José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más del autor, haz click aquí
Andar en bicicleta en condiciones como la lluvia y la noche desafía nuestros sentidos, la concentración, al tiempo que dinamiza nuestra frecuencia cardo respiratoria. Puede ser una gran experiencia de vida saludable.
La escena en la que Gene Kelly baila "Cantando bajo la lluvia" está indisociablemente unida a mi memoria. Regresó a mis imágenes aquel martes en el que tras una larga y cansada jornada debí volver a casa en medio de la lluvia, una vez caída la noche.
Pasaban de las 20.30 hrs. Había llegado al trabajo temprano por la mañana y como siempre los pendientes estaban apilados inmisericordemente en mi escritorio. Pasaron las horas y entre el teclado, la pantalla de la computadora, las reuniones de rigor y un taller de diseño curricular quedaron ocupados mis minutos, mis afectos y mis pensamientos: realmente estaba agotado; es más: ¡enfurruñado!
Mientras los participantes del encuentro académico en el que terminaba mi día desalojaban el aula, abrí el compartimento apropiado de mi alforja y saqué el entrañable impermeable de poncho que compré para rodar en situaciones como la que el ruido de agua anunciaba por la ventana. Hice lo mismo con el pantalón y me alisté para ir hasta mi vehículo, fiel compañero desde hace poco más de 15 meses: la bicicleta híbrida en la que me transporto desde que decidí que debía cuidar mi salud y ayudar a la insulina a que mi organismo consuma la glucosa que circula en la sangre.
Salí del edificio. La lluvia caía copiosa, fría como suele ser en Puebla.
Andar en bicicleta en condiciones como la lluvia y la noche desafía nuestros sentidos, la concentración, al tiempo que dinamiza nuestra frecuencia cardo respiratoria. Puede ser una gran experiencia de vida saludable.
La escena en la que Gene Kelly baila "Cantando bajo la lluvia" está indisociablemente unida a mi memoria. Regresó a mis imágenes aquel martes en el que tras una larga y cansada jornada debí volver a casa en medio de la lluvia, una vez caída la noche.Pasaban de las 20.30 hrs. Había llegado al trabajo temprano por la mañana y como siempre los pendientes estaban apilados inmisericordemente en mi escritorio. Pasaron las horas y entre el teclado, la pantalla de la computadora, las reuniones de rigor y un taller de diseño curricular quedaron ocupados mis minutos, mis afectos y mis pensamientos: realmente estaba agotado; es más: ¡enfurruñado!
Mientras los participantes del encuentro académico en el que terminaba mi día desalojaban el aula, abrí el compartimento apropiado de mi alforja y saqué el entrañable impermeable de poncho que compré para rodar en situaciones como la que el ruido de agua anunciaba por la ventana. Hice lo mismo con el pantalón y me alisté para ir hasta mi vehículo, fiel compañero desde hace poco más de 15 meses: la bicicleta híbrida en la que me transporto desde que decidí que debía cuidar mi salud y ayudar a la insulina a que mi organismo consuma la glucosa que circula en la sangre.
Salí del edificio. La lluvia caía copiosa, fría como suele ser en Puebla.
