Caminar, vivir, compartir...

Durante años viajeros han apuntado en libretas sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades... Esta es una de ellas, con los apuntes al vuelo de este viajar por la vida . Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir los apuntes que van haciendo de su caminar por la vida.
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viernes, 18 de julio de 2025

Convivencia, reto para educarnos

 José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Este es un apunte breve, porque es en realidad una invitación para leer un artículo de Miguel Bazdresch Parada (Guadalajara 1947), el maestro para muchos, el doctor académico emérito del ITESO para otros, el impulsor incesable de una educación humanizante para unos más.

En la Revista Educ@rnos, el investigador, también cofundador de la Red Latinoamericana de Convivencia Escolar, nos llama a considerar la importancia de la convivencia social para el mundo que vivimos. Señala que si bien en eso del convivir la familia tiene un papel decisivo en la conformación de la convivencia ciudadana posterior de las personas; es posible -y urgente, diría yo- atender en las instituciones al cuarto pilar de la educación pertinente para nuestra época que señaló al inicio de siglo Jacques Delors: aprender a convivir.

"Con esta base, vivir juntos no es cercanía física, sino capacidad de comprender al otro como otro, y así se puede coincidir en modos de ser o se puede discrepar y en ninguna de las dos hipótesis habrá ruptura, sino convivencia en la diferencia. Desde luego, implica esfuerzo y descubrir lo insólito y aun cualidades propias necesitadas de apropiación por el ser de cada uno, para construir un modo de ser humano, convivencial.

De ahí aprender a vivir juntos, a convivir, sea una tarea educable e interminable del educador y, desde luego, del estudiante."

Te invito a ir al artículo original, que seguro será una incitación para tener siempre presente la responsabilidad de aprender a convivir, que es de todos en cualquier lugar y en cualquier momento.

Puedes ir al artículo siguiendo este vínculo: Convivencia, reto para la educación – Revista Educarnos.

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domingo, 15 de octubre de 2023

"¡Yo no trato con peleles!" Escolarizados y, aun así, zafios...

 Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Todavía tengo en la memoria ese día. Estaba en mi oficina y una compañera entró para decirme -con gesto desconcertado- que había intentado atender a una persona, pero que ella no había aceptado hablar con ella, como indicaba nuestro procedimiento ordinario.

Al ser yo quien debía encargarse de recibir y escuchar al señor en cuestión, le pedí que pasara. Él, tan solo entrar, me dijo que ya había dicho que quería hablar con la directora y añadió con un tono que me pareció displicente y me resultó desagradable: "yo no trato con peleles", que en castellano significa muñeco de trapo, alguien de poco carácter, manipulable; aun cuando muy posiblemente quiso decir algo como "yo no trato con personas de "poca monta", con donnadie y antes que conmigo, con doñanadie.

Salvando la proposición del prójimo, pensé que algún asunto delicado debía abordar con la dirección. Pero el día de su cita, tras unos minutos en esa instancia, fue dirijido nuevamente a mi oficina para que lo atendiera: dar solución a lo que él necesitaba tenía que pasar necesariamente por mi tramo de gestión. Y como eso requería de varias entrevistas, tuvo que tratar con un pelele que resultó ser quien daba forma a su inquietud para que todo llegara a feliz puerto. 

Al final, ni agradeció, ni pidió disculpas, ni cambió su actitud; al menos no sino hasta cuando su hija me presentó con él, señalando lo mucho que la había apoyado durante el tiempo que coincidimos y lo importante que había sido mi acompañamiento para el logro de las metas formativas que ella se había propuesto.

Tantos años de escuela y...

La persona en cuestión contaba con estudios y al parecer con recursos económicos. Se ostentaba como dueño de una institución educativa y sin embargo se condujo en más de una ocasión como una persona zafia y tosca y  también prepotente. En su caso pensé: ¡tantos años de educación para terminar en esto!

Pero creo que me equivoqué: lo que estaba en juego eran muchos años de escolaridad, grados académicos. Pero no necesariamente formación para la convivencia, para sumar en lugar de restar por carencia de habilidades y actitudes fraternas, solidarias en la búsqueda de posibilidades humanizantes de vida.

Cuando se carece de esa formación puede ser que a uno crezca de manera específica en la capacidad de explicar fenómenos con los intermediarios epistemológicos que se aprenden en las asignaturas cursadas a lo largo de los años; incluso que se logre cierta maestría tecnológica y técnica para resolver problemas y plantear proyectos. Pero para convivir, intervenir, crear equipos, lazos familiares, vecinales, incluso ciudadanos, se está en un estado rústico, muy poco trabajado, sin pulimentar. Y entonces las condiciones para el bienser que supone el bienestar quedan hipotecadas.

He comentado más de una vez en los Apuntes que la construcción del yo por encima de los otros, o meramente a costa de los otros es solo una ilusión, porque nadie puede ser quien es y está llamado a ser si no es por, con y para los demás en la acción misma de solucionar los problemas individuales, sociales y ecológico-sustentables que se nos presentan para afrontarlos y crear condiciones de vida humana digna (Cuando el yo no es suficiente: ser por, con y para los demás y el mundo; No porque somos, sino para que SEAMOS personas: apunte sobre la solidaridad y la posibilidad de ser persona, Libertad sin compasión: hipotecar la vida humana).

La buena educación, esa que comienza en casa y más allá de ella (La buena educación comienza... no solo en casa) y que es formación integral y para la vida incluye todas las acciones posibles para que las personas descubramos las herramientas de convivencia que tenemos y que nos permiten manejar la influencia de unos con otros, los conflictos, los proyectos que nos acercan a la consecución -de alguna manera- del bien común. 

Aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a convivir, aprender a ser... cuatro pilares cuyo fruto, la educación para nuestro tiempo y que se adquiere en casa, en la escuela, en las instituciones sociales y estatales, nos permite no tratar a los demás considerándolos peleles, llenos nosotros de prepotencia, imposición e incluso de alguna forma con violencia, sino interactuar con personas, cada una de ellas; de manera sensible y sensata; compasiva y corresponsable. 

Convivir en la paz, para la paz (¿De qué hablamos cuando decimos paz? Entre la pax romana y el shalom bíblico), mujeres y hombres capaces de ser por, con y para... Que reconocemos en cada uno de los otros dignidad suficiente para ser interlocutores, colaboradores, copartícipes de este camino que llamamos vida.

Mucha escolaridad y educación como aquí se ha dicho no coinciden de manera espontánea, a menos que todos hagamos un serio esfuerzo, el de crear una escuela en la que sea posible educarnos; es decir,  formarnos para la vida, una en la que ser más por, con y para los demás, dejando este mundo un poco mejor que como lo encontramos, sí es posible. Y esa... es otra historia; al menos otro apunte.

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sábado, 20 de mayo de 2023

Se acabó la pandemia... y tenemos deudas pendientes (1)

 José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí 

www.un.org

"Es con gran esperanza que declaro el fin de la covid-19 como una emergencia sanitaria mundial" señaló el 5 de mayo pasado el secretario general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus y que confirmó 4 días después para México el presidente Andrés Manuel López Obrador, al firmar el decreto que suspendió las medidas sanitarias extraordinarias suscitadas por la pandemia.

Hace 3 años en todos lados, me atrevería a decir que en todo el mundo, vivíamos en la zozobra: asustados, desconcertados, inciertos.

Meses atrás se había escuchado de un virus que en China estaba haciendo estragos y súbitamente ya estaba por doquier. Inimaginablemente, con prácticamente ninguna información, los gobiernos mandaron a todas las personas que podían a confinarse, aislarse, protegerse y proteger a las demás de contagios que nadie entendía, pero que terminaban matando a una cantidad inusual de personas.

Muchas cosas se decían, sin ton ni son, mientras teníamos que reaprender a vivir individual, social y mundanamente. Lo que era normal dejó de serlo y nos enfrentamos a una diferente normalidad.

Excepto para los difuntos, la vida continuó y llegamos a nuestros días y pareciera que esos tiempos de la pandemia solo fueron un mal trago en el camino. Los mil pendientes de la vida diaria nos han fagocitado nuevamente y nos quedan poco tiempo -y ganas- para mirar a nuestro pasado tan reciente en búsqueda de pistas para aprender de lo que  el coronavirus nos muestra de nosotros mismos. 

Hoy yo quiero detenerme un poco, porque creo que hay deudas pendientes y afrontarlas nos puede dar pie para reenrutar nuestras permanentes búsquedas humanizantes. y lo haré reparando en algunas alertas que nos mostró lo que se llamó la nueva normalidad, que no fue sino un conjunto de medidas para transitar la pandemia de una enfermedad que al final se ha vuelto parte de nuestra cotidianidad, convirtiéndose en algo endémico, parte de nuestra real normalidad.




1. Somos emociones... y más que eso

El distanciamiento, la convivencia durante mucho tiempo reducida a cuatro paredes y las mismas personas, las fake news, la sensación de encierro, la incertidumbre, la ignorancia respecto de la enfermedad, la desconfianza hacia las autoridades, la exposición permanente a las noticias con sus cifras de muertes pusieron sobre la mesa la pléyade de emociones con las que las personas respondemos a los estímulos de la realidad. 

Como nunca nos experimentamos afectivos, emocionales y descubrimos que no lo sabíamos mucho, y que tampoco sabíamos cómo manejarnos en ese terreno. Comenzamos a hablar de educación socioemocional como algo indispensable, como una dimensión fundamental de la existencia. 

Y lo uno nos lleva a lo otro: somos más que emociones: somos seres de razonabilidad y racionalidad. Platón hablaba de que los humanos nos parecemos a un carruaje de carreras movido por caballos, que requiere de un auriga, es decir, de un conductor que gobierne toda la fuerza de la caballería que empuja descomunalmente y sin guía puede causar estragos que desemboquen, incluso, en la muerte.

Las emociones son nuestros caballos. Nos mueven para reaccionar a lo que vivimos: tenemos miedo ante el peligro, nos enojamos frente a lo injusto, nos alegramos cuando hay algo recompensante, nos sorprendemos ante lo desconcertante; nos sentimos inciertos en la inseguridad... Y eso nos permite vivir, fluir. Pero cuando eso se desboca... Vivimos cosas como las que se dieron durante la pandemia y que desembocaron en agresiones, rupturas familiares, crisis de ansiedad, evasiones frente a los datos de la realidad.

Expertos como Rafael Bisquerra nos lo dicen: debemos llegar a la regulación emocional, a realizar acciones razonables desprendidas de lo que vivimos. Si algo nos da miedo, tenemos que entenderlo, relativizarlo, ponerlo en su justa medida para comprender de qué nos advierte y de qué forma debemos abordarlo, rechazarlo, Razonablemente debemos manejar lo que puede llegar a angustiarnos, lo que nos causa incertidumbre. 

Afecto, emoción, inteligencia, razón: integralidad de una persona que debe hacerse cargo de la realidad, de lo que vive; como la pandemia. Hoy podemos entender que esta ha terminado porque el virus ya es parte de nuestra forma de vida y que a ello debíamos llegar tras un proceso de endemia. Había que tener cuidado, pero no quedarnos inmóviles.



2. La salud es una tarea que debemos abordar y no podemos abandonar

Cuando se nos dieron a conocer las medidas sanitarias para lidiar con la enfermedad del Coronavirus (la denominada Covid-19) nos lo dijeron clarito: las personas con comorbilidades seríamos mucho más susceptibles a las afectaciones del padecimiento. 

La hipertensión, la diabetes, las enfermedades cardiorespiratorias, la obesidad, resultaron ser de nuestros peores enemigos. Y estas afecciones resultan prevenibles, manejables cuando nuestro estilo de vida es saludable. Dicho de otra forma: está en nuestras manos vivir de tal forma que podamos afrentar situaciones adversas con una disposición física y mental que nos permita salir avantes.

Prevenir enfermedades, vivir de la mejor manera si hemos perdido la salud es una buena apuesta, que requiere formarnos para ello al tiempo que creamos ambientes familiares, laborales, escolares, vecinales que favorezcan el movimiento físico, la alimentación balanceada; que promuevan los horarios balanceados que incluyan descanso y esparcimiento, una convivencia que nos permita afrontar los desafios de la realidad compartiendo los bienes que valoramos en la búsqueda de un bien común; que nos llevan al contacto humanizante, cuidadoso y responsable de la naturaleza.

Mente sana, cuerpo sano, estilos de vida saludable: pendientes que la covid nos recordó violentamente que no podemos dejar de lado.


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