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Quiero sumarme a su recuerdo. Esta vez no traeré a colación su obra, ni un ensayo sobre sus ideas, de lo cual mucho se ha escrito, sino la forma en la que me relacioné con su producción en mi juventud y lo que eso podía significar en aquella época. Compartiré cómo el trabajo del apreciado educador latinoamericano pasó por la sospecha de las "buenas conciencias pedagógicas" y cómo fue que descubrí eso al tiempo que fui caminando a una parte de las convicciones educativas que desde entonces me han movido.
Ensanchar la visión de la educación
Mi contacto con este abogado / filósofo /educador brasileño se remonta a 1983, cuando yo era estudiante del último año de normal primaria y cumplía 18 años.
El verano anterior había colaborado en jornadas de pastoral social de la entonces Diócesis de Toluca, apoyando al padre Telésforo Olivares, con mi compañero Francisco Juan. Entre mayo y agosto de ese año conocimos diversas problemáticas en la zona noreste de la circunscripción eclesiástica, en especial de los municipios de Lerma.
Así fue como llegamos a la Parroquia de San Isidro Zacamulpa, Huitzizilapan, para colaborar con el padre José García Blanquel y con el grupo de jóvenes, que muy pronto nos pidió apoyo para terminar la primaria o la secundaria, que habían dejado truncas.
Ese momento coincidía con la terminación de la Normal para lo que debíamos realizar el trabajo recepcional. Juan y yo escogimos hacerlo sobre el servicio social. A mí me motivaba la convicción que desde que me fui con los salesianos tenía de que la educación no formal era muy importante para las posibilidades vitales de quienes participaban en sus procesos, pero de manera muy especial para quienes tenían menos oportunidades por su pobreza o por alguna otra vulnerabilidad.