Caminar, vivir, compartir...

Durante años viajeros han apuntado en libretas sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades... Esta es una de ellas, con los apuntes al vuelo de este viajar por la vida . Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir los apuntes que van haciendo de su caminar por la vida.
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domingo, 28 de septiembre de 2025

Ser bendecido, ser bendición... Sentipensares sexagenarios

 José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

ARLF... Gracias, tú lo sabes

Amiga, amigo, compañía en estos apuntes en el camino: si lees este texto, absolutamente personal y comunitario, es porque de alguna manera eres alguien en mi vida. Gracias por estar, también por leerme. Deseo de corazón que estas letras puedan ser tan tuyas como mías y que te unas en agradecimiento conmigo y por mí.

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Tengo muchos días pensando en compartir este apunte en el día de mi cumpleaños 60. Al llegarse la fecha, tanto ha rondado mi mente y mi corazón, que no sé por dónde empezar y qué tanto comulgar, porque corro el riesgo de escribir tanto que termine produciendo un texto ilegible para este blog.

Así que quiero compartir lo que más he rondado en mí: ¡soy bendito, y he caído en cuenta de que soy bendición!

  • Nací en el seno de una familia sui generis, muy extraña para muchos que se han acercado a ella, pero entrañable, que nunca me ha dejado. Soy el primer hermano sexagenario: Maggiess y Pedro no llegaron a esta edad. Agradezco lo que vivieron y lamento que no hayan podido disfrutar tanto como yo lo he hecho. Mis papás hicieron lo que pudieron por ellos y por nosotros. Influyeron en mucha gente. Agradezco haberlos tenido.
  • Entregué casi la sexta parte de mi actual vida a formarme y hacer mis primeros ensayos para ser lo que soy: educador al estilo de Juan Bosco, desde la experiencia de la buena noticia del Evangelio. Creo que desde chico me encontré con Jesús y lo que hoy técnicamente puedo llamar valores del Evangelio, valores del reinar de Dios y así como los recibí, así me puse desde entonces a compartirlo. La vida salesiana me ha dado hermanos hasta estos días. Los jóvenes de entonces hoy somos sexagenarios, y seguimos en la fraternidad del llamado que todos comulgamos.
  • He sido educador por 45 años, desde mis pininos en los oratorios festivos y centros juveniles salesianos hasta los más de 35 años como coordinador y directivo en universidades; como formador de universitarios en licenciatura y posgrado, en especial formando educadores y también filósofos y religiosos. Aprendí tantas cosas, he hecho compañeros del camino. 
  • En 1988, mientras cursaba estudios superiores, la filosofía cambió mi vida, mi manera de entenderme, de entender mi coexistencia con los demás, mi relación con el mundo en el que estaba llamado a hacer algo para que sea un poco más humanizante. He sido durante ya casi 40 años profesor de filosofía y he visto cómo reflexionar con los estudiantes, filosofar con ellas y ellos abre a dimensiones de comprensión y opciones éticas que actualmente todavía comulgamos.
  • Al educar he podido servir en diversos lugares, en contextos sociales, políticos, culturales, económicos muy distintos entre sí: Tlaxcala, Puebla, la Sierra de Oaxaca, los barrios de Medellín (Colombia), la CDMX y ahora Irapuato. Me consta en carne viva la riqueza de las personas, pero también las búsquedas y anhelos que todos compartimos, que nos hermanan, en los que nos encontramos y desde donde nos construimos en eso que llamamos educación. A mí nadie me lo cuenta: yo sé que se puede educar transculturalmente, transgeneracionalmente y que es verdad que se puede sembrar semillas de humanidad allí donde haya corazones, inteligencias y voluntades dispuestas.
  • Hoy sigo en contacto con muchas centenas de exalumnos. Compartimos una visión del ser humano, un espíritu de alegría y esperanza, mucha vida en la que se han dado tantas cosas buenas que no puedo sino reconocerme privilegiado por atestiguarlas.
  • He escrito y he trabajado para la escritura de otros. Ser difusor, editor y ahora el creador de los Apuntes me ha permitido llegar a personas y lugares que ni siquiera me imaginé. A lo largo de mis años he encontrado personas que me han dicho que leyeron algo que escribí, que les movió algo, que todavía lo recuerdan. 
  • Coordinar y dirigir equipos; poner mis cualidades y límites al servicio de la animación y gobierno en instituciones educativas ha permitido crear muchas cosas buenas. Con mujeres y hombres que me confiaron tareas de gestión directiva y otras y otros que me permitieron ser su coordinador y director fundamos dos instituciones de educación superior y una de educación media superior. Acometimos la tarea de refundar una Universidad y reformar de cabo a rabo tres preparatorias grandes e importantes regionalmente. Ser docente ha sido trascendente, pero ser líder ha expandido los horizontes de buenas noticias para jóvenes, madres y padres de familia, de una manera que nunca imaginé.
  • Juntos, en equipos que comulgamos fe y vocación, en las que cada quién se ha constituido co-líder hemos podido hacer innovaciones educativas trascendentes: formas para acortar la distancia entre el dicho y el hecho, que en las escuelas suele ser enorme... Métodos, técnicas, procedimientos para acompañar la formación de la autonomía, de la colaboración que construye bien común, y aunque suene redundante, que crea comunidad; de la convivencia pacífica, del uso de los conocimientos, habilidades y actitudes para encontrar soluciones auténticas a problemas reales. Miles de alumnos se han formado líderes para servir y hoy así proceden en distintos espacios. Juntas y juntos, un paso a la vez, siendo educadores más críticos para ser más creativos, solidarios, y en última instancia, también un poquito más éticos.
  • He amado y amo a personas que son mi columna vertebral: Adriana y Geli tienen un lugar fundamental en quien soy y por qué y para qué vivo; con ellas, Sophie, Checo y Luz. Hay, sin embargo, personas entrañables que han comulgado y aun actualmente comulgan conmigo lo que soy, lo que tengo, lo que sé, lo que hago y por lo que apuesto mi vida. Son compañía fundamental en mi camino, refugio en los momentos duros, cómplices en mis locuras, confidentes en las cosas profundas de mente y corazón, su magisterio al andar los años me ha enseñado quién soy y quién quiero ser por, con y para los demás. Me han dejado ser también algo similar para sus vidas. Mi cotidianidad transcurre en carne viva por su presencia amorosa y amante.

Sí... Dios y muchas, muchas; muchos, muchos, han dicho bien de mí, conmigo, para mí... Soy bendito... Dios y muchas, muchas; muchos, muchos, me han permitido decir bien de, con y para ellas, para ellos; me han regalado ser bendición. Y así llegó a los 60 años lleno de agradecimiento por tanto vivido y abierto con esperanza a lo por vivir. 

Los sesenta años tienen mucho de simbólico, casi mágico: me dan plena conciencia de que comienza lo que ha de ser la recta final de la vida. Ha sido más los años pasados que los que habrá de futuro. Ya no hay que desvivirse por sembrar (aunque sembrar mi humanidad y humanidad para los demás nunca termina) y mucho por disfrutar las cientos de cosechas de todo tipo que ha habido a lo largo del camino. 

Yo viví siempre acelerado, ahora ya no tengo prisa, disfruto los días, las charlas, los encuentros, los momentos de soledad y los de comunión profundo. Creo que de tanto haber vivido, con mis grandes errores y los no menos ni menores aciertos, me he ido volviendo sabio, más reposado. 

Me abro a seguir siendo bendecido por quienes me bendicen -Dios el primero-, humildemente me dispongo para que para los que caminamos de alguna manera y nos encontramos en la senda de alguna manera pueda ser bendición, compartiéndoles consuelo, certeza en la belleza de vivir, en la fuerza de comulgar.

Gracias por tantas y tantos, por tanto. Que vengan lo que venga, que si hasta ahora ha habido tanto bueno, tanta alegría y felicidad, nada me impedirá pensar que lo que ha de venir será para agradecer y portador de la esperanza para iniciar cada día amorosamente y cerrarlo con satisfacción.

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domingo, 7 de septiembre de 2025

En los terrenos de la ternura... reflexiones al convertirme en abuelo

 José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Los últimos días de agosto y los primeros de septiembre de este 2025 fueron intensos, esperanzadores, confiados, abrazadores; llenos de experiencias y con una u otra reflexión, desprendidos del nacimiento de Sophie, hija de mi hija (y de su papá, claro, jajajaja), mi nieta.

Entre mil y un sentires...

Para compartir mejor mis sentipensares debo remontarme a hace 31 años. Corrían los meses entre 1993 y el 1994. Mi paternidad se estaba estrenando. Vivíamos en la Ciudad de México, abriendo paso a la vida: después del confort de la vida religiosa (en la cual trabajaba muchísimo, pero todo estaba asegurado) debía abrirme paso en distintos frentes para afrontar el día a día que había decidido vivir en familia.

En ese entonces trabajaba de medio tiempo en la Universidad Iberoamericana Santa Fe (hoy Ciudad de México), daba clases en cuanto lado podía, incluidos los sábados y los periodos de vacaciones, participando como facilitador en procesos de educación continua allí donde me invitaran. Al mismo tiempo estudiaba periodismo, como un complemento necesario para mi formación académica y mi presente y futuro profesional. Eran los tiempos en los que editábamos una revista, apoyábamos editoriales en su producción de libros. Todo para avanzar paso a paso.

En ese contexto nació la primogénita (su hermana llegaría tres años después en un contexto similar). El ginecólogo que seguía el proceso previo al nacimiento estaba en Toluca. En una de las presumibles últimas consultas, el galeno dijo a Leti: es necesario que nazca ahora: para más tarde ya no podría asumir yo la responsabilidad.

Así que la cesárea ocurrió mientras yo me trasladaba del sur de la Ciudad de México a la capital mexiquense. No, no pude estar presente en el alumbramiento, llegué a ver a la pequeña y su mamá ya en el cuarto del hospital del nacimiento. Tantos lustros después tal vez no recuerdo muchos detalles, pero tengo clarísimo que vivía el momento con sentimientos encontrados: una alegría enorme por la pequeña, pequeñísima que ya nos acompañaba (y lo hará para siempre, solo que de distinta forma), una preocupación por el restablecimiento de la mamá, la presión de afrontar los gastos generados hasta el momento y los que seguramente se generarían... 

Todo en mi mente y mi corazón al mismo tiempo en una sensación rara en la que parecía que se detenía el tiempo y simultánamente los minutos corrían desbocados. Dado que el nacimiento sucedió en sábado, en el trabajo se alegraron conmigo, pero me indicaron que me reportara el mismo lunes (a pesar de ser una universidad humanista, la Ibero no creía entonces en la importancia de que el padre pasara algunos de los primeros días con su retoño). 

La paternidad, desde su primer día hasta ahora, ha sido un gozo, pero en su tiempo, diría yo los primeros 20 años, también fue preocupación, ocupación, expectativa, un poco de zozobra e incertidumbre. Por supuesto: conflictos, apuesta, educación. Y a mis 29 años estaba listo para afrontar el desafío; tanto como un ser humano puede estarlo para ser padre o madre; pues aunque se estudiara para la paternidad o la maternidad, nadie sabría cómo resolverlo hasta que lo va resolviendo.

Hoy soy un papá feliz por sus hijas; conciliado con mis límites y abierto a ser familia en un contexto totalmente distinto, en el que ellas son todas unas mujeres y nosotros ya podemos utilizar la credencial del INAPAM.

Los días pasados, como he referido, fueron únicos. Pero hoy es una nueva época, nuevos tiempos para la permanente humanidad que somos y seguimos siendo.

En la casa del abuelo

El 1 de septiembre quedó marcado como la fecha en que lloró, respiró, comió, descomió entre todos nosotros mi nieta, nuestra nieta (¡que somos cuatro los involucrados!). La conocí en la sala de recuperación postquirúrgica, mientras su mamá pasaba unas laaargaaas horas antes de ir a la habitación. Fue impactante: la vi en una cunita de la que casi al mismo tiempo su papá la tomó para acercarla un poco a nosotros, en los límites que nos señalaron para verla "de lejitos".

Una niña hermosa, que abrió sus ojitos y movió su boquita como diciendo "¿quién osa interrumpir mis largos 9 meses de placidez?". Un papá ocupado de ella, al mismo tiempo que estando totalmente para su esposa, nos la mostró a su abuela paterna, sus tíos también por parte de padre y a mí. Esta vez sí pude estar algunos días al lado de la pequeñita neonata, de mi hija y mi yerno. Todo es tan igual que hace treinta años, y todo es -al mismo tiempo- tan distinto: las circunstancias son totalmente otras.

Ternura, una gran ternura, una insospechada ternura fue lo que afectó y emocionó mi corazón e inundó mi mente. Sentimiento de cariño entrañable, acompañado de profundo agradecimiento, de despreocupada esperanza. No, no era mi hija, no había que vivir el acontecimiento con las exigencias de la paternidad y la filiación, como tres décadas antes.

Y eso fue una sensación impresionante. Mi hija y su esposo tienen mayor edad que la que teníamos padre y madre de ella cuando nació en el lejano siglo pasado. Son personas hechas y derechas, lo más conscientes que se puede ser cuando se estrenan como seres humanos que comparten la vida como fruto de una decisión y asumida responsablemente, tanto cuanto se puede entender en ese momento, que realmente ha marcado un antes y un después directamente en su existencia e indirectamente en todos los que de la forma que sea somos su familia.

Al lado de los sentires ya compartidos estuvo la alegría por nuestra neonata, pero también por su madre y su padre, por la forma en la que ellos han asumido su ser familia y por el celo con el que lo han vivido en los primeros días, paradójicamente abiertos a sus cercanos, a sus redes de amistad y solidaridad. También he experimentado la certeza que solo dan los años: saldrán adelante, de a como toque y podrán hacerlo sin estar solitos, solitarios, pues muchos los acompañan y otros menos, pero consistentemente, los respaldan.

Así que para mí, frente a una nieta, la primera (¿la única?) solo hay por delante ternura, gozo, presencia sosegada, plácida; comprometida en la forma en la que mis años y mis condiciones me lo permiten. Agradecimiento profundo, permanente, por el regalo de la vida, por el misterio de la forma en la que se construyen las microhistorias que hacen nuestra historia, mi historia.

Hoy me sé y me vivo con gozo, con la fruición que solo la experiencia de que siempre, siempre, de maneras insospechadas, la vida tiene la última palabra y no cualquier cosa que atente contra ella enmascarada en la tristeza, el sufrimiento, la frustración, la pérdida. 

En la casa del abuelo se habita la cotidianeidad con la paz de quien ha aprendido que solo se vive una vida y vale la pena ser felices en ella, en la pequeñez y grandeza de cada día; agradeciendo en el presente todo bien recibido, alimentando la vida en el recuerdo del pasado que es capaz de escudriñar lo que ha construido y dejando de lado lo que tal vez no ha sumado o lo ha hecho de otra manera. Con la tranquilidad de vivir el futuro desde la esperanza que no distrae del presente, pero que le da una densidad que se construyó sabiendo que una y otra y otra vez a pesar de los pesares han sucedido siempre cosas buenas.

Que distinto ser padre de una bebé que su abuelo. Qué entrañable ser abuelo de mi pequeña. Qué reconfortante es vivir en los terrenos de la ternura.

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