Jaimito* estaba en el inicio de la vida, José* en su adultez madura y Graciela* en lo que podría considerarse la recta final de ella. Los tres nos dejaron con muy poca diferencia de días entre ellos, en formas, lugares y con compañías diferentes y sin embargo nos regalaron el mismo mensaje: si estamos dispuestos y mantenemos apertura, por doloroso que resulte, la muerte nos regala vida.
Jaimito se fue de un momento a otro... dejó a todos atónitos por su partida sorpresiva, porque tenía toda la vida por delante. Para sus más, más, más cercanos quedó la pregunta tan vieja como el género humano, tan nueva como cada acontecimiento ante el cual vuelve a ser formulada: ¿cómo se hace para seguir viviendo cuando la muerte arrebata la vida del inocente.
José regresaba de un viaje familiar vacacional al cual se había ido lleno de ilusión por el proyecto que había preparado para postularse como estudiante de un doctorado, ya con la experiencia laboral tan amplia con la que contaba y con un horizonte reflexivo construido a lo largo de los años, de la lectura, de las mil y un conversaciones tenidas... Llegó a casa y a los minutos fue sacudido por un infarto que terminó con su vida, que transformó la dinámica familiar y un amor largamente acuñado y cuidado.
