Caminar, vivir, compartir...

Durante años viajeros han apuntado en libretas sus vivencias, hallazgos, descubrimientos, curiosidades... Esta es una de ellas, con los apuntes al vuelo de este viajar por la vida . Estas notas brotan de lo que va pasando por mente y corazón en el auto, en la charla, al leer o mirar multimedia. Y se convierten en un espacio de convergencia entre los amigos, quienes también aquí pueden compartir los apuntes que van haciendo de su caminar por la vida.
Mostrando entradas con la etiqueta Formación para la vida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Formación para la vida. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de mayo de 2024

¡Porque me vale, de veras me vale! Apunte sobre la formación del carácter...

José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Este texto apareció en una primera versión en Liderazgo para la vida, No. 2, en mayo del 24. Es un newsletter producido y difundido por Raúl Arturo Sánchez Vaca... A él le agradezco la provocación para escribirlo.


Para algunos sonará a muy viejo… para otros sonará a algo desconocido, porque de ello casi no se habla: formar el carácter.

Hace algunos días mi amigo Raúl Arturo Sánchez Vaca me pidió que escribiera un texto sobre la formación del carácter. Después de pensarlo un poco, puse manos a la obra.

Así, en estas líneas te comparto mi reflexión sobre esta dimensión de la educación formal, informal, no formal que es infaltable si se quiere acompañar a las personas a ser lo mejor que puedan ser; si se desea que los ciudadanos seamos corresponsables de que este mundo sea mejor y que en el mundo del trabajo las personas puedan aportar realmente a sus equipos y, en última, a la misión que los convoca.

¿Qué es eso del carácter?

Vayamos al principio… Las mujeres y los hombres, para vivir, para construirnos personas (porque cuando nacemos lo único seguro es que está toda la vida por vivirla, todo está por ser excepto nuestra innata dignidad y derecho a ser humanos) necesitamos descubrir cosas que nos humanicen; esto es, que respondan a nuestras necesidades, superficiales y profundas, porque somos seres que carecemos de mucho y deseamos lo que remedia nuestra carencia.

Así deseamos el agua porque necesitamos hidratación; deseamos abrigo, porque necesitamos protegernos del clima y el tiempo; deseamos dormir, porque necesitamos descanso.

Cuando descubrimos algo que responde a nuestras necesidades, le otorgamos un valor, lo valoramos, lo consideramos valioso. Y es lo que valoramos lo que nos mueve para vivir: valoramos el agua y la buscamos; valoramos la amistad y la cultivamos; valoramos la verdad y tratamos de hacer coincidir lo que pensamos con lo que son las cosas realmente. Y es más valioso entre más colabora a que seamos más, por con y para los demás, encargándonos de construir un mundo un poco más humano.

En El hombre: un misterio, Ítalo Gastaldi, un educador salesiano, escribió que un valor es aquello que me saca de mi indiferencia existencial porque porta algo que contribuye a mi realización personal. Lo valorado nos afecta, nos mueve, pero también nos desafía a entender, a pensar, a reflexionar. Pone en juego todo lo que somos para que podamos ser lo que estamos invitados a ser.

Valoramos situaciones y cosas de distintos niveles: físicas, emocionales, sociales, intelectuales, artísticas, económicas, políticas, culturales, éticas, religiosas. 

Una persona de “carácter” es aquella que es capaz de vivir conforme a lo que ha descubierto valioso, porque contribuye a su realización integral (no excluye a los demás ni al mundo). Porque si algo es valioso para nosotros, pero no nos acercamos a ello, no lo buscamos, no lo hacemos nuestro, en el fondo no nos ayuda a ser humanos. Si yo valoro la amistad, pero no hago nada por cultivarla, por ser amigo, por aceptar la amistad que me brindan, nada pasa en mi vida y se pierde la posibilidad humanizante que nos da esto valorado; es decir, la amistad.

Podemos decir lo mismo del estudio, de la nutrición, de la salud visual, o del páncreas, o de resolver un problema que tenemos entre vecinos; de crear un ambiente constructivo de trabajo… Todas cosas que pueden remediar algunas de nuestras necesidad, que nos permiten ser personas, pero que si no nos movemos hacia ellas, nos quedaremos tal cual, carentes, necesitados, incompletos.

Cuando las personas somos capaces de vivir conforme a lo que valoramos, eso nos da identidad, nos conforma y nos da un talante personal, único, irrepetible. Existir así es el producto de un proceso de descubrimiento de las cosas que nos realizan, de otorgarles valor, pero también de aprender a priorizarlas en las situaciones de vida en las que nos encontremos, porque hemos entendido y podemos razonar qué contribuye más a nuestra realización integral en un momento específico y entonces, actuamos en consecuencia.

Formar el carácter

La formación del carácter es un proceso de acompañamiento para que las mujeres y los hombres descubramos cosas valiosas para vivir humanamente; para que aprendamos a hacerlas parte de nuestra vida, a interactuar con ellas… Hasta que se vuelvan parte de nuestros hábitos; es decir, de nuestras prácticas diarias y también hasta ser capaces de priorizar unas cosas valoradas sobre otras, dependiendo de la situación en la que nos encontremos. 

Se trata de una formación que se obtiene en la acción (que alguien te explique cómo funciona -como este texto- y que tú lo repitas en un examen, no significa que puedas integrarlo en tu vida) y la repetición por medio de la cual se vuelve totalmente parte de nosotros eso de descubrir lo valioso, decidir actuar conforme a lo valioso, situarlo en nuestras prioridades según las circunstancias en las que nos movemos.

La formación del carácter nos ayuda a vivir conforme lo que valoramos, a vivir nuestros valores. La falta de esta formación produce gente en la que del dicho al hecho es enorme el trecho… 

Las personas sin carácter quedan reducida a la liquidez, a la carencia de forma propia. Hablan de cosas valiosas, pero que no pueden vivir con ellas y conforme a ellas. Por ejemplo, la persona formada en el carácter que valora la lealtad, será leal; la que no, en algún momento terminará abandonando los compromisos y las acciones que ser leal requiere.

Nunca es tarde para formar nuestro carácter, aunque el tiempo de la formación inicial escolarizada o en movimientos de educación formal puede ser muy valioso en la educación integral de la persona, que toma en cuenta todas la dimensiones de la existencia, una de las cuales esta que hablamos. 

De hecho, los equipos de trabajo, las familias, los espacios sociales pueden ser excelentes ámbitos de formación del carácter, en la medida que sean lugares y espacios sociales en los que se propongan valores y se creen las condiciones para que los miembros de los grupos puedan intentar una y otra vez ser congruentes ente lo que viven y lo que han descubierto valioso. En los que se hable de los resultados de nuestras acciones, de la relación entre lo que hacemos y lo que hemos descubierto que vale la pena para humanizarnos.



* * * * * * * * * * * * * * * * * *
Síguenos en redes:



domingo, 15 de octubre de 2023

"¡Yo no trato con peleles!" Escolarizados y, aun así, zafios...

 Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Todavía tengo en la memoria ese día. Estaba en mi oficina y una compañera entró para decirme -con gesto desconcertado- que había intentado atender a una persona, pero que ella no había aceptado hablar con ella, como indicaba nuestro procedimiento ordinario.

Al ser yo quien debía encargarse de recibir y escuchar al señor en cuestión, le pedí que pasara. Él, tan solo entrar, me dijo que ya había dicho que quería hablar con la directora y añadió con un tono que me pareció displicente y me resultó desagradable: "yo no trato con peleles", que en castellano significa muñeco de trapo, alguien de poco carácter, manipulable; aun cuando muy posiblemente quiso decir algo como "yo no trato con personas de "poca monta", con donnadie y antes que conmigo, con doñanadie.

Salvando la proposición del prójimo, pensé que algún asunto delicado debía abordar con la dirección. Pero el día de su cita, tras unos minutos en esa instancia, fue dirijido nuevamente a mi oficina para que lo atendiera: dar solución a lo que él necesitaba tenía que pasar necesariamente por mi tramo de gestión. Y como eso requería de varias entrevistas, tuvo que tratar con un pelele que resultó ser quien daba forma a su inquietud para que todo llegara a feliz puerto. 

Al final, ni agradeció, ni pidió disculpas, ni cambió su actitud; al menos no sino hasta cuando su hija me presentó con él, señalando lo mucho que la había apoyado durante el tiempo que coincidimos y lo importante que había sido mi acompañamiento para el logro de las metas formativas que ella se había propuesto.

Tantos años de escuela y...

La persona en cuestión contaba con estudios y al parecer con recursos económicos. Se ostentaba como dueño de una institución educativa y sin embargo se condujo en más de una ocasión como una persona zafia y tosca y  también prepotente. En su caso pensé: ¡tantos años de educación para terminar en esto!

Pero creo que me equivoqué: lo que estaba en juego eran muchos años de escolaridad, grados académicos. Pero no necesariamente formación para la convivencia, para sumar en lugar de restar por carencia de habilidades y actitudes fraternas, solidarias en la búsqueda de posibilidades humanizantes de vida.

Cuando se carece de esa formación puede ser que a uno crezca de manera específica en la capacidad de explicar fenómenos con los intermediarios epistemológicos que se aprenden en las asignaturas cursadas a lo largo de los años; incluso que se logre cierta maestría tecnológica y técnica para resolver problemas y plantear proyectos. Pero para convivir, intervenir, crear equipos, lazos familiares, vecinales, incluso ciudadanos, se está en un estado rústico, muy poco trabajado, sin pulimentar. Y entonces las condiciones para el bienser que supone el bienestar quedan hipotecadas.

He comentado más de una vez en los Apuntes que la construcción del yo por encima de los otros, o meramente a costa de los otros es solo una ilusión, porque nadie puede ser quien es y está llamado a ser si no es por, con y para los demás en la acción misma de solucionar los problemas individuales, sociales y ecológico-sustentables que se nos presentan para afrontarlos y crear condiciones de vida humana digna (Cuando el yo no es suficiente: ser por, con y para los demás y el mundoNo porque somos, sino para que SEAMOS personas: apunte sobre la solidaridad y la posibilidad de ser personaLibertad sin compasión: hipotecar la vida humana).

La buena educación, esa que comienza en casa y más allá de ella (La buena educación comienza... no solo en casa) y que es formación integral y para la vida incluye todas las acciones posibles para que las personas descubramos las herramientas de convivencia que tenemos y que nos permiten manejar la influencia de unos con otros, los conflictos, los proyectos que nos acercan a la consecución -de alguna manera- del bien común. 

Aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a convivir, aprender a ser... cuatro pilares cuyo fruto, la educación para nuestro tiempo y que se adquiere en casa, en la escuela, en las instituciones sociales y estatales, nos permite no tratar a los demás considerándolos peleles, llenos nosotros de prepotencia, imposición e incluso de alguna forma con violencia, sino interactuar con personas, cada una de ellas; de manera sensible y sensata; compasiva y corresponsable. 

Convivir en la paz, para la paz (¿De qué hablamos cuando decimos paz? Entre la pax romana y el shalom bíblico), mujeres y hombres capaces de ser por, con y para... Que reconocemos en cada uno de los otros dignidad suficiente para ser interlocutores, colaboradores, copartícipes de este camino que llamamos vida.

Mucha escolaridad y educación como aquí se ha dicho no coinciden de manera espontánea, a menos que todos hagamos un serio esfuerzo, el de crear una escuela en la que sea posible educarnos; es decir,  formarnos para la vida, una en la que ser más por, con y para los demás, dejando este mundo un poco mejor que como lo encontramos, sí es posible. Y esa... es otra historia; al menos otro apunte.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Síguenos en redes:

sábado, 9 de septiembre de 2023

¡No!: ¡impartir conocimientos no es suficiente!

 Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más datos del autor, haz click aquí

La tendencia de las escuelas y muchos en las familias a pensar que el conocimiento y la inteligencia (entender cosas) son lo más importante en la vida humana es vieja.  Eso pensaba Sócrates en el lejano siglo V. El ateniense solía decir que la virtud, aquello que perfeccionaba a toda persona, era el conocimiento. El razonamiento que seguía era que todo hombre necesita saber lo que le conviene para poder realizarse como persona, y al conocerlo tendría que seguirlo: ¡fácil!

En la ignorancia se dificulta tremendamente la vida

Por algo es tan típico recurrir a lo relativo al conocimiento para definir a los seres humanos: animales cognoscentes, animales racionales. Y es que los seres humanos necesitan saber quiénes son como seres humanos, su diferencia con otros seres, para poder actuar congruentemente y ser felices. 
                Deben conocer qué es el mundo, que son las cosas que no son él o ella y cuál es la relación que tienen consigo, con los demás, para poder interactuar consigo, con los demás, con lo demás. Por ejemplo: si un ser humano desconoce las propiedades curativas de la manzanilla, no podrá hacerse una infusión para mitigar sus malestares estomacales u oculares; y si desconoce cómo funciona su organismo, tampoco la podrá usar. Y así en todos los órdenes: necesitamos saber qué es la familia para poder crear una; qué es la ciudadanía, para participar en nuestros asuntos públicos; qué es la política para no delegarla exclusivamente en las manos de los políticos. La persona ignorante se mueve con errores en su propia vida y en el mundo y la sociedad de los que es parte.
                Esta idea fue confirmada en la Ilustración por la emergencia de las ciencias naturales (seguidas de las sociales), fundadas en una filosofía desligada de la religión en el contexto de la naciente revolución industrial que provocó un acelerado cambio en las condiciones de vida del mundo occidental, primero, y todo lo demás, posteriormente. 
               En el mundo posterior a la edad media se generó una forma de ver la vida que más o menos puede explicarse así: si no queremos depender de que Dios nos explique todas las cosas -a través de sus representantes en cualquier religión- y además buscamos resolver problemas funcionales de nuestra realidad de manera mucho más pertinente, es necesario cultivar el conocimiento de las cosas por sus causas, por cómo son y cómo funcionan. El conocimiento nos permitirá generar diferentes condiciones de vida...
               Y de alguna manera así fue: en el desarrollo del conocimiento científico instrumental (tecnológico) se revolucionaron la medicina, la ingeniería, nacieron la administración, se explicaron los fenómenos económicos, sociales, psicológicos...
                En ese entonces surgió la escuela como un medio para que los niños se liberaran de la "oscuridad del prejuicio y el error que venían de las visiones dogmáticas" y "entraran en las luces del conocimiento", a partir de las cuales ejercerían una ciudadanía madura y crearían un mundo de bienestar y progreso para todos.
            Y así, en aquel tiempo poco a poco se fue desarrollando una pedagogía encaminada a profesionalizar la impartición de conocimientos. Se sofisticaron los planes y programas de estudio, surgió la especialización técnica de la didáctica, que consiste en lo que se ha señalado: transmitir adecuadamente conocimientos. 
              Poco a poco se exigió un magisterio que fuera didacta; esto es, mujeres y hombres con métodos y técnicas cada vez más desarrolladas para que la niñez y la juventud; incluso las adultas y los adultos aprendieran muchas cosas: gramática, matemáticas, ciencias de la naturaleza, ciencias sociales, incluso urbanidad y buenas maneras. Y ello con la convicción de que entre más conocimientos tuvieran las personas, mejor sería el mundo.

Pero... impartir conocimientos no ha sido suficiente

En países como el nuestro pasamos muchos años en la escuela, al menos seis, cuando no hasta 19, para conocer y conocer: recorremos todo tipo de planes y programas de estudio, con sofisticados diseños para poder dosificar todo tipo de conocimientos... Y pese a ello nos seguimos encontrando personas que después de tanta escolaridad hacen cosas que nos dejan boquiabiertos: financieros que son capaces de dejar sin nada a miles de personas de su propia empresa sin más, políticos que con salarios de 60 mil pesos mensuales construyen un patrimonio de millones de pesos junto con constructoras que entregan unidades habitacionales, calles o carreteras con fallas producto de la corrupción y un etcétera muy largo.
                Sin ir tan lejos. Un muchacho o muchacha recibe conocimientos sobre sexualidad desde la primaria y quedan involucrados en embarazos tontos; hay personas con trastornos alimenticios que han logrado saber que su conducta los está dañando y sigue anclados en ella. Sabemos muchas cosas y actuamos poco humanizantemente. 
                 Giovanni Reale, en el primer volumen de su Historia de la Filosofía, comenta a propósito del racionalismo socrático: “Sócrates tiene toda la razón cuando afirma que el conocimiento es condición necesaria para hacer el bien, (porque si no conozco el bien, no lo podré hacer); pero se equivoca cuando considera que, además de condición necesaria, es condición suficiente. […] Para hacer el bien, en efecto, se requiere también el concurso de la ‘voluntad’”. No basta conocer la sexualidad, es necesario también querer vivirla para crecer como persona, negociar con la propia estima por lo sexual y los afectos que provoca nuestra genitalidad.
                Daniel Goleman habla de inteligencia emocional: una relación con nuestras emociones respecto de nosotros mismos, de los demás, de las cosas que nos permita actuar no de cualquier forma sino de la mejor que seamos capaces y que requiera la situación para salir adelante en la vida.
                Roberto Baden Powell en los albores del siglo XX en Inglaterra fundó un movimiento educativo convencido de que era necesario complementar la impartición de conocimientos de la escuela con la formación del carácter de los jovencitos y las jovencitas frágiles de su tiempo. Supo que era necesario apostar por la formación de chicas y chicos capaces de cuidar de sí, de su cuerpo; competentes para alcanzar metas por difíciles que pudieran parecer, hábiles para resolver problemas, para sonreír ante las dificultades, de manejarse con libertad frente a las posesiones incluso en situaciones de austeridad. Ciudadanos preparados para participar en la vida pública, que en su tiempo estuvo marcada por las guerras imperiales y después por la primera y segunda mundiales.
                En la educación impartir conocimientos es necesario, pero no es suficiente. Hay que dar el paso a la existencia de instituciones educativas -por supuesto que entre ellas las escolares- que ofrezcan realmente y no solo en el papel una formación integral, en la que la información recibida sirva no para repetirla sino para solucionar problemas reales; 
              La educación debe promover que las personas se vuelvan autónomas en el cuidado de sí –del cuerpo y más que el cuerpo-, de los demás y del mundo en el que les tocó vivir; capaces de conocer el bien que los realiza y valorarlo para jugarse la vida por cosas verdaderamente humanizantes y no meramente accesorias; creativas para proponer alternativas para el mundo, capaces de reaccionar en las relaciones interpersonales con manejo de afectos y emociones que permitan la colaboración y la solidaridad y no solo la frustración y el capricho. 
               Se requiere una educación que forme ciudadanos capaces de encargarse de los asuntos políticos que les corresponden y no lloren por querer mamar de la ubre gobierno toda respuesta, al tiempo que sean los auditores y vigilantes de la gestión de políticos y administradores públicos.
               Lo que se ha denominado formación integral hace referencia a una manera de acompañar la inmersión humanizante de las personas, desde la niñez y en el transcurso de su vida, en la que es posible reconocerse personas que además de entender la realidad pueden y están llamadas a desarrollar la voluntad, el carácter para tener la capacidad de moverse hacia las cosas que necesita para realizarse, para ser coherente con las cosas valiosas que contribuyen a la realización en todas las facetas de uno mismos, de la interrelación con los demás, de la solución de los problemas que la realidad plantea para vivir dignamente.
              Las persona formadas integralmente son capaces de manejarse afectiva y emocionalmente para vivir la riqueza de las cosas que los mueven en la vida y eso las encamine a una mejor toma de decisiones, más vital, menos como si existir humanamente se tratara de aplicar conceptos abstractos que no resuelven las situaciones de cada día. Y sí, se construyen éticamente libres, capaces de decidir lo que más las construye por, con y para los demás en el mundo que les tocó vivir y actúan en concordancia con ellos.

En el aula y más allá de ella...



La formación integral humanizante requiere el aula con su ya referida didáctica, pero requiere mucho más que aula: experiencias en la que quien se educa se descubra humana o humano, en las que aprenda a convivir pacíficamente, a solucionar conflictos, a descubrir problemas, entenderlos y plantear cauces de solución adecuadamente contextualizados, posiblemente replicables en otras circunstancias y escalables a otras dimensiones.
              Institucionalizar la educación supone entender que lo que hay que diseñar es un gran taller de vida en el que quienes pertenecen a las comunidades educativas compartan que vivir integralmente es posible: razonable, voluntariosa, creativa, solidaria, sana y amorosamente posible.
                Esto acontecerá sí y solo sí el proyecto educativo de una escuela es más que un plan de estudios, uniforme y urbanidad. Se trata del diseño de un camino en el que niños y jóvenes puedan ser acompañados profesionalmente para transitar de la heteronomía a la autonomía; de la dependencia a la libertad, de la ignorancia a la posibilidad de construir conocimiento; del egoísmo a la colaboración solidaria.  
               Aprender acompañados por quienes ya lo intentan a ser capaces de ser más uno mismo por, con y para los demás construyendo los mejores mundos posibles: es este el desafío de la educación del siglo XXI.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Síguenos en redes:

domingo, 13 de marzo de 2022

Educación continua en y para el siglo XXI... aprendiendo de Sócrates

Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más datos del autor haz aquí


Sócrates: una actitud que trasciende el tiempo

De Sócrates más bien sabemos poco históricamente, pero su figura ha trascendido los siglos y las fronteras. Se dice que era ateniense de nacimiento, hijo de partera; que participó en la guerra como sus conciudadadanos y que entregó su tiempo y su intelecto a dialogar por aquí y por allá en búsqueda de la virtud. Para entenderlo hay que hacer un poco de contexto.
                Un siglo o dos antes se consideraba una persona excelente, capaz –virtuosa- a un hombre cuyo linaje era importante en la polis. El gobierno, las leyes y la impartición estaba en manos de los aristócratas, los mejores, que lo eran en virtud del equivalente a los títulos nobiliarios de aquella época, muy ligados a la posesión de la tierra.
                Al paso del tiempo, específicamente las polis griegas recibieron muchos inmigrantes, dedicados al comercio y a la artesanía, cuya actividad trajo prosperidad a las ciudades. Estos hombres tenían que responder en igualdad de circunstancia a las leyes de los lugares que llegaron, pero no tenían capacidad de intervenir directamente en los asuntos del gobierno ni en la creación de leyes que favorecieran su actividad económica, porque no eran virtuosos, no pertenecían al grupo de los mejores.
                Las inmigraciones suelen modificar la forma en la que son vistos los valores y eso fue lo que sucedió en el Peloponeso. Poco a poco se fue cuestionando que el linaje fuera lo que a alguien le diera virtud y por tanto lo habilitara para los asuntos de la vida política, en detrimento de todos los demás.
                En el siglo VI Solón y Clístenes promovieron grandes reformas por las que se pasó de la aristocracia a la timocracia: el gobierno por honra, por méritos públicos. Podían participar en la asamblea ya no solo los nobles, sino todos aquellos que fueran estimados por sus méritos para proponer acciones gubernamentales y promulgación de leyes. La concepción de virtud tradicional entró en crisis y fue suplantada por la de persuasión: el mejor hombre, el hombre más virtuoso es el que mejor convence a sus conciudadanos de lo que considera benéfico. De allí nació la democracia griega.
                Sócrates aparece en ese escenario. A él no le terminaba de convencer que el virtuoso fuera quien mejor convenciera, puesto que alguien podría persuadir de cualquier cosa, incluso no benéfica para todos y eso lleva a grandes desgracias. Así que se puso a pensar en qué es lo peculiar del ser humano, lo que lo hace ser tal y se respondió que el alma; esto es, lo que nos permite vivir humanamente, la razón. La virtud, la acción que nos hace excelentes, consistiría para él en saber quiénes somos, lo que nos conviene para ser razonables.

domingo, 23 de enero de 2022

Liderazgo transformador: pertinencia y desafíos educativos

Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más del autor, haz click aquí

www.bbc.com

Liderazgo transformador... ¿moda de los que hablan y reflexionan de administración, de recursos humanos o capacitación profesional? Creo que no; creo que es una expresión en la que confluyen conceptos devenidos de experiencias que nos dan luces para la vida laboral, pero no menos para la personal y la social que tenemos.

Si no nos encargamos... ¡nos carga!

Es un hecho... los humanos somos de una manera muy particular, exlusivamente humana: nacemos como proyecto, siendo prácticamente nadie pero llamados a ser alguien que se crea a sí mismo en interacción con los demás con quienes respondemos a los desafíos de una realidad que nos carga, pero de la cual tenemos que encargarnos.
          Por los demás comenzamos a desatar los dinamismos que nos humanizan: solidaridad, afectividad, criticidad, creatividad, libertad y apertura a la trascendencia. Con ellos y para ellos resolvemos los desafíos que la realidad nos propone.
          Es en la relacionalidad, en la interacción que nos damos a la tarea de "ser mejores nosotros mismos", nos descubrimos necesitados de integración bio-psíquica, de estilos de vida saludables; es en la comunión que generamos espacios para la convivencia pacífica (https://misapuntesenelcamino.blogspot.com/2022/01/de-que-hablamos-cuando-decimos-paz.html), que construimos sentidos de vida trascendentes que nos permiten comprometernos con la vida humana ahora y más allá de ella (https://misapuntesenelcamino.blogspot.com/2022/02/dos-muertes-condicionan-la-apertura-del.html).
          En la inmovilidad estamos condenados a no ser nosotros mismos, a que el mundo nos cargue, que la enfermedad nos devore, que las relaciones sociales inadecuadas nos opriman, que los sistemas políticos y económicos nos fagociten. 

miércoles, 22 de diciembre de 2021

No hay calidad educativa sin calidez en la interacción humana

 Autor: José Rafael de Regil Vélez... Si quieres conocer más del autor haz click aquí

La calidad educativa, académica, no solo es una demanda social y del mercado laboral, sino una exigencia intrínseca al acto mismo de educar.
          Educar, en cualquier etapa de la vida y para cualquier momento de la vida, es una praxis de acompañamiento en el que una o más personas -o más propiamente dicho, miembros de una comunidad educativa-, se ponen al lado de otras, codo a codo, para crear las condiciones que permitan responder de la mejor manera realmente posible al llamado de ser más, por con y para los demás, encargándose del mundo que se los carga, abiertos a un sentido trascendente de la vida.
          Así, la educación es una praxis provocadora y convocadora de humanidad. Diseña procesos para que las personas puedan desarrollar las herramientas humanas y humanizantes con las que puedan construirse tales, sean capaces de construir un mundo en el que la dignidad humana sostenible sea de alguna manera posible.

Sin calidad educativa el proceso no lleva a parte alguna

          Al final del proceso la personas debe poder comprenderse comprendiendo sus interacciones con los demás y la realidad en la que vive; ha de ser capaz de manejarse a sí misma, de convivir proactiva y pacíficamente para superar los desafíos económicos, sociales, políticos, ambientales en los que vive. 
          La persona educada ha desarrollado competencias blandas y duras de comprensión crítica y afectiva de la realidad (sentido común, visión científico-tecnológica y filosófica), de trabajo en equipo, de comprensión multicultural, de comunicación en diversos lenguajes, de adaptación a situaciones y capacidad para transformarlas.
          Y nada de eso es posible sin la exigencia que supone la calidad académica. Una institución educativa realiza con calidad su labor si actúa conforme a los requisitos que su misión tiene: camino demandante, que requiere claridad de propósitos, de métodos y técnicas en procesos permanentes de evaluación que permitan la mejora y la continuidad en la reflexión constante sobre la teleología educativa y los medios utilizados para lograrla.
          En una visión ingenua de la educación suele pensarse que la calidad pretendida en este ámbito humano se logra con rigidez, con distancia, cual sargentos de película en la que haya reclutas a los que se les grita, denosta, casi se les acosa.

Sin calidez en el interactuar, tampoco se logran las finalidades educativas

Nada más lejano de la realidad. La única forma que haya educación y que sea de calidad es que un grupo de educandos (niños, jóvenes, adultos) confíen, crean que la labor a la que se les convoca es algo que bien vale la pena.
          La confianza, la credibilidad que son supuesto de una praxis educativa exitosa, de calidad, solo se logra a partir de relaciones humanas cercanas, amables, de real contacto interpersonal: nexos interpersonales cálidos, como los que se establecen en torno al lugar, ese lugar que tienen las familias en las que existe comunión- en el que todos confluyen para compartir lo que viven, lo que son y tienen.
            Si la calidad educativa es el requisito de la formación de ciudadanos competentes, compasivos, críticos y comprometidos capaces de afrontar los desafíos de su día a día, la calidez en las relaciones educativas es la condición sin la cual no hay procesos formativos...
          Amabilidad, familiaridad, confianza, comunión de propósitos y acciones que orientados razonablemente mediante planes y programas de estudio, de reglamentación lógica, funcional, de utilización de tecnología, de realización de proyectos, de creación de grupos de interés y cuanto medio esté al alcance, llega a la meta deseada: que haya mujeres y hombres capaces de recibir el mundo como les es dado, que lo comprendan, que hábilmente lo transformen aunque sea mínimamente, en un lugar más humano.
          Calidad y calidez en la educación: reto para los corazones y las mentes de quienes en las comunidades educativos asumimos los desafíos humanizantes de nuestro aquí y ahora con apertura global y comprometida con el futuro.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

El 22 de diciembre del 2022 he compartido estas reflexiones con académicos de la Universidad Tecnológica de Tlaxcala. En el hipervínculo puedes ver estas ideas desarrolladas esquemáticamente en una presentación que sirvió de guía para el diálogo sostenido.


Si quieres tener acceso a la presentación, sigue el hipervínculo haciendo click aquí.

**************************

Síguenos en redes:

miércoles, 8 de diciembre de 2021

CONSTRUIR LA ESPERANZA... reflexiones desde la necesidad de educar con calidad

Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Sin esperanza, nuestra vida se paraliza

En el transcurrir de la existencia hay momentos en que el panorama se ve oscuro, que parece que no hay salida. La enfermedad, el fracaso, el peso de las experiencias que hemos vivido; las crisis sociales, económicas, políticas, las rupturas en las relaciones interpersonales; los cataclismos y los múltiples fenómenos naturales, nos crean la sensación de que el futuro se cierra, de que deja de haber espacio para la vida, de que se cierran y se extingue cualquier posibilidad para seguir adelante en la vida.
          En esas situaciones la esperanza irrumpe ante nosotros como una certeza, una seguridad existencial: la de que el futuro como espacio para la vida personal o para el mundo en su conjunto, es humanizantemente posible. 
          Erich Fromm, en su Revolución de la esperanza expone atinadamente que esta dinamis (potencia, fuerza) es la que nos permite avanzar la vida, seguir a pesar de todo. Ser esperanzados (y no digo tener esperanza, como si fuera algo externo a nosotros) es fundamental para vivir. 
          ¿Cómo construirnos esperanzados? En la apertura a la vida... En la lectura con el corazón y la mente de lo que ha pasado, de lo que sucede. Digamos que hay que escudriñar, zambullirse en lo vivido por nosotros y por los demás para encontrar cómo, a pesar de los pesares, no obstante lo oscuro que parezca la vida y lo rodeados que se haya estado por los signos de muerte, se han terminado abriendo los espacios para la vida.

¿Construir la esperanza desde una visión mágica o desde lo que siempre se ha dicho?

Desde siempre las personas tratamos de entender las cosas, lo que son, sus posibilidades. Y nos formamos una visión de la realidad, de la vida, de las cosas que nos dan sentido.
         Llamamos pensamiento mágico a una forma de interrelación con la realidad, con los sucesos en la que recurrimos a factores que suponemos que actúan sobre las cosas y lo que pasa para que al final todo nos acontezca favorablemente. Conjuramos -con rituales la mayor parte de las veces- a seres o fuerzas para que operen o intercedan por nosotros allí, cuando nosotros sentimos o pensamos que no podremos salir avantes.
         Puede haber en eso de construir esperanza mucho de magia. Conozco muchas personas que sintieron que se cerraba su mundo cuando sus padres se divorciaban o uno de ellos estaba agonizando y oraron o ritualizaron para que no ocurriera el desenlace que se entreveía y que de todos modos terminó ocurriendo. La magia no funcionó con un fuerte saldo de frustración y desesperanza.
          De manera fideísta creyeron que las cosas futuras serían para bien como las consideraban y esperaban y pagaron un fuerte precio de desengaño o incluso se instalaron en la negación de la realidad, con el consecuente pesimismo. En la obra anteriormente referida Fromm señala que las personas indigentes, abandonadas de sí, han perdido la esperanza, se han sentido traicionadas por los suyos y por el destino y dejaron de lado su subjetividad... se volvieron una cosa más, dejada al vaivén de lo demás y los demás.
         No estoy señalando que no haya fe, creencia, en la esperanza, pero sí que cuando se deja de lado la razonabilidad puede tener un saldo deshumanizante en la apuesta por lo humanizante.
         Igual de riesgoso resulta abordar el futuro solo por lo que siempre se nos ha dicho: si haces esto, si te comportas de tal manera, si sigues tal moral, todo saldrá bien... y es que no siempre lo que pasa de generación en generación termina teniendo bases reales. Como cuando te dicen: si te casas de determinada manera, cuando te comportas como este tipo de esposo o esposa, cuando trabajas como hemos trabajado, todo saldrá bien... Y resulta que aunque se siguió lo dicho la familia no prosperó, o los hijos tomaron diferentes decisiones... 
         La fe, la experiencia de humanidad acumulada pueden ser buenos apoyos, pero tal vez no los únicos.

La criticidad también abona cuando de esperanza se trata

El pensamiento crítico es el que mira la realidad por sus causas, por lo que es y lo que puede ser y no solo por lo que se desea que sea, por lo que se ha dicho que sea. Es el que sentipensantemente analiza, examina, entiende, verifica la realidad de lo pensado, integra lo afectivo en lo valorado.
          Si entendemos lo que las cosas son, lo que las cosas pueden ser y de alguna manera también lo que no son y lo que es difícil que lleguen a ser, podemos relacionarnos con ellas de manera más agradecida, más asertiva, con una creencia razonable, que no es como juego de lotería. 
         En un mundo complejo como el que nos ha tocado vivir, la formación de una visión realista de las cosas (insisto, lo realista tiene que ver con la comprensión de lo que las cosas son y con lo que pueden ser) ayuda a tener una esperanza más humilde, pero también robusta y menos desengañante. 
         Porque la criticidad no es un conjunto de conocimientos que se tiene, sino una forma de mantenerse abierto a lo que hemos visto de las cosas y a lo que todavía podemos encontrar de ellas, es poder dar significados por lo que imaginamos, deseamos o queremos (que sí influye), y también por lo que son y por su dinamismo...

¿La calidad educativa tiene que ver con la esperanza?

La formación académica y la exigencia deseable que conlleva suele provocar reacciones contradictorias. 
    Por una parte hay quienes le ponen todas las cruces, basados en que en su nombre se ha minimizado la educación hasta volverla un asunto memorístico, de calificaciones, promedios, cuadros de honor y menciones honoríficas. Esta visión reduccionista ha terminado dejando fuera dimensiones igualmente importantes de la educación de los seres humanos: la formación del carácter y la voluntad, la educación física de a deveras, el aprendizaje del manejo emocional, de la convivencia pacífica y la preparación para la vida.
    Por otra parte, la calidad académica tiene sus apóstoles, quienes señalan que sin ella la escuelas caen en anarquía, consentimiento de los estudiantes, formación de personas sin estructura mental definida. 

Ni tanto que queme al santo...

El asunto no es vanal. Creo que en alguna forma ambas partes tienen razón. Academia sin formación integral no es sino instrucción y la historia nos ha mostrado su insuficiencia. Escuela sin Academia es ludoteca.
    La formación académica es importante para la vida, siempre y cuando se entienda que no es un fin en sí misma, sino un medio a través del cual se acompaña al estudiante para que pueda realizar su existencia en un mundo complejo.
          Entiendo por formación académica el acompañamiento de los aprendizajes que permiten a los estudiantes entender la realidad en su complejidad y problematicidad y desarrollar las habilidades para hacerles frente, para poderse encargar de todo aquello que impide en lo personal, lo social, lo ambiental las posibilidades de que la vida se dé con dignidad.
          En esta perspectiva las matemáticas tienen como razón de ser que las personas podamos concebir las cantidades y las extensiones de tal manera que podamos ser proactivos y no meramente reactivos en el manejo de nuestras finanzas, en el diseño de espacios habitables, en la capacidad de matematizar el uso de las sustancias químicas en dosis calculadas adecuadamente para cumplir su función médica.
          El conocimiento de las ciencias naturales nos permite reconocernos seres físicos, organismos vivos inmersos en un mundo lleno de vida e interactuar con la vida no solo a partir de los mitos que hemos escuchado toda la vida o de suposiciones mágicas en las cuales el mero cumplimiento de rituales nos permitiría conjurar los males que nos acechan.
          Las ciencias sociales nos dan una perspectiva comparativa de las sociedades, nos ayudan a ensanchar la visión de los fenómenos culturales y cómo nos conforman y los conformamos; nos ayudan a entender el tiempo como un diálogo entre las determinaciones naturales, socio-culturales y las posibilidades de la libertad humana.
          En fin, que las personas bien formadas tienen posibilidades de interacción con la realidad  con procesos en los que pueden ser artífices y no meros espectadores de su vida y de la vida a su alrededor.
          Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre. La "calidad académica" entendida como exigencia de contenidos e incluso actividades, como fin en sí misma no es necesariamente pertinente ni relevante para un mundo en el que vivir dignamente sea posible; su ausencia augura demasiada pérdida de tiempo e inversión de recursos para afrontar los desafíos humanizantes que se presentan a las personas en toda época. 
          Formación académica como sinónimo de compartir con seriedad el patrimonio de explicaciones, de formas de interactuar con la realidad, de habilidades y actitudes humanizantes es una de las bases para ser protagonistas de lo realmente posible en la vida personal, social, ambiental. Y por lo tanto de la construcción de la esperanza.

La esperanzadora buena-aventura de la formación integral

La formación integral de las personas -la calidad educativa- es una buena apuesta en un mundo desesperanzado, pesimista, en el que impera, porque da herramientas para saber más allá del voluntarismo y la magia, que el futuro humano es posible y todavía más... Para realizar más asertiva y adecuadamente la labor que nos toca para vivir con un mínimo de dignidad humana, ese que sí está a nuestro alcance si podemos atender, entender, juzgar, valorar, decidir y actuar en un proceso de diálogo con nosotros mismos, los demás y el mundo, el cual -aunque sea en la humildad de lo pequeño- podemos vivirlo como un hogar donde lo humano y humanizante es de alguna manera posible y eso nutre nuestra esperanza.
          Es la buena aventura (la bienaventuranza) de compartirnos unos a otros con afectos, entendimiento, voluntad que la causa de lo humano sigue siendo buena causa y que seguro que tendrá buen puerto.

**************************

Síguenos en redes:

lunes, 28 de junio de 2021

¿Tiene sentido volver a la escuela? ¿Es esa la pregunta pertinente?

José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más del autor, haz click aquí

Termina el ciclo escolar 2020-2021. Lo vivimos en distanciamiento social provocado por la pandemia del coronavirus, estudiantes y profesores en nuestras casas, sobreviviendo cada uno a su modo.
              Después de 16 meses de estar fuera de las aulas ha surgido por todos lados la pregunta: ¿volveremos a las escuelas para el nuevo ciclo? Y ante ello las opiniones se dividen. Hay quienes opinan que no hay condiciones de salud, otros que hay que hacerlo en un sistema híbrido que permita la distancia que recomiendan las autoridades y la aplicación de doble o triple filtro de entrada, para contener los contagios que supone que el coronavirus vaya dejando de ser pandemia para convertirse en endemia.
                A mi parecer antes de preguntarnos si hay que volver a las aulas hay que hacerse una pregunta pertinente: ¿para que ir a las escuelas?
               Puede parecer una pregunta obvia, trivial, irrelevante, pero no lo es... 

sábado, 22 de agosto de 2020

Apuntes sobre el éxito escolar y la formación para la vida

Autor: Luis Eumir Calderón Díaz
Cuidado y corrección: Socorro Romero Vargas

En esta ocasión compartimos unos "primeros apuntes": una reflexión que hace Luis Eumir Calderón Díaz sobre lo que podría significar el éxito escolar en una perspectiva humanista, que tenga en el centro a la persona y su relación con los demás y el mundo que les tocó vivir. 
Justo en el inicio del ciclo escolar las líneas de este apunte nos llaman a repensar para qué invertir tantos años de escolarización, con los gastos que supone y la demanda de energías que supone a cada familia en el mundo actual. 
Luis Eumir es licenciado en contaduría y estrategias financias, tiene diversos posgrados en el área administrativa y actualmente estudia la maestría en educación y desarrollo humano. Trabaja en el ITESM, campus Puebla.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Hace un par de semanas llamó mi atención un post de la página de FB de Apuntes en el Camino – FTSR el cual tenía la siguiente pregunta: ¿Grados académicos son sinónimo de educación?, la razón por la cual me pareció tan llamativa fue el hecho de que tenía cierto paralelismo con un tema que había revisado justamente un sábado anterior en clases de posgrado, sobre el tema del éxito escolar y cómo podemos definirlo. Si bien son preguntas diferentes, en ambas se puede involucrar el tema de los grados académicos y cómo para algunas personas estos van definiendo el éxito o no de la misma.