Caminar, vivir, compartir...

Durante años viajeros han apuntado en libretas sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades... Esta es una de ellas, con los apuntes al vuelo de este viajar por la vida . Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir los apuntes que van haciendo de su caminar por la vida.
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miércoles, 13 de enero de 2021

¿TERAPIA PARA CUERDOS? Orientación filosófica para la vida

Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí
Cuidado y corrección: Socorro Romero Vargas

Lo recuerdo con mucha claridad: pasó en una clase de la más abstracta filosofía -ontología o tratado del ser- y me cambió la vida.
    Sucedió hace muchos años, en mi juventud... Entender las cosas de otra forma, una más razonable, menos por lo que me habían dicho y más por como son las cosas, por el sentido que tienen -lo digan o no los demás- me provocó un vuelco que fue el principio de quien en mucho soy ahora.
          Dialogar filosofando o filosofar dialogando me ha abierto puertas para vivir menos angustiado, para tomar decisiones buscando en ellas lo que más me permita crecer por, con y para los demás en el contexto específico en el que me encuentro; me ha permitido ser más compasivo, tolerante, pero también determinado, con una identidad y un carácter fuertes.
          No soy el único a quien le ha pasado esto. Ger Achenbach, en los ochenta del siglo XX, habiendo constatado que la filosofía puede orientar la vida, propuso crear espacios de asesoramiento filosófico, algo así como una terapia para cuerdos, como dice Marinoff que la nombró su colega Peter March. Aunque en realidad no se trata de una terapia alternativa, sino una alternativa a la terapia que ayuda:
  • A clarificar las ideas y estructurar mejor la visión del mundo. 
  • Entender mejor las cosas "que nos traban en la vida".
  • Tomar una postura ante la vida y las situaciones que hay que lidiar en ellas, tomando en cuenta las opiniones de los demás, pero trascendiéndolas en busca de sus fundamentos.
  • Vivir con mayor tranquilidad al entender el significado de las cosas y ubicarlas en el contexto en el que se vive.
  • A dialogar razonablemente y a partir de ello tomar decisiones lo más sensatas posibles en un momento.
  • Convivir tolerantemente y construir una relación constructiva y pacífica con quienes nos rodean al permitir entender y relativizar las distintas posturas ante situaciones específicas.
En una charla con Sergio Mendoza realizada en Expert vox, hablamos al respecto. Puedes ver el video completo siguiendo el hipervínculo.

martes, 10 de noviembre de 2020

En busca del equilibrio (posiblemente) perdido

Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más sobre el autor haz click aquí.
Edición y cuidado del texto: Socorro Romero Vargas

Muchas personas en nuestro país y el mundo han visto revolucionada su vida diaria a raíz de las medidas de aislamiento que trajo consigo la pandemia: trabajo en casa, clases en casa, ejercicio en casa... Para algunas ha sido oportunidad de reconstituirse como personas, como familia. Pero me atrevo a decir que para muchas más ha supuesto en enorme desequilibrio.
    Mucha tinta se ha gastado ya en señalar que las cargas de actividad laboral y estudiantil han aumentado a niveles a veces francamente ridículos. El gremio magisterial -con el cual tengo más contacto- de repente tuvo que estar disponible desde muy temprano en la mañana hasta entrada la noche para atender a padres de familia, directivos escolares e irónicamente hasta a sus alumnos.

    Apareció el culto a las evidencias de aprendizaje y por una variedad de causas se volvió una tiranía: estudiantes, padres de familia y profesores comenzaron a vivir para hacer "trabajos y tareas", para calificarlos y con ello llenar los ojos de las autoridades que parecieron partir del hecho de que había que desconfiar de educandos y educadores por lo que decidieron cargarlos de trabajo.
    En mi entorno poco a poco ha crecido el número de papás que se cuestionan si no hubiera sido mejor dejar pasar el ciclo escolar, hasta que la escolarización estuviera mejor equilibrada, bien sea por el control de la pandemia o el de la modalidad de trabajo en casa. Atisban que la dinámica de las personas y sus familias amenaza su salud física y emocional, pone en riesgo el bienestar.
    Creo que algo parecido ha sucedido en otros oficios y profesiones, incluso alguna reflexión ya he publicado al respecto (https://misapuntesenelcamino.blogspot.com/2020/06/el-trabajo-en-casa-nuevo-rostro-del.html): el trabajo en casa se presentó como un canto de las sirenas ante el cual si se sucumbe termina uno devorado por algo que -tal vez- no sea lo más importante de la vida.
    Hay que buscar el equilibrio que parece estársenos perdiendo. Ingeniárselas para que en caso de que se hayan diluido sean recuperados los momentos para el descanso, para la convivencia con los amigos, para la activación física: el uso placentero del tiempo que no re-crea, nos reconstituye (https://misapuntesenelcamino.blogspot.com/2018/07/actividad-fisica-re-creacion-y-descanso.html).
    Para ello es importante relativizar el valor que se ha dado a la febril actividad laboral, a la demandante dinámica escolar. Como señalaba a tres meses de desatadas las medidas frente a la pandemia: dialogar con los jefes, con los clientes, con la familia y llegar a acuerdos que permitan que aunque el trabajo sea en casa tenga límites más claros que, al fin y al cabo, redundarán en un mejor rendimiento de cada persona en lo laboral, lo familiar, lo personal e incluso lo social.
    Se trata de poner en un lugar privilegiado del conjunto de las cosas que valoramos al bien-estar que permite el bien-vivir y desde ellos decidir cómo articular nuestro día a día. Y solo lo haremos si nos sabemos, sentimos y vivimos como protagonistas de lo que acontece en nuestra existencia y no como meros objetos a merced del uso que quieran darle los jefes, los clientes, los directivos, los profesores e incluso nuestros malsanos impulsos de refugiarnos en el trabajo para no vivir las demás dimensiones de nuestra existencia. Se trata de desarticular el desequilibrio, que no es sino un desorden establecido que se disfraza de algo "normal" para estos tiempos, pero que termina siendo deshumanizante. ¿Tarea difícil? Por supuesto; ¿imposible? De ninguna manera.


domingo, 26 de julio de 2020

¿Qué y cómo esperar del futuro? Apuntes sobre esperanza en tiempos oscuros

José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más sobre el autor, haz click aquí

Tiempo para la esperanza


Es indudable. Hay muchas situaciones en la vida en la que las cosas nos resultan adversas, desconcertantes, amenazantes. Ante ellas confrontamos nuestra vulnerabilidad y de alguna manera nos invaden el miedo, la falta de certeza, la pérdida de las seguridades.
          Cuando ante el tastabilleo del presente pensamos en lo que sigue, lo que vendrá, hay una sensación de incertidumbre, de un futuro deseado "como antes" que no sabremos si vendrá y uno impensado que seguramente será el que vaya llegando, día a día, pero que nos atemoriza.
          Como todo proceso que se da en claroscuros podemos quedarnos inmóviles, desconcertados. También podemos echar mano del patrimonio de la espiritualidad y armarnos de esperanza, la seguridad de que un futuro con oportunidades humanizantes llegará. 
          Esperanza pasiva llaman algunos a la que se espera tratando sin más de acomodarse a las cosas como se presentan. Me parece a mí que es la que se produce cuando se vive la espiritualidad como algo separado de lo cotidiano, del lugar donde las personas tenemos que interactuar para concretar posibilidades vitales.
           Esperanza activa es la que se construye con un horizonte espiritual -que preña el futuro de posibilidades humanas- y una praxis sociopolítica en el que se trenzan lo fáctico con lo posible; lo dado con lo dándose y por darse.

Esperar integralmente

Hace algunos días me invitaron a un taller de esperanza activa, inspirado en la propuesta de Joanna Macy y Chris Johnstone, quienes en 2012 publicaron su propuesta / experiencia en el libro Esperanza activa. Cómo enfrentar el desastre mundial sin volvernos locos. El enfoque me parece práctico y aplicable en todas las esferas de nuestra vida. Lo comento brevemente.
           La Esperanza, cuando es totalmente externa al sujeto, se vuelve pasiva, como se ha dicho anteriormente. Depende de un ente como Dios o de la configuración del mundo que actúa independientemente de nosotros.
          Una visión más integral parte de que si bien hay muchas cosas que están por encima de nuestros afanes y voluntad, la suma total de las cosas nos incluye, porque somos fracción de ellas y una fracción que puede comprometerse no solo con el reino de las cosas tal y cual suceden; sino también con el de las cosas que pueden suceder y ante las cuales nos comprometemos para apostar a que sucedan.
           En la esperanza activa las personas podemos dialogar con la realidad y encargarnos de ella mientras nos carga porque ante escenarios oscuros entrevemos algo de luz y nos disponemos individual y comunitariamente a caminar hacia ella, sin perder de vista que la dualidad luz-oscuridad allí estará siempre.
           Me gusta el enfoque de la espiral del trabajo que reconecta de Macy y Johnstone y que presenta en Miguel González Martín en un texto de mayo del 2020 del blog jesuita Cristianisme i Justicia (si quieres leerlo, haz click aquí).
           Es posible ensayar creativamente soluciones posibles para las situaciones que se nos presentan -como la pandemia del Coronavirus y las consecuencias que conlleva- con cuatro acciones que no son linealmente rectas, sino simbólicamente espirales, como indicando la procesualidad de crecimiento humanizante que potencian.

Andar el camino  de la esperanza

https://wiccareencarnada.net/
Todo comienza -en primer lugar- con el agradecimiento, esta disposición que nos lleva a ver incluso en lo más oscuro la presencia de lo luminoso; es decir, incluso en la situación más desfavorable para el crecimiento humano es posible con mirada agradecida encontrar posibilidades para ser más, para ser por, con y para los demás, para humanizar el mundo y mundanizar lo humano (puedes leer este texto: 
Agradecimiento y esperanza). 
           Agradecer construye una perspectiva emocional e intelectiva de bien ser y bien estar que se vuelven la base para confiar en que si ya ha sido posible, podrá volver a serlo y que bien vale la pena trabajar por ello.
          En un segundo momento (que en realidad en la temporalidad es prácticamente simultáneo) hay que honrar nuestro dolor. Esto significa que hay un compromiso de no darle la palabra definitiva, esa que paraliza, que hace parecer que es real la existencia de la oscuridad total. 
          Darle la cara al dolor, nombrarlo en su origen y en su forma lo relativiza. Convierte las figuras de apariencia gigante en situaciones reales, ni más ni menos grandes e importantes de lo que son. Las ubica en el conjunto de las cosas, las pone en perspectiva. Permite ver que en situaciones dolorosas anteriores todo terminó pasando, porque no hubo mal que durara cien años ni cuerpo que lo resistiera.
          Y así, honrando el dolor es como lo inmovilizante se convierte en energía para el cambio, pone a las personas en el flujo de la historia y no en su contra, disponiéndole para seguir avanzando en la espiral del trabajo que nos reconecta con nosotros, los demás y lo demás.
           Si se quiere avanzar en el compromiso esperanzado, es necesaria una tercera acción: ver con ojos nuevos que significa varias cosas, pero nunca seguir mirando con ojos de caos y de destino malogrado lo que vivimos. Hay que dejar la visión limitante del "así son las cosas, ¿qué le vamos a hacer?"
           La visión de la esperanza es holística, mira la interconexión de las personas, las situaciones, las cosas y los sitúa en su horizonte más amplio, lo que genera una mirada del poder en la cual las personas también son protagonistas y no solo los acontecimientos (no cabe el fatalismo, solo el realismo de que la existencia no se reduce ni a lo que es la persona ni a lo que no es). Se deja atrás la vivencia del poder sobre (en cualquiera de sus dos vías el poder sobre mí o el poder que yo tengo sobre algo) para entrar en la dimensión sinérgica del poder con en el que el tiempo también es mirado ampliamente. 
           Cuando estamos desesperanzados y desesperados miramos las cosas de manera muy inmediata, sintiéndonos impotentes ante algo tan puntual. Una vez que nos esperanzamos vemos nuestro poder porque vemos que lo vivido procede de un pasado que lo fue acunando y no termina en el presente, pues se prolonga hacia adelante, con nosotros e incluso más allá de nosotros.
           Llegados a este punto, entramos en el cuarto escenario de la espiral: nos ponemos en camino, pues el agradecimiento, enfrentar el dolor generando una visión distinta de la realidad y nuestros procesos en ella nos han mostrado que mientras hay senda hay futuro, posibilidades, nuevos lugares a los cuales llegar.
          Los nuevos ojos nos han mostrado las cosas como son, pero también como entrevemos que pueden ser y la única manera de hacerlas viables es avanzar en su construcción, que si bien se concreta en la carne y los huesos de cada individuo, se vuelve obra en la comunitariedad, en la cual se comparten el desánimo y el ánimo, las incertidumbres y las certezas, la soledad de la espera con la comunión de la celebración de lo venido y lo porvenir. Es en comunidad que las frustraciones son solo notas del camino, pero no la melodía completa.
           Domingo Savio -adolescente del colegio de Juan Bosco a mediados del siglo XIX- hablaba de que la santidad consistía en estar siempre alegres. Y es que el gozo interior brota del saber con los sentidos, la mente y el corazón que cosas buenas están sucediendo, así que vale la pena continuar la senda. Es una especie de motor y brújula, pues si el desánimo cunde, en algún momento de la espiral estamos extraviados.

La dimensión socio-política de la esperanza

Proveniente del mundo de la espiritualidad -que solo cuando es inauténtica pertenece al más allá- se convierte en un compromiso con el más acá, desmintiendo al menos en parte la visión de que lo espiritual va en detrimento de lo material.
          Cuando se vive la unidad de lo humano y lo que humaniza se entiende que la esperanza lleva a un compromiso social y político. Nos convertimos en personas con el poder suficiente como para negociar con otros las acciones que hay que realizar para que lo incierto, "el caos" social no nos fagocite; para pasar de ser espectadores a ser protagonistas; de estar en las gradas a vivir a nivel de cancha. Y es que somos seres que nos construimos en la solidaridad y esta se concreta en la participación política (puedes consultar este texto sobre la dimensión antropológica de la solidaridad haciendo click aquí y sobre la politicidad de la existencia humana que se mal logra en el individualismo del idiota, el despreocupado de los asuntos de la polis, como lo llamaban los antiguos griegos. Haz click aquí)
          Soy consciente: los ciudadanos de final del siglo XX y los primeros lustros del siglo XXI podemos estar hartos de la política y de los políticos y hablar de la dimensión socio-política de la esperanza puede sonar anacrónico, inviable o manipulador para el beneficio de unos cuantos. Nos hemos llenado la boca para hablar del mundo fracasado que nos ha tocado vivir por la ineficiencia de la política. Pero justo este es de los puntos ante los que hay que generar una visión renovada.
          En el difícil terreno de la interacción de las personas y su circunstancia para construir posibilidades humanizantes hay que avanzar espiralmente, como se ha dicho: agradecer lo mucho que hay caminado (es muchísimo si se le mira humildemente como exige ser realista) sabiendo que lo doloroso en algún lugar ofrece oportunidades que se descubren miradas las cosas de otra manera hasta asumirlas al andar caminos renovados o incluso nuevos.
           Sociopolítica no es magnificencia, sino pequeñez; no es soberbia, sino humildad. La suma de las interacciones es de muchísima humanización que se construyó un paso a la vez, sin prisa, sin pausa, como todo lo que en realidad va logrando el compromiso ciudadano cuando se enfrenta a los problemas cotidianos y también a los extraordinarios. La concreción sociopolítica de la esperanza es un andar que suma, especialmente cuando parece que todo a nuestro alrededor resta.
         


miércoles, 1 de agosto de 2018

Soy diabético y tengo mucho por hacer... Hacia una vida saludable


José Rafael de Regil Vélez

Una historia como la de muchos

Tuve una infancia normal para la década de los setenta: en la calle disfruté todo tipo de juegos, anduve tras pelotas de futbol, pedalee una y otra vez la bicicleta por la mayor parte de la ciudad. Mi juventud fue activa: los deportes de conjunto se me volvieron importantes y participar en competencias no menos, así que además de "cascarear" entrené volibol y basquetbol hasta los 25 años. Después comenzó a suceder lo "normal" en la vida del adulto: vino el trabajo, la vida familiar con hijos pequeños, y el dinamismo se fue transformando poco a poco -sin sentirlo- en algo más sedentario.
          A los 31 años tuve una lesión que terminó de completar el panorama: el tendón rotuliano derecho se desprendió de la parte inferior y hubo que ponerlo en su lugar y dejar poco más de cuatro meses de reposo total para que se reinsertara. Esa inactividad provocó mi primer gran subida de peso y una gran disminución de movilidad pues perdí figuradamente el 100% de masa muscular durante la convalecencia y los tendones estaban sumamente rígidos, además de que se alteró la mecánica del movimiento de la rodilla y eso me resultó incómodo. Debo decir que nunca rehabilité del todo.
         Diez años después, todavía con un gran sobrepeso, me rompí en dos el tendón rotuliano izquierdo, otra vez al proceso de rehabilitación en medio de una vida sedentaria y la prioridad de mi cotidianidad puesta en otras cosas de la vida: se hizo más difícil tener una vida saludable: poca actividad, poco descanso nocturno, sobrecarga laboral con stress...
         Pasó el tiempo. Un día sucedió que comencé a ver borroso, de una manera muy, pero muy anormal. Un par de jornadas después tuve mucha sed y allí sospeché lo que confirmé con el médico: el pancreas secreta insulina "defectuosa", así que la glucosa no puede ser asimilada adecuadamente por mi cuerpo; dicho más sencillo: soy diabético. Mi historia, hasta aquí, es como la de muchos: la plrioridad no es tuvo en vivir bien

La dejadez no tiene la última palabra

En mis conversaciones con el médico y las lecturas que hice entendí que para estar bien debía modificar mi forma de vivir cada día: actividad física, alimentación balanceada, menos carga de stress, mejor descanso, evitar infecciones y tomar la medicina que me indicara. 
          Para dar el siguiente paso
La primera tarea que acometí fue la de activarme. Recibí como obsequio un activity tracker (dispositivo para hacer seguimiento de mi actividad, que en esta caso fue de pulsera) y con él empecé a caminar. Era lo único que podía hacer: las piernas no daban para mucho, las rodillas me dolían y me sofocaba continuamente (¡¿Dónde habían quedado mis años mozos de deportista?!). 
          Entendí y asumí que si quería avanzar tenía que ser solo un día a la vez, una comida a la vez: en cada comida cuidar el plato del buen comer del diabético; en cada día dar al principio seis mil pasos, hasta llegar a 12 mil. Todo con una meta: controlar los niveles de glucosa.
          Fueron casi dos años de solo caminar, con una efectividad de más de 90%. Mejoró mi posibilidad cardiopulmonar, dejé de ampollarme los pies, corregí mi postura al andar. Llegó el momento de dar el siguiente paso: dejar el automóvil y utilizar como medio de transporte la bicicleta o el autobús urbano pero caminando varias cuadras a mi destino.
          Llevo año y medio como ciclista urbano. Tengo más fuerza en las piernas, puedo realizar un cardio más intenso, disfruto enormemente el viento en la cara, incluso la lluvia. Así que después de tres años llegó el momento de poner una nueva meta: la disminución de la medida de la cintura; por aquello del síndrome metabólico.
          Mi familia me provocó a entrar en un desafío para bajar de peso. Fue el disparador para entrar en la nueva etapa: revisar una vez más la alimentación, estabilizar las rutinas de cardio y dar un nuevo paso: la realización de ejercicios funcionales para fortalecer los músculos de todo el cuerpo, pero sin necesidad de utilizar aparatos que solo conseguiría en un gimnasio. Me he asesorado para ayudar a mi cuerpo en la casa, en el parque, organicé un desafío con mis compañeros de trabajo para que con metas individuales diferentes, compartiéramos que todos hagamos tres sesiones de ejercicio por semana.
          Hoy, tres años después, sigo siendo diabético, pero soy una persona muchísimo más activa: camino mejor, puedo subir y bajar escaleras más fácilmente (bajarlas me sigue costando por la falta de rehabilitación de los músculos de la pierna que estuvieron hipertrofiados durante mucho tiempo), realizo mis actividades diarias con más energía, como con mejor apetito. 
          Ha sido trabajo hormiga que me ha dado buenos primeros frutos. 
          Hoy sé que sí es posible ser una persona activa y con eso tener mejor calidad de vida a pesar de la diabetes.... o cualquier carencia de salud. El bienestar, el vivir bien, están al alcance de todos nosotros, solo es cuestión de comenzar con metas sencillas y trabajar en ellas un día a la vez; sin prisa y sin pausa.

sábado, 14 de julio de 2018

¿Para qué andar dando tumbos estando el suelo tan parejo? Reflexiones cínicas para nuestros días

José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más del autor, haz click aquí

La frase, como me la enseñaron de pequeño, es clara: "para qué andar dando tumbos estando el suelo tan parejo". Denuncia, a todas luces, un sin sentido: si el suelo está plano ¿para qué rebotar de un lado al otro del vehículo? Solo gastamos inútilmente energías y no avanzamos mucho en realidad...
          En la vida pasa muy parecido: dependemos mucho de lo que nos han dicho que deben ser las cosas o de agradar a las personas y por ello vivimos perturbaciones; vamos en pos de cosas que deseamos adquirir y no logramos dejar las que ya tenemos, vivimos apegados a un sin fin de artículos, pero también de personas y el apego nos perturba; muchas veces quisiéramos hablar y decirle cosas a las personas pero no terminamos de expresarnos libremente y nos perturbamos... 
          La perturbación nos roba espacios para vivir, nos mantiene intranquilos, nos mina oportunidades. Al paso del tiempo aparece la pregunta que bien vale afrontar de vez en cuando: ¿una vida en continua perturbación vale la pena de ser vivida?

Buscando pistas en el pasado

En la Antigua Grecia hubo hombres y mujeres (por increíble que parezca, también mujeres en un cultura tan misógina como la de los habitantes del Peloponeso) que por diferentes caminos llegaron a una muy parecida apuesta: vivir bien, tranquilos, imperturbados, en medio de la acelerada vida de sus conciudadanos, en las polis principales. 
          La forma en la que dicidieron vivir les valió el nombre de Cínicos (kinikos), perros... Decía que su actuar era como las de estos animales que pueden andar despreocupádamente en medio de la muchedumbre ocupándose de sus asuntos sin dejarse presionar por la forma de vivir de las personas.
          ¿Qué era lo que los distinguía y que les acuñó tal sobrenombre?
          En resumidas cuentas su ejercicios de cuatro actitudes: Anaideia, Adiaforía, Parresía y Autarquía.
  • Anaideia: es vivir en desapego a las personas y las cosas (indiferencia le llamaban en la espiritualidad clásica). Se trata de tener una relación con la posesión que sea mientras se necesite, y no más: usar una prenda de vestir mientras se necesite y ni un día más; tener con nosotros las cosas necesarias:, ni una más; tener la cercanía necesaria con las personas, pero no depender de su correspondencia para que la vida funcione.Se trata de una reacción a la esclavitud que nos genera el poseer y que nos carcome por dentro.
  • Adiaforía: es vivir con cierta desvergüenza, con irreverencia: ante las costumbres, los clichés, el status quo el cínico se sitúa relativizando las convenciones sociales que son supérfluas, alejadas de los comportamientos menos refinadas de la vida sencilla. La adiaforía es un poco provocativa, máxime cuando se actúa y el otro no espera que uno sea fiel a sí mismo, sino uno más que reproduce las costumbres sociales.
  • Parresía: hablar con libertad, decir lo que se piensa, ser fieles a la verdad que se ha encontrado con humildad, pero también con claridad y sin disimulo. Se trata de contraponerse a decir las cosas por quedar bien, sin poner en primer lugar la coherencia entre lo que se piensa y se vive.
  • Autarquía: gobernarse a uno mismo sin esperar la venia de los demás para los propios comportamientos. 
          A estas alturas los cínicos pueden parecer más bien descarados.... pero no es descaro, es simple y llana coherencia para vivir la ataraxia: la imperturbabilidad tranquila pero no desocupada... El cínico no es caprichoso, toma una postura intelectual ante la vida, la relación con las cosas y las personas; ante las afirmaciones que vale la pena decir, aunque no sean tan populares.

Del ayer al hoy: ¿ser cínicos en el siglo XXI?

Me parece que sí... que hoy ser de alguna forma cínico nos permite dar pasos para una buena vida, pues solemos vivir dándole demasiado valor a situaciones, personas, cosas hasta que se vuelven en los dueños y destinatarios de nuestro actuar, de nuestra propia vida: agradar a la gente en el trabajo, tener los modelos preestablecidos de familia, utilizar el lenguaje del que nadie se escandalice, vestir de tal o cual manera, consumir bajo patrones de venta y no de necesidad real.
          Ser personas que "vivan su vida bien" requiere una profunda labor de relativización (no valemadrismo) que lleve a tomar postura ante algo de la manera más inteligente, abierta y crítica posible para desabsolutizarlo. 
          Por ejemplo: muchos de nosotros crecimos con una idea estática, rígida, de familia: el que se saliera de lo que habían dicho los tatarabuelos, los bisabuelos, los abuelos y los propios padres era anatematizado. Muchas personas nunca dieron pasos de mayor libertad porque le dieron un papel de ABSOLUTO a algo que no lo es. Se requiere una dosis de cinismo para entender que la familia es un conjunto de relaciones sociales, económicas, de cuidado, de cariño que sirve para encauzar el bien de sus miembros y potenciar su crecimiento como seres humanos.
          Otro ejemplo: las mujeres y los hombres hemos sobrevaluado el trabajo, al grado que pensamos que el trabajo somos nosotros mismos y el día que nos pensionamos o nos desemplean nos percibimos como si fuéramos nadie.... Hemos llegado a pensar que el trabajo dignifica a las personas, cuando somos estas las que dignificamos a aquel.
         Uno más: sufrimos, nos enojamos, incluso reaccionamos violentamente cuando "nos ofenden" sin habernos detenido a pensar que estamos dando una importancia exacerbada al dicho de otra persona, que puede ser a todas luces erróneo y parcial, pero lo asumimos a tal grado que nos sentimos ofendidos y no percibimos que así como nos sentimos de esa forma podríamos ni siquiera inmutarnos: que digan que soy puto no me convierte en tal; ni que digan que mi madre lo es la convierte en tal.... Como no logramos entender que la realidad es por lo que es, no por lo que diga una persona a la que le conferimos demasiada autoridad frente a nosotros mismos, sufrimos innecesariamente.

Pistar para ser -al menos- medio cínico en estos días

Sufrir innecesariamente puede ser cambiado en una vida más tranquila si logramos relativizar las cosas, las relaciones, los decires y pensares para ponerlos en su justo medio: ni más ni menos. 
          Se trata de tratar de entender las cosas por sí mismas, haciendo de alguna manera de lado lo que nos han dicho sobre ellas. Tener una idea lo más razonable posible de qué es una amistad, qué es una familia, un trabajo; de qué va la política (más allá de sus fanáticos); qué tan grande y tremenda es una enfermedad, para qué sirve vivir día a día.... 
          En fin: muchas cosas que requieren de nuestra indiferencia, nuestra libertad de posesión, de palabra y que ponen en juego las posibilidades de ser gobernados en última instancia por nosotros mismos, en una justa autonomía.

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