Caminar, vivir, compartir...

Durante años viajeros han apuntado en libretas sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades... Esta es una de ellas, con los apuntes al vuelo de este viajar por la vida . Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir los apuntes que van haciendo de su caminar por la vida.
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lunes, 2 de noviembre de 2020

Líderes que en tiempo de crisis reimaginan el futuro

Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más del autor, haz click aquí
Edición y cuidado del texto: Socorro Romero Vargas

Es un hecho no exagerado: la pandemia que ha provocado el coronavirus ha tomado a todas las personas del mundo por sorpresa. En todos los ámbitos muchas personas han debido pasar de la incredulidad y el desconcierto a irse volviendo dueños de sus ámbitos y, de alguna manera, sentirse corresponsables de lo que socialmente pueda suceder ahora y en el futuro mediato.
          Personal del área de la salud, políticos, comerciantes, empresarios, tanto en la vida profesional como en sus casas  han tenido que observar lo que sucede, armarse contra el miedo y dar pasos para que la vida continúe.

domingo, 12 de julio de 2020

De lo que no se puede hablar es mejor no hablar: sabiduría de los escépticos para tiempos de incertidumbre

José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más sobre el autor, haz click aquí
Edición y corrección: Socorro Romero Vargas

A los humanos nos gustan las certezas


A los seres humanos nos gusta tener seguridad sobre las cosas que podemos afirmar o negar: nos gusta estar seguros de que después de la noche seguirá el día, de que el agua que tenemos en el garrafón en casa es potable. Todavía más: queremos estar seguros de que nuestra pareja es quien decimos que es; que entendemos lo que pasa y pasará en nuestro trabajo... nos gustan estar ciertos de algo, somos seres que deseamos vivir con certezas.
            Una certeza es la afirmación o negación de algo con seguridad, sin duda. Entre los niños hay muchos que tienen la certeza de la existencia de los reyes magos como esos personajes que no son sus papás y que vienen a dejarles obsequios al inicio del año. La mayor parte de nosotros tenemos la certeza de que nuestros padres son nuestros padres y nuestros hijos nuestros hijos. Y eso nos permite vivir con tranquilidad al menos respecto de lo que estamos ciertos.
           Las seguridades sobre lo que pensamos y afirmamos o negamos (juzgamos) son importantes para nuestro actuar cotidiano: nos permiten actuar, posicionarnos ante nosotros mismos, los demás, el mundo. 
          Si no tuviéramos certeza de que el piso que pisamos es firme, no nos posaríamos sobre él; si no fuera para nosotros cierto que el líquido del vaso que beberemos no es veneno, no lo tomaríamos. Incluso: cuando nos aventuramos en algunas cosas como dejar un trabajo para tomar otro, lo hacemos a partir de un mínimo de certezas que tenemos; porque si todo fuera incierto, no daríamos el paso.
           En un trekking nos atrevemos sin problema a cruzar un arroyo porque tenemos la certeza de que el agua no nos arrastrará hasta matarnos. Si queremos seguir viviendo sin lastimarnos, no atravesamos una calle cuando estamos ciertos de que la velocidad y cercanía de los vehículos que la transitan nos llevaría a ser atropellados.
           En el mundo de nuestras certezas vivimos imperturbables, impertérritos, impávidos. Todo funciona como lo pensamos, como lo juzgamos. Estamos en el paraíso del control, del desenvolvimiento a nuestras anchas. 

El mundo de lo incierto         


Hasta aquí todo bien. Hay cosas que son tan claras ante nuestras capacidades sensoriales y cognitivas, que no dudamos de ellas. ¿Pero qué pasa en lo no tan claro? Sencillo: nosotros, por nuestra libre voluntad, decidimos estar seguros. Y aquí comienza lo emocionante.
           El problema de la certeza es que puede ser errónea, falsa. Esto es: el hecho de que estemos seguros de algo que afirmamos o negamos no hace que lo afirmado o negado sea como nosotros lo juzgamos y lo decimos. 
          Podemos estar seguros de la existencia de algo que no existe o de que algo es de una forma, cuando en realidad es de otra. La existencia de los reyes magos para los niños es cierta, pero no verdadera, no es real; si yo estoy seguro que en el vaso hay agua, pero en realidad es cloro, mi certeza no convierte al segundo en la primera. Las falsas certezas pueden tener consecuencias graves en nuestra vida cotidiana y llevarnos incluso a la muerte.
           Conforme avanzamos en la vida nos vamos dando cuenta de que cosas que nos resultaban ciertas no eran como las veíamos: la realidad se nos rebela, nos zarandea, nos pone de cabeza... 
         Es una experiencia difícil: la incertidumbre (falta de certeza) nos produce desasosiego. Cuando la realidad nos muestra que algo cierto, de lo que estábamos seguros, resulta no ser verdadero, nos vemos impelidos a reajustar lo que pensamos, lo que estamos acostumbrados a afirmar o negar de ello y eso genera la sensación de intranquilidad, nos turba o perturba.
           Si el asunto erróneo es trivial, basta que lo enfrentemos, cambiamos nuestra forma de ver y resuelto: nueva certeza, con la idea de que en esta ocasión lo que tenemos en la cabeza es cierto y verdadero, sobre todo si es algo muy claro. Entonces podemos continuar la vida sabiendo que entendimiento y realidad van en buen diálogo.
           Conforme más profundos se vuelven los asuntos y más tienen que ver con el terreno de las cosas que llamamos morales o éticas, más fácil es que nos demos cuenta que las cosas no son tan claras como creíamos; que lo que siempre habíamos afirmado que es o debe ser de una manera, puede ser de otra. Las certezas morales resultan a la larga ser un poco inciertas.  
           Y es que hay terrenos en los que es muy difícil saber qué son las cosas de manera compleja, contextual, circunstancial. Afirmar sin dudar se va volviendo una tarea difícil, porque vemos cada vez más aristas que no teníamos contempladas, de las cosas, de las relaciones . Resultamos ignorantes, limitados y cuando caemos en el mundo de la incertidumbre las cosas se ponen color de hormiga...
           Es algo de lo que pasa en las crisis: se desmoronan muchas de nuestras certezas, entramos en el terreno de la duda, un mundo de emociones fluye en nosotros alimentando nuestra sensación de zozobra: ¿qué podemos hacer?

Los escépticos a escena

Se llama con seriedad escépticos a los filósofos helénicos que buscaban como muchos de nosotros, una vida con la mayor imperturbabilidad posible. Vivieron un tiempo de grandes crisis, de cambios culturales profundos. Se dieron cuenta que cosas que eran ciertas para unos pueblos, no lo eran para otros; que cosas que alguien afirma con plena seguridad en la juventud resultan insignificantes o afirmadas de manera contraria en la madurez o la vejez.
          Se dieron cuenta con genial agudeza que el conocimiento de lo verdadero, la afirmación veraz es muy difícil, sobre todo en los terrenos de las cosas que nos atañen más profundamente. Pusieron el dedo en la llaga: parece que lo que pensamos es realmente como lo pensamos, pero infinidad de veces erramos. Ejemplos abundan.
           ¿Cómo reaccionar ante nuestro conocimiento / desconocimiento de las cosas?
           Y también se dieron cuenta que negar la realidad para continuar afirmando con seguridad a la larga solo trae más problemas, mayor desasosiego, gran perturbación.
          La necedad es una mala opción: los necios siguen afirmando que algo es verdadero cuando saben que no saben si así es... Y cuando golpean con pared y no se mueren en el intento, salen innecesariamente mal parados... porque las cosas son como son aunque tú las pienses de otra manera. Negar la realidad o afirmarla erróneamente no son a la larga buenas opciones.

 
        Vivir deliberadamente en la ignorancia, tampoco parece una buena apuesta: el costo personal y  social puede ser muy alto.
          Entonces: ¿hay alguna salida? Los escépticos proponen una que si la miramos con calma y no la absolutizamos nos puede dar mucha luz. Su planteamiento es escandalosamente sencillo: ni afirmes, ni niegues (no emitas juicios) si no tienes algo real con lo cual respaldar tu decir y la seguridad que de ello se desprenda: suspende el juicio y eso te va a dar tranquilidad. El nombre técnico de esa suspensión es epojé.
         La epojé puede dar una mejor postura para tratar de entender mejor las cosas y cuando sepamos mejor lo que son, por qué o para qué son, cómo funcionan, podremos afirmar o negar mejor sobre ellas en aquello que nos sea posible. Se hace una pausa en el camino, se toma distancia, y allí se verá si es necesario avanzar con duda, con reservas o no.
          Es claro que realmente  se vuelve inviable vivir humanamente si se suspenden de manera definitiva todas las afirmaciones o negaciones. Los seres humanos juzgamos todo el tiempo. Tengo hambre es ya un juicio: afirmo de mí que tengo hambre. El agua me hidrata, es otro juicio. Nuestra cotidianidad está llena de juicios y no nos es posible suspenderlos todos: equivaldría a vivir como piedras o plastas.
          Pero sí es posible ser humildes y reconocer que cuando no entendemos algo lo mejor es suspender el juicio. Si eso no vale la pena, allí lo dejamos; pero si lo vale, habrá que intentar avanzar aunque sea de a poco, en nuestro conocimiento sobre ello, hasta que podamos afirmar algo y nuestra certeza u opinión (un juicio emitido con alguna inseguridad, con temor a equivocarse) quede respaldada.

¿Escepticismo en tiempo de crisis?

Entendidas las cosas como hemos dicho, la sabiduría escéptica nos ayuda a sortear los tiempos de incertidumbre, como los que hemos vivido de muchos formas a lo largo de la historia reciente, la más novedosa e incluso angustiante, la de la pandemia originada por la irrupción del Coronavirus.
          La Covid-19 y las medidas de emergencia sanitaria que se han desarrollado en el mundo para hacerle frente, nos han mostrado vulnerables, frágiles, al mismo tiempo han roto muchos de nuestros hábitos y certezas cotidianas. Durante los meses del confinamiento hemos visto personas en crisis emocional porque no entendemos lo que está pasando, porque cosas de las que estábamos muy seguros resultan ser un poco ilusorias, como la idea del dominio del hombre sobre el mundo, que el bienestar era el punto de llegada de la vida, que la estabilidad económica se logra con trabajo y disciplina, por citar algunas.
          Si queremos recuperar tranquilidad, no estar perturbados continuamente, hay que dejar de emitir juicios sobre lo que en realidad no entendemos. Como Sócrates: sabedores de nuestra ignorancia será más fácil afirmar o negar lo que sí podemos juzgar y tener una vida más mesurada y humilde en cuanto a netas se refiere. Es lo más normal no entender del todo las cosas, lo que no es normal es afirmar sobre ellas cuando no las entendemos o angustiarnos porque resulta que hay  cosas que no comprendemos y queremos vivir como si entendiéramos todo y todo funcionara como lo pensamos.
          En la filosofía del conocimiento suele distinguirse entre certeza y opinión. En la primera se juzga sin temor a errar  a que lo dicho sea falso: es tal nuestra seguridad que asentimos sin más; en la segunda juzgamos también, pero con temor de que lo que digamos pueda no ser así. Formalmente, la frase "tu escrito en un gran texto", dicha con total seguridad es una certeza: no hay temor a equivocarse; mientras que decir la frase: "me parece que tu texto puede ser un buen escrito" es una opinión, pues está dicha dejando abierta la posibilidad del error, que lo dicho no corresponda a la realidad.
          Hablar comenzando los juicios con fórmulas como me parece, creo, hasta donde alcanzo a entender, ayuda para saber que puede no ser así, que hay apertura para considerar que el error puede estar presente. Tal vez no da la tranquilidad de afirmar con seguridad, pero ayuda a relajarse, porque siendo limitados en nuestro conocer como lo somos no tenemos por qué "entender todo, ser conocedores de todo". Hablar emitiendo opiniones -juicios sin total asentimiento- nos recuerda vivir es un continuo dialogar entre nuestras capacidades de sentir, percibir, entender, juzgar y la realidad de la cual hablamos, en la cual nos situamos y que en última instancia tiene una palabra muy importante frente a nosotros, al grado que puede "cachetearnos" y romper nuestras certezas. 
          Por más que nos digan que la realidad es como la percibimos o como la pensamos, no es así: nosotros pensamos que algo es de determinada manera, pero puede no ser así; muchísimas veces nuestro pensar no corresponde en mucho con lo que realmente son las cosas, las personas, las relaciones.
          El escepticismo nos invita a la humildad que implica hacer la vida sabiamente, un paso a la vez, en apertura y disposición para dialogar una y mil veces con uno mismo, con los demás, con el mundo, para que donde podamos estar seguros hablemos con certeza, pero donde no, solamente opinemos, dudemos o si es necesario, suspendamos los juicios. 
          Será una experiencia incluso terapéutica, porque podremos avanzar la vida con menos turbación, mayor tranquilidad y si no perdemos la brújula, con mayor apertura para responder a nuestra propia realidad, a la real relación que tenemos con los demás y el mundo.

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Cuando la realidad nos cachetea: crisis, oportunidades y esperanza

Autor: Guillermo Santos de Alba

Edición y corrección: Socorro Romero

Guillermo Santos de Alba es filósofo y acompañante del desarrollo humano. Desde la trinchera en la que acompaña a los suyos reflexiona sobre las oportunidades de resignificación que abre la realidad que se vive en los tiempos de la pandemia en la que se ha padecido la irrupción del coronavirus en la vida de una humanidad que pese a todo sigue siendo vulnerable.

Volver los ojos y la reflexión hacia sí, los demás y el mundo para resignificarnos es una oportunidad única, generadora de esperanza... ¿la tomaremos o la dejaremos pasar? 

Compartimos este texto en nuestros primeros apuntes, deseando que las colaboraciones de Guillermo se vuelvan habituales en los Apuntes en el camino.

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De un momento a otro la cotidianeidad cambió, un virus vino a mostrarnos nuestras vulnerabilidades como humanidad dejándonos en riesgo y expuestos. Como diría el filósofo Xavier Zubiri, la realidad nos cacheteó y de una manera más fuerte a la que normalmente estamos acostumbrados.

Estamos frente a una crisis que se ha manifestado por el cambio en la relación con los otros, una variación que nos llevó a trasladarnos a una pantalla y a la red, lo cual ha traído una serie de retos que nos lleva a preguntarnos sobre ¿qué es lo que realmente importa?, ¿cuál es la mejor manera para comunicarme con otros?, ¿cuáles son las medidas convenientes para la sana distancia?, ¿cómo han cambiado las relaciones personales?, ¿qué sucede con nuestra relación con los otros y con nosotros mismos? 

Y es aquí donde la angustia y ansiedad comienzan a ser un peso para que la balanza se incline hacia la desesperación y las inseguridades de las personas, aunado a esto, si le agregamos que estamos en una cultura donde lo más común es mirar para fuera, nos lleva a poner la cereza al pastel.

La pandemia nos ha sitiado de frente al futuro, haciendo que volvamos la mirada a aquello que realmente importa, lo que nos hace humanos y que, con el paso del tiempo, las prisas y la cotidianidad se nos olvida que está ahí.

Estamos ante la oportunidad de construir un futuro que recupere lo que se ha perdido en esta época, donde vale más una marca que la persona; donde eres visto en su mayoría de las cosas por lo que se tiene o se consume que por lo que es, haciendo imágenes idílicas de lo que la “felicidad” resulta a través del consumo de objetos, personas, placeres, etc.

Ante la crisis que ha desatado la pandemia, surge una esperanza de reconocer y recapacitar sobre nuestros actos. Cada día extrañamos a los que estábamos acostumbrados a ver en lo cotidiano, y extrañamos en cierto sentido, la vida que teníamos antes de la pandemia. Como si estuviéramos en un duelo por lo que se nos ha ido (con esto solo quiero enfatizar sobre las actividades o actitudes que han cambiado con la pandemia) como si no estuviéramos preparados para la realidad que nos ha cacheteado en estos meses.

La tradición educativa se nos ha hecho familiar, nos educaron para algo, para salir a lo que el mundo nos reta y ahora en una determinada forma esa educación, no nos preparó para enfrentarnos a nosotros mismos y a los que tenemos en casa. Y es ahí cuando pareciera que las relaciones se rompen más, dando lugar a las violencias de cada persona.

Este tiempo de crisis, es una oportunidad para reencontrarnos como personas con la parte interior que hemos olvidado, aquella donde el espíritu de la persona habla, pero se necesita dejarla escuchar y eso muchas veces da miedo, porque no estamos educados para salir al encuentro de nosotros mismos; entonces surge el miedo por escuchar lo desconocido y por no saber cómo reaccionar. Lo interesante no es quedarse ahí, sino reaccionar abrazando con paz la voz interior, sabiendo que es un abrazo con aquello que me hace reflejarme en el otro, porque es en la dimensión espiritual, donde nos reflejamos a través de lo que nos hace humanos y es en la escucha de lo que somos lo que nos hace hacernos cargo de esta realidad que nos cachetea, para cambiarla y poderle decir como el mismo Zubiri afirma después, una realidad que me posibilita posibilidades y que se me presenta como oportunidad.

Para ir cerrando esta reflexión, vale la pena preguntarnos: ¿es este mundo  el que realmente queremos dejar?, ¿cómo son nuestros consumos y qué compromiso tenemos con los que vienen debajo de nosotros, aquellos a los que les heredaremos lo que estamos construyendo?, ¿realmente estamos siendo hermanos-humanos con el otro? y ¿tenemos el valor de dejarnos interpelar por la escucha de la parte espiritual y dejarnos llevar por los caminos a donde nos lleva?

La pandemia nos ha puesto de cara a nuestra vulnerabilidad, porque nos ha dejado ver que somos débiles ante el mundo que nos hemos construido. Asimismo, esta fragilidad nos lleva como humanidad a querer responder de dos maneras, la primera: dejarnos cachetear sin aprender la lección; la segunda: aprender que la forma en la que estamos construyendo la sociedad no es la más adecuada y tenemos que replantearnos nuestros consumos, nuestros tratos, nuestras formas de amar y de ser solidarios con los demás ¿cuál eliges?



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