Caminar, vivir, compartir...

Durante años viajeros han apuntado en libretas sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades... Esta es una de ellas, con los apuntes al vuelo de este viajar por la vida . Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir los apuntes que van haciendo de su caminar por la vida.
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lunes, 23 de agosto de 2021

El Pacto Educativo Global: ¿utopía o realidad?

Autores: Eduardo Corral y José Rafael de Regil Vélez

Una tarea urgente que nos compete a todos

Educar: el compartir humano que posibilita de distintas formas que las personas descubramos en nosotros, nuestra relación con los demás y nuestro ser en el mundo el llamado que tenemos para realizar integralmente nuestra existencia.
           Se trata de un pacto educativo que involucra a las nuevas y anteriores generaciones, a las familias y la sociedad; a las distintas instituciones sociales y políticas. Más todavía involucra a países e instituciones transnacionales. 
           En septiembre de 2019 el Papa Francisco, con la UNESCO, invitó a todos los actores sociopolíticos a sumarse al reestablecimiento del pacto educativo global. Como señalan los provinciales jesuitas latinoamericanos, este compromiso que es personal y conjunto implica: 

viernes, 14 de mayo de 2021

Yo sí creo en los maestros!!!

 Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más del autor, haz click aquí 

Una realidad controvertida

Desde muy joven he escuchado quejas en contra del magisterio como colectivo y de muchos maestros en lo particular. Creo que a mí -que no soy joven- no me tocó crecer en esa época dorada en la que el maestro, el médico y el enfermero eran la triada que permitía que las mujeres y los hombres de las poblaciones se supieran a buen resguardo de cualquier acechanza personal y social.
                Diversos hechos han creado un clima de animadversión frente al profesorado: sin dudar, diría que el bajo nivel académico que algunos pueden tener y que se arraiga en una situación de poquísimo capital cultural en muchísimos lugares de nuestro país; las acciones políticas que han realizado durante décadas que incluyen tomas de zócalos en muchas entidades, las manifestaciones y marchas que han llevado consigo desquiciamiento vial y exageración de ánimo entre muchos ciudadanos; la suspensión de clases en muchas escuelas en el territorio nacional. 
           Ni qué decir del sistema de compra-venta-herencia de plazas que existió en el magisterio oficial, los excesos a los que llegaron algunos líderes sindicales del gremio.
               Todo ello aunado a la manera en que la prensa, la radio, la televisión y en la actualidad las redes sociales han presentado esta parte de la historia... 
                 Soy normalista, he ejercido mi profesión en diversos niveles educativos, tengo entrañables amigos maestros y jamás pretenderé tapar el sol con un dedo, así que reconozco que la relación de la sociedad con sus maestros tiene visos complicados. Y sin embargo, yo no me quedo solo con esa parte de la historia.

El otro lado de la moneda

Hoy me parece justo poner en la mesa la otra cara de la moneda: es necesario decir que los profesores no son el mal necesario de nuestra vida.
Día a día hay educadores que realizan su labor con profesionalidad y entereza. Soy testigo del esfuerzo que hacen por entregar fines de semana para formarse más allá de los cursos de capacitación que les pide al inicio del curso la SEP. 
Miles de profesores participan en posgrados de profesionalización docente. He visto y he acompañado la formación  de profesores en lugares de Tabasco, Veracruz y Guerrero. Mis  colegas-discípulos han viajado toda la noche para llegar a clase, y soy testigo de que pese al cansancio se han esforzado por hablar, discutir, reflexionar, graduarse, incluso cuando en varias entidades su afán no fue contabilizado para el sistema de mejora de salario y condiciones laborales.
                Hay profesores de todos los niveles que se presentan a dar clases en condiciones reales de carencia: sin aulas, sin mobiliario. A lo largo de mi vida he podido atestiguar cómo el esfuerzo de docentes, padres de familia e incluso alumnos ha logrado que de estar arrinconados en una dependencia pública tomando clases o en un terreno mal adaptado se pase tras años de gestión, de compromiso económico incluso, a instalaciones más apropiadas para la tarea educativa.
                También existen profesores quienes a pesar de los años en servicio se cuestionan cómo han de realizar su vocación creando los mejores ambientes para que sus educandos puedan aprender. Intentar innovar en su aula, dar cabida a mayores espacios para el juego educativo, para la participación en la vida social por parte de sus educandos.
                He presenciado el servicio de profesores en comunidades que todavía hoy están lejos de muchas cosas: colaboran en las gestiones con las que se han conseguido la llegada de la energía eléctrica, de los servicios de dependencias vinculadas al agro;  en el archivo del lugar, en la organización de las asambleas del pueblo. Son un referente comunitario.
                Siendo padre de hijas que fueron a escuela pública puedo decir sin temor que habiendo trabajadores de la educación que nada debían hacer en sus secundarias y preparatorias, conocí personalmente a quienes no se dejaron llevar por la apatía ni cayeron en la tentación de echar la culpa a los demás, excusándose de una mala docencia porque los otros actúan irresponsablemente y sí dando la cara por su didáctica, por su práctica. 
                  Más de una vez apoyaron a chicas y chicos que se han metido en problemas más allá de las aulas y les buscaron ayuda profesional o se ofrecieron a facilitar el diálogo familiar.
                También –y esto es trascendental- hay quienes, a pesar de lo sospechoso que parece socialmente, trabajan para que sus educandos sean más críticos, creativos, libres, capaces de incorporarse a la vida pública como ciudadanos responsables. Que no cejan en la labor política de formar en que una vida con base en los derechos humanos es más que recomendable: necesaria.

Creo en el magisterio

Hoy que en los medios y en el clima social los profesores son vistos con desdén y sospecha nos conviene a todos ser coherentes con la verdad de que junto a nosotros hay mujeres y hombres que responden a la vocación educativa de sumarse a la construcción de pequeñísimos pero reales espacios humanizantes que son la semilla de la esperanza en que un mundo mejor está desde ya cada día también siendo posible. 
                Y en la lógica de la siembra, de la semilla, del cultivo, de lo pequeño que se hace enorme (y que no es la de la reducción de la actividad humana significativa a funcionalidad sin base antropológica) puedo decir que:
               Creo en el magisterio, creo en la trascendente labor hormiga que muchas mujeres y hombres desempeñan en las aulas y más allá de ellas. Soy un orgulloso normalista, docente en activo, formador de docentes y lo soy por mi familia y por los maestros que he tenido a lo largo de la vida. Creo en mis estudiantes de posgrado, educadoras y educadores que no cejan en su empeño por compartir la buena noticia de que ser humano es posible. Creo en mis colegas también comprometidos con la formación del profesorado y creo en las familias que hacen equipo para que la educación de sus hijos tenga lo mejor de la casa y de la escuela.
No me cabe duda de que la educación es fundamental en la construcción de las posibilidades humanizantes y apuesto con quienes las siembran en la pequeñez de su fragilidad humana, en la grandeza de su corazón educativo.

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miércoles, 12 de agosto de 2020

Para gozar la docencia: planearla, planearla, planearla

 Celine Armenta Olvera

Cuidado y corrección: Socorro Romero Vargas

Docentes y estudiantes pueden situarse ante la enseñanza y el aprendizaje de manera gozosa en un acto profundamente humano de sentirse vivo. La clave para lograr esto es la planeación educativa que permite situarse ante la práctica educativa apostando por el futuro, por la creatividad, todo aquello que lanza a buscar horizontes de personalización. 

Celine Armenta Olvera, es una mujer inquieta y en búsquedas de innovación educativa, Cuando escribió este texto era directora del Departamento de Educación de la Universidad Iberoamericana Puebla y sostenía que los docentes y los estudiantes perdemos muchas oportunidades de gozar en la dinámica áulica cotidiana por no planear hasta el último detalle, por no considerar formas creativas de evaluar, de que los estudiantes inteligan, abstraigan, aprehendan de la vida el patrimonio cultural y las oportunidades de crecer como seres humanos que porta la educación. 

Este texto lo presentó a manera de ponencia en el Coloquio de Profesores 2010 de la Preparatoria Ibero Tlaxcala y conserva vigencia como una provocación para todos quienes acopañamos proceso humanizantes: bien planeada la docencia permite actividades de promoción del aprendizaje significativo y se desatan los procesos de gozo tanto en docentes como en estudiantes.

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Por una distorsión cultural y atávica, muy pocas veces hablamos de felicidad, gozo y placer como elementos constitutivos y legítimos de nuestra existencia. Procurarnos felicidad, gozo y placer es exigencia de nuestro “ser vivos”, lo cual somos de manera irrenunciable; si no vivimos, no somos. Esta procuración guía nuestras decisiones vitales: qué y cuándo comer, abrigarnos o no, descansar, dormir, soñar; y también la elección de pareja, de profesión y las primordiales elecciones cotidianas de seguir viviendo, de amar y seguir amando, de desperezarnos, bañarnos, llegar a trabajar.

Pero no sólo callamos el discurso sobre el gozo; también lo contrarrestamos. Desde una perspectiva crítica es claro que algunas profesiones, entre ellas la docente, se han envuelto en seudo valores cuyo cuestionamiento se evita y hasta se condena. Así, aunque ya no se define al docente como apóstol y mártir, se sigue considerando esencial cierto grado de estoicismo, de sufrimiento y sacrificio como parte de nuestro desempeño. La formación docente rara vez menciona al gozo, la felicidad y el placer como constitutivos del quehacer docente. Y quienes nos reorientamos hacia la docencia de manera más o menos autodidacta, tampoco solemos explicitar estas dimensiones.

Lo lamentable es que en nuestro caso “profesión es vida”. Otros profesionales pueden dedicar 40 horas semanales a un quehacer cuya principal finalidad es proporcionar los medios económicos, y quizás el estatus para gozar las restantes 128 horas. Pero en casos como el nuestro esto no es sano ni realista, y ni siquiera cabalmente posible. Fundamentarlo desborda esta ponencia, pero parece cierto que nuestra profesión docente nos acompaña inexorablemente al salir de las aulas.

viernes, 26 de junio de 2020

Las cuatro C de una educación pertinente para nuestro tiempo


Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más datos del autor, haz click aquí
Cuidado y corrección: Socorro Romero Vargas

Hace algunos ayeres -en 2015- escuché una intervención de Fernando Fernández Font, sj, -entonces rector de la Universidad Iberoamericana Puebla. El jesuita doctor en filosofía  señaló entre otras cosas que hoy una persona que haya hecho un buen proceso educativo durante sus años jóvenes debería poder ser caracterizado por cuatro “C”: compasivo, consciente, comprometido, competente. La idea es contundente e iluminadora, tanto entonces como hoy. La comento:
                De lo que se trata en educación es de acompañar el proceso por el cual una persona puede hacerse cargo de ser quien está llamado a ser, acompañado por, con y para los demás encargándose del mundo que les tocó vivir para que en él haya condiciones de vida sustentablemente digna, de cara a lo que dé sentido último a su vida. 
               Dicho de otra forma: acompañar a alguien en el proceso de asumir la responsabilidad de convertirse en persona (personalización); de construirse en la interrelación por, con y para los demás (socialización), a fin de hacer de su tiempo y su espacio un conjunto de posibilidades para vivir dignamente de manera sustentable (mundanización, ser-en-el-mundo)Esto sucede porque un ser humano que se abre a la vida necesita el acompañamiento de alguien que lo haya precedido y le comparta herramientas para hacerse cargo de su existencia... Digamos que le pasa los "trucos para ser humano".
                Entendidas así las cosas, una persona educada es la que puede establecer relaciones humanizantes consigo y con los demás, que es capaz de adaptarse al contexto social, político, económica y cultural en el cual es; que transforma su ambiente para heredar un mundo mejor que el que ha recibido.

Primera C: compasivos

Una mujer y un hombre se abren a la realidad, a sus contemporáneos no por ideas, sino por afectos y emociones: otras mujeres y otros hombres nos afectan (afectos) y provocan en nosotros reacciones que nos mueven (emociones) de una u otra forma. Es la única forma real de salir entrañablemente de nosotros mismos y encontrarnos con otros seres de carne y hueso como nosotros. Sin esta afectación emocional nos quedamos concentrados en nosotros mismos y nada nos mueve para descentrarnos, para salir, para encontrarnos. Aquí entra en juego la primera “C” de la educación, la de la Compasión.
                Alguien es compasivo cuando más allá de sus ideas y razonamientos es capaz de sentir a algún otro en lo que vive concretamente: su alegría, tristeza, frustración, dolor ante los triunfos, las derrotas, lo que le hace crecer, lo que lo estanca. Muy especialmente esto es importante cuando se vive en situación de vulnerabilidad, porque padecer con otro nos mueve a intentar actuar de tal forma que sea posible encontrar alternativas para salir avante afianzados humanamente. 
               Por ser compasivos es que nos alegramos, nos entristecemos, nos solidarizamos con los demás. Todavía más: es en la compasión donde nace el deseo real de cambio en las condiciones que dificultan que las personas se realicen por las situaciones particulares que atraviesan o por las generales que nos condicionan a todos. Todas las transformaciones en las que nos hemos comprometido con alguien en corto o incluso en lo sociopolítico han nacido de alguna manera porque ha habido gente compasiva que se mueve para responder al desafío de que su mundo sea más humano, de que a ella y a los suyos les sucedan cosas buenas para existir humanamente.

Segunda C: conscientes

Cuando uno compadece y se compromete a actuar corre el riesgo de hacerlo sentimentalmente, al calor de la emoción y muy posiblemente a tientas y a locas. Se requiere la segunda “C”: Consciencia. 
               Se es consciente cuando se puede caer en cuenta inteligente y críticamente de lo que son las cosas, de las condiciones en las que los humanos se encuentran, cuando la realidad encontrada es contextualizada en sus múltiples causas y posibilidades; cuando se es capaz de afirmar lo que las cosas son, pueden ser y deben ser y eso antecede toda actuación con, por y para el otro o uno mismo y permite su evaluación.
              La persona consciente se da cuenta de sí en su yo y en su nosotros (porque es por, con y para los demás), pero no de manera aislada, sino en el conjunto de sus relaciones fácticas (de las cosas que suceden), históricas, sociales, políticas, culturales. 
               Quien es consciente se mueve en diversos planos de acercamiento a las realidad: su funcionamiento, sus razones de ser, sus finalidades, sus contextos. Es alguien que se pregunta qué son las cosas, cuáles son sus relaciones, sus causas de origen (por qué son así) para qué son (sus finalidades), cómo funcionan. Y tratan de responder sin dejar siempre de preguntar y para ello recurren a lo que normalmente conocemos como racionalidad científica, filosófica, incluso teológica, sin dejar de poner los pies en la tierra en el más llano y cordial sentido común.
               En este sentido manejamos consciencia como sinónimo de criticidad: la capacidad de dar razón de lo que se dice porque se ha entendido y porque se puede afirmar o negar lo que se dice de ello.... La persona compasiva que quiere acercarse a los demás y a su mundo para hacer algo por la vida humana, tiene mejores herramientas cuando es consciente, crítica y entiende y afirma dialógicamente lo que son las cosas y también lo que pueden ser, sus posibilidades.  Ser consciente es un algo personal y social, construido en la reflexión y el diálogo.

Tercera C: Comprometidos

La consciencia para una comprensión razonable de los impulsos que suscita la compasión es importante, pero tampoco es suficiente: reclama la tercera “C”: la del Compromiso. 
              La persona comprometida es la que se hace cargo de la promesa que se tiene de que algo sea mejor (com-prometer), de tal suerte que actúa conforme al motivo que provocó la compasión y la inteligencia que supuso la consciencia. Se hace cargo de la situación, de las cosas, de la realidad promisoria de un presente y un futuro dignos.
                La persona comprometida ha formado y dinamizado su voluntad, la capacidad de ir tras lo que se quiere, lo que se desea porque de alguna manera contribuye a la realización.
                Emocionalidad sin voluntad, sin capacidad de compromiso es llamarada de petate, acción que se pierde una vez que ha cesado el primer impulso. 
                  Consciencia sin compromiso es sabiondez, petulancia intelectual que no lleva a ningún lado, porque no sale de regocijarse en un mundo intangible e inexistente de ideas, de explicaciones que terminan perdiendo su carácter de brújula de la acción para convertirse en excusa de la inactividad.
                  Se trata de ser persona de carácter, como decían los abuelos para referirse a quien valora cosas que encontró experiencial y emocionalmente valiosas para su vida humana; que entendió y afirmó su sentido humanizante y que es capaz de jugársela por lo que valora, de manera firme y flexible. Firme porque vive conforme lo que le es valioso, flexible porque es capaz de discriminar en las situaciones concretas y momentos específico qué cosas contribuyen más a su realización con, por y para los demás en la construcción del mundo. 
                   Compromiso sin consciencia y sin compasión se vuelve intolerancia, fundamentalismo, voluntarismo. 
                   Las personas muy comprometidas que no se relacionan compasivamente con los demás los aplastan en nombre de sus valores; cuando no entienden se vuelven rígidas y son capaces de perder su vida insensatamente por algo que en una situación concreta podría no ser tan valioso, como cuando un maestro prefiere poner un no aprobado antes que asegurarse de que pueda haber más oportunidades para el aprendizaje: no ha entendido para que se evalúa y no lograr 

La cuarta C: Competentes

Y así se llega a la cuarta “C”, la de las personas Competentes, que son  capaces de disponer de una buena actitud y movilizar sus conocimientos y habilidades para afrontar cualquier situación problemática y convertirla en una solución realista, oportuna, constructiva, creativa, justa, solidaria, promotora de libertad y crecimiento humano.
                  Cuando era niño escuchaba que "Dios nos librara de los tontos con iniciativa". Yo hoy, a mis diez lustros de vida pienso que nos debe librar de los incompetentes. Cuando alguien no entiende puede repetir lo que le dicen, pero jamás logrará la autonomía para resolver problemas en diferentes situaciones, sin la presencia de su jefe, su madre o padres, su cónyuge. Pero si lo entiendo y no tiene desarrollada habilidad, tampoco podrá solucionar las situaciones problemáticas en las que se encuentre. Por último: si no tiene una actitud favorable, bien dispuesta, pues aunque entienda y sea hábil no hará nada y las cosas seguirán como están.

Formar para la humanización en un mundo complejo

Nos ha tocado vivir una realidad en la que ser humanos es difícil: alrededor del 80% de la riqueza mundial está en muy pocas manos, menos del 5% de la población del orbe. Millones de personas migran en condiciones de prácticamente total vulnerabilidad, a la merced de grupos delictivos, enfermedades y accidentes que pueden incluso matarlos. Millones de personas viven excluidos de la alfabetización gráfica y digital, siendo relegadas de cualquier posibilidad de tomar decisiones personales y políticas para ser protagonistas de su historia. No menos carecen de acceso a la salud, la vivienda con privacidad, la procuración de justicia. La lista puede continuar.
                En un mundo así, la existencia de mujeres y hombres compasivos, conscientes, comprometidos y competentes es totalmente pertinente. Que los haya no es una cuestión de promedios escolares, cuadros de honor y conocimientos que no pueden ser relacionados hábilmente con la realidad porque no se puede o porque no se tiene una actitud solidaria, fraterna, justa, incluyente, veraz, libre. 
                  Su existencia es fruto de procesos formativos cuya finalidad sea el crecimiento integral de las personas comprometidas con su mundo. Los educadores que son mujeres y hombres de las cuatro C pueden diseñar los procesos pedagógicos en los cuales acompañarán a sus discípulos a descubrirse compasivos, conscientes, comprometidos y competentes y asuman las herramientas que como seres humanos tienen para construirse así, cabalmente humanos, integralmente personas.
                 Se trata de una educación para la acción, para la vida y no solo para las olimpiadas de conocimientos, para sacar buenas calificaciones y mantener altos promerdios o para el mero tránsito de un plan de estudios al del siguiente nivel escolar. 
                 De eso se trata, en última instancia, lo que llamamos formación para la ciudadanía. Cada persona viven inmersa en un mundo al que tiene que responder en una acción social y política en la que ejerce influencia, trata de sumar personas, contrarrestar posturas, proponer soluciones y formas de organizarse para llegar a ellas. Y todo ello será posible en la medida en que la educación haya preparado para ello (puedes leer https://misapuntesenelcamino.blogspot.com/2009/06/el-reto-de-fondo-formar-la-ciudadania.html)
                  Que este mundo sea humano, humanizante, que en él haya espacio para la justicia, la creatividad, la fraternidad, requiere ciudadanos autónomos, críticos, dialogantes, comprometidos con los valores, en especial los éticos, competentes para resolver los mil y un desafíos que existen en los asuntos que nos atañen a todos y que no se resuelven por arte de magia.
                 Apostar a la formación integral como la que hemos comentado en este texto es abonar a la formación de ciudadanos que estén en condiciones de asumir relacionalmente (consigo, con los demás, con el mundo) el papel que les corresponde en la historia, en su aquí y ahora y en las posibilidades de futuro con las que cuentan para que la familia, la colonia, las instituciones y organizaciones, la ciudad, el país, la región sean cada vez más un mundo mejor que como nos fue entregado.
                Las cuatro C son referentes claros para evaluar toda acción educativa pertinente, de gestión pública o privada, escolar o familiar. 
               Formar mujeres y hombres de las cuatro C es el desafío real que hoy enfrentan los educadores y los educandos: los primeros como creadores de condiciones para la formación; los segundos como artífices del ser humano que están llamados a ser con, por y para los demás en el mundo y abiertos a un sentido de vida que trascienda la inmediatez de lo efímero.

Publicado en Síntesis, Tlaxcala, el 16 de abril de 2015, en la columna Palabras que humanizan. Actualizada el 28 de junio de 2020.

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miércoles, 11 de septiembre de 2019

Cuando al educar formamos idiotas


Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más sobre el autor, haz click aquí

En los inicios del 2009 -¡hace diez años ya!- leí en un artículo de El Universal algo que hasta ahora llama poderosamente mi atención, por la enorme profundidad que tiene a efectos de repensar la forma en la que los humanos afrontamos nuestra cotidianidad como ciudadanos, como padres y muchos de quienes leerán esto, como educadores: el origen griego de la palabra idiota, que usualmente utilizamos como insulto refiriéndonos al corto entendimiento que puede tener alguien (o que queremos utilizar como argumento para sobajarlo).
La burbuja de internet
Foto: bbc.com

         Y si la palabra solo nos remitiera a eso, no habría mayor relfexión qué hacer, al menos no como la que haré en seguida. Pero resulta que en griego la palabra ἰδιώτης designaba a la persona que se ocupaba básica y preponderantemente de sus propios y particulares asuntos, en contraposición con la participación en la vida de la comunidad propia del "animal político" que se supone es el ser humano. Así el idiota era un ciudadano muy poco ciudadano, muy poco involucrado de los problemas de la ciudad.

Muchos siglos después... y todavía abundan los idiotas

sábado, 23 de febrero de 2019

Educar para la autonomía

Entrevista a José Rafael de Regil Vélez por Isabel Gómez Vallarta en URadio, el 15 de febrero de 2019.

Educar para la autonomía: ¿Cuál es la finalidad última de la educación? ¿Cómo se dan pasos para lograrla? ¿Es viable en un contexto sociocultural como el nuestro y en una tradición escolarizada como la que tenemos?

De esto y los temas pedagógicos relacionados va la charla que tuvimos en el programa Ser Para Hacer de Isabel Gómez Vallarta en URadio...



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viernes, 30 de noviembre de 2018

¿Cualquiera podría enseñar? Entrevista de radio



¿Cualquiera podría enseñar? ¿Hay especificidad en la vocación del docente? ¿Qué desafíos enfrentan los profesores en un mundo complejo, dinámico, globalizado como el nuestro? ¿Con qué herramientas pueden formarse continuamente para la labor escolar?

Estas y otras ideas fueron compartidas en el programa ser para hacer, de URadio, UPAEP, dirigido y conducido por Isabel Gómez Vallarta, en la emisión del 30 de noviembre de 2018.

miércoles, 10 de octubre de 2018

¿Quién (y por qué) despide a los profesores?

José Rafael de Regil Vélez, Si quieres conocer más sobre el autor, haz click aquí
Socorro Romero Vargas, si quieres conocer más sobre la autora, haz click aquí

El valor del profesorado

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https://www.publimetro.com.mx/mx/noticias/2017/10/10/en-febrero-habra-646-nuevos-profesores-de-ingles-en-263-escuelas-normales-de-todo-el-pais.html
Estamos profundamente convencidos que la fuerza de una institución escolar está en su profesorado. Los alumnos transitan por las instituciones y las dejan más rápido que los docentes. Estos permanecen y pueden ser una gran fortaleza en la medida en que su permanencia y estabilidad laboral vaya acompañada de formación permanente y procesos continuos de mejora y continuidad en la calidad académica. Con un profesorado fuerte los alumnos pueden encontrar condiciones para explotar sus posibilidades humanas.
             La institución que valora ofrecer servicios educativos con la mayor calidad posible, necesita docentes con quienes concretar su modelo educativo, lo cual se logra con tiempo suficiente en el que haya procesos de formación permanente y la continua reflexión transformadora sobre la práctica que se logra mediante un sistema  profesional de evaluación.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Eficiencia sin eficacia: un drama educativo

Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocerlo haz click aquí
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En los muchos años que tengo como educador he escuchado una y otra vez a los colegas preguntar: ¿cómo se hace? Ante cualquier cosa de la educación, nueva y vieja, la pregunta es por el hacer. A los maestros y las maestras les gusta que lo que hacen salga bien y se ponen nerviosos cuando no lo logran.
          A fuerza de repetición se han vuelto expertos en llenar formatos: planeaciones, estadísticas, avances programáticos; en tener niños bien uniformados, en hacer espléndidos festivales del día de las madres Y en muchas cosas bien hechecitas más. Muchos, de verdad muchos, son trabajadores eficientes. Entregan en tiempo y forma lo que se les pide y les gusta que sus grupos realicen las labores que les encomiendan de igual manera.
          La eficiencia –hacer las cosas bien- es algo que llama la atención, que seduce, que luce, que permite que se vea el desempeño, pero no siempre va acompañado de eficacia.
         Es eficaz quien hace las cosas adecuadas, tiene claro el punto de llegada y delinea la ruta adecuada para llegar eficientemente (con las cosas bien hechas) hasta la meta.
          En las escuelas hay carencia de eficacia, a pesar de que hay grandísimos esfuerzos por la eficiencia. Es común que una de las grandes preocupaciones docentes, por ejemplo, sea terminar el temario que entregó la SEP o la dirección, aun cuando no haya gran aprendizaje. Los programas de estudios están atiborrados de contenidos y actividades aun cuando la psicología humana procede mucho mejor cuando se abordan pocas cosas, pero bien masticadas y mejor digeridas. Eficientemente se cubre el programa, pero ineficazmente se posterga el aprendizaje.
      Doy un ejemplo para expresarme mejor: un profesor de tercer semestre de Preparatoria se queja amargamente de que sus alumnos llegan sin saber lo básico de las matemáticas: aritmética y álgebra. Esto que pasa es dramático, pues un estudiante en ese nivel educativo ha transitado por al menos DIEZ años en los que le han enseñado matemáticas, en los que sus profesores han terminado los programas, incluso agotado los libros de texto. Su eficiente labor fue ineficaz al no asegurar que un conjunto de chicas y chicos sea capaz de entender la realidad a partir de su cuantificación. Nuestros resultados en las pruebas de la OCDE dan clara muestra de lo que hablo.
         Las escuelas –muchas de ellas- carecen de planes reales, con evidencias de evaluación y metodologías específicas para formar ciudadanos. Alguien puede llegar a la mayoría de edad, habiendo transcurrido trece años de escolaridad, sin haber participado en la elaboración de normas, reglamentos, en su revisión, en su comprensión cabal. Es un ciudadano incapaz de entender por qué la democracia requiere un estado de derecho. Tampoco habrá aprendido realmente a laborar en equipo, porque no hay en las escuelas una metodología concreta que forme en el trabajo colaborativo, que es base de la organización vecinal, de la organización en un municipio, de la capacidad de actuar juntos para supervisar la labor de los funcionarios públicos que llegan a los puestos porque los pone alguien a quienes nosotros elegimos para gobernar.
         Aun más: un joven al concluir al bachillerato difícilmente habrá podido participar teniendo responsabilidades concretas, evaluables en su propia formación, en la marcha de su escuela, en la búsqueda del bien común. Todo se le da hecho, no se les permite tomar decisiones y mucho menos expresar sus juicios críticos, pues a las autoridades les molesta la gente creativa, crítica, que son justo quienes la sociedad requiere para salvar las grandes injusticias, para unirse en torno a soluciones específicas para problemas como la trata de personas, la migración en vulnerabilidad, la violencia intrafamiliar o la carencia de condiciones de seguridad social para la mayor parte de los ciudadanos
Hay poco trabajo en la educación de las emociones, en construir una cultura de evaluación que permita dialogar sobre el logro de los propósitos de un curso, de un programa escolar o incluso de una etapa fomativa completa.
La forma en la que operan los actores del Sistema Educativo Nacional sigue anclada en moralismos, en la disciplina que subyuga (aun cuando los estudiantes se salen de control porque se les sigue tratando como niños cuando deberían ser ya jóvenes encargados de sí mismos), en los cuadros de honor que canonizan a los niños que sacan dieces, muy posiblemente por ser individualistas, sobre estimados en sus casas y capaces para hacer lo que sus profesores les piden, pero muy posiblemente incapaces de arriesgar por sí mismos, como bien señalan los gerentes de recursos humanos que desconfían de las personas de muy buenas calificaciones y gran incompetencia para trabajar autónoma y colaborativamente.
Lo que se entiende por educación es reductivo y no parte de la posibilidad de la total realización de la persona comprometida con el mundo del cual es parte. No se educa poniendo en un más claro lugar los diversos elementos que confluyen en la acción escolar que no en el que se le ha venido dando y cuyos resultados preocupan. Un ejemplo más: la investigación que dio paso a la propuesta de lectura crítica de Yolanda Argudín (Aprender a pensar leyendo bien) daba cuenta de que el 80% de los egresados de licenciatura no entienden lo que leen, pues reconocen grafías, pero son incapaces de contextualizar, de relacionar, de integrar lo leído con el resto de su formación.
La eficacia educativa no está siendo posible porque los docentes y los administrativos están muy eficientemente comprometidos en las cosas accesorias de la educación y no logran siquiera entender una teleología integral, holística de la educación, que sería la que debería orientar sus métodos, técnicas y esfuerzos cotidianos más eficazmente.
Los maestros eficientes e ineficaces navegan muy duro, para ir a ningún puerto. Y su propia formación y la sociedad no son capaz de ayudarles a establecer el rumbo adecuado, que es la posibilidad de ser personas cabales, adaptadas al mundo que les tocó vivir y capaces de transformarlo para que la humanidad digna y justa sea cada vez un poco más posible.
Los maestros eficaces reflexionan sobre qué es la educación, en el fondo por qué educar y para qué educar -más allá de toda apariencia, de lo que dicen los demás y lo que siempre se ha dicho-. Una y otra vez se preguntan qué sentido tiene educar y filosofan sobre aquello que mueve su vida profundamente. Y con la brújula de este tipo de pensamiento se lanzan a los cómos, reproduciendo los sensatos, dejando de lado los insensantos e inventando los que hacen falta. 

Este artículo fue publicado ha sido actualizado el 08 de agosto de 2018. Publicado originalmente en Síntesis Tlaxcala, el 3 de septiembre de 2014, en la columna Palabras que humanizan.