Caminar, vivir, compartir...

Durante años viajeros han apuntado en libretas sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades... Esta es una de ellas, con los apuntes al vuelo de este viajar por la vida . Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir los apuntes que van haciendo de su caminar por la vida.
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miércoles, 8 de abril de 2026

¿Qué hacer con los autores? Pues... ¡Tomarse un café!

 José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Imagen realizada por IA a través de Copilot

Leer no era lo máximo... pero...


Crecí como un niño "bastante normalito" (si es que puede haber alguien así). Mi infancia transcurrió entre la escuela, los deberes escolares, los libros de texto, la bicicleta, los diferentes tipos de pelotas y algunos años las reuniones semanales y los campamentos scouts.
           Cuando me enfermaba leía, leía muchas novelas: mi mamá nos castigaba sin ver televisión y para cumplir con la pena por nuestras acciones dejaba de pagar el cable, que era la única manera para recibir en casa la señal abierta de las tres televisoras que existían en los años setenta del siglo pasado. Las condiciones orográficas de Toluca, mi ciudad de crianza, dificultaban tortuosamente la recepción televisiva por medio de las entonces únicas antenas "de conejo".
           De enfermada en enfermada conocí a Phileas Fogg, Tom Arton, el Capitán Nemo, Ivanhoe, Ben Hur, Mowgli, Joe Marcha, sus hermanas, primos y sobrinos y el infaltable Colmillo Blanco... Disfruté las aventuras detectivescas de Agatha Christie, la cruenta historia de Sin novedad en el frente, las andanzas de los tres mosqueteros, que resultaban ser cuatro y la venganza aplaudida del Conde de Montecristo.
          Leer era gozar la lectura, las historias que alguien contaba... y ese alguien muchas veces anónimo quedaba subordinado al encanto de sus relatos, de las narraciones que hacía. De ellas y ellos aprendí muchas vertientes de la vida humana... obtuve "moralejas" y una sensibilidad interesante ante muy diversas situaciones humanas, incluso humanizantes...

Cuando todo cambió


Estudié la normal primaria, en aquellos tiempos en los que la formación básica magisterial era realizada después de la secundaria. Allí conocí "a los autores"... cuyo solo nombre era sinónimo de reverencia, de reconocimiento de una trayectoria intelectual y académica de la cual nosotros solo podíamos aspirar a ser depositarios y reproductores. Aparecieron ante mí Francisco Larroyo, Imideo Nérici, Joao Batista Libanio, Marta Harnecker, Paulo Freire, Rita Ferrini. 
           No se trataba más de compenetrarse con sus letras, disfrutar su prosa, extraer lo humano y humanizante de las páginas que habían escrito... Creo que con la intención de formar en nosotros, jovencitos aprendices de educadores, algo más que chambones escolares, nuestros maestros intentaron hacer de nosotros profesores ilustrados. Y en este afán tejieron lo que al paso del tiempo he llegado a considerar una de las más peligrosas y silentes perversiones: el culto al autor.
           Fue entonces cuando fui introducido a esa atmósfera en que los autores son "los verdaderos personajes, los dadores de verdad" en los campos del saber y sus lectores cuando mucho los humildes súbditos que debíamos decir con reverencia sus nombres y procurar que todas nuestras intervenciones estuvieran respaldadas en lo escrito por ellas y ellos (o lo dicho en sus conferencias, cuando podíamos acudir a alguna de ellas).
           Algunos años después, me enseñaron a escribir "textos con carácter científico"; y al ser yo estudiante de filosofía, eso consistía en presentar ideas recurriendo de igual manera a los autores, pero ahora construyendo un "aparato crítico"; esto es, la presentación de citas textuales y las referencias de las obras y páginas en que fueron dichas. Se insistía en que el decir del estudiante tenía que ser "fundamentado" y sin querer se iba construyendo una percepción de vasallaje intelectual frente a los señores feudales del pensamiento a quienes había que servir.
           No refiriéndome a mí, pero sí al ambiente en el que me he desempeñado como académico, el culto se fue fortalenciendo al grado de que todo pensamiento debe estar referido a un autor y citado conforme a las normas de escritura de la APA, con extremos de que cualquier cosa escrita debe derivar de un autor.

¿Y si lo importante si no fuera el autor por sí mismo?


En el plan de estudios que cursé en mi formación filosófica no existía materia alguna de metodología de investigación, ni cursos de redacción universitaria o comunicación académica. Nuestros maestros, sin embargo, nos pedían que pudiéramos presentar nuestros aprendizajes y reflexiones de manera clara, crítica y profesional.  
          Octavio Balderas fue mi maestro en un par de asignaturas que cursé en la formación filosófica. Él, como sus colegas, nos solicitaba que escribiéramos y siendo un buen didacta, nos allegó la forma de exponer NUESTRO pensamiento estructurado a partir de pensamientos verdaderos y plausibles, exigiendo de nosotros la cortesía de mostrar nuestras fuentes para que quien nos leyera pudiera acercarse a ellas. 
           En ese entonces tuve acercamiento a dos ideas que desde entonces me parecen lapidarias, atribuidas por distinto profesores en la autoría de Aristóteles y por lo que he llegado a leer se encuentran en los Tópicos y la Ética nicomaquea
 Si un argumento es bueno, debe aceptarse aunque lo diga alguien sin prestigio; y si es malo, debe rechazarse aunque lo diga el más reputado
Platón es mi amigo, pero más amiga es la verdad
Ambas aluden a la primacía de la verdad y la plausibilidad por encima del solo nombre del autor. Y es esto lo que requiere nuestro entendimiento de nosotros, de la vida social y la realidad que estudian las ciencias llamadas "naturales". Un planteamiento erróneo es erróneo independientemente de quien lo diga... Pero, ¿cómo podremos llegar a saber si esto es así, cuando la veneración por el autor atribuye a esta persona poderes cuasi divinos por los cuales lo que se dice debe ser dicho, sin más? Y además, referido conforme a los cánones de publicación de textos de una asociación de profesionales (como la APA, precisamente).

Un autor es...

Imagen creada por IA a través de Copilot


Antes de cumplir 30 años estudié periodismo y fui a dar a un empleo de editor en una universidad. Dos funciones terminaron de marcar mi comprensión respecto del papel que pueden jugar los autores en mi vida y proceso intelectual... y en los de cualquier persona.
           Debía deliberar junto a un grupo de compañeros reunidos en un consejo editorial que manuscritos deberían ser publicables, y si había un tema pertinente, pero no teníamos material había que hablar con quienes pudieran escribirlo.
            En esta parte de mi rol editorial debí "desmitificar" los escritos, aunque fueran de autores notables en el ámbito de mi desempeño. No todo texto tenía valor como algo publicable y era nuestro deber escudriñar páginas y páginas y su articulación en un posible libro. 
            Además, tuve que conversar con algunas personas cuyas obras había sido de importante impacto en mi formación inicial y continua como filósofo.
           Una anécdota más: en esa institución participaba en un seminario en el cual académicos ensayamos nuestras ideas en torno al gran tópico que denominábamos apertura a la trascendencia... Alrededor de dos años investigamos, leímos, discutimos, clarificamos y al final lo que habíamos producido terminó convirtiéndose en algunas publicaciones... Compañeros de trabajo que nos conocíamos del día a día... terminamos siendo nosotros mismos los autores.
          Me ha sucedido en ese tiempo y las décadas posteriores que hay personas que me conocen y dicen: yo he leído tus obras... ¡te imaginaba diferente! ¡Nunca he querido averiguar si eso era por admiración y por desilusión y desengaño! Y cuando hemos interactuado en clase, seminarios o círculos de diálogo, siempre hemos salido mutuamente enriquecidos.
           Por otra parte, al editar los textos era mi deber descubrir errores en los datos y en la forma de redactar; encontrar contradicciones, imprecisiones, ideas y argumentos inacabados... Y vaya que los había. Al discutirlos con sus creadores, casi siempre terminaban reconociendo que habían errado.
          Así descubrí que los autores somos personas comunes y corrientes, ninguna divinidad adorable (aunque algunos se campeen por la vida esperando veneración y reverencias porque publicaron algo -o mucho-, porque tienen grados académicos).
            Dialogando con ellas y ellos descubrimos la fuerza de las ideas, las distintas formas de expresarlas y compartirlas y cómo todo esto requiere no de ser alguien especialmente iluminado, sino personas con cierta disciplina como para poner por escrito o en audiovisuales los pensamiento construidos de manera conversacional y dialógica... Y claro, también con ciertos contacto para que alguna editorial o un medio los haga públicos y se llegue a más destinatarios que uno mismo.
           A partir de estas experiencias como ensayista, editor, articulista y de todo lo sucedido en los diálogos con los autores, me enfrenté a la gran riqueza del diálogo, mucho más factible de ser realizado frente a una taza de café o un vaso de alguna espirituosa (o tal vez algo más fuerte) con alguna vianda y una animada conversación. 
           En tiempos de los griegos como Platón, las personas se encontraban en los simposios... Se trataba de convites, de reuniones con comida y bebida suficiente para entregarse sin más al placer de compartir y debatir ideas. En un clima de ese tipo es más fácil entender cosas, juzgar su plausibilidad, sopesar su verdad... Eran encuentros con los conocidos, con los amigos, con los amigos de los amigos; verdaderos guateques en los que se celebraban las palabras, las ocurrencias, las ideas, momentos para discutir, consentir y disentir; para esclarecer (recuérdese el significado de aleteia, te puede servir leer APUNTES EN EL CAMINO: Soy filósofo y educador: ¡me encantan las desveladas!)
          De aquel entonces proviene el aforismo que en latín se escribió como In vino, veritas, con la que solemos referirnos a la forma en la que en la mesa, en la intimidad y la honestidad que dan comer y beber con los demás, podemos decir cosas que aunque parezcan informales, son portadoras de las verdades que iluminan nuestro día a día.
          En el simposio se "construye conocimiento", se "enmienda la plana", se aventuran hipótesis, se ensayan sus posibles respuestas... Y después, en la exigencia del silencio y la reflexión personal, se formulan las propuestas intelectuales que después son difundidas.

Tomarse un café con los autores

Imagen creada por IA en Copilot


La búsqueda de argumentos verdaderos o plausibles, la construcción de una forma de comprender la realidad solo puede ser el resultado de conversaciones francas y abiertas con otras personas. Toda construcción intelectual es, en última instancia, una producción dialógica. 
           Y conversar con los demás requiere, en última instancia, una camaradería que no es posible cuando la relación entre las personas se da en un contexto de servilismo, en el cual la autoridad es alguien ante el cual se suprime la inteligencia y se responde con mera voluntad de agrado o sumisión.
          A diferencia de la literatura, en la cual las historias o la poesía suelen imponerse por sí mismas, en el trabajo de investigación y estudio hay una cultura de culto al autor y sus formulaciones aceptándolas casi siempre sin más, llenando las propias producciones de un catálogo en muchas ocasiones servil de citas directas y otras solamente disfrazadas de indirectas por estilo, no por diálogo intelectual
           Hay que dialogar con los vivos, y con quienes siguen presentes a través de sus obras. Sentarnos a la mesa con ellos, tomar un café, hacernos y hacerles preguntas; si no a ellos directamente, sí a sus amigos -sus estudiosos o comentadores-, en el espíritu del dicho: los amigos de mis amigos son mis amigos. 
            Cuando lo que dicen (o escriben) nos llama de alguna manera la atención, hay que preguntar con esa naturalidad que tomar el café juntos nos da... ¿cómo se te ocurrió eso? ¿Por qué considerabas que eso era válido en tu época? ¿Seguiría siendo válido en estos tiempos, en un lugar tan lejano al tuyo? ¿De qué manera se parecía lo que vivías cuando pensaste y formulaste tu idea a lo que vivo? ¿Lo que dices tiene algo -de alguna manera- de transhistórico y transcultural? ¿Puede ser dicho con acierto de alguna otra manera, puede ser parafraseado? ¿Es tan contundente que debería decirlo con tus propias palabras? ¿Habrás tenido algún error en lo que señalas? E incluso expresar por qué se considera erróneo.
           Tras un convite (simposio) real o figurado puedo reposar un poco mi revolotear de ideas y entonces preguntarme: ¿todo esto, de qué manera enriquece mi propio entendimiento de las cosas? ¿Cómo las ideas de mi interlocutor pueden apoyar mi propia argumentación, mi discurso? ¿Cómo le dan claridad a mi propia metodología? ¿Cómo motivan y dan luz a mi propio posicionamiento frente a mí, frente a lo que vivo y reviso críticamente en mi reflexión, frente a lo que quiero comunicar?
            Tomarse un café con los autores es la única manera de volver vida las páginas que de otra manera solo serían un montón de letras sin sentido ni significado y que habría que repetir no por comprensión, sino por mero acto de fe en que las personas iluminadas son mejores que nosotros porque ellas y ellos están publicados y nosotros no.
           Tomarse un café con los autores es una gozada, porque en sus ideas encontramos el enriquecimiento de las propias y al final de cada sesión salimos más capaces de entender nuestro aquí y ahora y con mejores herramientas para diseñar la forma en la que en nuestro momento y lugar podemos dejar el mundo mejor que como lo hemos encontrado.

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viernes, 22 de abril de 2022

¿Extranjeros en nuestra propia casa? Apuntes sobre la palabra y la vida humana, con ocasión del día del libro

 Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más del autor, haz click aquí


Recuerdo cuando llegué a Bogotá, siendo muy joven todavía. Debí tomar un taxi en el aeropuerto El Dorado y el chofer resultó un hombre muy conversador. Lejos de sentirme acogido por el hombre, me sentí creo que incluso un poco angustiado: ¡yo no lograba entender gran parte de lo que me decía a pesar de que ambos éramos hispanoparlantes! Seguro que el uso de las palabras, varias de las cuales eran desconocidas para mí o al menos tenían un significado diferente La situación en el momento resultó incómoda y si hubiera durado más, se hubiera vuelto desquiciante: ¡¡¡nunca pensé que hablando el mismo idioma -aparentemente- me sentiría tan extranjero!!!

Recordé la experiencia cuando leía el libro La buena y la mala educación. Ejemplos Internacionales (versión en castellano 2012, Ediciones Encuentro), de Inger Enkvist. En este texto la pedagoga sueca -asesora de ministros de educación y organismos internacionales- hace una crítica a los llamados "nuevos" modelos pedagógicos. El libro todo vale la pena, pero no es mi intención en esta ocasión reseñarlo.

Un conjunto de reflexiones de la académica sueca provocó mi recuerdo bogotano y al paso de los días el de otras varias experiencias que he vivido como educador en diferentes ambientes.

 

Cuando no tenemos palabras

El lenguaje, las palabras nos introducen en la relación con los demás y con el mundo: nos dan usos, significados, nos permiten conversar, charlar, jugar, pero también dialogar, entender los sucesos, relacionar sentidos, acontecimientos... Nos dan una visión del mundo.

La cotidianidad nos da palabras. Con ellas resolvemos lo muy inmediato: la convivencia con nuestros más próximos: familia, amigos, incluso dándonos oportunidad de ciertas complicidades que tejen las relaciones y que permiten que con nuestros allegados no tengamos que "poner todo sobre la mesa" para explicar aquello a lo que nos referimos. Este vocabulario nos llega espontáneamente y es útil para nombrar lo que tenemos allí, enfrente.

Se tratan de palabras que nos dan seguridad, certeza, que permiten las preguntas muy primarias de la niñez que se convierten en respuestas de primera mano que se pueden llegar a volver "LAS inamovibles respuestas que guíen nuestra vida"

Sin embargo hay palabras que no nos da la cotidianidad ni tampoco nuestros cercanos -o no en muchos casos-. Hay vocablos, términos, signos que requieren ser adquiridos fuera de casa, del parque o lugar de reunión con los amigos y que nos permiten movernos en situaciones mediatas, comunicarnos con otras personas que, como nosotros, tienen sus propios códigos comunicativos, pero que necesitan ensancharlos para dialogar, para tomar acuerdos, para poder incluso plantearse preguntas más pertinentes ante la realidad.

Cuando tengo clases con mis estudiantes universitarios, muchas veces sienten la angustia de no entender lo que estamos discurriendo en muchos momentos y no solo porque se trate de una disciplina que les es ajena -filosofía-, sino porque carecen del vocabulario que les permita entender más allá de lo de todos los días en su vida personal y profesional. Debemos avanzar paso a paso, definiendo términos, repitiéndolos, porque son la mejor forma de hablar de algo que de otra manera quedaría en una mayor vaguedad. Y entonces, al poder conversar oralmente y por escrito con más palabras, podemos entender muchas más cosas que nunca habíamos entendido: literalmente, nos sentimos ciudadanos de un mundo mucho más grande que nuestra propia contigüidad.

Cuando faltan las palabras, no podemos razonar el mundo, nuestras explicaciones se vuelven extremadamente emocionales, nuestras preguntas no pasan de niveles ingenuos. Y si tenemos que relacionarnos con más personas, incluso en nuestra propia localidad nos sentimos extranjeros en nuestra propia casa. Nos da miedo, se desarrollan incluso sentimientos xenófobos con nuestros vecinos, a quienes vemos como verdaderos e incomprensibles extraños, aun cuando aparentemente pertenezcamos a un mismo grupo lingüístico. Y todavía más, nos volvemos susceptibles de manifestación, porque no logramos crear un criterio propio más allá de lo que resuelve nuestros problemas domésticos y con suerte vecinales.


Las palabra nos desafían

Desde que yo recuerdo la carencia de lenguaje es algo ordinario. Pero como militante de mi hoy y de la educación y la comunicación de mi tiempo, claro que veo que hoy hay condiciones que desafían nuestra inserción en un mundo más amplio de palabras: el privilegio de los mensajes breves de texto en las comunicaciones cotidianas, de las redes sociales en la interacción social, la siempre pendiente tarea del fomento a la lectura, el mayor impacto inicial de la imagen en el acceso a la realidad.

Todo ello tiene muchísimas posibilidades, de verdad lo creo... no es una catástrofe per se el mundo cultural en el que nos toca desarrollarnos, pero sí nos desafía a convertirlo en posibilidades para poder interactuar con nosotros y con el mundo del cual tenemos que encargarnos ciudadanamente con posibilidad de comunicación y de entendimiento que sean capaces de conservar y transformar humanizantemente la realidad en la que existimos.

Frecuentemente veo invitaciones a promover la lectura. Siempre hay un primer rechazo en mí al verlas, porque cuando la lectura es el mero reconocimiento de grafías, no contribuye a salir del imperio del inmediato aquí y ahora... Leer sin aprender a comunicarse pensando es una apuesta muy incompleta: pasar del analfabetismo craso y el analfabetismo funcional a la competencia comunicativa es una gran apuesta (es posible que te guste leer Analfabetismo e incompetencia comunicativa)



Creo que el desafío es educarnos a dialogar (puedes profundizar el tema del diálogo en ¿Es posible el diálogo intergeneracional?), a compartir el patrimonio común del lenguaje, a ampliar juntos nuestra visión del mundo para poder ser menos marionetas del destino y más protagonistas de nuestra vida.

Proponer la lectura, la escucha, la escritura es un desafío que bien vale la pena tomar por los cuernos. Hoy debería haber menos pretextos, porque tenemos muchísimos más medios a nuestra disposición: radio, tv, streaming de video, de audio, libros en papel, libros en digital; servicios de mensajería para comunicarnos; redes sociales para manifestarnos, para leernos, escribirnos, hablarnos.

Pasar de extranjeros en nuestra propia casa a vecinos glocales (habitantes de lo global y lo local), capaces de vivir emocionalmente nuestra existencia, pero también de interrogarla, de pensarla, de ayudarnos para relacionarnos con los demás con el patrimonio del lenguaje acuñado para expresar la realidad y la posibilidad de que nos da la creación de neologismos para nombrar de mejor manera todo aquello que nos atañe.



En el día del libro pienso en lo definitivo que ha sido para las posibilidades de la humanidad llevar las palabras del ayer al hoy, del aquí al allá este excelente medio de portación de lo más profundamente humano. Ha roto las fronteras no solo de los países, sino de la intimidad, el hogar, el vecindario para reconocernos ciudadanos de muchos mundos, co creadores y recreadores de la historia. Seamos autores y lectores, compartidores de significados y prácticas que nos llevan a la autonomía en alteridad y mundanidad; es decir, a poder ir siendo cada vez más nosotros mismos por, con y para los demás, humanizando el mundo que es nuestra casa común.

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