por confabulaciones del destino. Requiere aprendizaje y compromiso. Y eso nos lleva a una pregunta que dejaré únicamente esbozada: ¿qué podemos hacer en las familias, las escuelas, los grupos sociales, para que la democracia sea una forma de convivencia e interacción que permita la vivencia de la riqueza multirrelacional que somos? De seguro la respuesta tendrá que ver con mucho más que dar sermones o clases de civismo... Pero esa... que es la misma historia, requiere de otro espacio.


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jueves, 19 de mayo de 2022

¿Quién gana? ¿Quién pierde? Reflexiones sobre aprobación, reprobación y trayectoria escolar

 Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

 


Hace algunos ayeres, aunque no tantos, discutíamos en una reunión de profesores del bachillerato en el que laboraba. El asunto versaba en torno a los exámenes parciales.

Los participantes teníamos puntos encontrados sobre el sentido y la finalidad real de estos instrumentos de calificación; que no necesariamente de evaluación.

Por una parte, unos poníamos el énfasis en qué información daría la prueba al estudiante para saber si había alcanzado o no el aprendizaje que se esperaba que obtuviera en un momento del curso; por otra, había quienes enfatizaban la calificación que podrían obtener los discípulos; cómo podrían llegar al diez, pero que fueran pocos (no podría ser tan fácil), cuántos deberían quedarse sin aprobar, con su cinco o menos.

 

Reprobar es la consecuencia

Crecí en un ambiente escolar “normal” para los años 70 y 80 del siglo pasado, en los que cursé la escolaridad básica y la media superior, que en mi caso fue la Normal Primaria. Se daba entonces mucha importancia a las calificaciones que obtenían los alumnos. Había los del cuadro de honor y los que habitualmente reprobaban.

La consecuencia de no poner el suficiente empeño, o estar en desventaja por el motivo que fuera, deberían pagarla el alumno y su familia: no aprobar el parcial, o incluso el curso.

En esta óptica, los ganadores serían los que pudieran transitar por el sistema escolar con buenos promedios o, incluso excelentes. Tendrían el camino abierto a las becas, a la mención honorífica en la Universidad.

Y creo que aun en día esa mentalidad sigue presente… Cuando se piensa en el paso de niñas, niños, adolescentes por el Sistema Educativo, suele pensarse que deben demostrar que son capaces de “ganarse una calificación que los lleve a acreditar la educación básica, la media o la superior”. Y si no pueden ganársela, deben reprobar. Por eso se mira muy mal que en la primaria y la secundaria suela haber pocos reprobados: se les dan los mismos méritos que a quienes se esfuerzan.

 

Niños de dieces… y no necesariamente algo más

Cuando dirigía una institución de educación media en la que los estudiantes tenían que conocer el sistema laboral desde dentro, a través del trabajo en fábricas, almacenes, establecimientos de servicios, debía hacer convenios con gerentes de recursos humanos para que recibieran en sus empresas a nuestros estudiantes.

Invariablemente la conversación giraba en torno a que en los lugares en los que ellos se desempeñaban no se confiaba en que los egresados de las escuelas con promedios altos podrían desenvolverse adecuadamente en la labor que deberían realizar. La experiencia en la vida real es que mejor calificación no significaba necesariamente mejor desempeño laboral, mayor capacidad para crear equipo, resolver problemas, comunicarse adecuadamente, capacitarse y formarse permanentemente como parte de una forma de vida.

Eran no pocos los casos de trabajadores con mediocres promedios escolares y con buen desenvolvimiento en los requisitos para ser partes de buenos equipos de trabajo, con buena productividad.

Algo parecido he constatado con quienes acompañan familias: que los cónyuges hayan sido niños del cuadro de honor no garantiza su capacidad de convivencia, de resolución de conflictos, de generación de alternativas económicas en situaciones difíciles.

Y mi experiencia vecinal es parecida.

Tras todo ello considero que dudar de identificar buenos promedios con adecuada trayectoria educativa es necesario.

 

¿Escuela y educación para qué?

Parece obvio, pero en la realidad no lo es: los seres humanos nos educamos para poder encargarnos de nosotros mismos, por, con y para los demás, encargándonos del mundo que nos ha tocado vivir para que haya condiciones de vida para un vivir con un mínimo de dignidad, de justicia, con capacidad de crecimiento personal y social.

Y ante esta finalidad las preguntas educativas que para las escuelas importan son: ¿cuáles son los mínimos indispensables en términos de conocimientos, de habilidades y de actitudes que todos debemos tener para cuidarnos, cuidándonos con los demás y cuidando el mundo? ¿Cómo podemos crear estrategias para que en la educación básica la mayor parte de las niñas, niños y adolescentes puedan ir hacia allá? ¿Cómo debemos dialogar y retroalimentar -sentido profundo de la evaluación- los distintos pasos que se dan en la trayectoria escolar para que los educandos se vayan apropiando de su dinamismo multirelacional de ser personas? ¿Cómo priorizar el trabajo con quien se rezaga escolarmente sin descuidar a quien avanza?

Y para las familias y el resto de la sociedad habrá que preguntarse: ¿cómo ayudamos a cada ciudadano a que pueda desenvolverse como tal? ¿Cómo ayudamos a las escuelas a que abatir el rezago en los aprendizajes sea una tarea de alguna manera viable?

Una buena educación da las herramientas para que las personas interactuemos ciudadanamente: que seamos capaces de comunicarnos, de incluir a quienes son diferentes a nosotros pero que también aportan de alguna manera para un mundo humano; que podamos resolver problemas personales, sociales; que creemos alternativas, que podamos emocionarnos y al mismo tiempo encontrar nuestros equilibrios para -sí- ser de alguna manera felices.

Cuando la finalidad del día a día en las aulas se identifica con lograr calificaciones aprobatorias en realidad todos salimos perdiendo, no solo los reprobados, porque se desvirtúa el sentido de la trayectoria escolar. No nos importan los reprobados, pues al fin y al cabo están pagando el precio de su incapacidad -voluntaria o no- y ponemos la carne en el asador para que luzcan los lucibles.

Que una persona transite la primaria, la secundaria, la educación media tiene como razón de ser que logre formarse como ciudadano autónomo: capaz de encargarse de sí razonablemente, con equilibrio afectivo; con comprensión de la realidad en la que vive, con sus límites y también posibilidades, que desarrolle las habilidades integrales para ser feliz, para rediseñar el mundo, la cultura; para enriquecer la moral para plantear sólidos sentidos de vida.

Cuando alguien se queda atrás, en realidad los “ganadores” también pierden, porque se dificulta la labor de humanizarnos humanizando el mundo.

En esta perspectiva, apostar por que las trayectorias educativas sean ricas en aprendizajes de conocimientos, habilidades y actitudes que todos puedan hacer suyas, es imperativo para padres de familia, profesores, directivos, administradores escolares…. Porque si los habitualmente rezagados ganan, seguramente todos ganamos.


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lunes, 31 de agosto de 2020

LA PEDAGOGÍA EN LA FORMACIÓN ÉTICA

José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer ás del autor, haz click aquí



Una de las finalidades de la educación -escolarizada o no; formal o informal- es la formación de personas que éticamente construyan con los demás las decisiones necesarias para afrontas las cuestiones públicas, las de interés común.

La pedagogía de la ética camina -según yo- en dos grandes cauces. Uno más formal y próximo a nuestra experiencia: las clases formativas, que pueden ser las de formación cívica y ética, las de ética y valores o cualquiera otra de esta índole. Suelen ser impartidas en asignaturas curriculares o cocurriculares y permiten la reflexión sobre el hecho ético y sobre las actitudes éticas de los miembros de la comunidad educativa.

El segundo es el de la formación de la actitud, el talante ético, que consiste en la forma en la que espontáneamente ante los desafíos de la realidad las personas establecen procesos dialógicos y de reflexión de la realidad para responder decidiendo lo que más realiza en una situación concreta.

He aquí una conferencia al respecto, impartida en el seminario La formación ética en la formación ciudadana organizado  del 24 al 27 de agosto de 2020 por la dirección de Evaluación de la Secretaría de Educación Pública, del Estado de Puebla.

Puedes ver el video haciendo click en la siguiente imagen: 











 

martes, 25 de agosto de 2020

La formación ética en la formación ciudadana

José Rafael de Regil Vélez, conferencista.


Hace ya años que hay un malestar entre los profesores, los estudiantes, los administradores educativos y los políticos. Algo que no ha funcionado en la utopía de la escuela como templo de la educación, punta de lanza del hombre nuevo y la sociedad nueva.  
          Y es que la teleología educativa se desvirtuó, o nació con los límites de su momento histórico. Se pensó que la instrucción por sí misma mejora al sujeto y lo pone en condiciones de transformar el mundo... y en una visión muy decimonónica se crearon curricula centrados en el conocimiento científico natural y social, en los procedimientos técnicos... Pero se dejó de lado la formación del carácter, la formación de la actitud ética. 
           Al paso del tiempo sucedió que las personas egresaron de años de escolarización y resultaron poco preparados para afrontar los desafíos de su propia vida y de los asuntos de interés público; en tanto su visión de las posibilidades humanizantes resultó miope por falta de formación ética (no de clases de ética).
           En esta conferencia, pronunciada el 25 de agosto de 2020 en el marco del primer aniversario de la cartilla ética que difundió la SEP del estado de Puebla, fui invitado a discurrir sobre la importancia de la ética en la educación, en la formación de ciudadanos.
          Por supuesto, el primer paso de la tarea ha sido establecer a qué nos referimos cuando hablamos de ética, cómo se distingue de la moral y qué tiene que ver todo eso con realizar nuestra existencia en un mundo complejo. Ojalá que lo disfrutes.

Puedes ver el video en you tube, haz click en la siguiente imagen:
 









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viernes, 26 de junio de 2020

Las cuatro C de una educación pertinente para nuestro tiempo


Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más datos del autor, haz click aquí
Cuidado y corrección: Socorro Romero Vargas

Hace algunos ayeres -en 2015- escuché una intervención de Fernando Fernández Font, sj, -entonces rector de la Universidad Iberoamericana Puebla. El jesuita doctor en filosofía  señaló entre otras cosas que hoy una persona que haya hecho un buen proceso educativo durante sus años jóvenes debería poder ser caracterizado por cuatro “C”: compasivo, consciente, comprometido, competente. La idea es contundente e iluminadora, tanto entonces como hoy. La comento:
                De lo que se trata en educación es de acompañar el proceso por el cual una persona puede hacerse cargo de ser quien está llamado a ser, acompañado por, con y para los demás encargándose del mundo que les tocó vivir para que en él haya condiciones de vida sustentablemente digna, de cara a lo que dé sentido último a su vida. 
               Dicho de otra forma: acompañar a alguien en el proceso de asumir la responsabilidad de convertirse en persona (personalización); de construirse en la interrelación por, con y para los demás (socialización), a fin de hacer de su tiempo y su espacio un conjunto de posibilidades para vivir dignamente de manera sustentable (mundanización, ser-en-el-mundo)Esto sucede porque un ser humano que se abre a la vida necesita el acompañamiento de alguien que lo haya precedido y le comparta herramientas para hacerse cargo de su existencia... Digamos que le pasa los "trucos para ser humano".
                Entendidas así las cosas, una persona educada es la que puede establecer relaciones humanizantes consigo y con los demás, que es capaz de adaptarse al contexto social, político, económica y cultural en el cual es; que transforma su ambiente para heredar un mundo mejor que el que ha recibido.

Primera C: compasivos

Una mujer y un hombre se abren a la realidad, a sus contemporáneos no por ideas, sino por afectos y emociones: otras mujeres y otros hombres nos afectan (afectos) y provocan en nosotros reacciones que nos mueven (emociones) de una u otra forma. Es la única forma real de salir entrañablemente de nosotros mismos y encontrarnos con otros seres de carne y hueso como nosotros. Sin esta afectación emocional nos quedamos concentrados en nosotros mismos y nada nos mueve para descentrarnos, para salir, para encontrarnos. Aquí entra en juego la primera “C” de la educación, la de la Compasión.
                Alguien es compasivo cuando más allá de sus ideas y razonamientos es capaz de sentir a algún otro en lo que vive concretamente: su alegría, tristeza, frustración, dolor ante los triunfos, las derrotas, lo que le hace crecer, lo que lo estanca. Muy especialmente esto es importante cuando se vive en situación de vulnerabilidad, porque padecer con otro nos mueve a intentar actuar de tal forma que sea posible encontrar alternativas para salir avante afianzados humanamente. 
               Por ser compasivos es que nos alegramos, nos entristecemos, nos solidarizamos con los demás. Todavía más: es en la compasión donde nace el deseo real de cambio en las condiciones que dificultan que las personas se realicen por las situaciones particulares que atraviesan o por las generales que nos condicionan a todos. Todas las transformaciones en las que nos hemos comprometido con alguien en corto o incluso en lo sociopolítico han nacido de alguna manera porque ha habido gente compasiva que se mueve para responder al desafío de que su mundo sea más humano, de que a ella y a los suyos les sucedan cosas buenas para existir humanamente.

Segunda C: conscientes

Cuando uno compadece y se compromete a actuar corre el riesgo de hacerlo sentimentalmente, al calor de la emoción y muy posiblemente a tientas y a locas. Se requiere la segunda “C”: Consciencia. 
               Se es consciente cuando se puede caer en cuenta inteligente y críticamente de lo que son las cosas, de las condiciones en las que los humanos se encuentran, cuando la realidad encontrada es contextualizada en sus múltiples causas y posibilidades; cuando se es capaz de afirmar lo que las cosas son, pueden ser y deben ser y eso antecede toda actuación con, por y para el otro o uno mismo y permite su evaluación.
              La persona consciente se da cuenta de sí en su yo y en su nosotros (porque es por, con y para los demás), pero no de manera aislada, sino en el conjunto de sus relaciones fácticas (de las cosas que suceden), históricas, sociales, políticas, culturales. 
               Quien es consciente se mueve en diversos planos de acercamiento a las realidad: su funcionamiento, sus razones de ser, sus finalidades, sus contextos. Es alguien que se pregunta qué son las cosas, cuáles son sus relaciones, sus causas de origen (por qué son así) para qué son (sus finalidades), cómo funcionan. Y tratan de responder sin dejar siempre de preguntar y para ello recurren a lo que normalmente conocemos como racionalidad científica, filosófica, incluso teológica, sin dejar de poner los pies en la tierra en el más llano y cordial sentido común.
               En este sentido manejamos consciencia como sinónimo de criticidad: la capacidad de dar razón de lo que se dice porque se ha entendido y porque se puede afirmar o negar lo que se dice de ello.... La persona compasiva que quiere acercarse a los demás y a su mundo para hacer algo por la vida humana, tiene mejores herramientas cuando es consciente, crítica y entiende y afirma dialógicamente lo que son las cosas y también lo que pueden ser, sus posibilidades.  Ser consciente es un algo personal y social, construido en la reflexión y el diálogo.

Tercera C: Comprometidos

La consciencia para una comprensión razonable de los impulsos que suscita la compasión es importante, pero tampoco es suficiente: reclama la tercera “C”: la del Compromiso. 
              La persona comprometida es la que se hace cargo de la promesa que se tiene de que algo sea mejor (com-prometer), de tal suerte que actúa conforme al motivo que provocó la compasión y la inteligencia que supuso la consciencia. Se hace cargo de la situación, de las cosas, de la realidad promisoria de un presente y un futuro dignos.
                La persona comprometida ha formado y dinamizado su voluntad, la capacidad de ir tras lo que se quiere, lo que se desea porque de alguna manera contribuye a la realización.
                Emocionalidad sin voluntad, sin capacidad de compromiso es llamarada de petate, acción que se pierde una vez que ha cesado el primer impulso. 
                  Consciencia sin compromiso es sabiondez, petulancia intelectual que no lleva a ningún lado, porque no sale de regocijarse en un mundo intangible e inexistente de ideas, de explicaciones que terminan perdiendo su carácter de brújula de la acción para convertirse en excusa de la inactividad.
                  Se trata de ser persona de carácter, como decían los abuelos para referirse a quien valora cosas que encontró experiencial y emocionalmente valiosas para su vida humana; que entendió y afirmó su sentido humanizante y que es capaz de jugársela por lo que valora, de manera firme y flexible. Firme porque vive conforme lo que le es valioso, flexible porque es capaz de discriminar en las situaciones concretas y momentos específico qué cosas contribuyen más a su realización con, por y para los demás en la construcción del mundo. 
                   Compromiso sin consciencia y sin compasión se vuelve intolerancia, fundamentalismo, voluntarismo. 
                   Las personas muy comprometidas que no se relacionan compasivamente con los demás los aplastan en nombre de sus valores; cuando no entienden se vuelven rígidas y son capaces de perder su vida insensatamente por algo que en una situación concreta podría no ser tan valioso, como cuando un maestro prefiere poner un no aprobado antes que asegurarse de que pueda haber más oportunidades para el aprendizaje: no ha entendido para que se evalúa y no lograr 

La cuarta C: Competentes

Y así se llega a la cuarta “C”, la de las personas Competentes, que son  capaces de disponer de una buena actitud y movilizar sus conocimientos y habilidades para afrontar cualquier situación problemática y convertirla en una solución realista, oportuna, constructiva, creativa, justa, solidaria, promotora de libertad y crecimiento humano.
                  Cuando era niño escuchaba que "Dios nos librara de los tontos con iniciativa". Yo hoy, a mis diez lustros de vida pienso que nos debe librar de los incompetentes. Cuando alguien no entiende puede repetir lo que le dicen, pero jamás logrará la autonomía para resolver problemas en diferentes situaciones, sin la presencia de su jefe, su madre o padres, su cónyuge. Pero si lo entiendo y no tiene desarrollada habilidad, tampoco podrá solucionar las situaciones problemáticas en las que se encuentre. Por último: si no tiene una actitud favorable, bien dispuesta, pues aunque entienda y sea hábil no hará nada y las cosas seguirán como están.

Formar para la humanización en un mundo complejo

Nos ha tocado vivir una realidad en la que ser humanos es difícil: alrededor del 80% de la riqueza mundial está en muy pocas manos, menos del 5% de la población del orbe. Millones de personas migran en condiciones de prácticamente total vulnerabilidad, a la merced de grupos delictivos, enfermedades y accidentes que pueden incluso matarlos. Millones de personas viven excluidos de la alfabetización gráfica y digital, siendo relegadas de cualquier posibilidad de tomar decisiones personales y políticas para ser protagonistas de su historia. No menos carecen de acceso a la salud, la vivienda con privacidad, la procuración de justicia. La lista puede continuar.
                En un mundo así, la existencia de mujeres y hombres compasivos, conscientes, comprometidos y competentes es totalmente pertinente. Que los haya no es una cuestión de promedios escolares, cuadros de honor y conocimientos que no pueden ser relacionados hábilmente con la realidad porque no se puede o porque no se tiene una actitud solidaria, fraterna, justa, incluyente, veraz, libre. 
                  Su existencia es fruto de procesos formativos cuya finalidad sea el crecimiento integral de las personas comprometidas con su mundo. Los educadores que son mujeres y hombres de las cuatro C pueden diseñar los procesos pedagógicos en los cuales acompañarán a sus discípulos a descubrirse compasivos, conscientes, comprometidos y competentes y asuman las herramientas que como seres humanos tienen para construirse así, cabalmente humanos, integralmente personas.
                 Se trata de una educación para la acción, para la vida y no solo para las olimpiadas de conocimientos, para sacar buenas calificaciones y mantener altos promerdios o para el mero tránsito de un plan de estudios al del siguiente nivel escolar. 
                 De eso se trata, en última instancia, lo que llamamos formación para la ciudadanía. Cada persona viven inmersa en un mundo al que tiene que responder en una acción social y política en la que ejerce influencia, trata de sumar personas, contrarrestar posturas, proponer soluciones y formas de organizarse para llegar a ellas. Y todo ello será posible en la medida en que la educación haya preparado para ello (puedes leer https://misapuntesenelcamino.blogspot.com/2009/06/el-reto-de-fondo-formar-la-ciudadania.html)
                  Que este mundo sea humano, humanizante, que en él haya espacio para la justicia, la creatividad, la fraternidad, requiere ciudadanos autónomos, críticos, dialogantes, comprometidos con los valores, en especial los éticos, competentes para resolver los mil y un desafíos que existen en los asuntos que nos atañen a todos y que no se resuelven por arte de magia.
                 Apostar a la formación integral como la que hemos comentado en este texto es abonar a la formación de ciudadanos que estén en condiciones de asumir relacionalmente (consigo, con los demás, con el mundo) el papel que les corresponde en la historia, en su aquí y ahora y en las posibilidades de futuro con las que cuentan para que la familia, la colonia, las instituciones y organizaciones, la ciudad, el país, la región sean cada vez más un mundo mejor que como nos fue entregado.
                Las cuatro C son referentes claros para evaluar toda acción educativa pertinente, de gestión pública o privada, escolar o familiar. 
               Formar mujeres y hombres de las cuatro C es el desafío real que hoy enfrentan los educadores y los educandos: los primeros como creadores de condiciones para la formación; los segundos como artífices del ser humano que están llamados a ser con, por y para los demás en el mundo y abiertos a un sentido de vida que trascienda la inmediatez de lo efímero.

Publicado en Síntesis, Tlaxcala, el 16 de abril de 2015, en la columna Palabras que humanizan. Actualizada el 28 de junio de 2020.

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miércoles, 13 de mayo de 2020

Formar ciudadanos y construir una geopolítica de la esperanza. Charla con Juan Luis Hernández

Autor: José Rafael de Regil Vélez
Cuidado y corrección: Socorro Romero Vargas

Agradecemos especialmente a Braulio González las sugerencias de forma y fondo para resaltar el contenido de este texto.


Con Juan Luis Hernández Avendaño (CDMX 1970, puedes conocer su semblanza haciendo click aqui) he coincidido en muchas preocupaciones y enfoques en lo que a educación y vivencia de la fe cristiana corresponde. Sin lugar a duda, una que hoy vemos como desafío, es la de la necesidad de comprender que al mismo tiempo que un proceso de personalización, educar es formar ciudadanos. La crisis sanitaria del Covid-19 ha puesto sobre la mesa lo poco que esto se cumple en la labor formativa que han desempeñado las escuelas y las familias.
Juan Luis ha tenido una “cancha formativa” muy completa en lo que a corresponsabilidad social se refiere. Se crió desde la infancia al lado de su madre en la militancia popular, en el Cerro del Judío, cuando estaba prácticamente todo por hacer, lográndose colonizar gracias a la organización de las familias que hicieron habitable el lugar.
Casi al mismo tiempo, se integró a las Comunidades Eclesiales de Base que promovían los jesuitas en su parroquia y que partían de la convicción de que solo es posible vivir la fe cuando uno responde a las invitaciones de Dios para construir un mundo donde vivir humanamente -con la dignidad de ser hijo de Dios- sea posible. Y eso se construye viendo la realidad, juzgándola a partir de las invitaciones de Dios a la fraternidad y la justicia y actuando para que las cosas sean más cercanas a lo que Dios quiere.