Caminar, vivir, compartir...

Durante años viajeros han apuntado en libretas sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades... Esta es una de ellas, con los apuntes al vuelo de este viajar por la vida . Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir los apuntes que van haciendo de su caminar por la vida.
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viernes, 17 de mayo de 2024

¿Y si la cabeza tan solo fuera una extremidad?

 José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más al autor, haz click aquí

Wikipedia 


Cuando era joven los grafitis no eran tan crípticos, simbólicos ni coloridos como los de ahora. Eran frases pintadas con algún cuestionamiento en las paredes de sitios de significativa importancia como crítica a la sociedad, a la política, al sistema.

Durante mis días colombianos, en los primeros días de la década de los noventa, una vez me hallaba en Bogotá y al pasar por la Universidad Nacional, leí un mensaje que impactó hasta ahora mi memoria: Para los que no piensan, la cabeza es una extremidad.

La imagen es drástica: la cabeza como un brazo o una pierna, nada más que eso, sin mayor relevancia que eso.

Hoy lo veo incluso peor: porque el brazo y la mano, las piernas en realidad sirven para algo si la cabeza las conduce para algún uso. La mano edifica, expresa, destruye por lo que hay en la cabeza. Las piernas nos llevan hacia donde les pedimos a través de la cabeza... Y así todas las demás funciones de las extremidades.

Para lo que no piensan... La cabeza sale sobrando... Pero si la cabeza sobra las cosas -la vida misma- se tornan fatuas (sin razón, faltas de entendimiento). La iniciativa del tonto (la iniciativa fatua) es la peor iniciativa, nos pone en riesgo a todos, puede tener resultados no solo contrarios a sus pretensiones, sino devastadores para todos.

¿Y a qué tanto discurso de la falta de cabeza? Pues a la necesidad y conveniencia de resaltar la importancia de que la cabeza sea cabeza y no solo una extremidad. Con la cabeza podemos preguntar, entender, explicar, juzgar, deliberar... Se hace posible relacionarnos con nosotros mismos, con los demás, con el mundo.

Cuando lo obvio no nos ayuda

La vida diaria es más o menos simple: nos levantamos, hacemos nuestras rutinas, salimos a la calle, nos relacionamos como acostumbramos con las personas inmediatas, tal vez con alguna mediata, regresamos a casa, descansamos. Nos basta para pasar de un día al otro con lo que siempre nos han dicho, con lo que suponemos, con lo que percibimos.

Pero hay un día que eso entra a prueba y nos resulta insuficiente. En algún lugar en el que trabajé había varias actividades importantes, una tras otra, teniendo como protagonistas al mismo grupo de personas. Empezó a haber quejas sobre la relación de unos con otros: "es que viene y me exige como si fuera jefe"; "como se lleva con fulano, de seguro cuando viene conmigo"... Y ya hablé con él (ella, da lo mismo, porque sucedía independientemente del género) y no cambia su actitud.

Tuvimos que ponernos a pensar. Lo "obvio" nos estaba comiendo y cada vez teníamos más problemas... No utilizar de verdad la cabeza, nos tenía cada vez más emproblemados.... 

Después de dialogar, de informarnos y asesorarnos un poco descubrimos que gran parte de los problemas venían de unos muy malos procedimientos para administrar nuestras acciones. Las fechas no eran claras, la forma de solicitar y recibir materiales era confusa o de plano no existía una institucional, entonces se hacía a modo. 

Tras "echarle cabeza" al asunto modificamos nuestros procedimientos, establecimos tiempos, diseñamos formatos que concentraran la información, establecimos reuniones periódicas de seguimiento con los involucrados, definimos mecanismos para resolución de conflictos y disminuyeron los problemas. Y cuando estos se presentaban los argumentos eran: no requirió a tiempo, no realizó el procedimiento de entrega... y no tanto la imaginación de segundas o terceras intenciones, porque por el motivo que fuese, no estaba cumplido el procedimiento. 

El diálogo entre responsables y colaboradores se desplazó a lo que hay que hacer en lugar de versar exclusivamente sobre si te llevas bien o mal con alguien, y comenzó a apuntar sobre la capacidad de realizar el trabajo para el cual habían sido convocados. 

Este es uno de los miles de ejemplos que se podrían dar de la necesidad de utilizar más y mejor la cabeza... Podría hablar de situaciones de salud, de solución de problemas financieros, de formas de organización familiar, de rediseño de espacios en nuestra casa u oficina... ¡Cómo cambian las cosas cuando se las entiende desde diversos ámbitos, cuando se las puede explicar multimodalmente, cuando se puede afirmar con mayor fundamento si algo realmente funciona o no; si es así, si no lo es o simplemente lo desconocemos.

Vivir más allá de lo obvio


A lo largo de la historia hemos entendido que el sentido común, que lo que siempre nos han dicho y a lo cual recurrimos sin más, es insuficiente, como ya he dicho anteriormente. Que podemos recurrir a nuestra forma de ser para ir más allá: podemos preguntarnos, podemos inquirir, buscar nuevas comprensiones sobre lo que son las cosas, cómo funcionan, cómo podrían ser o funcionar. 

Así, descubrimos que pensar matemáticamente nos permite habérnoslas con el mundo de las extensiones, de las cantidades en formas y proporciones para los cuales los dedos de las manos y los cálculos a "ojo de buen cubero" no dan sino para muy poco... Hemos descubierto que matematizar la realidad nos permite entender mejor su consistencia y hablamos de masa, de energía, de materia... Y con ellos comprendemos fenómenos como la electricidad, la estructura física del movimiento (fundamental para usar la bicicleta, el auto o un avión); la composición química de los cuerpos., que nos regala sustancias para pintar las casas, para medicar nuestro cuerpo.... Y la combinación de lo físico y lo químico nos regala tomografías, resonancias magnéticas, la creación de prótesis... 

Más todavía, pensando estructuradamente somos capaces de aventurarnos en la comprensión de lo social, del comportamiento humano, de la posibilidad de aprender de alguna manera de los contextos históricos, de las formas de interactuar humanamente con el medio, de intentar no repetir errores, de economizar la relación social para un desarrollo sostenible...

Y todavía un poco más: podemos preguntarnos y esbozar respuestas sobre lo que son las cosas, sobre el sentido o finalidad que pudieran tener, sobre la razonabilidad misma de lo que pensamos, del significado que tiene pensar, decidir, amar, hacer la vida.

En la mezcla de todo eso podemos vivirnos con más claridad: articular la variedad de lo que somos (emociones, sentimientos, afectos, sensaciones, percepciones, posibilidades vitales, proyecto ético); compartir con los demás en procesos que nos desafian, que nos plantean conflictos, pero que nos abren posibilidades; de descubrir los equilibrios que podríamos generar en la relación con lo que llamamos hoy "naturaleza", medio ambiente, mundo físico, para vivir en una casa común y no solo en un lugar "depredable". Podemos ser críticos; es decir, dar razón fundamentada y al mismo tiempo suficientemente abierta de lo que somos, lo que hacemos, lo que deseamos hacer, lo que esperamos.

La educación y la humanización posible

Pero ¿cómo llegamos a utilizar la cabeza como algo más que una extremidad, cómo podemos sacar jugo a toda ese patrimonio de formas de entender los diversos ámbitos de la realidad en los que existimos? La respuesta directa e infalible es: pensando. Pero resulta que la experiencia nos muestra que muchas veces pensamos de manera ingenua, simplista (que no simple)... Y es aquí cuando podemos voltear la mirada a esa costumbre inmemorial que existe entre los humanos aquí, allá y acuyá: la educación.

Sin detenerme mucho en explicar eso de la educación, me atrevo a decir que se trata del camino que las personas hemos inventado para acompañarnos unos a otros, en especial a los más jóvenes, a que puedan recibir el patrimonio humano y humanizante para responder a los desafíos de sí mismos, de la interacción por, con y para los demás, del mundo o la realidad que nos piden dar respuestas cuando lo que vivimos es poco digno, inviable, obsoleto...

Se trata de un acompañamiento en el que nos compartimos lo que somos, lo que sabemos, lo que sabemos hacer, lo que valoramos porque hemos encontrado que nos realiza por, con y para los demás; incluso lo que tenemos para avanzar la existencia sin tener que inventar todo como si no hubiera un patrimonio de ideas, de valoraciones, de formas de interactuar que nos permite avanzar el día a día.

La educación, como realidad compleja que es, también tiene diversos ámbitos: el familiar, el de los amigos, el de las instituciones socializadoras de la sociedad; y la escuela. Esta puede jugar un papel muy importante para que la cabeza sea cabeza y no solo una mera extremidad, en la medida en que nos acerca al patrimonio cultural, cognoscitivo, reflexivo al que he hecho referencia.

Y hacerlo que seriedad, con profesionalidad y adecuada estrategia, le llamamos exigencia académica. Esta ha sido el resultado de una estructuración de la escolarización, del diseño de formas de acercarnos a la posibilidad de ser críticos entendiendo cómo hemos ido entendiendo y dándonos las experiencias básicas para poder desear y concretar nuestra propia búsqueda humanizante (currículo) y de interacciones humanas y humanizantes en las que podamos desarrollar las habilidades necesarias emocionales y de convivencia para interactuar familiar, laboral, política, ciudadanamente (co-currícula, extracurrícula).

En la medida que una comunidad de educadores utiliza la cabeza para diseñar su actuar educativo y lo profesionaliza está en condiciones de ofrecer mejores medios para que su discipulado haga los caminos humanizantes que les permitan a la larga dejar de depender de sus formadores para colaborar con ellos y los demás en la construcción del mundo que les toque. Pero si egresan con un título, un grado académico y no pueden atender a la realidad, entenderla, juzgarla y valorarla con autonomía, de nada habrán servido los años y años encerrados en un mundo aparte llamado escuela.

¿De qué se trata la tal calidad académica que nos ayuda a que la cabeza no sea tan solo una extremidad? 

Esa es una historia que merece un mejor lugar en otro apunte...


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martes, 24 de enero de 2023

Educar: ¿"expender clasecitas" en el tendejón de la esquina?

José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

https://trello.com/b/eTIm6Q0S/education-day-2023

Frecuente, muy frecuente: "Oye, te voy a mandar mi cv... a ver si puedo dar unas clasecitas". 

El interlocutor se ha quedado sin empleo o está en la zona de recién egreso de la Universidad. Cada vez más cuando escucho (o leo a través de mi servicio de mensajería) viene a mí la imagen del despachador del carrito de la esquina, o del tendejón de barrio; incluso de la tienda de conveniencia o una cadena como WalMart.

Pareciera que educar es dar clases, que se expenden a los alumnos y a sus familias. Los docentes despachan la mercancía que les entregó el dueño del changarrito o el gran almacén, empaquetado en forma de clases. Entre mejor se entregan las clases, más cerca pueden estar de su distintivo del empleado del mes (Todos creen que saben educar)

Sí, sé que suena cruel, pero pareciera que eso de dar clases -que no educar- consiste en tomar un programa, encontrar en él un temario, buscar los libros que desarrollan esos temas y transferirlo en forma de sesiones en un salón o en una computadora a los alumnos... Puede ser tan sofisticado como se quiera, pero al final la transacción pareciera ser esa. 

Y lo peor: el educador solo entrega en el mostrador los paquetes prefabricados que le entregan el Estado o el dueño de la escuela y no se siente protagonista de una propuesta humanizante que le valga la pena para entregar el pellejo en el acompañamiento educativo, para acompañar la inmersión en el patrimonio humanizante y el despertar a la transformación de mismo cuño.

Y en la vida diaria, cuando egresan más allá del tendejón o almacén llamado escuela, instituto, colegio, universidad, las personas afrontan la labor de construir su existencia bastante más indefensos de lo que su certificado de estudios y sus títulos académicos parecieran decir. Y es que educar es más, mucho más que dar clases y ser educador es -simétricamente- mucho más que administrar temarios y recetarios de habilidades y conductas esperadas cual empleado de anaquel o mostrador.

Educar en las instituciones educativas (valga la redundancia) es acompañar los procesos por los cuales las personas responden a su llamado humanizante de construirse personas, por, con y para los demás, encargándose del mundo; y hacerlo profesionalmente, de manera intencional, dialógica, razonablemente fundamentada y apoyada en una praxis coherente los procesos.

https://trello.com/b/eTIm6Q0S/education-day-2023

La persona educada tiene herramientas humanizantes: 

  • Es capaz de entender el mundo a partir del patrimonio de explicaciones y conocimientos que otros han construido, pero con la curiosidad para desentrañarlo más allá de lo que siempre le han dicho, de lo que aparece a primera vista (es una persona crítica).
  • Puede resolver problemas y situaciones que en la vida cotidiana personal, laboral, social se le presentan y para ello es capaz de utilizar respuestas que ya existen, pero puede generar opciones si estas son insuficientes (es una persona creativa)
  • Disfruta la vida porque sabe poner en juego sus sentidos y sentimientos, los afectos y emociones que lo alertan sobre lo que puede valer la pena o aquello que tal vez no sea tan humanizante en algún momento; es capaz de estimar las "cosas buenas de la vida" y con mucha más razón estimarse a sí misma (es una persona integrada afectivamente).
  • Asume el desafío de decidir discerniendo aquello que puede realizarlo a él más por, con y para los demás porque responde mejor a los desafíos para que el mundo sea más humano. Se arriesga a hacer opciones éticas y no solo morales (es una persona libre)
  • Dialoga, interactúa, vive la existencia como una corresponsabilidad de ser más por, con y para los demás. Sabe que sin los otros su yo no sería sino un famélico fantasma; pero que reducido a los demás, sería un ser vacío. Se vive colaborativamente para construir una identidad robusta, pero abierta a los demás y al mundo (es una persona solidaria).
  • Arriesga sus posibilidades, porque aunque vive entrañablemente su aquí y ahora, sabe que ser humanos es trascender, ir más allá, no detenerse, no quedarse atrapado en el pasado o en la inmovilidad del presente, pues logra construir sentidos últimos de vida (es una persona abierta a la trascendencia).

En resumen, la persona educada es autónoma en la apertura de relacionarse consigo, con los demás, con el mundo (Las cuatro C de una educación pertinente para nuestro tiempo). Y llegar a ella no sucede solo por asistir a clases, acreditar asignaturas, cumplir los requisitos de vestimenta, "buena conducta" y obtener calificaciones y grados académicos  que engalanan las egotecas familiares. Y a eso se refiere la calidad educativa (Hablemos de calidad educativa)

El Día Internacional de la Educación, instaurado por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 6 de diciembre de 2018, para que en esa efeméride mujeres y hombres de todo el mundo nos demos la oportunidad de volver mente y corazón al sentido y significado del derecho humano a la educación, que es motor de paz y desarrollo humano integral. ¡Pero se trata del derecho a una educación de calidad!

En el nivel más elemental y según datos de la UNESCO, hay en el mundo 244 millones de niños y jóvenes sin escolarizar y 771 millones de adultos analfabetos (https://www.unesco.org/es/days/education) sin contar los enormes porcentajes de personas que al final de su educación básica no pueden lidiar con el mundo por carecer de competencia matemática y lingüística... (Analfabetismo e incompetencia comunicativa). La SEP en su Estrategia Nacional para Promover Trayectoria Educativas Completas, Continuas y de Excelencia, habla que en 2017 había niveles mayores al 64.5 y 33.8% de carencia de logro educativo en matemáticas y lenguaje y comunicación en alumnos de tercero de secundaria (Estrategia Nacional para Promover Trayectorias Educativas Completas, Continuas y de Excelencia)

https://trello.com/b/eTIm6Q0S/education-day-2023

En el nivel de ciudadanía, a la que tiende la teleología educativa, la convivencia pacífica sigue presentándose con un reto y ella supone el aprendizaje del manejo emocional, la capacidad de dialogar, de tomar y evaluar acuerdos, de decidir aquello que es necesario para lograr lo más cercano a lo que pudiera ser considerado bien común. 

La salud física, social, ecológica son deudas pendientes, las personas no estamos preparadas para entendernos, atendernos, prevenir y potenciar estilos de vida saludable. Esto tiene enormes costos individuales, familiares, sociales.

En fin; parece que el punto está establecido... La educación reducida a dar clasecitas, a dar los temarios que alguien más designa, a utilizar sin más los libros de texto que otros escriben, a consumir los contenidos de las plataformas tecnológicas que alguien más diseña y que pierde de vista la formación integral de las personas capaces de encargarse de sí por, con y para los demás al tiempo que se encargan de humanizarse humanizando el mundo, no garantiza el derecho a la educación. 

Puede resonarnos el lema 2023 del Día Internacional de la Educación: Invertir en las personas: priorizar la educación, es una buena invitación a vernos como diseñadores e instrumentadores de procesos educativos en las que el fruto del acompañamiento entre los seres humanos sea que realmente se pueda ser protagonistas de la propia vida, cocreadores de un mundo digno. Y en ese llamado humanizante todos tenemos cabida: padres, educadores, administradores educativos, dueños de escuelas, autoridades oficiales y, por supuesto, todos los educandos.


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miércoles, 16 de febrero de 2022

Hablemos de calidad educativa

 Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más sobre el autor, haz click aquí.

No hay que tener miedo a la educación de calidad


Hace tiempo leí un artículo de Andrés Oppenhaimer sobre calidad educativa. No pude evitarlo, me salió del alma: “¡y vuelva la burra al trigo con eso de la calidad educativa!” Y después, probablemente movido por la pésima costumbre de la curiosidad lectora o porque me cae bien el periodista argentino, clavé el colmillo en su texto.

En resumidas cuentas, el columnista del Miami Herald y presentador de CNN llama la atención de su  público lector sobre la importancia de invertir no sólo en la construcción de escuelas (como sucede en la mayor parte de los países latinoamericanos, tan carentes de infraestructura), sino también y por encima de todo en los contenidos que se enseñan entre las paredes que para aula son edificadas.

Como casi todo opinador que aborde el tema más o menos con seriedad, hace énfasis en la importancia que tiene que profesores y alumnos participen en pruebas de medición que permitan tener algún referente externo a su propia institución, a fin de ubicar niveles de aprendizaje y dominio de competencias que después serán básicas para la incorporación en el mundo laboral.

Concuerdo: el esfuerzo por la formación de gente competente para entender su mundo y generar opciones no es escatimable. Y en pruebas internacionales de medición de aprendizaje puede quedar claro si se dan ciertas herramientas intelectuales para abordar esta tarea: competencias lectoras, de razonamiento matemático y de investigación científica.

Eso de la calidad, hay que mirarlo más ampliamente

Lo que me parece que es insuficiente en este razonamiento es que suelen ser equiparadas calidad educativa con dominio de competencias en su mayor parte intelectivas: leer y escribir, pensar matemática y científicamente, hacer investigación .

Mi experiencia, y la de mucha gente, es que no necesariamente gente muy cualificada marca la diferencia en el momento de plantearse con seriedad si el proyecto socio-económico y político que hoy impera es necesariamente el que deberíamos tener para caminar más humanamente. Se dice "que Churchill decía" que esto de la democracia era muy pobre, pero que era lo mejor que teníamos: ¿podemos contentarnos con esa ironía?

miércoles, 8 de diciembre de 2021

CONSTRUIR LA ESPERANZA... reflexiones desde la necesidad de educar con calidad

Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Sin esperanza, nuestra vida se paraliza

En el transcurrir de la existencia hay momentos en que el panorama se ve oscuro, que parece que no hay salida. La enfermedad, el fracaso, el peso de las experiencias que hemos vivido; las crisis sociales, económicas, políticas, las rupturas en las relaciones interpersonales; los cataclismos y los múltiples fenómenos naturales, nos crean la sensación de que el futuro se cierra, de que deja de haber espacio para la vida, de que se cierran y se extingue cualquier posibilidad para seguir adelante en la vida.
          En esas situaciones la esperanza irrumpe ante nosotros como una certeza, una seguridad existencial: la de que el futuro como espacio para la vida personal o para el mundo en su conjunto, es humanizantemente posible. 
          Erich Fromm, en su Revolución de la esperanza expone atinadamente que esta dinamis (potencia, fuerza) es la que nos permite avanzar la vida, seguir a pesar de todo. Ser esperanzados (y no digo tener esperanza, como si fuera algo externo a nosotros) es fundamental para vivir. 
          ¿Cómo construirnos esperanzados? En la apertura a la vida... En la lectura con el corazón y la mente de lo que ha pasado, de lo que sucede. Digamos que hay que escudriñar, zambullirse en lo vivido por nosotros y por los demás para encontrar cómo, a pesar de los pesares, no obstante lo oscuro que parezca la vida y lo rodeados que se haya estado por los signos de muerte, se han terminado abriendo los espacios para la vida.

¿Construir la esperanza desde una visión mágica o desde lo que siempre se ha dicho?

Desde siempre las personas tratamos de entender las cosas, lo que son, sus posibilidades. Y nos formamos una visión de la realidad, de la vida, de las cosas que nos dan sentido.
         Llamamos pensamiento mágico a una forma de interrelación con la realidad, con los sucesos en la que recurrimos a factores que suponemos que actúan sobre las cosas y lo que pasa para que al final todo nos acontezca favorablemente. Conjuramos -con rituales la mayor parte de las veces- a seres o fuerzas para que operen o intercedan por nosotros allí, cuando nosotros sentimos o pensamos que no podremos salir avantes.
         Puede haber en eso de construir esperanza mucho de magia. Conozco muchas personas que sintieron que se cerraba su mundo cuando sus padres se divorciaban o uno de ellos estaba agonizando y oraron o ritualizaron para que no ocurriera el desenlace que se entreveía y que de todos modos terminó ocurriendo. La magia no funcionó con un fuerte saldo de frustración y desesperanza.
          De manera fideísta creyeron que las cosas futuras serían para bien como las consideraban y esperaban y pagaron un fuerte precio de desengaño o incluso se instalaron en la negación de la realidad, con el consecuente pesimismo. En la obra anteriormente referida Fromm señala que las personas indigentes, abandonadas de sí, han perdido la esperanza, se han sentido traicionadas por los suyos y por el destino y dejaron de lado su subjetividad... se volvieron una cosa más, dejada al vaivén de lo demás y los demás.
         No estoy señalando que no haya fe, creencia, en la esperanza, pero sí que cuando se deja de lado la razonabilidad puede tener un saldo deshumanizante en la apuesta por lo humanizante.
         Igual de riesgoso resulta abordar el futuro solo por lo que siempre se nos ha dicho: si haces esto, si te comportas de tal manera, si sigues tal moral, todo saldrá bien... y es que no siempre lo que pasa de generación en generación termina teniendo bases reales. Como cuando te dicen: si te casas de determinada manera, cuando te comportas como este tipo de esposo o esposa, cuando trabajas como hemos trabajado, todo saldrá bien... Y resulta que aunque se siguió lo dicho la familia no prosperó, o los hijos tomaron diferentes decisiones... 
         La fe, la experiencia de humanidad acumulada pueden ser buenos apoyos, pero tal vez no los únicos.

La criticidad también abona cuando de esperanza se trata

El pensamiento crítico es el que mira la realidad por sus causas, por lo que es y lo que puede ser y no solo por lo que se desea que sea, por lo que se ha dicho que sea. Es el que sentipensantemente analiza, examina, entiende, verifica la realidad de lo pensado, integra lo afectivo en lo valorado.
          Si entendemos lo que las cosas son, lo que las cosas pueden ser y de alguna manera también lo que no son y lo que es difícil que lleguen a ser, podemos relacionarnos con ellas de manera más agradecida, más asertiva, con una creencia razonable, que no es como juego de lotería. 
         En un mundo complejo como el que nos ha tocado vivir, la formación de una visión realista de las cosas (insisto, lo realista tiene que ver con la comprensión de lo que las cosas son y con lo que pueden ser) ayuda a tener una esperanza más humilde, pero también robusta y menos desengañante. 
         Porque la criticidad no es un conjunto de conocimientos que se tiene, sino una forma de mantenerse abierto a lo que hemos visto de las cosas y a lo que todavía podemos encontrar de ellas, es poder dar significados por lo que imaginamos, deseamos o queremos (que sí influye), y también por lo que son y por su dinamismo...

¿La calidad educativa tiene que ver con la esperanza?

La formación académica y la exigencia deseable que conlleva suele provocar reacciones contradictorias. 
    Por una parte hay quienes le ponen todas las cruces, basados en que en su nombre se ha minimizado la educación hasta volverla un asunto memorístico, de calificaciones, promedios, cuadros de honor y menciones honoríficas. Esta visión reduccionista ha terminado dejando fuera dimensiones igualmente importantes de la educación de los seres humanos: la formación del carácter y la voluntad, la educación física de a deveras, el aprendizaje del manejo emocional, de la convivencia pacífica y la preparación para la vida.
    Por otra parte, la calidad académica tiene sus apóstoles, quienes señalan que sin ella la escuelas caen en anarquía, consentimiento de los estudiantes, formación de personas sin estructura mental definida. 

Ni tanto que queme al santo...

El asunto no es vanal. Creo que en alguna forma ambas partes tienen razón. Academia sin formación integral no es sino instrucción y la historia nos ha mostrado su insuficiencia. Escuela sin Academia es ludoteca.
    La formación académica es importante para la vida, siempre y cuando se entienda que no es un fin en sí misma, sino un medio a través del cual se acompaña al estudiante para que pueda realizar su existencia en un mundo complejo.
          Entiendo por formación académica el acompañamiento de los aprendizajes que permiten a los estudiantes entender la realidad en su complejidad y problematicidad y desarrollar las habilidades para hacerles frente, para poderse encargar de todo aquello que impide en lo personal, lo social, lo ambiental las posibilidades de que la vida se dé con dignidad.
          En esta perspectiva las matemáticas tienen como razón de ser que las personas podamos concebir las cantidades y las extensiones de tal manera que podamos ser proactivos y no meramente reactivos en el manejo de nuestras finanzas, en el diseño de espacios habitables, en la capacidad de matematizar el uso de las sustancias químicas en dosis calculadas adecuadamente para cumplir su función médica.
          El conocimiento de las ciencias naturales nos permite reconocernos seres físicos, organismos vivos inmersos en un mundo lleno de vida e interactuar con la vida no solo a partir de los mitos que hemos escuchado toda la vida o de suposiciones mágicas en las cuales el mero cumplimiento de rituales nos permitiría conjurar los males que nos acechan.
          Las ciencias sociales nos dan una perspectiva comparativa de las sociedades, nos ayudan a ensanchar la visión de los fenómenos culturales y cómo nos conforman y los conformamos; nos ayudan a entender el tiempo como un diálogo entre las determinaciones naturales, socio-culturales y las posibilidades de la libertad humana.
          En fin, que las personas bien formadas tienen posibilidades de interacción con la realidad  con procesos en los que pueden ser artífices y no meros espectadores de su vida y de la vida a su alrededor.
          Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre. La "calidad académica" entendida como exigencia de contenidos e incluso actividades, como fin en sí misma no es necesariamente pertinente ni relevante para un mundo en el que vivir dignamente sea posible; su ausencia augura demasiada pérdida de tiempo e inversión de recursos para afrontar los desafíos humanizantes que se presentan a las personas en toda época. 
          Formación académica como sinónimo de compartir con seriedad el patrimonio de explicaciones, de formas de interactuar con la realidad, de habilidades y actitudes humanizantes es una de las bases para ser protagonistas de lo realmente posible en la vida personal, social, ambiental. Y por lo tanto de la construcción de la esperanza.

La esperanzadora buena-aventura de la formación integral

La formación integral de las personas -la calidad educativa- es una buena apuesta en un mundo desesperanzado, pesimista, en el que impera, porque da herramientas para saber más allá del voluntarismo y la magia, que el futuro humano es posible y todavía más... Para realizar más asertiva y adecuadamente la labor que nos toca para vivir con un mínimo de dignidad humana, ese que sí está a nuestro alcance si podemos atender, entender, juzgar, valorar, decidir y actuar en un proceso de diálogo con nosotros mismos, los demás y el mundo, el cual -aunque sea en la humildad de lo pequeño- podemos vivirlo como un hogar donde lo humano y humanizante es de alguna manera posible y eso nutre nuestra esperanza.
          Es la buena aventura (la bienaventuranza) de compartirnos unos a otros con afectos, entendimiento, voluntad que la causa de lo humano sigue siendo buena causa y que seguro que tendrá buen puerto.

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lunes, 23 de marzo de 2009

DE CRISIS Y CAMBIOS DE ESCUELA

Este texto lo escribí como artículo para el periódico poblano Síntesis, aparecerá en la semana del 23 al 27 de marzo.


En nota publicada en El Universal el 23 de marzo próximo pasado, se advierte de uno de los efectos de la crisis, que ya viene en camino: la movilidad escolar que será provocada por la falta de dinero en los hogares.

Según allí se consigna, distintos actores de la sociedad señalan que posiblemente entre un treinta y cincuenta por ciento de familias que pagan por la educación tienen ya que negociar con las escuelas a las que asisten sus hijos las formas en las que cubrirán sus compromisos de pago. Para los meses de julio y agosto –presumiblemente- habrá un éxodo de las escuelas de mayor al menor costo de colegiatura e inscripción. Tal vez la matrícula en escuelas públicas aumentaría un diez por ciento.

Este fenómeno sucedió en la crisis del ’95: y es que cuando es tiempo de austeridad, hay que hacer lo que se debe, aunque no sea de mucho agrado. Me parece que no está de más, para situaciones como éstas, que quien deba hacer un movimiento de escuela tenga en cuenta algo más que el costo mensual cuando se decida por una nueva oferta educativa.

El resultado de la prueba PISA, aplicada a alumnos de bachillerato de países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) 2006 llama fuertemente la atención en contra del mito desarrollado en las décadas finales del siglo pasado: que la educación privada es mejor que la pública. Partiendo de condiciones socioeconómicas similares, en México los alumnos de bachilleratos oficiales tienen mejores resultados que los de particulares al menos en 21 puntos (Véase el informe PISA sobre México). Por cada buena escuela particular hay varias “patito” en espera de más alumnado.

Si esto es así, habrá que plantearse muy bien si la institución a la que se pretende ingresa tiene condiciones adecuadas para el proceso educativo: número de profesores, calidad de las actividades extracurriculares que ofrecen, infraestructura educativa como laboratorios, bibliotecas, etc., participación en actividades académicas de niveles regionales, estatales; resultados obtenidos en pruebas como enlace o pisa y la forma en la cual prepararon a sus hijos para ellos, los proyectos que hacen los estudiantes y que provocan algún conocimiento.

No menos importante será detectar cuál es la política escolar respecto de los padres de familia, la forma en la cual la escuela se hace presente en la comunidad, colonia o barrio en la cual está presente.

Si una institución no puede mostrar toda esa información, seguramente habrá que ponerla de alguna forma bajo sospecha.

De esta forma, la crisis podría ser incluso una posibilidad de crecimiento educativo, lo cual no depende de si la escuela es de pago o no, sino de la calidad que tenga.

lunes, 23 de febrero de 2009

Tenemos derecho a la educación, pero de calidad

Este texto lo escribí como colaboración para la Jornada de Oriente. Será publicado esta semana que va del 23 al 27 de febrero de 2009.

El pasado 16 de febrero el Consejo Ciudadano Autónomo por la Educación publicó un desplegado en el cual demanda al Gobierno Federal (aunque yo entendería que también a los otros dos niveles de gobierno) algunos puntos clave para que quienes en México tengan acceso a la educación la reciban de calidad.

Organizaciones diversas como el Consejo Coordinador Empresarial, la Fundación Empresarios por la Educación, Mexicanos Primero, la COPARMEX, la CONCAMIN e intelectuales como Denise Dresser, Sergio Aguayo, Paco Calderón, Sylvia Schmelkes hacen hincapié en que el derecho a la educación es algo más que tener a niñas y niños inscritos en las escuelas.

Desde hace tres años el Consejo se ha empeñado en señalar que dado que en la educación se juega gran parte del futuro de México es necesario que organizaciones y ciudadanos no quitemos el dedo del renglón, que exijamos lo que legítimamente nos corresponde.

En esta ocasión, al decir de David Calderón –Director de Mexicanos Primero- en el artículo que publicó en El Financiero el 18 de febrero pasado: “el documento hace cuatro preguntas a la autoridad: ¿Por qué no se sabe cuántos maestros hay y dónde dan clase?; ¿está ya asegurado el concurso de oposición?; ¿qué garantías hay de que los maestros tienen un desarrollo profesional basado en sus capacidades?; ¿cómo se reconoce al maestro entregado y comprometido?”

Con ellas las organizaciones y los intelectuales firmantes llaman la atención sobre un punto nodal: si se quiere marcar la diferencia en lo educativo hay que reconocer la importancia definitiva de los maestros, pero el problema es que falta muchísima claridad en lo que a ellos se refiere.

La historia de la educación pública en México y su relación con el sindicalismo magisterial han provocado más oscuros que claros en cuestiones como plazas, asignación de maestros, competencia para ocupar los puestos docentes.

Es necesario que exijamos transparencia, que pidamos que las cosas se vean como son para que se pueda realizar mejora donde sea necesario y reconocer a quien reconocimiento merece: determinar las plazas reales, asignarlas por concurso de oposición adecuadamente vigilado por actores externos a la SEP y el SNTE.

Y siguiendo en la lógica de la importancia de los docentes en el acto educativo: no hay que cejar en lo que a su formación permanente se refiere: concurso de oposición y educación continua son dos columnas básicas para sostener el edificio magisterial. Y es que como señala David Calderón: “así que es bueno y saludable todo lo que tiene que ver con escuela segura, infraestructura, etcétera, pero el corazón del derecho [a la educación de calidad] se juega mucho en la docencia