Caminar, vivir, compartir...

Durante años viajeros han apuntado en libretas sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades... Esta es una de ellas, con los apuntes al vuelo de este viajar por la vida . Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir los apuntes que van haciendo de su caminar por la vida.
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viernes, 22 de abril de 2022

¿Extranjeros en nuestra propia casa? Apuntes sobre la palabra y la vida humana, con ocasión del día del libro

 Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más del autor, haz click aquí


Recuerdo cuando llegué a Bogotá, siendo muy joven todavía. Debí tomar un taxi en el aeropuerto El Dorado y el chofer resultó un hombre muy conversador. Lejos de sentirme acogido por el hombre, me sentí creo que incluso un poco angustiado: ¡yo no lograba entender gran parte de lo que me decía a pesar de que ambos éramos hispanoparlantes! Seguro que el uso de las palabras, varias de las cuales eran desconocidas para mí o al menos tenían un significado diferente La situación en el momento resultó incómoda y si hubiera durado más, se hubiera vuelto desquiciante: ¡¡¡nunca pensé que hablando el mismo idioma -aparentemente- me sentiría tan extranjero!!!

Recordé la experiencia cuando leía el libro La buena y la mala educación. Ejemplos Internacionales (versión en castellano 2012, Ediciones Encuentro), de Inger Enkvist. En este texto la pedagoga sueca -asesora de ministros de educación y organismos internacionales- hace una crítica a los llamados "nuevos" modelos pedagógicos. El libro todo vale la pena, pero no es mi intención en esta ocasión reseñarlo.

Un conjunto de reflexiones de la académica sueca provocó mi recuerdo bogotano y al paso de los días el de otras varias experiencias que he vivido como educador en diferentes ambientes.

 

Cuando no tenemos palabras

El lenguaje, las palabras nos introducen en la relación con los demás y con el mundo: nos dan usos, significados, nos permiten conversar, charlar, jugar, pero también dialogar, entender los sucesos, relacionar sentidos, acontecimientos... Nos dan una visión del mundo.

La cotidianidad nos da palabras. Con ellas resolvemos lo muy inmediato: la convivencia con nuestros más próximos: familia, amigos, incluso dándonos oportunidad de ciertas complicidades que tejen las relaciones y que permiten que con nuestros allegados no tengamos que "poner todo sobre la mesa" para explicar aquello a lo que nos referimos. Este vocabulario nos llega espontáneamente y es útil para nombrar lo que tenemos allí, enfrente.

Se tratan de palabras que nos dan seguridad, certeza, que permiten las preguntas muy primarias de la niñez que se convierten en respuestas de primera mano que se pueden llegar a volver "LAS inamovibles respuestas que guíen nuestra vida"

Sin embargo hay palabras que no nos da la cotidianidad ni tampoco nuestros cercanos -o no en muchos casos-. Hay vocablos, términos, signos que requieren ser adquiridos fuera de casa, del parque o lugar de reunión con los amigos y que nos permiten movernos en situaciones mediatas, comunicarnos con otras personas que, como nosotros, tienen sus propios códigos comunicativos, pero que necesitan ensancharlos para dialogar, para tomar acuerdos, para poder incluso plantearse preguntas más pertinentes ante la realidad.

Cuando tengo clases con mis estudiantes universitarios, muchas veces sienten la angustia de no entender lo que estamos discurriendo en muchos momentos y no solo porque se trate de una disciplina que les es ajena -filosofía-, sino porque carecen del vocabulario que les permita entender más allá de lo de todos los días en su vida personal y profesional. Debemos avanzar paso a paso, definiendo términos, repitiéndolos, porque son la mejor forma de hablar de algo que de otra manera quedaría en una mayor vaguedad. Y entonces, al poder conversar oralmente y por escrito con más palabras, podemos entender muchas más cosas que nunca habíamos entendido: literalmente, nos sentimos ciudadanos de un mundo mucho más grande que nuestra propia contigüidad.

Cuando faltan las palabras, no podemos razonar el mundo, nuestras explicaciones se vuelven extremadamente emocionales, nuestras preguntas no pasan de niveles ingenuos. Y si tenemos que relacionarnos con más personas, incluso en nuestra propia localidad nos sentimos extranjeros en nuestra propia casa. Nos da miedo, se desarrollan incluso sentimientos xenófobos con nuestros vecinos, a quienes vemos como verdaderos e incomprensibles extraños, aun cuando aparentemente pertenezcamos a un mismo grupo lingüístico. Y todavía más, nos volvemos susceptibles de manifestación, porque no logramos crear un criterio propio más allá de lo que resuelve nuestros problemas domésticos y con suerte vecinales.


Las palabra nos desafían

Desde que yo recuerdo la carencia de lenguaje es algo ordinario. Pero como militante de mi hoy y de la educación y la comunicación de mi tiempo, claro que veo que hoy hay condiciones que desafían nuestra inserción en un mundo más amplio de palabras: el privilegio de los mensajes breves de texto en las comunicaciones cotidianas, de las redes sociales en la interacción social, la siempre pendiente tarea del fomento a la lectura, el mayor impacto inicial de la imagen en el acceso a la realidad.

Todo ello tiene muchísimas posibilidades, de verdad lo creo... no es una catástrofe per se el mundo cultural en el que nos toca desarrollarnos, pero sí nos desafía a convertirlo en posibilidades para poder interactuar con nosotros y con el mundo del cual tenemos que encargarnos ciudadanamente con posibilidad de comunicación y de entendimiento que sean capaces de conservar y transformar humanizantemente la realidad en la que existimos.

Frecuentemente veo invitaciones a promover la lectura. Siempre hay un primer rechazo en mí al verlas, porque cuando la lectura es el mero reconocimiento de grafías, no contribuye a salir del imperio del inmediato aquí y ahora... Leer sin aprender a comunicarse pensando es una apuesta muy incompleta: pasar del analfabetismo craso y el analfabetismo funcional a la competencia comunicativa es una gran apuesta (es posible que te guste leer Analfabetismo e incompetencia comunicativa)



Creo que el desafío es educarnos a dialogar (puedes profundizar el tema del diálogo en ¿Es posible el diálogo intergeneracional?), a compartir el patrimonio común del lenguaje, a ampliar juntos nuestra visión del mundo para poder ser menos marionetas del destino y más protagonistas de nuestra vida.

Proponer la lectura, la escucha, la escritura es un desafío que bien vale la pena tomar por los cuernos. Hoy debería haber menos pretextos, porque tenemos muchísimos más medios a nuestra disposición: radio, tv, streaming de video, de audio, libros en papel, libros en digital; servicios de mensajería para comunicarnos; redes sociales para manifestarnos, para leernos, escribirnos, hablarnos.

Pasar de extranjeros en nuestra propia casa a vecinos glocales (habitantes de lo global y lo local), capaces de vivir emocionalmente nuestra existencia, pero también de interrogarla, de pensarla, de ayudarnos para relacionarnos con los demás con el patrimonio del lenguaje acuñado para expresar la realidad y la posibilidad de que nos da la creación de neologismos para nombrar de mejor manera todo aquello que nos atañe.



En el día del libro pienso en lo definitivo que ha sido para las posibilidades de la humanidad llevar las palabras del ayer al hoy, del aquí al allá este excelente medio de portación de lo más profundamente humano. Ha roto las fronteras no solo de los países, sino de la intimidad, el hogar, el vecindario para reconocernos ciudadanos de muchos mundos, co creadores y recreadores de la historia. Seamos autores y lectores, compartidores de significados y prácticas que nos llevan a la autonomía en alteridad y mundanidad; es decir, a poder ir siendo cada vez más nosotros mismos por, con y para los demás, humanizando el mundo que es nuestra casa común.

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jueves, 25 de junio de 2020

Analfabetismo e incompetencia comunicativa

Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más datos biográficos suyos haz click aquí
Cuidado y edición: Socorro Romero

Persona y cultura en la tarea de ser humanos


El ser humano nace carente, tiene el resto de su vida para ir remediando sus carencias, completando la persona que está llamada a ser. 
Los demás y el mundo que lo rodean le suponen infinidad de desafíos que tiene que poder acometer para realizar su vida. 
               Vive permanentemente en la tensión de adaptarse a la realidad en la que ha de vivir y transformarla humanizantemente. Interactúa con los demás para poder ser quien es y está invitado a construir una interacción sociopolítica que le brinde mejores condiciones para ser en comunidades en las cuales sean posibles la justicia y la vida en dignidad.
              El camino de ser más por, con y para los demás encargándose del mundo que se lo carga es el mismo: hay que estar atentos con todos los sentidos, entender las cosas, verificar que lo que se piensa de ellas y lo real correspondan mínimamente para poder actuar con ellas y sobre ellas, valorarlas para darles la importancia necesaria para relacionarse con ellas, decidir lo que hará, interactuar con lo real, modificarlo, responsabilizarse de esa modificación que transforma la realidad que pedirá nueva atención, entendimiento, juicios de realidad y valor, decisiones, acciones. 
               Y en ese dinamismo vamos creando un impresionante patrimonio de conocimientos, de valoraciones y símbolos del cual se pueden beneficiar nuestros contemporáneos y quienes nos sucederán en la tarea de ser humanos. Así, nadie comienza desde cero las tareas interrelacionadas de personalización, socialización y mundanización, pues contamos desde nuestro nacimiento con explicaciones, afirmaciones, valoraciones que nos permiten situarnos desde un punto de partida para tomar las decisiones que debamos para vivir en nuestro tiempo decidiendo aquello que entendamos, juzguemos, valoremos y deliberemos como humanizante.